El Arzobispo de Milán advierte contra una cremación practicada «casi como una declaración de indiferencia» ante la Resurrección de la carne
Mons. Delphini | Screenshot YT

Ni cenizas en casa, ni funeral en las salas del tanatorio, ni discursos interminables junto al altar

El Arzobispo de Milán advierte contra una cremación practicada «casi como una declaración de indiferencia» ante la Resurrección de la carne

Ni cenizas en casa, ni funeral en el tanatorio, ni discursos interminables junto al altar. Mons. Delpini publica unas pautas para que las exequias vuelvan a ser lo que son, una profesión de fe en la Resurrección.

(InfoCatólica) Conservar en casa las cenizas de un difunto «contradice la dimensión comunitaria de la vida, de la muerte, de la oración de los fieles». En los tanatorios no se celebra el funeral católico. Y los discursos de despedida, si los hay, mejor cuando el sacerdote y los monaguillos se hayan retirado ya a la sacristía. Son algunas de las indicaciones que el Arzobispo de Milán, Mario Delpini, dirige a su diócesis en una carta sobre los funerales cuyo hilo conductor es la fe en la Resurrección.

El texto, titulado Carta a las comunidades cristianas sobre la celebración de las exequias y la profesión de fe en la Resurrección, ha sido difundido por el Arzobispado de Milán el 29 de octubre. Según informa la propia archidiócesis, el arzobispo eligió simbólicamente la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, el 2 de noviembre, como referencia para la carta. Delpini abre con una afirmación de fe: «Jesús resucitado es la única palabra de esperanza: quien muere con Jesús, con Jesús resucita. Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia». También señala un peligro, el de que la profesión de fe y la esperanza compartida «se difuminen en un genérico y apresurado rito de pésames».

La carta no sustituye al Directorio diocesano para la celebración de las exequias, publicado el 23 de junio de 2017, que sigue siendo la norma de referencia. El arzobispo quiere proponer algunas atenciones concretas para que los funerales sean ocasión de evangelización y de fraternidad.

Un dolor íntimo, pero no privado

«El dolor por la muerte de una persona querida es íntimo, pero no privado», escribe Delpini. Por eso pide que toda la comunidad se implique, y no solo los ministros ordenados. Considera que «sería providencial» que se extendiera una corresponsabilidad con «laicos capaces de asumir el ministerio de la consolación». Esos laicos acompañarían a las familias, animarían la oración en la iglesia y rezarían en las salas de despedida y en el cementerio.

El arzobispo reconoce que celebrar muchos funerales puede convertir en «una repetición agotadora» momentos que las familias viven como únicos. Sugiere que, en los días con funeral, la parroquia sustituya la Misa ferial por una celebración de la Palabra e invite a sus asistentes habituales a la Misa exequial. Pide además que en cada comunidad haya un grupo que cuide el canto, las lecturas y los signos del duelo. La práctica debe ser uniforme en toda la diócesis, para evitar comparaciones que causen malestar a quien ya atraviesa un momento doloroso.

Funerarias y tanatorios

Sacerdotes, diáconos y ministros deben buscar, en lo posible, una relación directa con la familia del difunto. «El servicio de las funerarias no debe representar un filtro, sino más bien un cauce para el encuentro con los parientes», afirma. Si la familia pide funeral religioso, la agencia debe aceptar los criterios de la comunidad cristiana. «Estamos en condiciones de exigir y de reclamar esa mediación», añade.

Sobre la costumbre de velar el cuerpo en las salas de despedida, equivalentes a los tanatorios, es tajante: «En las salas de despedida no es posible celebrar el funeral católico». La visita de ministros y fieles servirá para dar el pésame y ofrecer el consuelo de la esperanza, pero «no podrá entenderse como un sucedáneo del funeral».

La carta aborda también el dinero. «Para la celebración del funeral no hay una tarifa que pagar a la parroquia», por lo que las funerarias no deben incluir en sus tarifas la ofrenda para la Iglesia. Tampoco conviene hacer colecta durante las exequias. La familia puede, si lo desea, hacer una ofrenda libre a la parroquia.

Misa o liturgia de la Palabra

La forma de la celebración se acuerda con la familia, pero la elección entre Misa y liturgia de la Palabra «no puede resultar de la imposición de un esquema uniforme, ni ser tomada solo por el ministro que preside». Delpini recuerda que «los fieles difuntos tienen derecho a la celebración de una santa Misa de sufragio». Si el funeral no la incluye, el ritual prevé celebrarla después, en el día más oportuno.

Para muchos fieles, la Eucaristía es la culminación de una vida de fe y merece valorarse. En otros casos, escribe, «la indiferencia de la persona difunta y de los familiares respecto a la vida de la comunidad cristiana y a la Misa aconseja proponer más bien una celebración de la Palabra», que podrá presidir un sacerdote o un diácono.

En cuanto a los discursos de despedida, constata que con frecuencia resultan «demasiado numerosos, demasiado largos, demasiado torpes». Pide acordarlos antes con quien preside. Y añade su recomendación personal: «a mi parecer, es aconsejable que tengan lugar con la celebración concluida, después de que los ministros y los monaguillos se hayan retirado a la sacristía». Así queda claro que esas intervenciones no forman parte de la celebración.

Las cenizas, en el cementerio

La tradición cristiana, recuerda la carta, siempre ha propuesto la sepultura. La extensión de la cremación ha motivado indicaciones recientes «para evitar que las cenizas se dispersen y que el rito de la cremación se practique casi como una declaración de indiferencia hacia la fe en la Resurrección de la carne».

Delpini propone un momento comunitario semanal en el cementerio, por ejemplo el sábado por la mañana, para recibir y bendecir las urnas. Considera deseable que las cenizas se custodien en el cementerio del pueblo. En las ciudades, donde los cementerios quedan lejos, sugiere habilitar un espacio en la iglesia parroquial o en otra iglesia, con ayuda de la Curia.

Pide también recordar a los difuntos de la semana en la oración universal de la Misa dominical y celebrar una Eucaristía mensual por los fallecidos del mes. La oración por los difuntos, escribe, expresa la fe de que «la vida no se quita, sino que se transforma». Pide acompañar a las familias después del funeral, porque en ellas queda «un vacío que no se puede colmar, una pena que no se puede consolar, si no es con intensa oración y con solicitud fraterna».

La carta concluye: «No somos como aquellos que no tienen esperanza, sino que somos discípulos del Crucificado Resucitado, llamados a participar de su gloria, a llegar a la plenitud de la vida, a la meta deseada en la gracia de ver a Dios tal como Él es».

1 comentario

Dámaso
Algunas misas de funerales N.O,con guitarritas son un cachondeo con canciones estridentes,nada de cantos fúnebres como aquellos de al paraíso te lleven los ángeles,el alma mía recobra tu calma o el descansarán en el Señor los huesos quebrantados y en muchas los curas ya no dicen ni los responsos en vez de un funeral parece que sale uno de la discoteca.
30/10/26 10:20 PM

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