(InfoCatólica) Cuando en África se supo que iba a ser nuncio en Alemania, sacerdotes y laicos le hicieron llegar una advertencia muy parecida. «Oh, se va usted a Alemania. ¡Tenga cuidado! Esos quieren una Iglesia que no puede existir». Lo cuenta el Arzobispo Hubertus van Megen, nuncio apostólico en Berlín desde este verano, en su primera gran entrevista, publicada el 23 de septiembre por el portal katholisch.de. En ella sostiene que pensar que las reformas salvarán a la Iglesia es «una ilusión» y que los católicos alemanes quieren «a menudo demasiado y demasiado deprisa».
El prelado neerlandés, que llegó a la capital alemana tras casi dieciséis años en África, repasa en la conversación con Steffen Zimmermann sus primeras impresiones del país, el Camino Sinodal y su continuación en la futura Conferencia Sinodal, la búsqueda de nuevos obispos para las diócesis vacantes y el perfil que, a su juicio, debe tener hoy un obispo.
De Nairobi a Berlín
Van Megen se crio junto a la frontera germano-neerlandesa y creía conocer bien Alemania. «Pero después de unas semanas aquí en Berlín me di cuenta de que en realidad no sé nada de Alemania», admite. A ello se sumó el cambio de Nairobi a Berlín, «una realidad completamente distinta». Aunque durante sus años africanos visitaba Europa con frecuencia, reconoce que volver a vivir en el continente es otra cosa, y bromea con que solo desde hace tres o cuatro semanas tiene la impresión de que la fiesta empieza de verdad.
El nuncio explica que ya se siente a gusto en su nueva residencia, en el límite entre los barrios de Kreuzberg y Neukölln, que se mueve por la ciudad en metro y que ha visitado el Altes Museum y la catedral de Berlín, porque considera importante que un diplomático mire con apertura la cultura y la historia del país en el que sirve.
Sobre la Iglesia alemana, confiesa que por su cercanía a Aquisgrán siempre había pensado que Alemania era un país muy católico, hasta que descubrió que no lo es tanto. Había oído hablar de problemas y tensiones, pero admite con franqueza que desde África la situación alemana no le interesaba demasiado, porque «Alemania, vista desde África, queda muy lejos». Como neerlandés, en cambio, sí percibe ahora paralelismos con la Iglesia de su país, donde en las últimas décadas se produjeron procesos que Alemania vive con cierto retraso. «El proceso de secularización sigue avanzando», resume.
La ilusión de salvar a la Iglesia adaptándola
De ahí extrae su diagnóstico central. «No hay que hacerse la ilusión de que, si la Iglesia se adapta lo suficiente a la sociedad, eso la salvará. Eso no va a ocurrir. La Iglesia tiene un mensaje, el mensaje de Jesucristo. Pero la sociedad, y tenemos que ser así de sinceros, apenas tiene ya interés en ese mensaje», afirma.
El nuncio atribuye el descenso del número de católicos en parte al escándalo de los abusos y en parte a la caída de la natalidad, pero añade un tercer factor, el de que el mensaje de la Iglesia sencillamente ya no interesa a la gente.
Una tensión que recorre la Iglesia universal
Preguntado por el Camino Sinodal, que ha tensado durante años las relaciones entre la Iglesia en Alemania y el Vaticano, Van Megen valora que los católicos alemanes hayan presentado siempre sus propuestas de reforma a Roma. «Se nota que la Iglesia de aquí no quiere ir por libre. Es consciente de que forma parte de la Iglesia universal», señala. Es en ese contexto donde recuerda la advertencia que recibió en África, y concluye que la tensión en torno al Camino Sinodal «atraviesa toda la Iglesia universal».
Para ilustrarlo, evoca unas palabras del Papa Francisco, quien, según relata, reconoció casi con frustración que nunca habría imaginado que pudieran existir visiones del mundo tan distintas entre un obispo de Senegal y uno de Alemania. «Esa es la gran tensión. ¿Cómo se mantiene unida esta Iglesia universal?», se pregunta el nuncio, que subraya que muchos de los problemas alemanes ni siquiera existen en numerosos países africanos. «Los alemanes, según mi impresión, quieren a menudo demasiado y demasiado deprisa», añade, antes de plantear una pregunta de fondo sobre la motivación de las reformas. «¿Se piensa que, si hacemos esta o aquella reforma, salvaremos a la Iglesia? Eso me parecería, como ya he dicho, una ilusión».
Van Megen se detiene también en el vocabulario del proceso. Cuando el entrevistador alude al «uso del poder», uno de los temas que el Obispo Heiner Wilmer ha dicho recientemente que no están «cerrados», el nuncio responde con otra pregunta. «¿Por qué se dice "poder" y no "autoridad" o "servicio"? El poder tiene para mí algo negativo, algo opresivo. Lo veo también en muchos documentos del Camino Sinodal: poder, poder, poder». Y remata que esa palabra le parece «casi peligrosa».
Los estatutos, a la espera en Roma
Los estatutos de la Conferencia Sinodal aguardan en Roma la recognitio, una revisión que desde Alemania se percibe como muy lenta. Según el nuncio, el texto está siendo estudiado por varios dicasterios, aunque reconoce que poco puede decir aún del estado de la cuestión. Espera viajar a Roma a finales de octubre, entre otras cosas para conocer cómo ve el asunto la Curia romana.
Evita pronosticar si Roma aprobará los estatutos. «Roma no es Berlín; algunas cosas en el Vaticano sencillamente tardan un poco más», afirma, recordando que Alemania no es el único país del que se ocupa la Curia y que mucho dependerá de cómo vea el Papa la cuestión. Valora que Wilmer esté en contacto permanente con Roma y resume su postura con una recomendación: «Esperemos con toda tranquilidad».
Obispos con carisma y mirada universal
La búsqueda de obispos para las diócesis vacantes es, según admite entre risas, parte esencial de su trabajo, «para eso me pagan». Justifica la reserva del procedimiento por la protección de la intimidad de los candidatos, y defiende que la consulta al entorno de cada uno, profesores, maestros o feligreses de las parroquias donde ha trabajado, hace que el proceso sea «muy democrático».
No oculta la dificultad del momento. En África, cuenta, llegaba a tener hasta treinta candidatos idóneos para una diócesis; en Alemania, diez ya serían muchos, y de ellos quizá la mitad quedaría descartada. Señala como causas la escasez de sacerdotes y la posibilidad de que algunos rechacen el nombramiento por la responsabilidad y la presión que conlleva.
Para Van Megen, lo decisivo en un obispo es el carisma, la capacidad de inspirar a los fieles, junto con una visión que vaya más allá de las fronteras del país. «No deberíamos hacer obispo a nadie que esté sentado con anteojeras y no sepa lo que ocurre fuera de los límites de su diócesis. Somos una Iglesia universal», afirma. Un obispo en Alemania, añade, debe entender lo que significa ser Iglesia en África, Iberoamérica o Asia. Las dotes de gestión le parecen secundarias, porque para eso hay expertos. «Un obispo no puede ser una persona gris», insiste.
Sobre las renuncias de obispos alemanes antes de la edad prevista, reconoce que el cargo está sobrecargado de expectativas, como el de los políticos, de quienes se espera que lo sepan todo y lo hagan todo a la perfección, y admite que entiende que un obispo mayor llegue a decir que ya no puede más. En cuanto a la posible fusión de diócesis en el este de Alemania, lo considera posible en principio, pero precisa que habría que estudiar cada caso y su historia, y que aún es pronto para pronunciarse.








