Las valkirias británicas de la eutanasia

En el Reino Unido se está estos días discutiendo sobre la legalización de la eutanasia. Tras ser aprobada en la Cámara de los Comunes, ahora la discusión se ha trasladado a la Cámara de los Lores, donde los defensores de la vida están intentando introducir algunas enmiendas.
No voy a entrar aquí en los detalles del debate, me limitaré en fijarme en el perfil de quienes abogan por poder provocarle la muerte a los enfermos y de quienes defienden que no deberíamos provocar la muerte de estos pacientes.
El proyecto de ley ha sido promovido principalmente por Lord Falconer, amigo y en su juventud compañero de piso de Tony Blair. Falconer es de esos privilegiados que despliegan un celo desaforado por una causa, en este caso enviar al otro barrio a enfermos y ancianos, que están convencidos de que es sagrada. Tanto que quienes disienten pasan a engrosar, en su opinión, el submundo de enemigos de la humanidad. Sin ir más lejos, Falconer se refirió en el debate despreciativamente a «una tal Sarah Cox», que resulta ser la expresidenta de la Asociación de Medicina Paliativa (APM) y que el año pasado prestó declaración ante la comisión encargada del proyecto de ley. Estas palabras han provocado una queja oficial por parte de la APM, pero Lord Falconer no parece muy afectado: cualquier opinión que se aleje de su propia certeza en este asunto la considera irrelevante si no maligna.
Pero más allá de este apparatchik del liberalismo progre, llama la atención que la batalla entre los dos bandos en la Cámara de los Lores se libra principalmente entre dos tríos de mujeres. Sus perfiles nos dicen mucho.
En el bando eutanásico, Lord Falconer cuenta con tres baronesas (Jay, Hayter y Blackstone) que Madeline Grant ha bautizado en el Spectator como «las valquirias de la Cámara de los Lores», en referencia a las deidades femeninas de la mitología nórdica cuyo nombre significa «las que eligen a los muertos»… sólo que en vez de servir a Odín sirven a Falconer. La baronesa Hayter ha tenido una larga carrera en puestos de designación política en la administración y es vicepresidenta de la Sociedad Fabiana; la baronesa Blackstone, que fue la rectora de la Birbek University cuando Roger Scruton fue invitado a irse de allí (Scruton explicaba que los únicos de derechas en aquella universidad tan sensibilizada por la diversidad eran la señora de la limpieza y él), fue presidenta de la misma Sociedad Fabiana y la baronesa Jay es una veterana miembro del Partido Laborista, que ha trabajado en la BBC y es hija de Jim Callaghan, quien fue primer ministro del Reino Unido de 1976 a 1979.
En resumen, las tres valkirias del suicidio asistido son perfectos ejemplos de lo que en su entorno político califican como «privilegiadas», personas de familias acomodadas (o muy acomodadas), con buenos contactos y que gracias a su participación en el engranaje de poder laborista han tenido siempre prestigiosos y muy bien remunerados cargos en instituciones públicas. Curiosamente los distritos que representan, Paddington, Stoke Newington y Kentish Town, son tres distritos vecinos en las zonas más acomodadas del norte de Londres, donde parece que se considera mejor quitarse la vida que vivir sin poseer completa autonomía.
En el otro bando, el de las defensoras de la vida, tenemos, como si de un combate de lucha libre se tratara, a las baronesas Finlay, O’Loan y Grey-Thompson. Como veremos sus perfiles son significativamente diferentes de los de las valkirias.
Empezando por sus orígenes geográficos: Finlay es de Gales, O’Loan de Irlanda del Norte y Grey-Thompson vive en Stockton-on-Tees, condado de Durham, en el norte de Inglaterra, donde la minería del carbón fue muy fuerte.
Sus carreras profesionales son también muy distintas. Finlay fue profesora de medicina paliativa, O’Loan trabajó en la policía en Irlanda del Norte y Grey-Thompson fue medallista paralímpica. Una experta en medicina paliativa y una campeona paralímpica, personas que saben de qué hablan por experiencia propia y para quienes el asunto debatido no es meramente abstracto deberían tener peso en este debate. Por eso no es de extrañar que planteen preguntas sobre la viabilidad, la financiación y la seguridad de la ley, que ponen en continuos aprietos al equipo de las valkirias. Tanto que recientemente la baronesa Jay depreció las enmiendas presentadas por sus oponentes por considerarlas «una pérdida de tiempo».
En el fondo estamos ante dos mundos, dos cosmovisiones. Por un lado personas con arraigo, con trabajos reales y experiencia también real. Por el otro una élite de burócratas con vidas privilegiadas al calor de la política, convencidos de que el despotismo ilustrado es necesario porque, ya se sabe, la gente vota mal en demasiadas ocasiones. No estamos muy lejos de la división que Christophe Guilluy hacía entre los anywhere y los somewhere (desarraigados cosmopolitas los unos, arraigados en lo local los otros).
8 comentarios
No nos engañemos, la eutanasia será para los pobres desgraciados, usted y yo, que no podremos pagarnos esos cuidados y atenciones médicas nunca, y que el estado y la Seguridad Social están cada vez más lejos de asumir.
Saludos cordiales.
Dejar un comentario






