P. Rafael Prados: “Mis feligreses de Adamuz supieron ver en los heridos el rostro de Cristo sufriente”

En medio de la tragedia ferroviaria de Adamuz todo el pueblo se volcó en ayudar todo lo que se pudiese, entre ellos muchos católicos. Providencialmente entre el lugar del accidente y el pueblo se ubica la parroquia de San Andrés Apóstol. Su párroco, el P. Rafael Prados Godoy, no dudó un instante en abrir la parroquia y ponerla a disposición de los viajeros accidentados y sus familiares. Reunió urgentemente a feligreses y colaboradores de Cáritas y consiguió todo el apoyo necesario, tanto a nivel material, como espiritual. Le agradecemos que nos haya atendido y nos cuente su experiencia.
¿Cuál fue su primera reacción al enterarse del accidente?
Cuando un vecino me contó que había habido un descarrilamiento, lo primero que me salió del corazón fue elevar una oración sincera pidiendo a Dios que no hubiese sido grave y que todos estuviesen bien. Seguidamente fui a poner las noticias para saber que es lo que había ocurrido y comprobar que efectivamente fue un accidente muy grave.
¿Por qué no dudó en poner la parroquia a disposición de todo el mundo?
Al ver que el accidente fue muy cerca de Adamuz y que la carretera entre el pueblo y ese tramo de vía pasa justamente por mi parroquia no lo dudé. Abrimos la parroquia, colocamos los bancos y pusimos las estufas para que la gente se pudiera calentar porque era una noche muy fría. Me vinieron a la mente esas palabras del Señor de que el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Aunque la función de la Iglesia es el culto al Señor, en esos momentos de máxima necesidad había que atender a los accidentados y sus familiares.
¿Qué tipo de ayuda material y espiritual ofrecieron?
Además de mantas, trajeron colchones, comida, agua y todo lo que podía ser de ayuda. Fuimos al almacén de Cáritas y lo vaciamos de todo aquello que podía servir para atender a tanta gente. Acogimos a los pasajeros en la caseta del coro. Espiritualmente los acompañábamos con la oración y los escuchábamos, para que pudiesen desahogarse y les dimos ánimo y abrazos.
¿Cómo reaccionaron sus feligreses y la gente del pueblo?
Ellos reaccionaron viendo en el herido, en el necesitado, el mismo rostro de Cristo sufriente. Los acogían con naturalidad, pero con esa solemnidad de saber que tenían en sus manos algo sagrado y que había que darlo todo por ellos, por amor a Cristo, acogerles de la mejor manera posible.
¿Cuál fue su labor como sacerdote?
En ese momento era estar junto a mi pueblo y ser en la medida de lo posible un apoyo espiritual para ellos y ayudar en lo material todo lo que se pueda como uno más. Como sacerdote me hubiese gustado poder ir al lugar del accidente por si había algún herido que necesitase los sacramentos, pero no dejaban ir al lugar del accidente.
¿Percibió una mayor apertura a lo trascendente?
Por supuesto. Cuando los pasajeros estaban serenos decían que era un milagro que ellos estuviesen vivos cuando había muerto tanta gente. Si el accidente hubiese sido un poco más para atrás o un poco más para adelante no hubiese habido supervivientes porque fue entre un túnel y un puente. Los mismos pasajeros agradecían a Dios estar vivos e ilesos cuando sus compañeros de vagón habían fallecido. Una chica se tocaba los brazos y las piernas agradeciendo a Dios que estaba con vida. Luego la chica miró al Cielo y uno percibía como Dios estaba muy presente en medio de la gratitud.
¿Por qué nuestra fe es capaz de dar esperanza en medio del dolor por grande que sea?
Porque nuestra fe es una fe en un Dios que es Amor. No hay nada que necesite el corazón en ese momento de dolor como ese Amor divino. Es Dios el que nos ha creado y, como decía San Agustín, nuestro corazón tiende hacia Él y no descansa hasta que no está con Él. En estos momentos de dolor el corazón se eleva al Señor. No hay que pensarlo mucho, no es una tesis teológica, es lo que te sale de manera natural. Yo lo pude vivir esa noche sin ninguna duda.
¿Qué supuso la visita del señor obispo?
Supuso que la gente en medio de tanto dolor se diera cuenta de que la Iglesia está con ellos, que la Iglesia es Madre y que no se desentiende del que sufre. La visita del obispo fue un gran consuelo en primer lugar para la gente del pueblo que estuvo ayudando y para las familias fue un gran alivio en medio del sufrimiento y la incertidumbre. En definitiva un gran gesto muy necesario, de que en estos momentos la Iglesia puede y deber estar presente y así lo hizo.
Por Javier Navascués
6 comentarios
Una duda:
¿Las personas que murieron asistidos por un Sacerdote y que estaban en gracia, podrían ser considerados mártires?
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