(InfoCatólica) En un artículo publicado por el National Catholic Reporter (el equivalente norteamericano a Religión Digital) se pide dar un paso más en el camino sinodal: los seminarios sinodales.
El artículo, titulado «Nunca habrá una iglesia sinodal sin seminarios sinodales», está firmado por Rafael Luciani, uno de esos laicos afortunados que han conseguido medrar a la sombra de la Iglesia a pesar de promover todo aquello que la destruye desde dentro. Actualmente, este teólogo venezolano es profesor en una universidad jesuita norteamericana y otras universidades, perito del Sínodo de la Sinodalidad y perito del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), además de desempeñar otros cargos en instituciones de la Iglesia.
Según Luciani, el Sínodo de la Sinodalidad afirmó, para sorpresa de todos, que «la Iglesia es constitutivamente sinodal por naturaleza». Y, de alguna forma que no se explica, esta sinodalización constituye un punto crítico de la «recepción del Concilio Vaticano II», a pesar de que este se celebró hace más de medio siglo y, además, en él no se mencionó nunca la palabreja de marras.
Por lo tanto, hay que sinodalizar los seminarios. De hecho, para Luciani, «los seminarios siguen siendo un obstáculo para el avance de la reforma eclesial iniciada por el Vaticano II», a pesar de que en todos los seminarios se habla constantemente del Vaticano II. Esto lleva a sospechar que de lo que habla Luciani es de otras cosas, que están más relacionadas con el malhadado y destructor «espíritu del Concilio» que con los textos del propio Concilio.
D. Rafael ha descubierto «un peligro persistente en muchos países»: que «las conferencias episcopales, los seminarios y las facultades de teología reduzcan las orientaciones del Grupo de Estudio 4 a meros retoques superficiales» (el grupo de estudio que fue coordinado por el Cardenal José Cobo de Madrid). Esto implicaría que «la cultura clerical subyacente permanece intacta, sostenida por un profesorado encadenado a sus escritorios, desconectado de la vida pastoral de las comunidades vivas».
Ante ese terrible e inminente peligro, Luciani nos presenta la «urgencia de reformar los seminarios», que aún están marcados por el «modelo tridentino» en vez de por la sinodalidad. Al parecer, el gran pecado de estos seminarios tridentinos es que «la formación se concibe como una imposición vertical impartida por la autoridad y recibida por el candidato con pasiva docilidad a lo largo de los años».
El teólogo venezolano ha descubierto así algo inaudito: la formación se concibe como formación, de manera que los que saben enseñan y los que no saben aprenden. Más aún, lo que se enseña es la doctrina católica custodiada por la autoridad de la Iglesia, algo que, claramente, ahora está muy, muy mal, porque sinodalidad, «piramidal», Trento, «gremio autorreferencial», etc.
D. Rafael nos explica también que hay que desmantelar «la rígida división preconciliar entre una iglesia docente y una iglesia formativa» y recordar que «el ministro ordenado es ante todo un aprendiz, un miembro de los fieles entre los fieles, llamado a escuchar y discernir con otros cómo actúa el Espíritu en la comunidad viva antes de intentar gobernar o enseñar». Se trata de «un ministerio de escucha, discernimiento, responsabilidad y servicio en el seno de todo el pueblo de Dios».
No se explica, sin embargo, para qué hacen falta seminarios, si el sacerdote ya no tiene que dedicarse a enseñar, sino a escuchar y aprender. Es más, no se explica para qué hacen falta sacerdotes, si el sacerdote es uno más. Ni siquiera se explica para qué hace falta la Iglesia, si es cada «comunidad viva» la que tiene que discernir lo que quiere el Espíritu Santo.
Quizá esta vez, empeñarnos en más de lo mismo que ha llevado a vaciar los seminarios, las parroquias y los conventos tenga éxito.








