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25.01.18

Participar en la liturgia ofreciéndonos al Padre (XV)

 “Instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí” (SC 48).

Los fieles participan de verdad (plena, consciente, activa, interior, fructuosamente) cuando se ofrecen juntamente con la hostia inmaculada. Ya Pío XII, ampliamente, lo expuso en la encíclica Mediator Dei. Trataba de la “participación, en cuanto que deben ofrecerse también a sí mismos como víctimas”, señalando la ofrenda de cada uno junto con Cristo: “Mas para que la oblación con la cual en este sacrificio los fieles ofrecen al Padre celestial la víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como hostias” (Mediator Dei, n. 120).

 Tratemos de comprender este grado de la participación real de los fieles en la Misa: ofrecerse con Cristo.

“La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 64).

  A Dios ofrecemos y nos ofrecemos nosotros mismos. De lo material, de los bienes materiales y el propio trabajo, ofrecemos el pan y el vino, que reúnen en síntesis, toda la creación[1], todo el trabajo y todo lo que es nuestro. Pero es nuestro en cierta medida, porque, realmente, cuanto tenemos viene de Él, de su generosidad y prodigalidad con nosotros. “Te ofrecemos –dice el Canon romano- de los mismos bienes que nos has dado”, “de tuis donis ac datis”[2], y ya san Pablo, refiriéndose a dones y gracias, preguntaba: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1Co 4,7).

  Al altar se lleva pan y vino, ofrecido por los fieles, recapitulando toda ofrenda, todo don y todo bien recibido. “Nadie ofrece a Dios algo suyo, sino que lo que ofrece es del Señor y no tanto ofrece uno las cosas suyas, cuanto le devuelve las que son de Él… En primer lugar Dios enseña al hombre, para que sepa que, cualquier cosa que ofrezca a Dios, es devolvérselo a Él, más que bien que ofrecérsela” (Orígenes, Hom. in Num, XXIII, 2, 1).

  Ya no se trata de llevar cualquier cosa al altar, simbólica, superficialmente añadida, para que sean muchos los que intervengan, sino que en el pan y vino ofrecidos se incluye la ofrenda viva de cada uno de los participantes.

  Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto “del trabajo del hombre", pero antes, “fruto de la tierra” y “de la vid", dones del Creador (CAT 1333).

  Somos nosotros mismos ofrecidos en el altar con aquello que hemos entregado. Lo más importante es el ofrecimiento de sí mismo junto con Cristo. “Que Él nos transforme en ofrenda permanente”[3]; y también: “te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo… y concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que… seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria”[4]. Son palabras que no deben pasar desapercibidas cuando, solemnemente, el sacerdote las proclama orando.

  La Iglesia entera se asocia –se une, es partícipe- del sacrificio de su Señor. No, no es un sacrificio que no cuesta nada –en palabras del teólogo Von Balthasar- sino que tiene su precio: no asistimos, sino que nos implicamos como Iglesia, ofreciéndonos. “La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente” (CAT 1368). La Eucaristía es el sacrificio de Cristo y sacrificio de la Iglesia, a la vez e inseparablemente; en palabras de san Agustín: “La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo que se ofrece ella misma es ofrecida”[5].

 La ofrenda del sacrificio eucarístico nos convierte a nosotros en una ofrenda permanente, expropiados de nosotros mismos, para el servicio de Dios; somos transformados en víctimas vivas para alabanza de su gloria. Es una transformación de los oferentes –de todos los participantes- en Cristo, para ser siervos de Dios, santos en el mundo, consagrados a Él. “La doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —«hacer sagrado»— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12)” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 70).

  La ofrenda del sacrificio y la verdad de la participación en la liturgia se realizan cuando se da esa unión real, profunda, misteriosa, mística, con Cristo. La doxología apunta bien la dirección: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo…”[6]

  La ofrenda real de los fieles con Cristo, asociados a su sacrificio, como verdadera participación se prolongará luego en la vida cotidiana, convirtiéndola en “sacrificio espiritual”, en una “liturgia existencial” de continua santificación y ofrenda. “En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo se hace también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda” (CAT 1368). Ya decía el Concilio Vaticano II que “los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo” (PO 5) y, antes, Pío XII: “Y no se olviden los fieles cristianos de ofrecer, juntamente con su divina Cabeza clavada en la cruz, a sí propios, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades” (Mediator Dei, n. 127).

