«No es complicado. Es muy sencillo. ¡Empieza por tus sacerdotes!»
© Diócesis de Portland

Pide desterrar la teoría crítica y el utilitarismo de las aulas católicas»

«No es complicado. Es muy sencillo. ¡Empieza por tus sacerdotes!»

Ayudar a los alumnos a entrar en el cielo antes que en la universidad, una hora santa diaria para cada sacerdote y los diáconos al frente de la caridad. Así quiere Mons. Sample renovar su archidiócesis.

(InfoCatólica) Mons. Alexander K. Sample, arzobispo de Portland (Oregón, Estados Unidos), ha firmado una carta pastoral que parte de una profecía formulada por Joseph Ratzinger en 1969 y sostiene que empieza a cumplirse en una de las regiones más secularizadas del país. El documento, titulado «Id, pues, y haced discípulos», está fechado el 1 de octubre, memoria de Santa Teresa del Niño Jesús, y presenta en cuatro partes el programa que el prelado llama «Renovación de la Misión», dirigido a sacerdotes, escuelas, familias y fieles laicos de la Archidiócesis de Portland.

La carta tiene un antecedente inmediato. En la solemnidad del Corpus Christi de este año, ante más de mil fieles, sacerdotes, diáconos y religiosos, el arzobispo consagró la archidiócesis al Sagrado Corazón de Jesús, en previsión de la consagración de Estados Unidos que harán todos los obispos del país. Aquel acto marca, según escribe, el comienzo oficial de esta renovación. El momento le parece decisivo porque Oregón, un estado muy secular donde los católicos apenas suponen el 11% de la población, registra en los últimos años un número creciente de personas que entran en la Iglesia. El fenómeno se observa en todo el país, pero en el oeste de Oregón alcanza, a su juicio, una escala comparativamente grande, y lo que más le anima es la proporción de jóvenes.

La pregunta que vertebra el texto es sencilla. Si la sociedad está en una encrucijada entre seguir alejándose de Dios o despertar a lo que permanece, la Iglesia local tiene que estar preparada para recibir a quienes buscan, y para eso debe tener claro antes cuál es su misión.

La carta es impresionante por su «rareza» y claridad en su anuncio como en su lenguaje. El arzobispo presenta la salvación de las almas como ley suprema de la Iglesia, cita completo el pasaje de San Marcos que advierte de la condenación de quien no crea (Mc 16,16), recuerda la grave obligación de la Misa dominical y la necesidad de la confesión para el perdón del pecado mortal, y propone al fiel corriente gestos tan concretos como rezar con un desconocido en el momento en lugar de prometerle oraciones. Son verdades que la Iglesia no ha dejado de enseñar, pero que rara vez se oyen así desde una sede episcopal, y menos aún convertidas en programa de gobierno para toda una diócesis.

Ese programa entra además en terrenos donde lo habitual es el silencio. Exige a todo el clero un Manual Litúrgico común, con la advertencia conciliar de que nadie, aunque sea sacerdote, puede cambiar nada en la liturgia por su cuenta. Señala por su nombre el secularismo, el utilitarismo y la teoría crítica como corrientes que han entrado en los colegios católicos, pide a los docentes que vivan la moral que enseñan y devuelve al párroco la autoridad sobre la escuela parroquial. Todo ello sin dejar de lado la opción preferencial por los pobres, que la carta asume desde Dilexi te, la exhortación apostólica del Papa León XIV, al encargar a los diáconos la organización de la caridad en cada parroquia.

También ha llamado la tensión la mezcla de celo apostólico y falta de complejos a la hora de compartirla en X:

«¿Diríamos que una escuela de inmersión en español tiene éxito si sus alumnos apenas entendieran el español al terminar? 
Deberíamos tomarnos la misión de nuestros colegios católicos igual de en serio. La excelencia académica importa. 
También importa formar alumnos que conozcan a Jesucristo y sepan entender, expresar y vivir la fe. Por eso pido una renovación significativa y auténtica de la educación católica en la Archidiócesis de Portland, empezando por nuestros colegios de primaria y secundaria y extendiéndose después a los programas de catequesis y formación en la fe de nuestras parroquias. Pido una renovación de lo que llamamos “educación católica apasionada por la misión”».

«Una respuesta buscada en secreto»

El punto de partida es el texto de 1969, pocos años después del Concilio Vaticano II, en el que el futuro Benedicto XVI anticipaba un tiempo de dificultad para la Iglesia seguido de un renacer: «Pero cuando haya pasado la prueba de esta criba, de una Iglesia interiorizada y simplificada brotará una gran fuerza. Los hombres de un mundo totalmente planificado se sentirán indeciblemente solos. Si han perdido por completo de vista a Dios, sentirán todo el horror de su pobreza. Descubrirán la pequeña grey de los creyentes como algo enteramente nuevo. La descubrirán como una esperanza destinada a ellos, como una respuesta que siempre habían buscado en secreto».

