Y si el patriarcado no fuera una conspiración contra las mujeres

Eugénie Bastié, periodista de Le Figaro, acaba de publicar un artículo en el que da noticia de un libro recientemente publicado en Francia: Pourquoi les Amazones n’existent pas (Fayard).
El libro viene firmado por Véra Nikolski y Nicolas Pichoff, la primera antigua alumna de la École Normale Supérieure y doctora en Ciencias Políticas; el segundo doctor en Física e ingeniero. Uno puede adivinar que estamos aquí muy lejos de los libros militantes del feminismo más activista.
La teoría que cuestionan estos autores es probable que les suene. ¿No han oído nunca hablar de aquella lejana edad de oro en la que eran las mujeres las que mandaban? Sí, justo antes de que la conspiración masculina se saliera con la suya e impusiera el patriarcado, relegando a las mujeres a los fogones y al cuidado de los niños.
Es ésta una visión que nos asalta por doquier. Cualquier película que se precie cuenta hoy en día con poderosas jefas de clan, cazadoras prehistóricas y mujeres guerreras (amazonas, vikingas…) de lo más letal en primera línea del campo de batalla. Lo que la industria del entretenimiento está haciendo es inculcarnos, no muy sutilmente, las tesis feministas que sostienen que existió un benéfico matriarcado primitivo y que el patriarcado fue una elección, y por tanto una decisión arbitraria y reversible. En efecto, la dominación masculina no sería más que un accidente histórico que estaríamos obligados a revertir. En esta batalla cultural nos encontramos con tesis tan rocambolescas como la de Priscille Touraille, que sostiene que los hombres prehistóricos habrían privado a las mujeres de proteínas, lo que habría dado lugar al dimorfismo sexual. Todo vale contra el opresor masculino.
Frente a este fantasioso relato, el libro de Nikolski y Pichoff, escrito con abundante documentación y rigor, demuestra que ninguna sociedad humana conocida ha convertido la caza o la guerra en una actividad femenina habitual. ¿Por qué?
La respuesta es bastante lógica y evidente para cualquiera no cegado por la ideología, para cualquiera capaz de tener en cuenta el dato biológico y social. Es la mujer quien se queda embarazada, no el hombre. Como escribe Bastié, «el hombre engendra en el cuerpo de otra persona, la mujer engendra en su propio cuerpo». Esto significa que la mujer queda impedida, o al menos limitada, para acciones de riesgo durante unos cuantos meses. Luego va a ser, durante otra temporada larga, que puede durar años la principal fuente de alimentación del niño (la leche en polvo no existía en el Paleolítico), lo que también va a limitar su capacidad de irse del hogar a cazar o guerrear. Obvio.
Pero es que además, señalan los autores, el número de hijos que una mujer puede engendrar durante su vida fértil está limitado, mientras que un hombre puede fecundar a diferentes mujeres. Por tanto, en un grupo humano la pérdida de una mujer en edad fértil tiene consecuencias en lo que se refiere a la natalidad mucho más graves que la de un hombre. En un contexto de supervivencia, que es en el que nos hemos movido los humanos durante milenios antes de llegar a la sociedad de consumo y bienestar actual, la vida de un hombre tenía menos valor que la de una mujer, clave para la supervivencia demográfica del grupo.
En base a estas observaciones, los dos autores plantean la hipótesis de una sociedad que hubiera confiado las tareas más arriesgadas –la caza, la guerra, los trabajos físicos peligrosos– a las mujeres y llegan a la conclusión de que esa sociedad hubiera jugado peligrosamente con su extinción: «Probablemente todos seamos descendientes de grupos humanos que optaron por una organización social en la que las actividades peligrosas son prerrogativa de los hombres», escriben.
O sea, que el hecho de que los hombres se dedicaran a tareas peligrosas fuera de casa fue la clave de que la humanidad no se extinguiera. Escribe Bastié que «el patriarcado no es una conspiración milenaria de hombres dominantes que impusieron la sumisión de las mujeres para su propio capricho. Se trata más bien, según nos dicen los autores, de una «transacción», de un compromiso forjado por la necesidad de sobrevivir: los hombres tenían el monopolio de la violencia, pero también la sufrían en mayor medida. El patriarcado es, en este sentido, un curioso sistema de dominación en el que los dominantes sufren más daño físico y presentan una mortalidad más elevada que los dominados».
Este rasgo no ha desaparecido: los hombres siguen siendo mayoría en los oficios duros y peligrosos, entre las víctimas de homicidio, entre los fallecidos en el trabajo o en la guerra. Es normal pues que una sociedad valore positivamente la virilidad, lo que no sería más que el reconocimiento que se da a quienes se exponen más al peligro de muerte por el bien de la comunidad.
¿Cuál es la gran lección de este libro?, se pregunta Bastié. Y responde, creo yo que con gran acierto: «Hay que dejar de confundir investigación con activismo y mirar la realidad de frente. La izquierda culturalista quiere creer que todos los comportamientos humanos, todas las diferencias y todas las desigualdades están forjados por la cultura, con la idea implícita de que lo que es cultural se puede deconstruir fácilmente. Esta ideología constructivista es científicamente frágil. Sabemos que la cultura y la biología están entrelazadas».
Añadiría que, además, ni la biología busca fastidiar a nadie, ni la cultura es una gran conspiración para someterse a nadie. Dejémonos de victimismos selectivos y reconozcamos y apreciemos tanto el dato biológico, fascinante, como los modos en que las sociedades se organizan en torno a él. ¡Y viva el patriarcado… aunque me toque morir antes!
11 comentarios
Vale que la maternidad limita las actividades de riesgo fuera de la familia, pero ya la maternidad era en sí una actividad de riesgo benéfica para la sociedad ¿por qué va a suponer menos reconocimiento que la caza? ¿Impide la biología femenina tener voz y voto en la construcción y dirección de la sociedad cuando ésta está fundada en la razón y no en la fuerza bruta?
¿Llevan burka las mujeres afganas por su maternidad o más bien por el machismo asqueroso de los talibanes que quieren esclavizarlas? ¿Qué les impide estudiar sino exclusivamente el deseo de mantenerlas en la esclavitud?
Por no hablar de los casos aberrantes y delictivos que se dan también en occidente en el trato a las mujeres, cosas que no beneficia a la sociedad sino al desenfreno animal de unos aprovechados.
¡Muy bueno, Sr. Soley! Ya está bien de chorradas políticas, desde el "inculto" para incultos, J. J. Rousseau hasta hoy.
Aunque si aceptan la Verdad se quedan sin negocio: vivir del cuento a costa de los contribuyentes, del dinero público, ellos que defienden tanto lo público, pero para llevárselo calentito.
¡Y viva el patriarcado… aunque me toque morir antes!
Saludos cordiales.
S. Agustín tiene una frase de oro en sus Confesiones: "El amor de la verdad es tan grande, que todos aquellos que aman otra cosa quisieran que eso que aman fuera la verdad. Y como no les gusta que los engañen, tampoco les gusta convencerse de que se engañan. Por eso odian la verdad, a causa de aquello que aman en lugar de la verdad".
La mujer era Coral Bistuer, y les dio la del pulpo a los dos.
No creo que se deba sacar la conclusión de que a los señores bajitos no se les deje votar ni ser votados para cargos públicos, que se les prohíba estudiar o que se les ponga un burka.
Ni creo que esa discriminación biológica beneficiara a la sociedad en nada.
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