(Kath.net/InfoCatólica) La renuncia del obispo de Dresde-Meissen no es solo un relevo anticipado más en el episcopado alemán. Para el columnista Peter Winnemöller, es el síntoma de algo más hondo, es un obispo que ya no comparte personalmente la enseñanza de la Iglesia acaba, tarde o temprano, rompiéndose por esa tensión.
León XIV aceptó el pasado 2 de septiembre la renuncia de Heinrich Timmerevers a los 74 años, a menos de doce meses de la edad canónica, catorce días después de la salida de Karl-Heinz Wiesemann de la sede de Espira. Winnemöller, que apenas dos semanas antes había dedicado una columna a la crisis del episcopado, encuentra en el caso de Dresde-Meissen la confirmación de su tesis y le da un enfoque específico, sosteniendo que junto a la crisis de gobierno hay una crisis de la enseñanza.
Su punto de partida es la triple función del oficio episcopal: enseñar, gobernar y santificar. Casi todos los obispos alemanes, sostiene, se han dejado arrastrar por el remolino del Camino Sinodal, un proceso que a su juicio ha desmontado radicalmente la doctrina. Sobre el ritmo desigual de las decisiones romanas ironiza al comparar el caso alemán con el del arzobispo de Milán, a quien se le ha permitido permanecer un año más tras presentar su dimisión. En el lenguaje eclesiástico, apunta, eso no es un castigo, sino un reconocimiento al trabajo hecho.
El documento escolar y la puerta trasera
El núcleo de la acusación se centra en el documento sobre diversidad de identidades sexuales para los centros educativos católicos alemanes. Winnemöller sostiene que el texto, Geschaffen, erlöst und geliebt («Creados, redimidos y amados»), había sido rechazado previamente por el Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Alemana (DBK) y que llegó a convertirse en documento oficial de los obispos alemanes por la puerta trasera de la Comisión de Educación y Escuelas, que Timmerevers presidía.
Poco antes, el obispo se había pronunciado sobre la misma materia en una entrevista publicada en un cuaderno de la serie Herder Thema titulado Vielfalt sexueller Identitäten SICHTBAR ANERKANNT. Según el columnista, cuaderno y documento escolar debían aparecer de forma casi simultánea, en una especie de acción concertada.
Lo que Winnemöller reprocha a esas declaraciones es una inversión del orden. Timmerevers proponía, en su lectura, que la autointerpretación de los afectados y determinadas afirmaciones de las ciencias humanas constituyeran el punto de partida desde el cual reformular la antropología y la moral de la Iglesia. La tradición católica, replica el columnista, toma en serio la realidad y la ciencia, y observa atentamente la naturaleza, pero nada de eso es la norma última de la Revelación: un obispo debe interpretar la realidad a la luz de la fe, y no corregir la doctrina recibida a la luz de la realidad presente. Añade que el prelado dejó entrever en varios pasajes que ya no comparte personalmente la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad o las identidades sexuales, que puso los juicios vigentes a disposición y que esperaba expresamente cambios en la doctrina y en el Catecismo.
El Dicasterio para la Cultura y la Educación confirmó a una iniciativa de padres que el texto de referencia sigue siendo el documento romano Varón y mujer los creó, de 2019. Winnemöller precisa que ese documento no es en sí mismo un texto magisterial, pero expone de forma auténtica y completa la enseñanza vinculante de la Iglesia. Su conclusión es tajante: tanto el papel de Hamburgo como el publicado por Timmerevers están en fuerte confrontación con la doctrina, y para los católicos no solo carecen de valor normativo, sino que está prohibido atenerse a ellos. Pese a lo cual, señala, tanto Timmerevers como el arzobispo de Hamburgo, Stefan Heße, lo hacen.
Facultades vacías y el precedente Drewermann
El columnista extiende la responsabilidad más allá de los despachos episcopales. Es obvio que los documentos no cayeron del cielo: son obra elaborada con participación decisiva de teólogos. Pero la responsabilidad última recae sobre los obispos, que como portadores del magisterio deberían haber dicho que esos textos no eran aptos para su publicación y, en caso de duda, haber consultado en Roma.
Su diagnóstico sobre la teología académica alemana es severo. Afirma, sin ánimo de inquisición, que una parte considerable de los teólogos de las facultades del país se ha expresado oral y escrita en tensión notable con la enseñanza de la Iglesia. En las ciencias naturales, ironiza, la propia naturaleza obliga a mantener los pies en el suelo: la gravedad no atiende a las personas y el segundo principio de la termodinámica no admite excepciones. En teología el correctivo equivalente es la doctrina de la Iglesia, y cuando una tesis no es solo extravagante sino error condenado, carece de sentido seguir explorándola.
Para medir el cambio recurre al caso de Eugen Drewermann, teólogo y psicoterapeuta cuyas tesis acabaron provocando la retirada de la licencia de predicación, del nihil obstat y finalmente la suspensión del ministerio sacerdotal, todo ello con un revuelo mediático sin precedentes. Hoy, sostiene, ningún teólogo rinde cuentas, ocurra lo que ocurra en el aula, porque los obispos han renunciado a ese conflicto. Y los resultados están a la vista: las facultades se vacían mientras la Facultad de Heiligenkreuz y la Escuela Superior de Teología Católica de Colonia (KHKT) reciben afluencia de alumnos, con el consiguiente conflicto para el arzobispo de Colonia.
Winnemöller recuerda que Benedicto XVI dijo una vez que el Catecismo no es un superdogma y que no conviene convertirlo en tal: basta con usarlo como está pensado. El Catecismo de la Iglesia Católica expone la fe de forma completa y auténtica, y sus primeros destinatarios, como se lee en la introducción, son los obispos.
Formación en competencia doctrinal
De cara al futuro, prevé que las facultades estatales de teología acabarán cerrando por razones ajenas al debate doctrinal: las universidades públicas muestran menos interés, los recortes ya suprimen cátedras y la caída de candidatos al sacerdocio empuja a concentrar los centros de formación. El porvenir, apunta, está más en las instituciones eclesiásticas que en las estatales.
Su propuesta para el episcopado es doble. Junto a una mejor formación en gobierno, considera imprescindible una formación en competencia doctrinal. El obispo no tiene que ser profesor, aunque un doctorado ayudaría a conocer el funcionamiento académico; más importante es la gestión educativa: identificar buenos docentes, aplicar instrumentos de control de calidad y establecer una cultura de afirmación de la enseñanza eclesial en las facultades. Hoy, lamenta, las cátedras parecen competir por ver quién se aleja más del magisterio, cuando la teología se ejerce siempre por encargo de la Iglesia y no contra ella.
El cierre vuelve al punto de partida. Un obispo que se encuentra personalmente en tensión con la doctrina terminará desgarrado por esa tensión. Si no se resuelven esas tensiones, advierte, seguirá produciéndose un desgaste masivo de obispos.