El arzobispo cree que esa realidad empieza a hacerse visible y conecta el diagnóstico con su lema episcopal, Vultum Christi contemplari (contemplar el rostro de Cristo), tomado de la carta apostólica Novo millennio ineunte de San Juan Pablo II. De ese documento cita el pasaje según el cual los hombres de hoy piden a los creyentes no solo que les «hablen» de Cristo, sino que en cierto modo se lo «muestren», y la advertencia que lo cierra: «Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro».

La salvación de las almas, ley suprema

Para definir la misión, el texto acude a las palabras de Jesús al principio y al final de su vida pública. Al comienzo, la llamada a la conversión porque el Reino está cerca (Mt 4,17; Mc 1,15). Al final, el mandato misionero, que el arzobispo recoge en sus distintas versiones, incluida la de San Marcos: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado» (Mc 16,15-16). La formulación que considera más clara es la de San Mateo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20).

La misión de la Iglesia queda así resumida en anunciar la misericordia de Dios, llamar a la conversión para el perdón de los pecados, conducir a las personas al bautismo y recordarles todo lo que Jesús enseñó. Doctor en Derecho Canónico, el prelado recuerda que el último canon del Código, el 1752, establece que hay que tener siempre ante los ojos «la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia». Añade una cita de San Maximiliano Kolbe, para quien trabajar por la salvación y santificación del mayor número posible de almas es «el fin preeminente de la vida apostólica».

Con la expresión de Francisco, los fieles están llamados a ser «discípulos misioneros». Pero nadie da lo que no tiene, nemo dat quod non habet, y por eso la renovación debe empezar por los propios discípulos.

«Empieza por tus sacerdotes»

La segunda parte, la más desarrollada, está dirigida al presbiterio. El arzobispo relata que en su retiro anual, durante la oración, recibió una indicación que resume así: «No es complicado. Es muy sencillo. ¡Empieza por tus sacerdotes!». Desde entonces ha decidido volcarse en ellos como sus principales colaboradores, y advierte que todo lo que escribe sobre la renovación sacerdotal se lo dice primero a sí mismo.

La razón es teológica. El sacerdote actúa in persona Christi capitis, en la persona de Cristo Cabeza, y lo que ocurre en la cabeza se transmite al cuerpo. Lo ilustra con una frase de dom Jean-Baptiste Chautard en El alma de todo apostolado: «Si el sacerdote es santo, el pueblo será fervoroso; si el sacerdote es fervoroso, el pueblo será piadoso; si el sacerdote es piadoso, el pueblo será al menos honrado; si el sacerdote solo es honrado, el pueblo será impío».

La renovación del clero se concreta en tres dimensiones, la santidad personal, la fraternidad sacerdotal y la unidad en la misión. Sobre la primera, la carta retoma la enseñanza de la carta de Benedicto XVI al inicio del Año Sacerdotal de 2009. La validez de los sacramentos no depende de la santidad del ministro, pero la plena fecundidad de su ministerio sí. El modelo es San Juan María Vianney, de quien nadie esperaba gran cosa en su tiempo y cuya eficacia no procedía de sus dotes humanas sino de su cercanía a Cristo. El arzobispo recoge incluso el relato, que dice haber oído, de un exorcista ante quien el demonio habría confesado temer al Cura de Ars hasta el punto de afirmar que con diez como él su reino se derrumbaría.

Hora santa, rúbricas y confesión mensual

Las exigencias concretas son claras. Fidelidad diaria a la Liturgia de las Horas, que los sacerdotes prometieron rezar el día de su ordenación también en nombre del pueblo; una hora santa diaria ante el Santísimo; dirección espiritual regular y retiro anual. La celebración diaria de la Misa, que el canon 904 recomienda encarecidamente aunque no asistan fieles, es el centro de esa vida, y ni las vacaciones ni el día de descanso son ocasión para omitirla.

No basta con celebrar, sino que importa cómo se celebra. La Misa, escribe, es el tesoro de toda la Iglesia y no el dominio personal de ningún sacerdote. Recuerda la enseñanza del Vaticano II en Sacrosanctum Concilium según la cual la regulación de la liturgia corresponde a la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, al obispo, de modo que «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia». La archidiócesis ha elaborado un Manual Litúrgico para unificar la observancia de normas y rúbricas en todas las parroquias, y el arzobispo establece que se espera de todos los sacerdotes que lo sigan con diligencia, como signo de comunión con la Iglesia y con su obispo, y que cuiden el ars celebrandi, el arte de celebrar, con reverencia, recogimiento y atención a posturas y gestos.

