(InfoCatólica) Con la Rosa de Oro depositada a los pies de la Virgen, en la gruta de Massabielle, cerró León XIV el sábado la segunda jornada de su viaje apostólico a Francia. Fue el último gesto de un día que el Papa terminó de rodillas ante la roca donde Santa Bernadette Soubirous vio a la Señora en 1858, encomendando el país a la Inmaculada y pidiendo para su pueblo «el don de la concordia fraterna».
La jornada había empezado a primera hora en París, entre exiliados, voluntarios y jóvenes con discapacidad, en una casa de acogida que lleva el nombre de Santa Josefina Bakhita. Siguió en el Instituto Católico, donde el Papa pidió a la Iglesia francesa no dejar solos a los adultos que llaman a sus puertas, tampoco después del bautismo, y continuó en la plaza de la Concordia, donde durante la Revolución estuvo la guillotina. Allí celebró la Misa ante una multitud y preguntó a los fieles si han encontrado realmente a Cristo. Por la tarde voló desde Orly hacia los Pirineos.
Una casa donde «nadie es tan pobre que no tenga nada que dar»
La primera cita fue a las nueve de la mañana en la Maison Bakhita, centro de acompañamiento e integración social situado en la rue Jean Cottine. Su directora, Valérie Moniod, lo presentó como un lugar donde los exiliados se encuentran cada día con los voluntarios que los acogen, y donde cada persona ofrece a la otra «la humanidad de su mirada, el reconocimiento de su dignidad y sus diversos talentos». La casa trabaja en red con otras dos asociaciones. Aux Captifs, la Libération se dedica a personas sin hogar o que han caído en la prostitución, a las que acompaña para ayudarlas «a encontrar caminos hacia la liberación». À Bras Ouverts reúne, los fines de semana o en estancias cortas, a jóvenes de entre 18 y 35 años con jóvenes con discapacidad.
Tres testimonios pusieron rostro a esa labor. Meysan, afgano de 35 años llegado a Francia en 2015, era sastre en su país. Descubrió la casa buscando clases de francés, se apuntó al taller de costura y acabó como voluntario «porque necesitaba sentirme útil; quería existir». Hoy forma a mujeres, porque en su país «no tienen derecho a la educación ni al trabajo». Hace unos meses obtuvo el estatuto de refugiado y encontró trabajo. «Cada vez que he estado a punto de rendirme, siempre he encontrado a alguien que me ha tendido la mano», contó al Papa. Lise-Marie, de 30 años, lleva doce en el grupo de Lille de À Bras Ouverts, con el que participó en las Jornadas Mundiales de la Juventud de Cracovia y Lisboa. Blessing, de 31 años, conoció Aux Captifs en 2018, cuando se veía «obligada a hacer cosas que no quería». Hoy habla francés, tiene papeles y trabaja en un restaurante. «Sin Dios, nada se puede hacer», dijo, «incluso en las dificultades que atravesé, nunca dudé de su presencia».
En su discurso, León XIV agradeció el trabajo de la archidiócesis de París y de las Hermanas Scalabrinianas, y se detuvo en la figura que da nombre a la casa. Santa Bakhita, dijo, «nos invita a ver a quienes son invisibilizados, a liberar a quienes la economía y la cultura reducen hoy a la esclavitud, a honrar la dignidad infinita de cada hermano y hermana, en quienes el mismo Jesús viene a llamar a nuestra puerta». Citó su exhortación apostólica Dilexi te para recordar que «los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo».
El Papa situó el centro de esta labor en el intercambio de dones. «Nadie es tan pobre que no tenga nada que dar; nadie es tan rico que no tenga nada que recibir», afirmó, antes de glosar la imagen paulina del cuerpo en la que «el ojo no puede decir a la mano: "No te necesito"» (1 Co 12,21-22). Esta mirada, precisó, «no niega el sufrimiento que el pecado ha introducido en la historia, pero nos ayuda a no permanecer prisioneros de este», porque la redención «ya ha comenzado» y «nos involucra a nosotros, como miembros vivos del Cuerpo de Cristo».
