P. Antonio Gómez Mir: “Cristo en la cruz es el modelo de masculinidad perfecta”

Analiza su libro Nosotros. Palestra ascética para hombres

El Padre Antonio Gómez Mir es párroco de San Jordi de Vallcarca en Barcelona. Licenciado en Teología. Publica sus vídeos de formación para hombres “Palestra ascética” y otros vídeos sobre temas propios de su especialidad Masonería, Ocultismo y Gnosticismo en el canal de YouTube: STAT CRUX.

¿Por qué un libro titulado Nosotros. Palestra ascética para hombres y con qué objetivo lo ha escrito?

Lo cierto es que no fue concebido como un libro, sino como unas charlas de formación ascética para hombres de mi parroquia. El libro ha venido después porque muchos manifestaron el interés en tenerlo en este formato y porque alguno de ellos puso los medios para que se convirtiera en este libro que sale ahora al público. Este libro se presenta como una celebración de nuestra vocación: la del hombre llamado a ser esposo, padre, sacerdote o religioso; cada uno en su lugar, pero todos invitados a redescubrir esa virilidad y masculinidad que nos es connatural y que, en nuestros días, ha sido humillada y cuestionada en nuestra sociedad.

En la cultura contemporánea se ha instalado una grave confusión sobre el ser humano que ha erosionado la familia y el tejido social. Esta deriva promueve la dilución de las diferencias fundamentales entre el varón y la mujer, reduciéndolas a meros productos de la historia. Frente a ello, proponemos volver a la antropología cristiana, que entiende la sexualidad como un elemento central de la persona: una manera singular de existir, de experimentar y de expresar el amor humano.

La identidad masculina deja una marca profunda en lo que somos; resulta clave para el desarrollo equilibrado de la personalidad y, en consecuencia, para la formación de nuestros hijos. El sexo humano no se limita al plano biológico, sino que se proyecta también en las dimensiones psicológica y espiritual, dándonos forma como hombres y mujeres según el plan de Dios. Por eso, toda espiritualidad orientada al varón debe asentarse en la verdad de su condición masculina. Recuperar esa verdad exige, ante todo, reconocer que el hombre tiene una naturaleza propia, una configuración interior que merece ser respetada y que no puede alterarse arbitrariamente sin consecuencias profundamente dañinas.

¿Con qué voluntad nace “Nosotros”?

Nosotros” nació en la Parroquia de Sant Jordi de Vallcarca, en Barcelona, con la voluntad de ofrecer una respuesta al desconcierto que experimenta el hombre católico frente a la modernidad y dentro de la misma Iglesia. La intención última de estas páginas es sostener y ennoblecer ese modelo de masculinidad recia mediante un compromiso decidido. De ahí “Nosotros”. Quiere ser una confesión decidida de nuestra condición de hombres. El hombre católico tiene una vocación concreta y específica que exige de una virilidad que no es de músculos sino de virtud, de fe y confianza en Dios para ser padres, esposos, amigos, servidores de Cristo, defensores de los débiles, misioneros, sacerdotes, consagrados…lo que Dios nos pida…

La elección del nombre reclama, por sí misma, una explicación, pues alude a una afirmación audaz y sin complejos de la masculinidad: de lo que somos y de nuestra vocación. En estos tiempos líquidos, donde el vaivén de pronombres pretende disolver identidades y sembrar confusión, “Nosotros” quiere erigirse en una declaración de firmeza y de combate cristiano. Somos hombres, y el plural no es casual: anuncia que ya no caminamos solos y que albergamos la esperanza de que seremos muchos. Nosotros.

¿Cuanto mal han hecho varias décadas de cristianismo fofo y buenista?

La “Palestra ascética para hombres” nació con vocación de ser eso, una Palestra, que en griego quiere decir “una escuela de lucha”. Lo cual supone una visión guerrera de la fe cristiana. Porque hay una guerra y nosotros queremos militar bajo la bandera de Cristo, como decía San Ignacio. Además tenemos las armas, porque la gracia de Cristo no nos faltará. Ese combate tiene su primera línea de fuego en nuestros corazones que deben ser conquistados para Cristo. Ese es el primer objetivo…Es inútil querer cambiar al mundo, ni siquiera tu familia si antes no has sido tú mismo tierra conquistada para tu Señor.

