24.01.20

Conversión del apóstol san Pablo

La liturgia de esta festividad nos invita a la conversión y al apostolado. Convertirse significa encontrarse con Cristo en el camino de la propia vida, dejarse envolver por su resplandor, escuchar su palabra, conocer su voluntad. La consecuencia de este encuentro, para cada uno de nosotros como para San Pablo, es el testimonio, dejándonos transformar por la gracia para cumplir el mandato misionero de Cristo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

¿En qué consistió la conversión de San Pablo? Esencialmente en el encuentro con Cristo Resucitado. Un acontecimiento que cambió radicalmente su vida, haciendo que de perseguidor de Cristo, de la Iglesia de Cristo, pasase a ser apóstol: “el Resucitado habló a san Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo grecorromano” (Benedicto XVI, “Audiencia”, 3-9-2008).

Podemos decir que San Pablo experimentó una auténtica muerte y una auténtica resurrección: muere a todo lo que era hasta entonces para renacer como una criatura nueva en Cristo: “Todo lo que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él” (Flp 3,7-8).

Esta fiesta nos llama a realizar una experiencia similar; a volver a encontrarnos realmente con el Señor. Él sale a nuestro encuentro - como salió al encuentro de Saulo en el camino de Damasco - en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Como decía el Papa Benedicto XVI, “podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos”.

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22.01.20

De ninguna de las maneras hay quien lo(s) entienda

Este Gobierno, se diría, juega a despistar, a descolocar y, de paso, a allanar el camino a no se sabe qué (ellos sí que lo saben, perfectamente).

“De ninguna de las maneras”, se anunciaba con voz de Súper-Tacañona, los hijos son de los padres. Los seres humanos, incluso los seres humanos en su etapa embrionaria, no son cosas. En ese sentido, no se compran ni se venden. Tienen, en suma, dignidad y no precio. Los hijos no son de los padres, ni de nadie. Menos, del Gobierno de turno. Puestos a ser, son de Dios. Exclusivamente.

“De ninguna de las maneras” la educación religiosa es, repiten, un derecho principal, sino “accesorio”. Seguramente la voz que suena a Súper-Tacañona ha enunciado una diferenciación técnica desde el punto de vista jurídico. Pero lo hace con tal (falsa) “autoridad” que parece que preconiza un cambio de época.

No es secundaria en el hombre la dimensión religiosa. Es muy principal. El hombre es, se ha dicho, el “animal divino”. La religión, como el lenguaje, caracteriza lo humano. Hay que ser muy superficial, muy frívolo, para invocar la educación “integral” y hacer burla, al mismo tiempo, de la educación religiosa.

“De ninguna de las maneras” se entiende al hombre, y al mundo, prescindiendo de la religión. La escuela debería ser un espacio abierto al entendimiento, a la comprensión. Estaría bien que, en el contexto de la transmisión de los saberes, los alumnos pudiesen vincular los saberes que proceden de sus tradiciones religiosas – judías, musulmanas, católicas, protestantes – con el acervo común de los ciudadanos de nuestra patria. Y que los alumnos que vienen de familias ateas, agnósticas o indiferentes, supiesen ponerse en el lugar de sus compañeros que creen.

Para lograr este fin habría que valorar seriamente la religión. Cuando no se la valora, se recorta todo: el respeto a los derechos humanos, la cultura, la antropología, la democracia no totalitaria…

La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

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18.01.20

El Cordero de Dios: Libertad, servicio, sacrificio

San Juan designa a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (cf Jn 1,29). Alude así al sacrificio redentor de Cristo. Jesús es el verdadero “Siervo de Yahvé” (cf Is 49,3-6), que viene al mundo para hacer la voluntad del Padre. El servicio y el sacrificio - dos palabras poco gratas a los oídos contemporáneos - están incluidos en el simbolismo del Cordero.

¿Qué significa “servicio”? En la Biblia, el “servicio” puede ser algo bueno o algo malo. Puede tratarse de la sumisión del hombre a Dios o bien de la sujeción del hombre por el hombre; es decir, de una forma de esclavitud. Se trata de acepciones antagónicas de un mismo término.

En el mundo pagano el esclavo, el servidor, no era considerado ni siquiera como una persona; era visto como una propiedad, una cosa, algo semejante a un animal. En la Ley de Israel, no obstante, el esclavo no deja de ser hombre y hasta puede llegar a ser alguien de confianza e incluso heredero (cf Gn 24,2).