Una Iglesia «en estado de iniciación»
A media mañana, León XIV llegó al Instituto Católico de París, donde lo recibieron el Cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, y el arzobispo de París, Laurent Ulrich. La institución acaba de conmemorar su 150.º aniversario y no recibía a un Papa desde la visita de San Juan Pablo II. En la capilla Saint-Joseph-des-Carmes, el Pontífice pronunció un breve saludo improvisado y rezó en silencio. Después siguió el recorrido de los mártires, que recuerda a los sacerdotes y obispos asesinados en aquel lugar el 2 de septiembre de 1792, durante las matanzas de septiembre de la Revolución Francesa, y beatificados en 1926. El Papa se detuvo a rezar en el lugar donde murieron.
Allí se encontró con la Asamblea Sinodal Provincial, que reúne a las ocho diócesis de Île-de-France y a la diócesis castrense en torno a una cuestión pastoral concreta, cómo acoger, acompañar e integrar de manera duradera a los numerosos adultos que piden hoy los sacramentos de la iniciación cristiana. Las cifras explican la urgencia. Según los datos de la Conferencia Episcopal Francesa, en la Pascua de 2026 recibieron el bautismo 13.234 adultos, un 28 % más que el año anterior y más del triple que en 2016, cuando fueron 4.124. Los jóvenes de entre 18 y 25 años forman el grupo más numeroso. Si se suman los adolescentes, los bautizados rondan los 21.000.
Monseñor Ulrich entregó al Papa el Instrumentum laboris de la asamblea, y León XIV recordó al hermano Lorenzo de la Resurrección, cocinero del convento en el siglo XVII, que «marcó profundamente mi camino de fe con su mística de la vida cotidiana».
Tras escuchar los testimonios de Josué, Marielle y Sophie, León XIV expresó su asombro por «el número de personas que hoy se acercan al umbral de la fe» en una sociedad «marcada por una cultura fuertemente secularizada». Ese fenómeno, dijo, es «un signo tangible de la obra de la gracia de Dios, que supera los análisis estadísticos y sociológicos», y contradice lo que el Papa Francisco llamaba el «pesimismo estéril». Pero advirtió de que el asombro «no debe encerrarnos en una satisfacción ingenua», sino llevar a «emprender acciones pastorales concretas».
Retomó para ello una expresión del episcopado francés, la de una Iglesia «en estado de iniciación», que supone descubrir en quienes buscan a Dios «una oportunidad y una misión». La oportunidad, explicó, es que la comunidad renueva gracias a ellos su propio camino de fe. La misión es cuidarlos «incluso después de que hayan recibido los sacramentos». Recogiendo la pregunta de Marielle sobre cómo evitar el «vacío» posterior al bautismo, pidió integrar a los neófitos en las comunidades y ofrecerles una formación que abarque los fundamentos de la fe y de la oración, la formación bíblica y teológica, «la riqueza de la doctrina y las distintas dimensiones de la conducta moral cristiana ligada a la profesión de fe».
La liturgia no es un añadido a la catequesis
El Papa dedicó una parte de su intervención a la vida litúrgica. Para algunos catecúmenos, observó, los ritos fueron la puerta de entrada al misterio de la fe, y una vez atravesada «es preciso avanzar». Advirtió de que la liturgia «no puede considerarse una realidad "posterior" a la catequesis, como si en ella se pusiera simplemente en práctica lo aprendido», porque «manifiesta y actualiza el misterio de la Pascua de Cristo» y forma parte «del propio camino de conversión y de preparación a los sacramentos».
De ahí la importancia de los formadores. León XIV pidió preparar padrinos y madrinas según la antigua tradición de la Iglesia, recomendó «un conocimiento profundo del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos» y reclamó para los agentes pastorales una formación que incluya también las cualidades humanas. Unos llegan movidos por la sed espiritual y otros «están marcados por experiencias dolorosas, situaciones de soledad y heridas profundas», y hace falta «un sabio equilibrio para acogerlos, escucharlos y, al mismo tiempo, animarlos a afrontar las exigencias de la fe».
Los nuevos bautizados, añadió, no están llamados solo a recibir, porque «su fe es un tesoro» para la Iglesia en Francia y para la Iglesia universal. Evocó a San Agustín, cuya fe «era apenas una pequeña semilla cuando recibió el bautismo» y creció hasta ser un árbol bajo cuyo follaje «todavía hoy podemos encontrar consuelo». «¡Sean ustedes también misioneros del Evangelio en esta sociedad!», exhortó, antes de confiarlos a Santa Teresa del Niño Jesús, a San Martín de Tours, a la Virgen, patrona principal de Francia, y a Santa Genoveva y San Dionisio, protectores de París.