Esta propuesta nació en la Parroquia de Sant Jordi de Vallcarca como unas charlas para hombres, en su mayoría conversos, que viniendo de experiencias de vida muy tortuosas, en muchos casos, o por ser católicos de toda la vida que estaban aburridos de un cristianismo sin garra ni heroísmo, demandaban un camino de lucha y exigencia. El combate contra el pecado y las heridas de los vicios pasados exige, siempre fue así en la tradición católica, un programa de vida fuerte y virtuosa a la luz de una propuesta católica sin complejos.

Algunos de ellos después de convertirse e ir a sus parroquias encontraban una propuesta que parecía más dirigida a mujeres mayores o a jovencitos con una emotividad hipersensible que a hombres con ideales fuertes. Debian conformarse con ser “seudo-sacristanes” o miembros de grupos parroquiales “hiperclericalizados” donde se esperaba que hicieran lo que dijera el cura y fueran buenos chicos.

El lugar del hombre católico no es junto al cura ocupando su tiempo en reuniones y consejos donde se habla mucho y se hace nada por el Reino de Dios. Su lugar es en casa, con su familia, pasando tiempo con sus hijos, creando lazos fuerte con otros amigos católicos para asociarse y ayudarse en su misión, en su trabajo dando testimonio sin complejos, con alegría, con valentía pero con humildad…A la parroquia va, sí, pero para recibir los sacramentos de la gracia, para formarse y para crear vínculos con otros hombres que tienen el mismo deseo de servir a Cristo y su Iglesia,; es decir, lo justo.

Son hombres que buscan una identidad católica sin complejos. No dudan al entrar en la batalla que se pelea alrededor de sus hijos y familias, la batalla que está distorsionando la dignidad tanto de hombres como mujeres. Esta batalla es espiritual y está matando progresivamente lo que queda del carácter cristiano de nuestra sociedad y cultura, e incluso introduciéndose en nuestros hogares. Esta batalla sucede en la misma Iglesia; y la devastación es muy evidente.

Con esta iniciativa quisimos dar atención espiritual a los hombres para que descubrieran su llamada a vivir de manera viril su vida y, en especial, su vida de fe. Se puede ser un verdadero hombre y al mismo tiempo amar y servir a Cristo, Nuestro Señor. Diría más: De hecho se necesita ser un verdadero hombre para servir a Cristo.

¿Por qué la fe católica más que asociarla a viejecitas beatas y devociones de almíbar habría que asociarla al caballero cristiano, al guerrero, al cruzado…?

No es un tema de sexo o de edad. En no pocas viejecitas, como en muchos enfermos con un cuerpo debilitado, se ve una “virilidad” en la virtud que es fruto de la gracia y de una vida de muchos sacrificios unidos a Cristo. En cambio hay tipos grandes y fuertes, que se quejan de todo como niños, inútiles de arrostrar la más mínima contrariedad, incapaces de hacerse la cama por la mañana o de ponerse a trabajar cuando toca. Con ese material aunque vaya cada dia al “gym” no se puede construir nada, es desecho de tienta…

Uno de los hilos que atraviesa este libro es la virilidad. Pero no la virilidad concebida en términos puramente naturales o sexuales, ligados a la capacidad generativa. No: hablamos de una virilidad que es virtud cristiana, una energía interior que se forja en la lucha ascética y en el ejercicio perseverante de la virtud.

Una vida masculina vivificada por las virtudes infusas, las virtudes cardinales y los dones del Espíritu Santo: Fe, Esperanza, Caridad, Fortaleza, Templanza, Prudencia, Justicia, Sabiduría, Consejo, Temor de Dios….¿No se os antoja que es muy viril y el proyecto del Espíritu Santo en nosotros? Sin la gracia somos enanos que intentan sortear obstáculos imposibles o niños que se miran en un espejo haciendo pose de “musculitos”.

¿Por qué la vida es milicia y como milicia hay que vivirla?

Militia est vita hominis super terram, et sicut dies mercenarii dies ejus.” (Job VII:1) “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra, y como días de mercenario son sus días.”

Este era el modelo de la Iglesia militante, aquella que encarnaba el deseo ardiente del propio Jesús cuando proclama en el Evangelio: “no penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada”. ¿Y dónde ha de blandirse esa espada? En su combate, que también es el nuestro, contra el mal. Por eso somos introducidos en ese espíritu guerrero: la espada levantada contra el pecado, contra la injusticia y contra todo aquello que hiere al hombre, no sólo en el mundo exterior, sino —ante todo— en los repliegues de nuestro propio corazón.