  Esta participación de los fieles en el sacrificio de Cristo, lo que se busca pastoralmente cuando se quiere participar, es la unión con Cristo en su ofrenda, una unión tan íntima, que inaugura un culto vivo, existencial, en lo cotidiano:

  “El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29s). Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los aspectos de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios” (Benedicto XVI, Exh. Sacramentum caritatis, n. 71).

  Esta incorporación a Cristo en su sacrificio, ofreciéndose los fieles junto con Él, es una participación plena en la liturgia que corresponde al sacerdocio bautismal y que se prolonga en la liturgia de lo cotidiano, en el culto espiritual de la propia existencia:

  “Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios” (LG 34).

  Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.

 La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima (cf IGLH  9) (CAT 2655).

Así como en la Iglesia se ofrece la Víctima santa en el altar, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecernos nosotros a Dios. Así como en la Iglesia se eleva la súplica al Padre en el altar, en el altar de nuestro corazón hemos de elevar nuestras súplicas constantes a Dios. Así como en la Iglesia el altar es incensado con suave olor para que la alabanza llegue al cielo, en el altar de nuestro corazón hemos de ofrecer siempre el incienso de nuestra alabanza a Dios.

 Comentando el libro de los Números, predicaba Orígenes: “Los dos altares, esto es, el interior y el exterior, puesto que el altar es símbolo de la oración, considero que significan aquello que dice el Apóstol: “Oraré con el espíritu, oraré también con la mente". Cuando, pues, ‘quisiere orar en el corazón’, entraré en el altar interior, y eso considero que es también lo que el Señor dice en los Evangelios: ‘tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto y cierra tu puerta y ora a tu Padre en lo escondido’. Quien, pues, así ora, como dije, entra en el altar del incienso, que está en el interior”[7].

 “Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1).

 En el altar del corazón ofrecemos sacrificios vivos, los de la vida cotidiana, los sacrificios interiores, espirituales, la lucha contra el pecado y las mortificaciones, la vida teologal que crece, el trabajo, la actividad, el descanso. Todo es ofrecido en el altar del corazón.

  “Para salir de Egipto no basta con la mano de Moisés, se busca también la mano de Aarón. Moisés indica la ciencia de la ley; Aarón, la pericia de sacrificar e inmolar a Dios. Es, pues, necesario que los que salgamos de Egipto no sólo tengamos la ciencia de la ley y de la fe, sino los frutos de las obras, por los cuales se agrada a Dios. Por ello se mencionan las manos de Moisés y de Aarón, para que por las manos entiendas las obras.

 De hecho, si, saliendo de Egipto y ‘volviendo a Dios’, rechazo la soberbia, habré sacrificado un toro al Señor por las manos de Aarón. Si elimino el desenfreno y la lujuria, creeré haber matado un chivo para el Señor por las manos de Aarón. Si venzo la pasión cruel, un ternero; si la necedad, parecerá que he inmolado una oveja” (Orígenes, Hom. in Num, XXVII, 6, 2).

  La participación de los fieles en la liturgia conduce a ofrecer todo lo que antes, día a día, hemos ido ofreciendo a Dios en el altar del corazón; y al participar en la liturgia –con este recto sentido de participación- viviremos lo cotidiano ofreciendo y glorificando a Dios. Por Cristo, con él y en él.

 

 



[1] “En el Sacrificio Eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo” (CAT 1359).

[2]Ofrecemos al Padre lo que Él mismo nos ha dado: los dones de su Creación, el pan y el vino, convertidos por el poder del Espíritu Santo y las palabras de Cristo, en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo: así Cristo se hace real y misteriosamente presente” (CAT 1357).

[3] Plegaria Eucarística III.

[4] Plegaria Eucarística IV. Otro formulario pedirá: “te ofrecemos lo mismo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta. Acéptanos también a nosotros, Padre santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo” (Plegaria Eucarística de la Reconciliación II).

[5] De civ. Dei, 10, 6.

[6] “Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: Él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él” (CAT 1361).