Misa en la plaza de la guillotina
A las tres de la tarde, el Papa celebró la Misa en la plaza de la Concordia. Antes recorrió en papamóvil los Campos Elíseos, saludando a los fieles y a los niños que le acercaban. Según los organizadores, unas 800.000 personas se congregaron a lo largo de unos tres kilómetros, desde la plaza hasta el Arco del Triunfo. Concelebraron cerca de cien obispos y participaron unos 2.400 sacerdotes y diáconos.
El lugar guarda una memoria particular. En la plaza estuvo instalada la guillotina durante la Revolución, y allí fueron ejecutadas más de mil personas, entre ellas el rey Luis XVI y la reina María Antonieta.
La homilía giró en torno al Evangelio del día, «el que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37), y a la visión de Ezequiel del agua que brota del Templo. «El deseo de Dios habita en lo más profundo de nuestro corazón», dijo, y se trata sobre todo de «una sed de sentido, de verdad y de plenitud» a la que solo Cristo responde.
León XIV describió el vacío que reaparece cuando se cree haber alcanzado las metas y que se intenta llenar con placeres y posesiones nuevas. Invitó a examinar en qué fuente se busca saciar esa sed, si en los bienes materiales y «esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón». «Por el bautismo, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿realmente hemos encontrado a Cristo personalmente?», preguntó a los fieles. Para el Buen Pastor, subrayó, nadie es «un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible».
Dirigiéndose a los franceses como «herederos de una larga y hermosa historia de santidad», les animó a «construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe», y a no guardar la fe para sí. Recordó a los mártires Blandina, Potino e Ireneo, a Martín de Tours y Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, Federico Ozanam y Juana Jugan, y a quienes todavía hoy se comprometen «a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia». Tuvo palabras para las familias que «perseveran valientemente en su misión», para los jóvenes, «la Iglesia de hoy», y de nuevo para los catecúmenos y neófitos, antes de encomendar el país a la Virgen para que florezcan en toda Francia «los brotes de la fe, la esperanza y la caridad».
Peregrino ante la gruta de Massabielle
El avión del Papa aterrizó en el aeropuerto de Tarbes-Lourdes-Pirineos poco después de las siete de la tarde, mientras repicaban las campanas de la ciudad. Lo recibió Jean-Marc Micas, obispo de Tarbes y Lourdes. Antes de llegar al santuario, León XIV saludó al alcalde, Thierry Lavit, e inauguró una estatua en un puente sobre el Gave rebautizado para la ocasión como «Puente León XIV». Completó el trayecto en papamóvil entre miles de fieles que cantaban el Avemaría.
El clamor se convirtió en silencio cuando el Papa se arrodilló ante la gruta. Rezó en silencio, tocó la roca, bebió agua del manantial y encendió un cirio, como cualquier peregrino. Después leyó una oración a Nuestra Señora de Lourdes. «Te rogamos, Nuestra Señora, por Francia, de la que eres Patrona y a la que durante tantos siglos has rodeado con tu protección. Obtén para su pueblo el don de la concordia fraterna», rezó, pidiendo una sociedad que destierre «toda violencia y todo odio» y que permita a cada uno «trabajar, fundar su familia y llevar su vida hasta el final en la tranquilidad y la serenidad».
El Papa pidió para Francia «dirigentes sabios y generosos, dispuestos al sacrificio de sí mismos», que mantengan al país en paz y defiendan los derechos humanos fundamentales, «rechazando para siempre las lógicas de guerra». Rogó a la Virgen que renueve la fe de las familias cristianas, para que «estén generosamente abiertas a la vida» y Dios suscite en ellas «vocaciones, especialmente sacerdotales y religiosas». Presentó también las intenciones de los enfermos y de quienes los acompañan, y concluyó pidiendo a María que retire «todos los obstáculos que nos separan todavía de tu Hijo amado», y que Él «reine en todos los corazones».
El acto se cerró con la ofrenda de la Rosa de Oro a la Virgen, distinción reservada a los Romanos Pontífices. El domingo, León XIV continuará su peregrinación en Lourdes, donde celebrará la Misa y participará en la procesión de antorchas.