No son pocas las veces en que procedemos de situaciones donde el vicio nos ha retenido, y liberarse cuando uno ha sido esclavo requiere una disciplina perseverante. La vida cristiana crece a través de pequeños propósitos, descubiertos en la dirección espiritual o en la confesión frecuente, que nos permiten avanzar por el camino de la conversión. Porque la conversión no es un evento, algo que ya sucedió, es un proceso, casi siempre, lento y dramático de liberación de cadenas. Por lo tanto el símil de la milicia tan presente en la tradición cristiana define muy bien nuestra situación, y nuestra vocación: Hay una guerra, el enemigo es poderoso, y nosotros luchamos por conquistarnos a nosotros mismos, y por conquistar el mundo, para Cristo.

¿Por qué es necesaria la ascética y la mortificación, además de la oración, para librar con valentía el buen combate de la fe?

El enemigo más feroz no cabalga fuera, sino dentro: el orgullo que se alza, el deseo que reclama trono, el miedo que susurra retirada. Por eso empuñamos un arma invisible, más dura que el acero: la mortificación. Cada renuncia es un golpe certero contra el caos interior. Cada silencio ante la ofensa es una victoria. Cuando domina el hambre, la lengua, la mirada y el corazón, no se empequeñece: se hace libre. No desprecia el cuerpo, lo disciplina; no huye del mundo, lo ordena. Como el soldado que entrena en secreto, fortalece su espíritu para el día del combate.

A imagen de Cristo —Rey herido y vencedor— el caballero cristiano aprende que la verdadera fuerza es para defender la fe, que la grandeza está en servir y que sólo el que se vence a sí mismo puede ser util a otros. Así camina, sobrio y firme, con el corazón templado por la renuncia, hasta que su vida entera se convierte en ofrenda. En la tradición católica, la oración, la lucha ascética y la mortificación son tres medios clásicos para crecer en la vida interior y en la santidad. Están profundamente unidos entre sí. La oración nos da luz para conocer el bien y gracia para realizarlo. Sin oración, la vida espiritual se debilita y la lucha se vuelve estéril.

La lucha ascética es el esfuerzo constante por ordenar la propia vida según el Evangelio, combatiendo el pecado, las malas inclinaciones y el egoísmo. Y se apoya siempre en la gracia de Dios que viene de la oración y los sacramentos, canales de gracia. La mortificación es una expresión concreta de la lucha ascética en la vida diaria. Consiste en renunciar voluntariamente a algo lícito o aceptar con paciencia las contrariedades, por amor a Dios. Une al cristiano a la cruz de Cristo. Puede ser interior o exterior, ambas fundamentales. En conjunto, forman un camino equilibrado de crecimiento espiritual, basado en el amor, la libertad y la gracia de Dios, que vencen al instinto y liberan de la esclavitud determinista de la ley del deseo.

¿Por qué insiste usted tanto en el tema de la paternidad como vocación de todo hombre?

Primero porque su presencia y misión en la familia es irremplazable. Hombres, despertad y retomad con vigor vuestro lugar, el que Dios os otorgó , como protectores y líderes espirituales de vuestro hogar! Es una misión, una vocación, un servicio, no un dominio, sino un liderazgo amoroso. Y lo mismo los hombres solteros. Llamados a ser padres, no a buscar su independencia esteril. Si no estás casado o estás solo por cualquier circunstancia de la vida, sea temporal o definitiva, sé un padre, no un solterón, un single…No creas que estás incompleto. Si tienes a Cristo esa soledad es tu campo de entrenamiento para servirle a El solo, para ser padre de otros que necesitan tu acompañamiento, para ayudar a los débiles o los pobres, para formar a los jóvenes, para servir a Cristo que es tu Señor…

¿Y los sacerdotes?

Yo soy sacerdote y soy padre. Sí, padre de muchos hijos, y si no lo soy mi sacerdocio es estéril. Esa paternidad, en sus diferentes manifestaciones, refleja de manera imperfecta pero segura la Paternidad de Dios el Padre hacia aquellos a quien Dios nos ha dado para ser sus padres.

¿Qué significa ser “padre”?

