(InfoCatólica) Las catedrales anglicanas del Reino Unido abren cada vez más sus naves a conciertos de música pop y a sesiones de discoteca. Muchos justifican la práctica como fuente de ingresos para sostener unos edificios cuyo mantenimiento ya no cubren ni las colectas ni las subvenciones públicas, según informó el National Catholic Register el pasado 3 de septiembre.
Para John M. Grondelski, que analiza el caso en Crisis Magazine, el alquiler de templos es solo la punta de un fenómeno más hondo, una concepción moderna de lo sagrado como algo transitorio, una «santidad fugaz». Y esa erosión, advierte, no afecta solo a las iglesias protestantes, donde no se reserva el Santísimo, sino que alcanza también a los templos católicos, donde sí está presente.
De la «casa de Dios» al espacio de culto
El templo se llamaba domus Dei, la casa de Dios. Quien entraba a hacer una visita al Santísimo se arrodillaba, guardaba silencio y se santiguaba, gestos que expresaban la santidad del lugar y que, a la vez, daban al templo una atmósfera propia.
Hasta el Concilio Vaticano II, la mayoría de los católicos encontraban el Santísimo en un sagrario destacado sobre el altar central. Una determinada interpretación del Concilio, sostiene el autor, llevó a contraponer altar y sagrario, y el Santísimo acabó relegado a capillas laterales o rincones. No ve tal competencia y considera injustificado ese desplazamiento, aunque lo que le interesa son sus efectos prácticos.
¿Para qué sirve el resto del templo?
Si hace falta un espacio específico para orar ante la Eucaristía, ¿para qué queda el resto de la iglesia? La pregunta abre el núcleo del análisis. El Concilio enseña en Lumen gentium que la Eucaristía es «fuente y cumbre» de la vida cristiana, y de ahí se siguen otras cuestiones, como si en la nave se reza al altar, a la Virgen y a los santos o a un Dios abstracto, mientras Él está sacramentalmente presente en algún punto del crucero. O si, sencillamente, no se reza y el templo pasa a ser un museo donde satisfacer el apetito estético.
Si el resto de la iglesia es «menos» santo, el salto hacia una santidad efímera es corto. ¿Es el templo «más» santo durante la Misa, para replegarse después la santidad en la capilla del Santísimo? Esa lógica, a juicio del articulista, desemboca en las nociones de iglesia «multifuncional» o de «espacio de culto» que ganaron terreno tras el Concilio.
El templo como local polivalente
Tampoco le convence la idea del culto como una «función» más junto a otras, unas más nobles, como una cena de Cáritas, y otras menos. Habrá quien defienda la cena solidaria, concede, pero la objeción es que se celebre dentro del templo, y ahí resuena la pregunta de San Pablo a los corintios sobre si no tienen otro lugar donde comer (1 Cor 11,22). Un comentarista italiano, al que cita, resumió el contraste olfativo como «incienso a las diez de la mañana, salsa boloñesa a las cinco de la tarde».
Una iglesia multifuncional deja de ser un bien en sí misma para convertirse en un bien utilitario, un espacio disponible en una agenda que podría encadenar Misa a las ocho, cantos fúnebres budistas a las once, concierto pop a las tres y una cena a las seis y media. El Espíritu Santo, ironiza, tendría que mudarse mucho a lo largo del día.
Umbrales, límites y estabilidad
Cierta corriente teológica sostiene que «todo es santo» y que la gracia está en todas partes, idea que sirvió, a su entender, para justificar la retirada de los comulgatorios, culpables de poner límites a los «existenciales sobrenaturales». Frente a ello, el texto plantea si la coherencia no exige umbrales, fronteras y estabilidad. «El optimista dice que la Iglesia fluye hacia el mundo; el pesimista observa que las mareas van en ambas direcciones», escribe.
Cuando no se marcan los límites, el presbiterio se funde con la nave y se diluye la sacralidad de la «tierra sagrada» (Ex 3,5) que rodea el altar, mientras un terreno corriente, como el aparcamiento de un Home Depot, se convierte de pronto en «santuario» con los privilegios e inmunidades que antes se reservaban a los recintos sagrados.
Sesenta años después del Vaticano II, las consecuencias de un «modelo de Iglesia» que borra fronteras merecen, en opinión de Grondelski, un debate sobre el lugar del Santísimo reservado y la permanencia de lo sagrado. Alquilar la catedral de Lincoln para una discoteca es solo un síntoma.
Lo que dice la arquitectura
La sacralidad es estable y duradera, y por eso la gente sigue reconociendo una iglesia como tal aunque los canonistas den el edificio por «desacralizado». Lo que hoy se observa, en cambio, es una sacralidad entendida como «función» que se enciende y se apaga como una luz, de modo que el templo es sagrado por la mañana, semisagrado por la tarde y local de alquiler por la noche.
La proxémica, el estudio del uso y la distribución del espacio, le sirve para recordar que lo que ocupa el centro y capta primero la atención es lo más importante, y lo que no, no lo es. A la luz de esa experiencia humana elemental, la pregunta final apunta a qué dice realmente la arquitectura eclesiástica moderna sobre la permanencia de lo sagrado, y a si puede sorprender que esa misma transitoriedad se extienda al sacerdocio, a la profesión religiosa y a los votos matrimoniales.