[7] Hom. in Num, X, 3, 3.

18.01.18

Algo más sobre la sede

 

La sede es uno de los lugares litúrgicos necesarios para la Eucaristía y otros oficios litúrgicos, así como el ambón o el altar son otro de los lugares. Desde la sede se preside, se ora, se dirige la oración y se enseña en la homilía.

  En la sede se significa el oficio de Cristo, Cabeza, Pastor y Maestro, y se supera la mera utilidad de sentarse durante unos cantos en tres sillas iguales al simbolismo de la cátedra. Bastaría ver las antiguas basílicas (como San Vital o San Clemente) para descubrir el lugar de la sede (en el ábside) de manera preeminente (el que preside está más elevado que el banco de piedra corrido para los sacerdotes).

   La sede como lugar litúrgico ha de habilitarse allí donde se celebre la Santa Misa y no únicamente en la parroquia, sino también en cualquier oratorio, capilla o iglesia de contemplativas. Es un contrasentido y ahora una grave infracción comenzar la Misa ya directamente desde el altar. Éste se reserva para el sacrificio y por tanto al altar se acerca el sacerdote para depositar la oblata y pronunciar la plegaria eucarística: los demás oficios (ritos iniciales, también la homilía, etc. y al final la bendición) los dirige desde el sitio de la presidencia.

“El lugar de presidencia o sede del sacerdote celebrante significa la función de presidir la asamblea litúrgica y de dirigir la oración del pueblo santo” (Bend 982).

 El Misal prescribe las características de la sede:

  “La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de presidente de la asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar más adecuado es vuelto hacia el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan, por ejemplo, si por la gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del altar. Evítese, además, toda apariencia de trono. Conviene que la sede se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de ser destinada al uso litúrgico.

 
    Asimismo dispónganse en el presbiterio sillas para los sacerdotes concelebrantes y también para los presbíteros revestidos con vestidura coral, que estén presentes en la celebración, aunque no concelebren.
 
    Póngase la silla del diácono cerca de la sede del celebrante. Para los demás ministros, colóquense las sillas de tal manera que claramente se distingan de las sillas del clero y que les permitan cumplir con facilidad el ministerio que se les ha confiado” (IGMR 310).

  El simbolismo litúrgico de la sede se resalta cuando hay que inaugurar una sede nueva; entonces se procede a bendecirla para destinarla al uso litúrgico. La plegaria de bendición acude a la contemplación del ministerio de Cristo en cuanto Pastor que sigue pastoreando desde la sede litúrgica:

“Alabamos tu Nombre, Señor, unidos en una sola voz, y te suplicamos humildemente a ti que viniste como buen Pastor para reunir en un solo redil a tu rebaño disperso, por medio de aquellos que tú has elegido como cooperadores en la propagación de la verdad. Apacienta a tus fieles y llévalos por el camino de la santidad, y así, pastores y ovejas podrán un día entrar con gozo en los pastos eternos” (Bend 987).

 O también:

 "Señor Jesucristo, que enseñaste a los pastores de tu Iglesia a servir a los hermanos y no a ser servidos, te pedimos que hagas con tu gracia que todos los que vengan a esta cátedra (sede) proclamen siempre tu palabra y administren dignamente tus sacramentos, y así, junto con el pueblo a ellos confiado, te alaben sin cesar en la sede eterna del cielo” (Bend 999).

 Así se entiende el valor litúrgico que tiene la toma de posesión de un Obispo en su diócesis. Cuando preside el Metropolitano (sic.), una vez leídas las Letras Apostólicas, “el Metropolitano invita al Obispo a sentarse en la cátedra. Luego el Obispo se pone de pie y se canta el Gloria” (CE 1145).

 Es una lástima que muchas veces la sede queda al margen de la liturgia y se haga la homilía delante del altar con un micrófono: se busca entonces impactar de forma mediática, pero pierde todo el valor de signo.

 También en la inauguración del ministerio del párroco en su parroquia; el Obispo le hace entrega al nuevo párroco de los distintos lugares litúrgicos (fuente bautismal, sede penitencial…) y también la sede para presidir (Cf. Entrada del nuevo párroco, n. 12).