A ello se suma la confesión frecuente de los propios sacerdotes, al menos mensual. Los mejores confesores, sostiene, son antes los mejores penitentes.

Santa Teresa, «hermana mayor» del presbiterio

La vida espiritual del sacerdote se completa con la devoción mariana, con especial mención del Rosario y de la Inmaculada Concepción, patrona de la archidiócesis. El prelado relata además lo que describe como un «encuentro» con Santa Teresa de Lisieux, en el que la santa le hizo saber que quería acompañarle en la oración por sus sacerdotes. La considera su «hermana mayor» en la fe, la propone como intercesora de todo el clero y explica que por esa razón publica la carta en su fiesta.

El segundo eje es la fraternidad. A partir de la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena (Jn 17,20-23), afirma que la división en la Iglesia «nunca es un signo del Espíritu Santo» y la atribuye a la estrategia del Enemigo. Pide a los sacerdotes acudir a los grandes encuentros del presbiterio, buscar a quienes se ausentan, corregir fraternalmente cuando haga falta y reconciliarse con quienes les han herido, reconociendo que algunos han sido dañados en su relación con otros sacerdotes, con él mismo o con arzobispos anteriores. A los que dicen no necesitar esa fraternidad les responde que no es lo que quiso Jesús ni lo que vivió la Iglesia primitiva.

Para la unidad en la misión, recurre a The Boys in the Boat, el libro sobre el equipo de remo olímpico de la Universidad de Washington en 1936. El Espíritu Santo es el timonel, el arzobispo es el primer remero que marca la cadencia y los sacerdotes reman a su ritmo. Si no lo hacen al unísono, la barca se detiene. La parte concluye con una petición a los fieles para que recen por sus sacerdotes, los apoyen y les perdonen sus errores.

Escuelas para llegar al cielo

La tercera parte propone renovar lo que el arzobispo denomina una educación católica «apasionada por la misión». La pregunta de partida es por qué la Iglesia mantiene colegios cuando casi todos los niños tienen acceso a la enseñanza pública o privada. La respuesta es la transmisión de la fe a la siguiente generación, y la tesis se formula sin rodeos: no le interesa como apostolado de la Iglesia una educación privada para privilegiados, dominada por una visión secular y utilitaria de la excelencia académica y los deportes e inaccesible para muchas familias por su coste. El primer trabajo de un colegio católico, escribe, no es preparar a los alumnos para entrar en una gran universidad, sino «ayudarles a entrar en el cielo».

Eso no supone renunciar a la exigencia académica, que considera plenamente compatible con la formación espiritual y humana cuando ambas se integran. Tampoco basta con dar clase de religión, colgar símbolos o celebrar Misa. Se trata de crear una cultura católica que impregne todas las asignaturas.

Secularismo, utilitarismo y teoría crítica

El arzobispo admite que no era plenamente consciente de las corrientes filosóficas que dominan hoy la educación, aunque veía sus frutos. Identifica tres. El secularismo, que eleva la razón por encima de la integración entre fe y razón y abre la puerta al relativismo y al cientificismo, la creencia de que solo existe lo que la ciencia descubre. El pragmatismo y el utilitarismo, que miden el valor de la educación por sus resultados en la universidad y el empleo. Y las teorías del conflicto y la teoría crítica, que conciben la enseñanza como formación de activistas llamados a desmantelar sistemas de opresión y sitúan la raíz del mal no en el pecado, sino en «gobiernos, jerarquía, patriarcado, construcciones de género» y estructuras semejantes.

Estas ideas, advierte, han entrado en muchos centros católicos, a veces sin mala intención, al intentar equipararse a la escuela pública. Donde estén presentes deben ser sustituidas por una antropología cristiana y por la tradición filosófica, teológica, espiritual y moral católica.

Padres, párrocos y testigos

La renovación no puede hacerse solo desde los colegios. Los padres son los primeros educadores de sus hijos, y el hogar, la «iglesia doméstica», es su primera escuela. Muchos párrocos, señala, lamentan la escasa implicación de algunas familias y su ausencia de la Misa dominical. A los padres les dirige una exhortación directa: su responsabilidad primera ante Dios es ayudar a sus hijos a llegar al cielo, no solo a una buena universidad.

El colegio parroquial, además, es una misión de la parroquia y no una comunidad aparte. Por eso el arzobispo ha prescindido del modelo habitual de superintendente de escuelas católicas y ha creado una Oficina para la Misión de la Educación Católica. En el nuevo esquema el director del colegio depende del párroco, que es el líder y padre espiritual de la comunidad escolar. Para los institutos no vinculados a una parroquia pide que los alumnos sigan unidos a su comunidad parroquial, porque la pastoral del centro no la sustituye.

El testimonio de directores, profesores y personal es igualmente decisivo, y no solo el de los profesores de religión. Cita a San Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio». Quienes trabajan en los colegios deben vivir también la doctrina moral de la Iglesia, porque lo contrario sería un contratestimonio.