Me pareció muy grande algo que dijo el Papa Francisco, en una reflexión sobre la paternidad: “Cuando un hombre no tiene este deseo, algo falta en este hombre, algo ha pasado. Todos nosotros, para ser plenos, para ser maduros, tenemos que sentir la alegría de la paternidad: incluso nosotros los célibes. La paternidad es dar vida a los demás, dar vida”.

Vivir la vocación de paternidad -ya sea una paternidad física o espiritual en el sacerdocio o la vida religiosa, sea por tu trabajo en la caridad, la educación, o la trasmisión de la fe, siendo célibe- es esencial para que un hombre viva la plenitud de su existencia. Para vivir plenamente, todo hombre debe ser padre. Si no abrazas la vocación de padre que Dios ha planeado para tí; estarás cerrado en ti, en la impotencia de la “semilla” que se resiste a morir, que rehúsa dar vida. Decía Mons. Olmsted, Obispo de Phoneix (Arizona) en una carta pastoral sobre masculinidad: “No te preguntes: ¿Estoy llamado a ser padre?”, sino más bien: “¿Qué tipo de padre estoy llamado a ser?

¿Por qué San Ignacio es modelo del caballero cristiano?

Porque fue caballero antes de su conversión, sirviendo a un rey, y después también, pero ya sirviendo al Rey. Toda la espiritualidad ignaciana gravita en torno a este imaginario. Se percibe con claridad en la meditación del Rey, ese soberano que desea conquistar el mundo entero y someter a todos sus enemigos para entrar así en la gloria del Padre. Y aparece también en la célebre meditación de las Dos Banderas, piedra angular de su espiritualidad, donde Cristo se alza como el sumo Capitán que convoca a todos a combatir bajo su enseña.

En otro pasaje, Ignacio resume de manera semejante la misión de la Compañía: “hacer servicio de guerra bajo la bandera de la cruz”. Se trata de una guerra espiritual: un combate contra el pecado que anida en mí y contra el pecado que contamina el mundo, siempre bajo el signo redentor de la cruz. Esa es, en esencia, la vida cristiana: una lucha por Cristo. Ignacio entiende bien qué enciende el corazón de un hombre. La lucha exterior —esa que tanto nos atrae, la conquista del mundo para Cristo— es noble, pero solo puede ser auténtica si brota de un combate interior previamente librado. ¿Cómo aspirar a vencer enemigos externos si no se ha conquistado primero el propio corazón? Un castillo dividido en guerras intestinas, ¿cómo podrá resistir el asedio de un ejército que acampa ante sus murallas?

¿Qué otros modelos de caballeros cristianos tenemos?

Cuando alguien me pide un modelo de masculinidad le enseño un crucifijo y le digo: “El es la masculinidad perfecta”. Pilato presentó a Jesús ante la gente con las palabras: “Ecce homo” (“¡He aquí el hombre!”) No se daba cuenta pero presentaba a Dios hecho hombre, el Verbo encarnado, Jesús de Nazaret quien es Dios y hombre verdadero, la perfección de la masculinidad. Cada momento de Su vida en la tierra es una revelación del misterio de lo que significa ser hombre. Animo mucho a mis hombres a leer el Evangelio, cada dia. A seguir y mirar a Cristo constantemente, a tenerlo ante sus ojos. A contemplar su rostro sereno, que lo sientan todo el dia respirando en sus cogotes, junto a ellos en su camino, en su jornada. El les enseñará a ser hombres, a tomar decisiones viriles. Los testimonios de los mártires, las vidas de los santos…La lucha ascética animó la existencia de los mártires, de los grandes misioneros, de los héroes de la fe. Incluso la literatura caballeresca venía impregnada del modelo del caballero cristiano:

Sir Galahad, en el ciclo artúrico, era puro, casto, valiente. El único digno del Santo Grial. Representa la virilidad santa, no la brutal. El Cid Campeador es un cristiano, fiel, guerrero y padre atento y amoroso. Honor, lealtad y sacrificio personal son sus insignias. Roland (La Chanson de Roland) muere defendiendo la fe y a su señor. Es el heroísmo como fidelidad hasta la muerte. Pero entre los santos hay modelos de virilidad tremendamente inspiradores a los que hay que acudir como modelos e intercesores poderosos: San Juan Bautista, San Pablo, San Benito, San Ignacio de Loyola, Santo Tomás Moro, San Maximiliano María Kolbe, San Juan Pablo II…Entre todos ellos, de forma eminente, San José.