 La sede deberá poseer prestancia, ser visible, elevada, y apta para dirigir la oración y poder realizar desde allí la homilía.

11.01.18

Participar recibiendo un sacramento (XIV)

Los sacramentos son preciosos y humildes tesoros[1], dones del Señor, que se nos dan para vivir en gracia, para santificarnos. No los tomamos por nosotros mismos, se nos dispensan, se nos entregan, para que los recibamos como un Don.

La santa liturgia por ello tiene como protagonista central a Jesucristo que nos comunica, por su Misterio pascual, su propia vida, y por protagonista también al Espíritu Santo, que se derrama abundantemente en cada sacramento con gracias y efectos distintos. Todo en la liturgia debe estar al servicio de ese protagonismo central de Jesucristo y del Espíritu Santo, sin ceder a la tentación de usurparlo.

 El peligro ya difundido es querer hacer de la liturgia un acto, con tono catequético, lúdico, distraído, donde al final es la propia comunidad la que se celebra a sí misma; es el hombre el que se pone en el centro de la liturgia, desplazando a Cristo y su Espíritu. Eso se muestra cuando la liturgia olvida su sacralidad, devoción, espiritualidad, y adopta las formas de fiesta humana, de intervenciones, de creatividad, sin un hondo espíritu religioso, de fe, de adoración. “No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del corazón que se expresa en la veneración y respeto de la liturgia” (Benedicto XVI, Hom. en el Corpus Christi, 11-junio-2009).

 Centro de la liturgia y autor indiscutible es Jesucristo y su Espíritu Santo, y debe ser bien visible; el pueblo cristiano reconoce su señorío y, con estupor, contempla cómo se da en cada sacramento.

 Forma excelente de participación en la liturgia es recibir algún sacramento, y el mero hecho de recibir es ya una participación que requiere discreción, fe y plegaria, en vez de ocupar el protagonismo humano. Participan recibiendo el sacramento (del Bautismo, de la Confirmación, el Matrimonio…) y ese es su modo peculiar y único de participación plena, consciente, activa, sin que eso suponga erigirse además en monitores, lectores, etc. Su modo de participación concreto es vivir el sacramento que están recibiendo. Esa es su forma de participación y no hay que buscar ni forzar ni inventar elementos “para que participen”, porque ya están participando realmente en una manera única y que no pueden ser sustituidos por nadie.

  Podríamos hacer un repaso de algunos sacramentos para reconocer en qué y cómo participan quienes los están recibiendo.

 a) Iniciación cristiana de adultos

  Bautismo de adultos: ¿cómo participan los “electi” que van a ser bautizados? ¿Tal vez haciendo moniciones o proclamando lecturas o leyendo un manifiesto de compromiso? Su modo de participación es especial y singular: realizar la renuncia al pecado y la profesión de fe a las preguntas del Obispo, ser ungidos con el óleo de los catecúmenos, ser bautizados, después recibir la vestidura blanca y el cirio encendido, y finalmente, ya en el presbiterio, ser crismados para recibir el Espíritu Santo en la Confirmación.

 Entonces, terminados los ritos bautismales, comienza la oración universal, normalmente dirigida por un diácono (ese es oficio propio del diácono) proponiendo las intenciones y todos los fieles oran a cada intención. Es oficio sacerdotal por el bautismo y los ya neófitos “participan por primera vez”[2], no en el sentido de que lean ellos cada intención, sino orando juntos como cristianos sacerdotes a aquello que el diácono propone. Su participación, como la de los demás fieles, es orar e interceder, rezando o cantando la respuesta de cada petición.

 Finalmente, participan aportando el pan y el vino que presentan al Obispo como materia para el sacrificio eucarístico, y sólo pan y vino, todo el pan y vino necesarios para la comunión, excluyendo –como sabemos- esa innovación extraña de ofrendas simbólicas con moniciones explicativas. “Mientras se entona el canto para la presentación de dones, es oportuno que algunos neófitos lleven al altar el pan, el vino y el agua para la celebración de la Eucaristía” (CE 428; RICA 232). “Es conveniente que el pan y el vino sean presentados por los neófitos, o, si son niños, por sus padres o padrinos” (CE 370). Finalmente, ese día, “es conveniente que los neófitos reciban la sagrada Comunión bajo las dos especies” (ibíd.), ya que esa es la plena participación[3].

