(Reinformation/InfoCatólica) Doce monjes benedictinos, con una media de edad de cuarenta años, entonan desde el pasado 11 de julio los maitines a las 3:30 de la madrugada y el oficio divino en gregoriano siete veces al día bajo las bóvedas de la abacial de Bellefontaine, cerca de Cholet, en el corazón de la Vendée histórica. La abadía, donde la oración ha resonado durante un milenio, tiene nuevos ocupantes: los monjes del Barroux han tomado el relevo de los trapenses que la habitaron durante más de doscientos años, en una jornada que reunió a dos mil inscritos y que contó con la bendición apostólica de León XIV.
Jeanne Smits relata en Reinformation los detalles de la ceremonia de instalación, celebrada en la festividad de san Benito de verano, y el proceso que la hizo posible.
Una unanimidad «vista por todos como un signo de Dios»
Todo comenzó a principios de 2025. Los trapenses de Bellefontaine, reducidos a un puñado de monjes de edad avanzada (el hermano mayor supera los cien años), buscaban una comunidad capaz de continuar la vida monástica en un dominio y una abadía reconstruida en el siglo XIX según los planos del edificio anterior, gravemente dañado durante la Revolución francesa. Llegaron solicitudes, pero ninguna fructificó.
Fue un encuentro casual el que hizo germinar el proyecto de traspaso a los benedictinos tradicionales del Barroux, según recoge Smits. A partir de ese momento se sucedieron las votaciones por mayoría cualificada de dos tercios en todas las instancias implicadas: los trapenses de Bellefontaine y el conjunto de su orden, los monjes del Barroux y la Orden de San Benito, y el obispo de Angers, Mons. Emmanuel Delmas, cuyo consejo presbiteral aprobó la llegada de una nueva comunidad dedicada a la misa tradicional y al oficio en rito romano clásico. Todos los semáforos se encendieron en verde en apenas cinco meses, una unanimidad que, como señala la periodista, fue percibida por todos los implicados como un signo providencial.
La jornada del 11 de julio
La mañana arrancó con una tormenta pasajera que alivió brevemente la canícula angevina antes de ceder el paso al sol. La abacial acogió a unas seiscientas personas, entre ellas un centenar de religiosos, sacerdotes, padres abades y responsables de órdenes, además de dos obispos: Mons. Delmas y Mons. Renauld de Dinechin, llegado desde la vecina diócesis de Luçon. El resto de los asistentes siguió la ceremonia desde carpas equipadas con pantalla gigante.
La misa fue celebrada por dom Louis-Marie de Geyer d'Orth, padre abad del Barroux, que ejerce también como abad del priorato de Nuestra Señora de Buen Socorro de Bellefontaine mientras la nueva fundación no alcance su plena autonomía. A continuación tuvo lugar el acto de traspaso, que Smits describe como «una suerte de contrato de transmisión espiritual, profundamente conmovedor y altamente simbólico». En la firma intervinieron los monjes salientes y los entrantes, sus superiores y el nuevo abad, haciendo palpable la continuidad de una espiritualidad benedictina que ha ocupado el lugar a lo largo de los siglos a través de benedictinos, feuillants y trapenses.
«No iremos contra este movimiento tradi»
Smits recoge las palabras del padre Samuel, el monje trapense encargado de conducir la transmisión, quien se niega a interpretar la partida como un fracaso: «La vida monástica va a continuar… Es lo más importante, es incluso un consuelo». El trapense reconoció, no obstante, su perplejidad ante el éxito de la liturgia tradicional: «No iremos contra este movimiento 'tradi'. Hay tal pérdida de referencias hoy. Me parece que, tras el concilio, se quiso poner el acento en la interioridad relativizando los ritos, lo cual era justo y bueno… pero quizá fuimos demasiado lejos en ese sentido. Y no todos son capaces de prescindir de las formas exteriores. Creo que los hombres de este tiempo las necesitan con urgencia».
La periodista subraya el contraste generacional: frente a los últimos trapenses, de edad avanzada, los doce monjes llegados del Barroux tienen una edad media de cuarenta años y tres de ellos son todavía novicios. A la ceremonia acudieron también numerosos sacerdotes y religiosos jóvenes en representación de un amplio abanico de comunidades tradicionales, desde los institutos ex-Ecclesia Dei hasta congregaciones vinculadas al rito y la enseñanza tradicional de la Iglesia. Smits evoca a este propósito la frase del fundador del Barroux, dom Gérard Calvet: «La tradición es la juventud de Dios».
La bendición de León XIV y la memoria vendéana
León XIV, a través del cardenal Parolin, envió un mensaje y una bendición apostólica a la nueva comunidad. La abadía se inscribe así en una doble continuidad: la de la tradición monástica benedictina y la de la memoria vendéana. Smits recuerda que Jacques Cathelineau, primer generalísimo del ejército católico y real durante la insurrección de la Vendée, se recogió en la capilla de Buen Socorro, contigua a la abadía, antes de partir a combatir contra el poder revolucionario que decretó el exterminio de los vendéanos. La capilla, donde brota la fuente que da nombre al lugar, conserva una pintura que reza «Gloria a los vencidos».
En el coro de la abacial permanece una imagen de la Virgen del siglo XIII, donada a la abadía a principios del XIV por Bertrand de Got, arzobispo de Burdeos, cuando acababa de conocer su elección al pontificado con el nombre de Clemente V. Esa imagen ilustró la estampa entregada a todos los asistentes como recuerdo de la jornada, acompañada de un fragmento de una oración a Nuestra Señora de Bellefontaine escrita en 1656 que invoca a la Virgen como «fuente mística» de la que manan las gracias del Señor.