¿Qué nos puede decir de San José, como modelo acabado de santidad y de virilidad?

Tradicionalmente, la fiesta de San José ha sido también la celebración del Día del Padre; sin embargo, en los últimos años esta conmemoración —ligada desde siempre a la figura del padre cristiano— se ve sometida a un proceso de difuminación, cuando no de abierta abolición, bajo la mirada crítica de ciertas corrientes feministas que desean “despojarla”, dicen los medios, de su supuesto contenido heteropatriarcal. Frente a esa deriva, nosotros reivindicamos a San José como arquetipo de masculinidad y de virilidad auténtica: el hombre escogido por Dios para ejercer la autoridad dentro del hogar más santo, la Sagrada Familia. Hablar de San José es, por tanto, hablar del hombre cristiano, investido de autoridad en su casa porque Dios mismo lo ha puesto al frente de ella.

Es autoridad porque ha sido elegido; autoridad porque es un varón virtuoso, sacrificado, protector de su esposa y dedicado a educar a su hijo en la virtud. Un hombre que se robustece en la oración, cimentado en Cristo, de modo que su mujer y sus hijos puedan apoyarse en él sin temor. Eso esperamos de nuestros hombres, de nuestros padres de familia, de los esposos cristianos: que sus hijos y sus esposas encuentren consuelo, firmeza y amparo en su presencia cotidiana. La tradición cristiana ha contemplado siempre en San José un modelo de virilidad serena, silenciosa y firme, una virilidad que no necesita imponerse por la fuerza porque nace de la fortaleza interior y de la obediencia confiada a Dios. Su figura, a primera vista discreta en los Evangelios, resplandece precisamente por esa sobriedad. José no habla, obra. No discute, actúa. No hace ostentación de su autoridad, la ejerce con la dignidad de quien sabe que la verdadera fuerza procede de Dios y no del propio orgullo.

Los Padres de la Iglesia vieron en él al “justo” por excelencia, al hombre íntegro cuyo corazón se mantiene recto incluso en medio de las pruebas más desconcertantes: aceptar la maternidad divina de María, asumir la misión de custodiar al Hijo de Dios, emigrar a Egipto para preservar la vida del Niño. En todas estas circunstancias, José revela una virilidad que se expresa en el sacrificio y en la responsabilidad, en la renuncia a sí mismo para salvaguardar el bien de su familia. Su fortaleza no es ruido, sino roca; no es impulso ciego, sino discernimiento y obediencia.

Por Javier Navascués

8 comentarios

  
AlessandroG
Lo estoy leyendo. Inspirador, potente, sin complejos...Apto solo para hombres que se quieran incomodar
23/12/25 1:01 PM
  
eclesiam day
Me gustaría hacer una pregunta al Padre; he escuchado en uno de sus videos de youtube del canal que el blogger ha reseñado que el P Antonio hace una analogía entre la palabra "afeminado" con ser blando espiritualmente y esclavo de las bajas pasiones.

En este video:
https://www.youtube.com/watch?v=LHQGp2uZCwE

La pregunta es: ¿ No cree que esa narrativa totalmente ajena a la RAE y al sentido común puede incomodar y causar en rechazo extremo en las mujeres ?

Es completamente comprensible —y legítimo— que muchas mujeres sientan un rechazo profundo cuando se hacen analogías entre términos ligados a la feminidad y supuestas aberraciones morales como “ser esclavo de los bajos instintos” o “ser blando espiritualmente”. Aun más cuando lo escuchan en boca de un sacerdote.

Ese tipo de analogías no son neutrales: cargan la feminidad con un significado negativo, como si lo femenino fuera sinónimo de debilidad, desorden o falta de dominio interior. Para muchas mujeres, escuchar ese lenguaje no es una abstracción teórica, sino una experiencia de desvalorización directa. El mensaje implícito es claro y ofensivo: que aquello que se asocia a lo femenino es moralmente inferior o espiritualmente sospechoso.

Además, este discurso resulta especialmente hiriente porque las mujeres han sido históricamente acusadas, de manera injusta, de representar la tentación, la irracionalidad o el exceso pasional. Repetir hoy esas asociaciones —aunque sea de forma indirecta o “analógica”— reactiva prejuicios antiguos que han servido para justificar exclusión, control y silenciamiento.