 

b) Confirmación

 En el sacramento de la Confirmación, el modo de participar de los confirmandos es ser confirmados, recibir la Crismación de manos del Obispo. Parece evidente, y sin embargo, la praxis pastoral-litúrgica no lo ve tan evidente. Quien va a ser confirmado tiene su modo propio, especialísimo y único de participar: son llamados y presentados al Obispo después del evangelio y antes de la homilía (CE 461), y tras la homilía renuevan los compromisos bautismales (CE 463) interrogados por el Obispo; oran intensamente mientras el Obispo impone las manos al recitar la oración “Dios todopoderoso” pidiendo el Espíritu Santo, y participan recibiendo la crismación en la frente. Ese modo de participación es único y excelente: reciben de Dios, oran a Dios, son sellados por Dios.

 El Ritual permite que ese día las intenciones para la oración de los fieles, las proponga uno de los confirmandos: “el diácono, o bien un ministro (o uno de los confirmandos) añade las siguientes peticiones…” (RC 35)[4].

  En ese día “mientras se canta el canto de la presentación de dones, algunos confirmados oportunamente llevan el pan, el vino y el agua para celebrar la Eucaristía” (CE 470[5]) –de nuevo se repite lo de siempre: un canto procesional, ninguna monición explicativa y aportar la materia del sacrificio eucarístico sin inventar ofrendas simbólicas para que suban más confirmandos al presbiterio-. Especial importancia tiene “la recitación de la oración dominical (Padre nuestro), que hacen los confirmandos juntamente con el pueblo… porque es el Espíritu el que ora en nosotros, y el cristiano en el Espíritu dice: ‘Abba, Padre’” (RC 13): se subrayará oportunamente tanto en la catequesis previa como en la monición sacerdotal. “Los confirmados, sus padrinos, sus padres, los catequistas y los familiares pueden recibir la Comunión bajo las dos especies” (CE 470).

 

c) Primeras comuniones

 Algo similar a lo anterior deberíamos entender para las llamadas “primeras comuniones”, situadas en la infancia cuando aún no han recibido siquiera el sacramento de la Confirmación. Los niños participan a su modo propio, es decir, uniéndose a Cristo y recibiéndole por primera vez en el Sacramento eucarístico: así participan plenamente. Podrán –como los neófitos o los confirmandos- aportar la materia del sacrificio, presentando el pan y el vino (toda la cantidad necesaria que haya que consagrar), sin tener que añadir ofrendas superfluas, “simbólicas” con la excusa de que todos “participen”. Mucho menos apropiado por sentido común es que se conviertan también en lectores y monitores entendiendo su participación en la Eucaristía como la primera vez que comulgan y desempeñan todos los oficios y ministerios litúrgicos. Los niños participan del modo que les es propio y único: comulgando por vez primera.

 

d) Matrimonio

 El sacramento del Matrimonio espera una participación real de los esposos, según el modo propio: pronunciar el consentimiento y recibir la solemne bendición nupcial. Los novios no van a participar más por inventar moniciones, o que lean una poesía, o proclamen las lecturas bíblicas. Su modo propio es realizar el consentimiento matrimonial y recibir el don del Espíritu que genera la caridad conyugal.

 Ellos, y sólo ellos, tienen una participación especial en cuanto contrayentes: responden al escrutinio del sacerdote “acerca de la libertad, de la fidelidad, de la disposición para recibir y educar a los hijos” (CE 607) y pronuncian el consentimiento. Después, como expresión de la donación mutua, la entrega de los anillos y de las arras. “En la preparación de los dones, el esposo y la esposa pueden llevar el pan y el vino al altar, según la oportunidad” (RM 76). Tras el Padrenuestro, puestos de rodillas (RM 81), reciben la bendición nupcial como una solemne plegaria de consagración, mientras oran intensamente; por último, “los esposos, sus padres, los testigos y los familiares pueden recibir la Comunión bajo las dos especies” (CE 612).

