(InfoCatólica) El sacerdote jesuita James Martin ha reclamado que la Iglesia admita oficialmente al sacerdocio a hombres con atracción hacia personas del mismo sexo y que modifique para ello las normas vigentes sobre ingreso en el seminario y ordenación. La propuesta, contenida en un ensayo publicado por Outreach, la plataforma de activismo LGBT que él mismo impulsa, responde directamente a un informe del McGrath Institute for Church Life de la Universidad de Notre Dame que, lejos de relajar los criterios, propone hacerlos más exigentes y verificables. Así lo recoge The Catholic Herald en un texto firmado por Michael Haynes.
Martin precisa que su propuesta se limita a hombres dispuestos a vivir el celibato, y sitúa esa condición como fundamento de todo su razonamiento. «Para que quede claro», escribe, «cuando hablamos de hombres gais ordenados sacerdotes o admitidos en órdenes religiosas, estamos presuponiendo una vida de celibato (la promesa que los sacerdotes hacen en su ordenación) y de castidad (el voto que emiten los miembros de las órdenes religiosas)».
La interpretación del jesuita cocha frontalmente con lo que enseña el Catecismo de la Iglesia y da pistas del interés de Martin y muchos otros de perseguir la modificación:
2357 La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.
2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.
2359 Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.
Un informe nacido de la crisis de abusos
El ensayo de Martin responde al informe Do You Know Them to Be Worthy? Twelve Proposals for Bishops, Rectors, Seminary Formation Teams, and Mental Health Professionals in Assessing the Suitability of Men for Holy Orders, firmado por el Rev. Thomas V. Berg, sacerdote de la Arquidiócesis de Nueva York, doctor en Teología Moral y exformador durante doce años en el seminario St. Joseph's de Dunwoodie, y por Timothy G. Lock, psicólogo clínico, director de servicios psicológicos del mismo seminario y fundador del Goretti Center for Healing and Forgiveness, donde ha tratado tanto a víctimas de abusos del clero como a clérigos que los perpetraron.
El documento no es un estudio aislado. Forma parte de un programa de investigación que el McGrath Institute puso en marcha en 2018, tras las acusaciones de abuso de seminaristas contra el entonces Cardenal Theodore McCarrick. El prólogo, firmado por el director del instituto, John C. Cavadini, sitúa el trabajo en esa línea y reconoce que la crisis de abusos sexuales del clero es «una de las más graves en la vida de la Iglesia en nuestro tiempo», un problema «de dimensiones globales» y sin signos de remisión. Desde 2018, el programa ha producido la primera encuesta sociológica sobre acoso sexual en seminarios (2019), un protocolo de buenas prácticas suscrito por veintiocho rectores de seminarios (2021) y un libro blanco sobre competencias para la atención pastoral a víctimas de abusos (2023).
El informe actual se apoya en una doble base: una encuesta encargada en el verano de 2024 al CARA (Centro de Investigación Aplicada del Apostolado, adscrito a la Universidad de Georgetown), que recogió datos de obispos, directores de vocaciones, rectores, formadores, directores espirituales y profesionales de salud mental de todo Estados Unidos, y una cumbre de expertos en formación sacerdotal celebrada en Notre Dame del 8 al 11 de septiembre de 2025. No se trata, pues, de una opinión académica, sino de un documento de recomendaciones respaldado por datos empíricos y por el consenso de quienes trabajan directamente en la selección y acompañamiento de los candidatos al sacerdocio.
Aunque no lo menciona directamente, tanto el estudio como los documentos del Vaticano respecto a la homosexualidad y el clero, recogen la anomalía de que el porcentaje de abusadores homosexuales en las instituciones de la Iglesia es diametralmente opuesto al de la sociedad civil.
Martin reinterpreta el concepto
El informe distingue, igual que la Santa Sede en su instrucción de 2005, entre atracción «profundamente arraigada» y atracción «transitoria» hacia personas del mismo sexo. La primera impide el ingreso en el seminario; la segunda no cierra por completo la puerta, aunque el candidato debe estar libre de esa atracción durante años antes de la ordenación. Una expresión que es un mazazo para el lobby gay, que considera que no es una tendencia.
