¿Pan para los pájaros?
Defensores de la Eucaristía, Rubens, Museo del Prado

¿Pan para los pájaros?

La santa Misa no es una reunión religiosa con un poco de pan y vino como broche entrañable.

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A los protestantes les molesta bastante no poder comulgar en una iglesia católica. El malestar es comprensible, pero se basa en un malentendido. Un malentendido bastante fundamental, incluso. Porque la cuestión no es quién puede sentarse a la mesa, sino qué hay sobre la mesa. Para muchos protestantes, la Cena es ante todo una comida conmemorativa. Se recuerda la Última Cena, se anuncia la muerte de Cristo y se vive la comunión de los creyentes.

La Iglesia católica, en cambio, no cree que la eucaristía sea una comida en forma de sacrificio, sino que es un sacrificio en forma de comida. Parece una diferencia sutil, pero en realidad hay un mundo de diferencia. En la Última Cena, Jesús no dijo: «Este pan simboliza mi cuerpo». Dijo: «Esto es mi Cuerpo». Y sobre el cáliz no dijo: «Este vino recuerda mi sangre». Dijo: «Esta es mi Sangre». Son palabras bastante llamativas para alguien que solo hubiera querido instituir una comida simbólica. Y en Juan 6 queda aún más claro. Cuando Jesús dice que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida, se produce un gran revuelo. Sus oyentes lo encuentran inaceptable. Varios discípulos incluso lo abandonan. Un momento excelente, diríase, para deshacer el malentendido. Para decir: «Amigos, no hay que tomárselo tan al pie de la letra. No es más que una metáfora». Pero Jesús no hace nada de eso: «¿También vosotros queréis marcharos?». Evidentemente, había algo esencial en juego.

A veces se objeta que la fe en la presencia real de Cristo en la eucaristía no habría surgido hasta el siglo IV. Los primeros cristianos solo habrían conocido una sencilla comida fraterna. Solo más tarde la Iglesia habría elaborado a partir de ella una teología complicada. ¿De verdad? Tomemos a Ignacio de Antioquía. Vivió a comienzos del siglo II, es decir, poco después de los apóstoles. Escribió que ciertos herejes se abstenían de la eucaristía porque no reconocían que la eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo. Eso no es teología del siglo IV. Es de hacia el año 110. O tomemos a Justino Mártir, que hacia mediados del siglo II escribe expresamente que los cristianos no reciben los dones eucarísticos como pan común ni como bebida común, sino como la carne y la sangre de Cristo encarnado.

Quien afirme que la fe en la presencia real no surgió hasta siglos después debe de tener un interés particularmente selectivo por los primeros cristianos. Naturalmente, la doctrina se formuló más tarde con mayor precisión. El concepto de transustanciación no adquirió su precisión teológica hasta mucho después. Pero la Iglesia no repartió durante siglos pan corriente para decidir luego de repente que era Jesús mismo. El vocabulario teológico se desarrolló; la fe que con él se expresaba era mucho más antigua.

Y con ello llegamos a otra diferencia notable.

Después de la Misa católica, las hostias consagradas que sobran se reservan con gran reverencia en el sagrario. ¿Por qué? Porque Cristo no deja de estar presente en cuanto termina la celebración. La hostia no se ha vuelto a convertir en pan corriente una vez concluida. Por eso el católico se arrodilla ante el sagrario. Por eso conocemos la adoración del Santísimo. En las iglesias protestantes donde la Cena se entiende de manera exclusivamente simbólica, las cosas son, lógicamente, distintas. Lo que sobra después de la celebración es allí simplemente pan, y por esa razón no supone ningún problema dar los restos a los pájaros, algo impensable para los católicos.

Lo curioso es que precisamente a los católicos se les reprocha a menudo no ser suficientemente ecuménicos. Los protestantes, se dice, suelen admitir a los católicos a su Cena, mientras que los católicos, a la inversa, mantienen la puerta cerrada. Pero la hospitalidad nunca puede significar hacer como si no existieran diferencias esenciales. Cuando un protestante invita a un católico a la Cena, lo hace desde su propia concepción de lo que allí sucede. Cuando un católico no admite sin más a un protestante a la comunión, lo hace igualmente desde su fe en lo que allí sucede.

A ello se añade algo más. Según la doctrina de la fe católica, la eucaristía no es solo un encuentro personal con Cristo, sino también el sacramento de la unidad de la Iglesia. Quien comulga no dice «amén» solo a Cristo, sino también a la fe de la Iglesia que celebra esa eucaristía. Difícilmente se puede expresar sacramentalmente una unidad que en puntos esenciales de la fe todavía no existe. La Iglesia católica contempla excepciones en circunstancias particulares, pero eso no cambia en nada el punto de partida. La comunión no es el medio con el que se borran sin más las diferencias de fe existentes. Es la expresión suprema de una unidad en la fe que debe estar realmente presente. Eso no es falta de caridad. Es una cuestión de verdad.

Hay otra razón por la que la Iglesia católica no puede tratar esto a la ligera. La santa Misa no es un mero recuerdo del Gólgota. En ella se hace presente de modo sacramental el único sacrificio de Cristo en la cruz. Jesús no es crucificado de nuevo. Su sacrificio no se repite. Es el mismo sacrificio, el mismo Sumo Sacerdote, el mismo Cordero inmolado, pero hecho presente de manera incruenta. Ese es el núcleo del culto católico. En el Calvario, Cristo se entregó a sí mismo al Padre por la salvación del mundo. En la eucaristía, esa misma entrega se hace sacramentalmente presente. Y a continuación recibimos como alimento para nuestra alma a Aquel que se ofreció por nosotros. Primero el sacrificio, después la comida. O, mejor dicho: la comida es la participación sacramental en el sacrificio.

La santa Misa no es una reunión religiosa con un poco de pan y vino como broche entrañable.

La Misa es el Gólgota, sacramentalmente presente entre nosotros. Por eso en el centro de una iglesia católica no hay una simple mesa de comedor, sino un altar, y el sacerdote y los fieles se orientan preferentemente en la misma dirección.

La solución a la división entre católicos y protestantes no consiste, por tanto, en invitarnos mutuamente a todo en adelante y barrer amablemente las diferencias debajo de la alfombra. Eso no es ecumenismo. Es indiferencia teológica con un gesto amable. La verdadera unidad no nace de poner la verdad entre paréntesis, sino de buscarla juntos. La Iglesia católica no niega la comunión porque no quiera que sus hermanos y hermanas protestantes tengan a Cristo. Al contrario. Se toma a Cristo tan en serio que no puede hacer como si su presencia real, su sacrificio y su Iglesia fueran cuestiones accesorias.

En definitiva, se trata de una sola pregunta: ¿qué hay sobre el altar? ¿Es pan que remite a Cristo? ¿O es Cristo mismo bajo la especie de pan? Si lo primero es verdad, se puede hablar perfectamente de una mesa abierta. Pero si lo segundo es verdad, todo cambia.

Entonces ya no hablamos de hospitalidad, sino de adoración. Y entonces el sagrario no es una panera. Y la hostia consagrada, menos aún comida para los pájaros.

+Rob Mutsaerts

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