 La pastoral litúrgica debe permitir que, tras una sólida catequesis y mistagogia, cada uno comprenda que participar es recibir el Sacramento como un don y que recibiéndolo, ya participa en grado excelente. Por tanto, no hay que añadirle más elementos buscando “participación”, sino ayudar a que vivan intensamente la liturgia sacramental. Son distorsiones de la liturgia la mera multiplicación de moniciones, de discursos de “acción de gracias” después de la comunión, de ofrendas simbólicas acompasadas con moniciones. La liturgia es mucho más pastoral: permite que vivamos santamente las cosas santas y recibamos los humildes y preciosos sacramentos con conciencia de fe y devoción sin añadidos superfluos.

 

 



[1] “Humildes y preciosos sacramentos de la fe” los llama Juan Pablo II en la exh. Reconciliatio et Paenitentia, 31, I.

[2] CE 369; cf. Misal romano, Vigilia pascual, n. 49.

[3] “Finalmente, se tiene la celebración de la Eucaristía, en la que por primera vez este día y con pleno derecho los neófitos toman parte, y en la cual encuentran la consumación de su iniciación cristiana. Porque en esta Eucaristía los neófitos, llegados a la dignidad del sacerdocio real, toman parte activa en la oración de los fieles, y en cuanto sea posible en el rito de llevar las ofrendas al altar; con toda la comunidad participan en la acción del sacrificio y recitan la Oración dominical, en la cual hacen patente el espíritu de adopción filial, recibido en el Bautismo. Finalmente, al comulgar el Cuerpo entregado por nosotros y la Sangre derramada también por nosotros, ratifican los dones recibidos y pregustan los eternos” (RICA 36).

[4] La rúbrica no puede ser más un interesante: “un” diácono, o bien “un” ministro o “uno” de los confirmandos, no un lector distinto por petición, ni un confirmado por petición. Solamente un lector.

[5] “Algunos de los confirmados pueden llevar al altar el pan, el vino y el agua para la Eucaristía. Mientras tanto, se puede cantar un canto apropiado” (RC 39).

5.01.18

La sede del sacerdote

La sede (cátedra) del obispo o del sacerdote debe significar su oficio de presidente de la asamblea y director de la oración. (Catecismo de la Iglesia, nº 1184).

  La sede presidencial es el signo de Cristo Cabeza, que preside su Iglesia en la acción litúrgica. Es más que la mera funcionalidad de sentarse el presidente. Una sede vacía espera elocuentemente la venida del Señor que se sentará en gloria para juzgar a vivos y muertos. Una sede vacía debe evocar el pensamiento de la primera comunidad: ¡Ven, Señor Jesús!

 La sede no va en función de la dignidad sino del ministerio que se ejerce. Es única: distinta la del que preside de la de los demás, aunque sean concelebrantes u otros obispos. La sede es única.

 Es el signo de Cristo que preside, el signo de Cristo Cabeza de su Iglesia.

   a) Única: Una sede digna para el que preside. No tantas sedes iguales cuantos ministros haya

   b) Elevada: Al que preside se le debe ver. Y él debe ver bien a la asamblea, especialmente para la homilía que puede, oportunamente, hacer sentado. Si hay otras sillas, fuera de la tarima o alfombra.

   c) No quedar separada de la asamblea: Ni por demasiado alta, ni por escondida, detrás del altar y al mismo nivel de plano. Si se sitúa en el fondo del ábside, debe tener la suficiente elevación para que el altar no oculte al presidente. Una justa medida y buena visibilidad.

   d) Digna: entraría el adorno festivo: cojines según el color del tiempo litúrgico, o paños vistosos (cathedrae velatae, la llamaba S. Agustín), pero sobre todo, por su factura y realización, en consonancia artística con los demás elementos celebrativos.

 

 Desde la sede se realizan los ritos iniciales de la Misa (saludo, acto penitencial, Gloria, oración colecta) y los ritos finales (oración de postcomunión y bendición). En la sede se realiza la homilía como lugar propio -Cristo maestro, la cátedra del Maestro-.

  La principal sede es la cátedra del obispo en la iglesia principal de la diócesis, llamada Catedral a causa de la cátedra o sede del obispo. Pero la sede presidencial es un elemento celebrativo en todas las parroquias, monasterios, conventos de monjas, iglesias, etc.