Para Martin, ese lenguaje resulta falaz, porque considera la atracción hacia el mismo sexo como un elemento central de la identidad de la persona. «Una cosa es superar la tentación o la lujuria; otra distinta es superar la propia sexualidad», escribe. El jesuita califica de «preocupante» el lenguaje del estudio cuando habla de «superar» dicha atracción.
Según señala Haynes en The Catholic Herald, el punto crítico de la argumentación de Martin, compartido por buena parte del activismo LGBT, está en el uso de la palabra «homosexual» para designar a quien experimenta esa atracción. La Iglesia la entiende como una tentación o una prueba que el interesado ha de combatir; el activismo la interpreta no ya como una atracción, sino como una identidad, como parte del ser natural de la persona. De ese modo, Martin defiende que haya sacerdotes «gais» dentro del clero: si la atracción hacia el mismo sexo no fuera una inclinación que resistir, sino un rasgo natural del hombre tal como Dios lo ha creado, no habría motivo para no ordenar a esos candidatos igual que se ordena a los demás.
Lo que establece la Santa Sede y por qué
La instrucción de 2005, aprobada por Benedicto XVI el 31 de agosto de ese año y publicada por la Congregación para la Educación Católica, no presenta la prohibición como un mero requisito administrativo, sino que la ancla en la naturaleza misma del sacramento del Orden. El sacerdote, establece el documento, «representa sacramentalmente a Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia»; «la vida toda del ministro sagrado debe estar animada por la entrega de su persona a la Iglesia y por una auténtica caridad pastoral». Por ello, el candidato al ministerio ordenado «debe alcanzar la madurez afectiva» que lo capacitará «para situarse en una relación correcta con hombres y mujeres, desarrollando en él un verdadero sentido de la paternidad espiritual en relación con la comunidad eclesial que le será confiada». El informe del McGrath Institute retoma esta misma cuestión cuando pregunta si un hombre con atracción estable hacia el mismo sexo puede vivir el celibato «de un modo teológicamente coherente» y si la teología de la paternidad espiritual y del don esponsal de sí mismo a la Iglesia no debería informar el discernimiento de su idoneidad.
Sobre esa base teológica, la Iglesia califica las tendencias homosexuales profundamente arraigadas como «objetivamente desordenadas». Ya en 1986, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una carta dirigida a los obispos de la Iglesia católica y firmada por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, precisó que «la particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada».
En consecuencia, la instrucción de 2005 establece que la Iglesia «no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay». «Dichas personas se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas».
El mismo documento dispone que, «si un candidato practica la homosexualidad o presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas, su director espiritual, así como su confesor, tienen el deber de disuadirlo en conciencia de seguir adelante hacia la Ordenación». Quienes solo atraviesan un «problema transitorio» pueden ser admitidos al seminario, aunque esas tendencias «deberán ser claramente superadas al menos tres años antes de la Ordenación diaconal».
Los formadores, divididos pero mayoritariamente restrictivos
La encuesta del CARA, recogida en el informe, revela que la cuestión que Martin plantea ya se debate internamente y que las posiciones distan de ser unánimes, aunque quienes tratan de cerca a los candidatos se muestran más restrictivos que los obispos.
El informe señala, además, que se han dado casos en los que se ejerció «presión indebida» sobre rectores y equipos de formación para que promovieran a candidatos con esa atracción en contra de su propio criterio.
Una redefinición más exigente
Lejos de suavizar la distinción entre atracción «transitoria» y «profundamente arraigada», como reclama Martin, el informe propone endurecerla mediante un criterio temporal: si la atracción hacia el mismo sexo persiste más de cinco años sin evidencia de que se esté resolviendo, debe reclasificarse como profundamente arraigada con independencia de su intensidad aparente. Propone también que, cuando un candidato revele esa atracción, se documente la fecha en su expediente para permitir un seguimiento verificable. La práctica emergente entre los profesionales de salud mental católicos, según recoge el documento, apunta en esa dirección.
