InfoCatólica / La Puerta de Damasco / Archivos para: Junio 2018

30.06.18

Cinco preguntas sobre la eutanasia

Eutanasia

En la Hoja Parroquial de Julio y Agosto me ha parecido oportuno plantear cinco cuestiones sobre la eutanasia y dar la respuesta que, literalmente, se deduce de la encíclica “Evangelium vitae” de San Juan Pablo II.

Por si ayuda a otros, lo publico ahora en el blog:

 

1ª) ¿Qué es la eutanasia? “Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor”.

2ª) ¿Es lo mismo la eutanasia  que los cuidados paliativos? No. “En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado”. Es lícito “suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales »”.

3ª) ¿Es moralmente aceptable la eutanasia? No. La “eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana”. “Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio”.

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12.06.18

Un gran predicador: San Antonio de Padua

Fue popular en vida, San Antonio, y lo es tras su muerte. Es, sin duda, uno de los santos más venerados en todo el mundo. Se recurre a él en busca de objetos perdidos, recitando su famoso responsorio: “Si buscas milagros, mira: muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos”…, “miembros y bienes perdidos recobran mozos y ancianos”. El responsorio, en latín, ha dado nombre a una plegaria y origen a un apellido italiano, que porta un célebre teólogo, Sequeri: “Si quaeris miracula…”.

Se dice también que las mozas casaderas se encomendaban a San Antonio para encontrar novio. Rosalía de Castro dejó constancia de ello en Cantares gallegos, en un poema satírico –en el que compagina picardía y ternura, a decir de Marina Mayoral - : “Meu santo San Antonio, daime un homiño, anque o tamaño teña, dun gran de millo”. La poetisa rebajaba así el tono de lo que era un cantar popular de contenido más brutal: “San Antonio Bendito, dádeme un home, anque me mate, anque me esfole”.

San Antonio se llamaba Fernando. No era de Padua, sino de Lisboa, donde nació a finales del siglo XII. Y no fue, al principio de su vida religiosa, franciscano sino agustino.

Pero ya en 1220 se hizo franciscano y pasó a llamarse Antonio. Quizá influyó en este cambio – de nombre y de orden – el ejemplo de los protomártires franciscanos de Marruecos de 1216. Él mismo deseaba el martirio, y se dirigió con esa finalidad a Marruecos, pero una enfermedad le obligó a retornar a Portugal. Aunque, más que a Portugal, debido a los vientos del mar, arribó a Sicilia en 1221.

Fue ordenado sacerdote y destinado a la predicación. Impactaban su santidad personal, su capacidad de persuasión y su enorme preparación bíblica. San Francisco de Asís lo nombró en 1223 primer lector o profesor de Teología en la Orden. Y por ello fue trasladado a Bolonia y, muy pronto, a Montpellier, respondiendo al deseo del papa Honorio III de atajar la herejía valdense.

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La homilía: Una tarea que ha ser tomada muy en serio

Predicar es un “ministerio”, una ocupación, un trabajo, un servicio, que hay que asumir con un gran sentido de la responsabilidad. Así lo enseña el papa Benedicto XVI: “quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea” (Verbum Domini, 59).

Ser ministros, ser servidores -  ser casi lo de menos - , equivale a no querer ser el centro. Se deben evitar, nos dice Benedicto XVI, “inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico. Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía”.

Cristo no aburre. Y solo Él, y no el predicador, puede ser el centro. Todo lo demás es - a corto, medio y largo plazo – un fraude. Un día puede valer contar tal o cual experiencia personal. A la quinta vez que se cuente, y digo a la quinta por ser muy indulgente, obliga casi a desconectar. Y ya no digamos si quien predica se empeña en narrar supuestos “milagros” obrados por el poder divino en atención a su maestría suprema a la hora de anunciar el Evangelio. No cuela. Sobra. Aburre. Son divagaciones inútiles.

Para ser buenos ministros, nos recuerda Benedicto XVI, “se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado; que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión”.

No es poco lo que se les pide a los predicadores. El texto sagrado, que es la Sagrada Escritura. La meditación y la oración – y la Liturgia de las Horas contribuirá a que la Escritura sea meditada y orada - . La convicción y la pasión, que es como convocar a la mente y al corazón a cumplir su papel imprescindible: pensar y comprometerse.

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9.06.18

La homilía: Su finalidad

¿Cuál es la finalidad de la homilía? ¿Cuál es su objeto o motivo? Se trata de un cometido puramente ministerial, servicial: “favorecer una mejor comprensión y eficacia  de la Palabra de Dios en la vida de los fieles” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, 46).

Favorecer, ayudar; en absoluto sustituir o suplantar. Favorecer una mejor “comprensión”, un mejor entendimiento, y una mejor “eficacia”, contribuyendo a que la Palabra de Dios logre su efecto en la vida de los fieles; efecto que no es otro que la conversión y la fe.

No le corresponde a la homilía “hacer milagros”. Los milagros los hace Dios y los hace, o puede hacerlos, principalmente por medio de su Palabra. Ayudar a que esta Palabra sea mejor interpretada y más asumida en la propia vida es un servicio necesario, pero meramente auxiliar.

Conscientes de esta función auxiliar, los ministros ordenados han de preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura. La adecuación consiste, creo yo, en el respeto a la naturaleza de la Escritura, que es Palabra de Dios en palabra humana, aunque, propiamente hablando, la Palabra de Dios no es, en primer lugar, la Escritura, sino Jesucristo, el Verbo encarnado.

Se deben evitar homilías genéricas o abstractas. Newman distinguía, a este respecto, entre lo “nocional” y lo “real”. Ambas dimensiones del conocimiento humano son necesarias. Lo “nocional” es lo común, lo impersonal; lo “real” es lo propio, lo personal, lo concreto, lo vinculado con la experiencia de cada uno. La homilía ha de aspirar a ir más allá de lo genérico para llegar a lo propio.

Obviamente, es un deseo, un principio regulativo. Porque lo “propio” de uno no necesariamente es, por arte de magia, lo “propio” del que está al lado. Quizá el criterio sea que lo que el predicador diga en la homilía esté vinculado con su experiencia personal, suponiendo que lo que puede convencer a uno mismo puede convencer a otros.

La homilía ha de ser mistagógica, ha de explicar los ritos que se celebran. Palabra y sacramentos no constituyen dimensiones antitéticas, sino que, en realidad, conforman una misma cosa: Dios se acerca a nosotros por medio de signos, de sacramentos. La Palabra está dotada de esta cualidad sacramental. Ella misma es un signo.

Un ejemplo de esta dimensión mistagógica de la homilía lo podemos encontrar en la pronunciada por Benedicto XVI en la Misa de Inauguración del Pontificado (24 de abril de 2005). Dos signos caracterizaron esa inauguración del pontificado: la imposición del palio y la entrega del anillo del Pescador.

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