Queda el problema del acceso. El coste de las matrículas deja fuera a muchas familias y hace que el alumnado no refleje la composición étnica y social de las parroquias. El arzobispo no propone bajar las cuotas, porque quiere que los docentes cobren un salario justo comparable al de la enseñanza pública, sino ayudar a las familias a pagarlas mediante becas, fondos parroquiales y fundaciones, entre ellas Ascend, el fondo archidiocesano para ayudas al estudio. Su objetivo es que ningún niño católico de la archidiócesis se quede sin educación católica por motivos económicos. Reconoce también que algunas familias con hijos con necesidades especiales han encontrado cerradas las puertas de colegios de su propia parroquia, no solo por falta de recursos, y considera su inclusión un imperativo de la misión.

«Cuando se abra una puerta, crúzala»

La cuarta parte persigue crear una «cultura de la evangelización». En sus visitas pastorales, el arzobispo pregunta a los fieles si creen que en su ciudad hay personas que nunca han experimentado el amor de Dios ni saben para qué existen. La respuesta es que las hay, quizá la mayoría, y que llevarles el Evangelio no es tarea exclusiva del párroco. Los laicos encuentran en su familia, su barrio, su trabajo o el supermercado a personas que el sacerdote nunca conocerá. Remite a la constitución Lumen gentium (números 30 a 38) y a su enseñanza de que los laicos buscan el Reino de Dios ocupándose de los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.

El tiempo de la fe heredada, en la que se daba por supuesto que se transmitiría sola de padres a hijos, ha terminado. Ahora hace falta intencionalidad, aunque el método es sencillo: cuando se abre una puerta para hablar de la fe, hay que cruzarla, sin sermonear ni juzgar. El prelado cuenta su experiencia en un Uber, vestido sin traje clerical, con un conductor joven que le habló de su infancia difícil, sus errores, sus adicciones y sus rupturas. Le dijo que era muy amado por Dios y que no estaba definido por su pasado. El joven respondió que era el segundo hombre en una semana que le decía algo así, y el arzobispo le contestó que prestara atención porque era el Espíritu Santo quien le buscaba. El resto, añade, está en manos de Dios, como en la pesca milagrosa (Lc 5,1-11), donde Pedro solo echó las redes.

Propone preguntar a otros por su trayectoria religiosa o por lo que creen que hay después de la muerte, invitarlos a Misa y, sobre todo, rezar con ellos en el momento en lugar de prometer oraciones. Esa confianza no es arrogancia, sino certeza de que la única Iglesia fundada por Cristo subsiste en la Iglesia católica.

Domingo, confesión y Escritura

La preparación para la misión pasa por la vida espiritual de cada fiel. El arzobispo recuerda la «grave obligación» de participar en la Misa todos los domingos y fiestas de precepto, aunque observa que resulta extraño hablar de obligación cuando se comprende la riqueza que allí espera. Señala que el sacramento de la Penitencia ha caído en desuso entre muchos católicos, recuerda que es necesario para el perdón de los pecados graves y recomienda la confesión mensual como mínimo. Anima a leer la Biblia a diario, con la advertencia de San Jerónimo de que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo, a meditar las lecturas de la Misa del día, a tener siempre a mano un buen libro espiritual y a rezar el Rosario y practicar la devoción de los primeros viernes por la intención de la Renovación de la Misión.

Los diáconos, al frente de la caridad

El último punto es la opción preferencial por los pobres, sin la cual, escribe, el testimonio cristiano carece de credibilidad. Cita la exhortación apostólica Dilexi te del Papa León XIV y el juicio final según San Mateo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). La limosna es necesaria, pero más valioso aún es el servicio personal, cara a cara, porque el hambre más profunda de muchos es hambre de amor.

De ahí la medida más concreta de esta parte. El arzobispo pide a todos los diáconos de la archidiócesis que asuman la atención a los pobres como su ministerio principal. No se les encarga hacerlo todo, sino organizar y formar a los laicos de cada parroquia, porque toda parroquia debe tener un ministerio dedicado a los pobres.

La carta se cierra con una confesión personal. En sus veinte años de obispo, asegura, nunca se había sentido tan entusiasmado y esperanzado. Encomienda la Renovación de la Misión a la Virgen y a Santa Teresa de Lisieux, la consagra al Sagrado Corazón y pide a todos los fieles que recen cada día la oración compuesta para ella, en la que se suplica que los sacerdotes sean pastores entregados a imitación de Cristo y que los fieles reciban los dones necesarios para evangelizar.

1 comentario

Néstor
El tema de la clonación de Obispos tiene dificultades teológicas irremediables. Qué pena.

Saludos cordiales.
15/10/26 11:02 PM

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