La brecha sobre madurez sexual
El informe revela una discrepancia llamativa entre la percepción de los distintos actores sobre la eficacia de la formación en madurez sexual de los seminarios. El 85 % de los obispos y el 84 % de los rectores se declaran confiados o muy confiados en esa formación. Entre los profesionales de salud mental, la cifra se desploma al 35 %, y solo el 14 % se considera «muy confiado». Los autores califican esa brecha de «alarmante» y advierten de que los psicólogos que trabajan con los seminaristas son quienes mejor conocen sus luchas reales y su progreso, o la falta de él.
El argumento de la experiencia y la respuesta doctrinal
Martin apela en su ensayo a su propia trayectoria y al acceso de candidatos con esa atracción a los seminarios durante las últimas décadas. Relata que, en uno de sus encuentros privados con el Papa Francisco, este le dijo que conocía a «muchos seminaristas y sacerdotes gais buenos, santos y célibes». Eso sostiene Martin.
«En mis casi 40 años como jesuita he conocido a decenas de sacerdotes gais célibes que han llevado lo que el Papa Francisco llamó vidas buenas, santas y célibes, encarnando el mensaje de amor y misericordia de Jesús», añade el religioso.
El jesuita cuenta también que hace unos años preguntó a un seminarista estadounidense que estudiaba en Roma cuántos de sus compañeros «eran gais», y que este respondió: «La mitad». Ninguno, según el mismo testimonio, lo habría comunicado a su rector o a su director espiritual por temor a ser expulsado. Un estudio previo del CARA, publicado en 2020, ofrece un dato verificable que apunta en una dirección compatible: el 23 % de los sacerdotes ordenados recientemente admitieron que, durante su etapa de seminario, ocultaron a sus formadores realidades sobre sí mismos que deberían haber comunicado.
La instrucción de 2005 aborda esta conducta en términos inequívocos: «Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la Ordenación. Disposición tan falta de rectitud no corresponde al espíritu de verdad, de lealtad y de disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien cree que ha sido llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el ministerio sacerdotal».
«El argumento más convincente a favor de la apertura a ordenar sacerdotes a hombres gais es la presencia de muchos sacerdotes gais, célibes, santos y sanos», sostiene Martin. «La pregunta real es: ¿puede un hombre encarnar a Jesucristo en su amor, misericordia y compasión mientras vive un celibato fiel? La respuesta de los autores para los hombres gais que se sienten llamados al sacerdocio parece ser no. Con respeto por sus estudios y su experiencia, mi respuesta, basada en mi trato con muchos sacerdotes gais santos y sanos durante los últimos 40 años, es sí».
Sin embargo, la pregunta que Martin formula no es la que la Iglesia se plantea. La instrucción de 2005 no pregunta si un hombre con atracción hacia el mismo sexo puede vivir sin mantener relaciones; pregunta si puede representar sacramentalmente a Cristo como Esposo de la Iglesia y desarrollar «un verdadero sentido de la paternidad espiritual» hacia su comunidad. La carta de 1986 de la Congregación para la Doctrina de la Fe añade un criterio que incide directamente en la lectura identitaria de Martin: «La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva sólo a su orientación sexual». Así que donde Martin ve una identidad que la Iglesia debería acoger como tal en el sacerdocio, la doctrina católica ve una reducción de la persona que impide comprenderla en su totalidad.
Una trayectoria marcada por la controversia
El nombre de Martin aparece asociado al activismo LGBT dentro de la Iglesia y adquirió notoriedad durante el pontificado de Francisco, que lo recibió en audiencia y respaldó de forma directa sus iniciativas en ese ámbito.
Entre sus actuaciones más discutidas figuran haber descrito como «dañina» la comprensión de Dios como varón, la promoción de las uniones civiles entre personas del mismo sexo y la difusión de imágenes de Cristo representado como homosexual.
Su figura fue durante años motivo de fricción en las reuniones del episcopado estadounidense. El Cardenal Raymond Burke consideró que sus enseñanzas no resultaban «coherentes con la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad», y el Arzobispo emérito de Filadelfia, Charles Chaput, afirmó que Martin no habla «con autoridad en nombre de la Iglesia». Por la «confusión causada por sus declaraciones y actividades en relación con las cuestiones LGBT», Chaput pidió además «cautela» a los fieles ante algunas de sus afirmaciones. En la actualidad, según recoge The Catholic Herald, sus iniciativas no encuentran censura.







