Nosotros: la ascética para hombres está de regreso
Aunque ya se sabe que hay que ir con mucho cuidado con eso de las generalizaciones, creo que se puede afirmar que la Iglesia católica, en el último medio siglo, se ha «feminizado», haciendo, por ejemplo, más hincapié en lo emocional y arrumbando algunos aspectos clave que hasta no hace mucho eran profusamente cultivados. Uno de los resultados de este proceso ha sido que una parte muy significativa de los varones jóvenes se alejan de una Iglesia donde les cuesta encontrar su lugar.
A este respecto, y a modo de ejemplo, recuerdo la conversación con un amigo, joven converso francés, que me explicaba que, en su adolescencia, estaba convencido de que la religión católica era una religión para mujeres, pero no para hombres (que, en cualquier caso, si les daba por la religión, siempre tenían a su disposición el Islam). Por suerte, un amigo le invitó a unos boy scouts católicos y, me decía, allí descubrió con sorpresa que era posible ser masculino y católico. Creo que esta anécdota refleja una realidad.
Algo parecido le ha sucedido al sacerdote barcelonés Antonio José Gómez Mir, que ha constatado también, en la realidad de su parroquia, que a muchos hombres les resulta difícil encontrar su lugar en la Iglesia. Como él mismo escribe, «hoy parece que solo hay sitio para la moderación y la tolerancia… un mundo para hombres igualmente moderados y en cierta medida afeminados».
El padre Antonio José Gómez Mir ha ido recogiendo a jóvenes y lleva ya unos cuantos años animándoles a «redescubrir una manera viril de vivir según el plan de Dios». Muchos de estos varones, explica, «venían de un proceso de conversión» y «lo que habían encontrado en la Iglesia era tremendamente desalentador, porque solo hallaban un cristianismo pueril, sin fuerza, sin heroicidad, sin la pasión por Cristo que necesitaban: algo con garra, verdaderamente evangélico, apostólico y firme en la fe». Así nació un grupo de hombres y un ciclo de conferencias titulado «Nosotros. Palestra ascética para hombres», que ahora se han convertido en un valioso libro con ese mismo título publicado por Homo Legens.
El libro no engaña a nadie: es un libro primordialmente de ascética, y de ascética para hombres, que tienen unas características propias y que, muy lejos de la retorcida mirada de quienes hablan de «masculinidad tóxica», son buenas, muy buenas, y necesarias… si se las canaliza bien (como el libro propone). No otra cosa hizo la Iglesia cuando transformó a aquellos barbaros en caballeros cristianos capaces de dar la vida por los indefensos. En palabras del autor, «el modelo era el guerreo, era el mártir, era el monje, era el héroe, era el caballero».
A muchos lectores les llamará la atención ciertas expresiones y sí, en ocasiones, uno no puede dejar de pensar en que el autor se atreve con afirmaciones que hoy en día pueden provocar sarpullidos y que no acostumbramos a oír en boca de quienes tienen puestos de responsabilidad jerárquica en la Iglesia. Es la confirmación de lo que señalábamos al principio. En concreto, toda aquella parte del gran tesoro de la Iglesia que tiene que ver con la ascética ha sido apartada y silenciada, con terribles consecuencias. Porque lo que expone el padre Antonio José Gómez Mir es, en realidad, lo que siempre se había enseñado en aquellos tratados de ascética que aún se pueden encontrar rebuscando en algunas librerías de viejo. Aquí se habla de lucha ascética, de mortificación y de sacrificio… no por masoquismo ni por orgullo (el autor se burla de quienes reducen su horizonte al gimnasio y al músculo pero son incapaces de dominar sus pasiones), sino por un amor grande y apasionado. Lo que enseña es lo que siempre había enseñado la Iglesia, y ahora, tras unas décadas de silencio, vuelve a sonar con toda aquella fuerza que fue capaz de cambiar el mundo.
Pero no sólo bebe este libro de los tratados y manuales, sino también, cómo no, de los santos. La presencia de san Ignacio de Loyola, él mismo soldado, y su meditación de las dos banderas es continua (hay un capítulo entero dedicado a él). San Pablo también ocupa un lugar de honor. Lo mismo que San José, otro con capítulo propio titulado «nuestro modelo». Y san Bernardo de Claraval, y san Francisco de Asís, etc.. así como maestros como Lorenzo Scupoli o Charles Péguy (y también Homero).
Resulta especialmente iluminadora la distinción que hace el autor del héroe griego y del héroe cristiano. Claro que hay «aspectos de la moral pagana que el cristianismo adoptó y transformó», pero Cristo transformó lo que se entendía por hombría: «es la conversión de la fuerza bruta y la violencia en capacidad creadora, en amor, en perdón». ¿Hay riesgos? Sí, por supuesto, pero también deja muy clara el autor una idea que es recurrente: «No somos voluntaristas. Somos cristianos. El hombre sin la gracia de Cristo no puede alcanzar este dominio». Cuestión crucial.