No es extraño, entonces, que genere rechazo, indignación e incluso repulsión. No se trata de sensibilidad exagerada, sino de reconocer que el lenguaje tiene peso moral. Cuando se vinculan conceptos como feminidad o apariencia femenina con corrupción interior, se perpetúa una narrativa que degrada en lugar de elevar, que hiere en lugar de orientar.

En definitiva, hacer analogías entre feminidad y fallas morales no solo es conceptualmente erróneo, sino profundamente ofensivo para las mujeres, porque convierte una dimensión legítima y valiosa de la identidad humana en un símbolo de decadencia. Ninguna reflexión ética o espiritual gana algo al apoyarse en ese tipo de desprecio implícito.

RAE

afeminado, da
1. part. → afeminar.
2. adj. Dicho de hombre: Que tiene características propias de las mujeres, espec. en el aspecto o el comportamiento. Tu amigo es un poco afeminado. Tb. m. Hace años habrían dicho que eras un afeminado si te hubieran visto llorar así.
23/12/25 5:59 PM
  
Transeúnte
Algo de verdad hay en lo que dice eclesiam day. El P. Mir exagera mucho y convierte la masculinidad en algo, casi, casi aberrante. Parece dar a entender que para llegar a Dios hay que ser viril, pero hay muchas mujeres que han tenido experiencias de union con Dios siendo mujeres (entre ellas Santa Teresa de Jesús, pero incontables otras más) Estas mujeres han llegado a Dios de forma femenina sin que tengamos que hacer una loa a la femineidad por ello. Hay mujeres tirando a viriles y hombres tirando a femeninos, eso es un hecho, y no pasa nada. Los hombres femeninos pueden llegar a Dios igualmente, sin necesidad de tornarse "viriles", y las mujeres tirando a machos pueden llegar a Dios de esa manera, porque como el mismo P. Mir dice, ser viril no tiene por qué referirse a la sexualidad. Y ser femenino, tampoco.

Yo creo que todos los hombres tienen algo de femineidad y las mujeres algo de virilidad, y no hay nada de reprobable en ello, porque son cualidades del alma. Por ejemplo, la sensibilidad es una cualidad femenina, teóricamente, pero es no significa que los hombres no puedan ser sensibles. Y, la fuerza, es algo que también las mujeres pueden cultivar sin ningún problema. Creo que en la forma de orar, hay que usar tanto las cualidades femeninas como las masculinas. Un varón puede tener más fuerza, y su postura será más viril, sin duda que la de una mujer cuando se pone en postura de oración, pero cuando alcance estados de oración profunda derramará lágrimas de un modo que podría no parecer nada viril. ¿En cuanto a la mujer? Ella saca fuerzas de flaqueza si es preciso, cuando llega el momento.

Por tanto, no. El equilibrio entre ambas cualidades es lo más importante. Estoy de acuerdo de que un hombre hiper sensible, no resulta excesivamente atractivo a una mujer, lo mismo que una mujer con demasiada musculatura podría no ser atractiva para un hombre. Estos son casos extremos que no suelen darse, por supuesto. Pero hay hombres sensibles que atraen a las mujeres, lo mismo que mujeres de musculatura fuerte atraen a los hombres. Porque la cuestión no es blanco o negro, sino que hay una mezcla armoniosa de lo viril y lo femenino tanto en varones como hembras. Y este sacerdote parece pensar en hombres viriles al cien por cien, lo que resulta francamente aberrante. Las cosas no son así.