Servir a Dios no es ser esclavo. Es todo lo contrario: se trata de un título de nobleza. Pero este servicio se ha de concretar en el culto y en la conducta, en el sacrificio ritual y en la obediencia.

Muchas veces, pretendiendo ser completamente autónomos, plenamente independientes de Dios, nos convertimos en esclavos: De los demás, de la moda, de los intereses dominantes o incluso de nuestras pasiones.

Jesús ha venido a servir, a cumplir la voluntad del Padre. La negativa de los hombres a servir a Dios es reparada por la obediencia de Cristo. Servir es dar la vida, entregándola hasta las últimas consecuencias. No somos “menos” hombres por ser “más” de Dios. Es justamente al revés: Cuanto más seamos de Dios, más somos. En la medida en que seamos sus servidores, seremos libres.

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17.01.20

El Libro Gordo...

El libro gordo

 

“El libro gordo de Petete” era una enciclopedia y un programa de televisión que, al finalizar, terminaba con estas palabras: “El libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene, y yo te digo contenta, hasta el programa que viene”.

Hoy los niños no tienen a Petete ni su libro gordo. No les hará falta. Tampoco tendrán a sus padres – que pueden ser malos malísimos: machistas, homófobos, etc. - . Solo les quedarán las ministras y los ministros. Solo les quedará el Gobierno. Solo les quedará el todo y lo único; el poder y la confusión.

Rousseau, ese gran pedagogo, lo tenía meridianamente claro. A sus propios vástagos los envió a la inclusa para que el Estado se ocupase de ellos. Lo hacía - ¡oh precursor! – para apartarlos de la mala influencia de su familia política.

A este paso solo los hijos de padres igualitarios, partidarios de experimentar recíprocamente, por un conducto común, la sumisión que libera, podrán ser educados por sus progenitores – A, B, C o lo que cuadre - . Los demás niños, no. Los demás, a la inclusa, a la escuela pública convertida en inclusa, donde las grandes maestras dictarán, con inefable oráculo, cómo habrán de encaminarse en esta vida y cómo habrán de programar hasta su muerte.

Habrá ley y presupuesto para todo. Podrán, los de la inclusa, “consumar”, es un decir, cuando quieran, con quien quieran, donde quieran, como quieran…Podrán hacer todo, menos cuestionar la autoridad de las grandes ministras, de las grandes regentes del hospicio. Podrán abortar, sin permiso parental, aquellas ingenuas que no se hayan enterado de las infinitas posibilidades de la espeleología.

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11.01.20

El Bautismo: Pascua, humildad, filiación

Jesús acude al Jordán para ser bautizado por Juan (cf Mt 3,13-17). La iniciativa le corresponde a Jesús: Es Dios quien viene al hombre, “el Señor al siervo, el Rey a su soldado, la luz a la linterna”, comenta Remigio. La realidad hacia la que apuntaba el bautismo de Juan, la preparación mediante el arrepentimiento y el perdón para acoger el Reino de Dios, irrumpe ya en la persona de Jesucristo: Él es el Reino de Dios, el Ungido por el Espíritu Santo como Mesías, como Salvador.

Jesús, en su humildad, no teme descender a las aguas para ponerse a la altura de los hombres como tampoco temerá bajar, en su Pasión y en su Cruz, al abismo de la muerte. Jesús, lavado por las aguas, las deja santificadas para los que se bautizarán después: San Agustín escribe que “cuando nuestro Salvador quedó lavado, ya quedaba limpia toda el agua para nuestro bautismo, para que pudiese administrar la gracia del bautismo a las generaciones venideras”.

Jesús se sumerge en el agua para emerger de ella anticipando así su Resurrección, su triunfo sobre la muerte. En esta clave de inmersión y de renacimiento ve el apóstol San Pablo el sacramento del Bautismo: “¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Rm 6,3-4).

La salida de Jesús de las aguas tiene como efecto la apertura del cielo y el descenso del Espíritu Santo. Viniendo a nosotros, el Señor hace que se abra el cielo; es decir, que sea posible, de un modo nuevo, la comunicación de Dios con los hombres y de los hombres con Dios. También, para cada uno de nosotros, se abre el cielo en nuestro Bautismo para hacernos, en la esperanza de la fe, moradores de la casa de Dios y conciudadanos de los santos. También sobre cada uno de nosotros viene el Espíritu Santo que, desde la humanidad de Cristo, mana como una fuente de vida que nos hace criaturas nuevas.

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