El libro resulta, pues, especialmente apropiado para tiempos de desorientación como vivimos, tiempos en los que por culpa de la capa de silencio que se extiende sobra tantas verdades católicas, son muchos los que vagan por la vida a la deriva. Es una lectura recomendable para cualquier situación, pero especialmente provechosa en este tiempo de Cuaresma que empezamos, donde la lucha ascética tiene, junto a la oración y la limosna, un papel insustituible. Así que ya tenemos lectura cuaresmal, y de las buenas.
17 comentarios
Esas ideas trasnochadas de guerreros y cruzados me parecen de chiste y fomentan una nostalgia irreal de tiempos que ninguno conoció y que se caracterizaban por la violencia extrema. Ya lo dijo Cristo: "Quien a hierro mata, a hierro muere". Él nos llamó a ser mansos y humildes de corazón, no a ser violentos ni discriminadores.
Ya entiendo que desde una mentalidad, como la que expresa su comentario, que enfrenta a hombres y mujeres, esto es difícil de comprender, pero la realidad es así. Hombres y mujeres somos diferentes, y eso es magnífico, muy enriquecedor. Burlarse de lo propiamente masculino como ridículo y antievangélico confirma precisamente la existencia de esas actitudes antimasculinas que tanto daño hacen a la Iglesia.
Y por cierto, la caballerosidad cristiana, que encauza la fuerza masculina hacia la protección del débil, es un ideal que, lejos de estar trasnochado, es de enorme actualidad y muchos jóvenes se esfuerzan en encarnar. Sin ir más lejos, Quentin Deranque, el joven católico linchado en Lyon y asesinado, cuando sus amigos intentaron que desistiese de ir a proteger a un grupo de chicas, su respuesta fue: " ni hablar, uno no deja solas a unas chicas jóvenes". Ése es el tipo de hombre cristiano que busca suscitar el libro.
No me refiero a la caballerosidad cuando hablo de ideas trasnochadas, más bien a un tipo de violencia implícita en ese ideal de guerrero que no casa, afortunadamente, con nuestro ideal cristiano.
La caballerosidad como protección del débil creo que se nos debe exigir a todos. Pero insisto, es tomar estos modelos medievales al pie de la letra, en un mundo que ya no lo es.
Una obra necesaria en nuestros días
bufff ...
bufff ...
Madre mía.
Felicidades, barcelonés, acaba de escribir una de las claves de nuestro tiempo. Hace diez o quince años jamás imaginé que la moderación, la templanza, fuera vista no como virtud sino como debilidad o una falta de principios.
Es deleznable, lo siento. No se extrañe(n) que sucedan hechos lamentables como el asesinato de Quentin Deranque.
Saludo, de ex-barcelonesa auto-exiliada en la campiña escocesa, por el asco (lo siento) que me está dando el mundo. Estoy terriblemente decepcionada de todo. Y solo nos faltaban las AI ...
PS: mi adhesión con Bakunita.
Con su doxa de "yo proviene del diablo, Nosotros, de Dios".
Vamos a ver, los cruzados (ya sea templarios, hospitalarios o teutónicos) pasaban años fuera de casa. Vivían penalidades, dormían a la intemperie, pasaban hambre, frío, sufrían emboscadas, masacres, epidemias, morían a cuchillo, mataban, asediaban ciudades o resistían asedios... No puede ser que un hombre adulto de la actualidad que vive en un país del Primer Mundo con todas las comodidades, que no ha visto una guerra más que en la TV y que lo más "guerrero" que hace en su día a día es dicutir por internet o tocar el claxón en un atasco de tráfico se crea igual que esos templarios. No, ni por asomo.
Como mucho, se podrían comparar con los Templarios los cristianos sirios que han combatido al Estado Islámico o los nigerianos que sufren y combaten a Boko Haram. Y en España aquellos que ya tengan más de 110 años y por edad hayan combatido en la guerra civil.
Por otra parte, no dudo de la necesidad de ascéticas con matices diferentes para personalidades con distintas tendencias, complejo machista incluido o marujeo endémico por el lado opuesto. La cuestión es darse cuenta de los propios defectos, en vez de pretender culpar a los demás.
Lo de que les aleja de la iglesia que haya mujeres es una excusa tan deplorable como si la usaran los discípulos que huyeron del calvario porque había mujeres al pie de la cruz. Bien por las mujeres y por Juan.
Paz y bien
Muchas gracias Jorge.
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