23/12/25 6:56 PM
  
Marta de Jesús
Como mujer estoy totalmente de acuerdo con que la feminidad en los varones es desagradable, crea rechazo instantáneo y denota heridas. Me refiero a cosas muy exageradas, obviamente, y por lo general forzadas. No a quien ha tenido una carencia y eso le haya podido imprimir algunos gestos. De hecho es sabido que los varones que no quieren ser pretendidos por hembras, aceptados, suelen utilizar esa técnica. Más bien solían. Ahora como van a por todos ya no se molestan en afeminarse. Y las mujeres que no querían ser aceptadas, que no querían ser pretendidas por varones, empleaban la masculinización como estrategia identificativa y para generar ese rechazo, hasta que dieron el salto de querer a todas. Eso no quiere decir que la feminidad sea mala en sí misma. Ni la masculinidad. Una cosa es nuestra. La otra vuestra. Es simplemente respetar lo que Dios creó y vivirlo como Él quiere. Quienes no lo aceptan son ciertamente personas atadas a pecados, con traumas, alejadas del redil. #Personas que requieren ayuda#. Creo que el segundo comentarista no ha entendido nada. Las mujeres no feministas estamos muy tranquilas siendo mujeres. No nos sentimos inferiores ni peores. Sencillamente nos sabemos diferentes. Y queremos seguir siendo diferentes, no como las neonazis que quieren diluir los sexos en uno. No nos importa ser el segundo sexo. Como no nos importaría ser el quinto en caso de haber cinco. Eso os exige a vosotros protección, respeto, apoyo. Aunque en realidad eso es mutuo. Pero vosotros tenéis una cierta responsabilidad añadida. No olviden que #en cristiano# estar arriba es ser servidor de todos los que están debajo. Las mujeres y los niños deben ser los primeros en subirse a los botes. El Papa actual y el Sumo Sacerdote de la época de Jesús están en distinta onda, estando ambos arriba. Cristo redefinió los puestos. Lavó los pies a sus Apóstoles ante el asombro de quienes empleaban sirvientes para ellos. Pagaron 30 monedas por Él, el precio de entonces de un esclavo, siendo Dios.
Estamos agradecidas de haber sido tan amadas por Dios que decidió crearnos y ofrecernos la Vida Eterna. Esta vida y sus vanidades, pasan. La otra pertenece.
23/12/25 7:49 PM
  
Francisco Javier
Excelente articulo y los dichos, escritos y videos de este magnifico sacerdote fiel a Cristo no son aptos para hombrecitos progres deconstruidos manitas quebradas que toman el té agarrando la tasa con el dedo meñique estirado, cristalitos que se quiebran facilmente gracias a adoctrinamiento en "nuevas masculinidades" que lloran si les hablan de virilidad en el hombre, "ay no que van a decir las feministas y a todos, todas y todes de mi club? les va a provocar repulsión! exijo que sea cancelado!" jeje. En este momento tambien me suscribo al canal Stat Crux de Youtube para ver mas videos del padre Gomez Mir.
23/12/25 8:32 PM
  
eclesiam day
Al reflexionar sobre la virilidad según el sentido pleno católico, comprendo que no se trata de fuerza física, ni de apariencia, ni de poder mundano. La verdadera virilidad, tal como nos la muestra El Diálogo de Santa Catalina de Siena, es un don del espíritu, un llamado a la fortaleza interior revelado por Dios mismo a la Santa en sus momentos de intimidad con Él. En estas páginas descubro que ser viril es sostenerse con paciencia firme ante el sufrimiento, mantener un amor inquebrantable por Dios y por el prójimo, y perseverar en la virtud rechazando todo lo que nos aparta de la gracia. Es reconocer nuestra propia debilidad con humildad, y al mismo tiempo, caminar con valentía en la senda de la fe, la esperanza y la caridad.

Lo que Catalina nos transmite no es teoría ni consejo humano, sino una verdad divina, revelada a través de la experiencia mística y la unión con Dios: la fortaleza espiritual es el verdadero signo de la virilidad, y solo quien se deja moldear por el amor divino puede sostenerse firme ante las pruebas, amar sin medida y vivir con integridad espiritual. Cada vez que medito sobre la virilidad, vuelvo a esta obra como a un faro seguro, que ilumina el camino del alma con la luz de la revelación divina.

En el libro de la Santa, Dios mismo le habla a Sta Catalina de lo que es ser VIRIL en 8 ocasiones.
23/12/25 8:41 PM
  
eclesiam day
Transeunte!

Le aconsejo se descargue el libro el Dialogo de Santa CAtalina de Siene, y vaya a tiro fijo a las 8 veces que sale la palabra viril y como entiende Dios que debe ser un hombre o mujer viril; y por supuesto en este sentido si no se es viril no es posible alcanzar a Dios.

Cosa diferente es el tema de que el Padre youtuber en sus videos diga que un hombre afeminado es practicamente un despojo lamentable.

Vea este video:

https://www.youtube.com/watch?v=LHQGp2uZCwE
23/12/25 8:51 PM
  
Rafaelus
Cristo está por encima de cualquier categoría mundana como virilidad, feminidad, ganador, perdedor, etcétera. Es irrespetuoso insistir en esos aspectos de personalidad en relación con Cristo.
23/12/25 9:29 PM

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