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4.05.17

Mini-vigilias pascuales (y II)

Vigilia Pascual

4.      La música callada

Pérdida y pobreza en la Vigilia pascual, es reducir o minimizar el canto. El canto litúrgico da solemnidad, favorece la contemplación, eleva el espíritu, aúna a los fieles en un mismo corazón, logra una mejor participación, interior y exterior, activa y fructuosa.

Pero también, aquí, hallamos mini-vigilias, o vigilias empobrecidas, que teniendo coro parroquial, se limitan al mínimo, y de un año para otro no tienen voluntad de enriquecerse, aprender más para celebrar mejor.

La procesión inicial es muy sugerente: en la noche, sólo el cirio pascual ilumina y avanza desde el atrio al altar por el pasillo central. Pero si el recorrido es largo, entre las distintas aclamaciones “Lumen Christi-Deo gratias”, se hace un silencio que en este caso resulta casi pesado cuando es una procesión de alegría y alabanza. Mejor sería cantar: “Nada impide que a las respuestas: “Demos gracias a Dios” se añada alguna aclamación dirigida a Cristo” (Carta, n. 83). Podría ser, perfectamente, el antiguo himno griego: “Oh luz gozosa” de forma que la procesión se convierta en algo festivo aclamando a Cristo Luz.

Si ya es habitual reducir el número de lecturas, no digamos nada del modo de realización de los salmos. A algunos ya les parece un grandísimo esfuerzo y todo un logro cantar la respuesta de cada salmo. Pero eso es claramente insuficiente. El canto del salmo responsorial de cada lectura ayuda a la meditación de la historia de la salvación. Lo normal, no lo excepcional, es que un salmista cante cada estrofa. Para eso, de una Vigilia a otra hay un año, donde se puede ensayar y avanzar, máxime si tenemos en cuenta que los salmos son fijos, los mismos en cada Vigilia. Y por supuesto “evítese con todo cuidado que los salmos responsoriales sean sustituidos por cancioncillas populares” (Carta, n. 86).

Cuestión distinta es el órgano. En Cuaresma sólo puede sonar para sostener el canto, a excepción del IV domingo, Laetare que puede resonar anticipando la alegría de la Pascua; el Viernes Santo no suena las campanas ni suena el órgano; así, en el Jueves Santo “terminado el “Gloria” y hasta la Vigilia pascual, es antigua costumbre prescindir totalmente del órgano e instrumentos. El organista dejaba el órgano y se unía a los cantores” (Directorio Canto y música en la celebración, n. 217). Pero ninguna rúbrica hoy prohíbe el órgano en la Vigilia pascual ni determina que esté mudo hasta el “Gloria”. Por tanto, los salmos pueden muy bien ser acompañados con el órgano en una noche tan festiva.

 5.      Efectos teatrales

  Se ha introducido una distorsión, el jugar con las luces eléctricas, exagerando el canto del “Gloria” en el paso de las lecturas del AT al NT. En el tercer “Luz de Cristo” han encendido algunas luces de la iglesia…, pero no todas; ahora, con el canto del “Gloria”, suenan las campanas, encienden los cirios del altar y encienden por fin todas las luces de la iglesia. Pero no es éste el momento.

 El primer rito de la Vigilia pascual es el lucernario, rito con el cual se bendecía a Dios por la luz al encender la basílica para el oficio litúrgico. Este lucernario tan habitual en los primeros siglos –y que hoy permanece en algunos ritos como, por ejemplo, el ambrosiano- en nuestro rito romano ha quedado sólo para la Vigilia pascual. Al tercer “Lumen Christi”, dice el Misal, “se encienden las luces de la iglesia”. Todo queda así ya iluminado desde el principio con este rito y no hay que esperar al canto del “Gloria”.

 ¿Entonces qué hay que hacer durante el canto del “Gloria”? Según las costumbres del lugar, se pueden tocar las campanas –mudas desde el Jueves Santo- anunciando la gloria del Resucitado. Esto es propio del Triduo pascual, que toca las campanas en el “Gloria” del Jueves Santo, y quedan silenciadas hasta el “Gloria” de la Vigilia pascual; imitando esto, como un nuevo abuso, algunos tocan las campanas en la Misa de medianoche de Navidad… Mientras suenan las campanas y todos cantan el himno “Gloria a Dios”, se encienden los cirios del altar (cf. Caeremoniale episcoporum, n. 349).

6.    La parte bautismal para todos

Sabemos bien cómo la Cuaresma es un ejercicio mortificado de renovación interior, de penitencia y expiación para ser renovados en la santa Pascua, haciendo memoria de nuestro bautismo. Llega el momento de hacerlo tras la liturgia de la Palabra. Pero también aquí, en ocasiones, es todo minimizado.

 Si hay bautismos, sea de niños, sea de adultos, una vez cantada la letanía de los santos y bendecida el agua bautismal, se les pide a ellos, sólo a los catecúmenos, la profesión de fe y luego se les bautiza, se les reviste con la vestidura blanca, se les entrega el cirio encendido y, finalmente, se les crisma en la frente recibiendo el sacramento de la Confirmación. Entonces es cuando se procede a la renovación del bautismo de todos los fieles presentes. Pero ocurre que a veces se confunden los momentos y a la vez que a los catecúmenos, se les pide a los fieles su renovación. Son dos momentos distintos (cf. Caeremoniale episcoporum, n. 368).

 Entonces se realiza la aspersión de los fieles mientras se entona un canto apropiado. Sería empobrecedor omitir la aspersión con el agua bautismal a los fieles por las naves del templo (tampoco pasar al otro extremo: que se convierta casi en un recreo festivo, asperjando y saludando…). En la iglesia catedral, por ejemplo, las rúbricas ofrecen la posibilidad de que junto al obispo asperjando, se le unan otros presbíteros que vayan también realizando la aspersión (Caeremoniale, n. 369) de modo que sea un rito ágil y se pueda llegar a todos los fieles.

7.     El rito eucarístico, ¿solemne o precipitado?

Aquí, cuando llega la última parte de la Vigilia pascual, suelen entrar las prisas y el deseo de acelerar, suprimiendo la solemnidad propia de la Eucaristía pascual.

Para empezar, todo lo que es cantable sería conveniente cantarlo: el prefacio, las palabras de la consagración, la aclamación, la doxología final con el solemne “Amén”; también es triste ver en esta noche santísima que se emplee la plegaria eucarística II por ser la más breve, como un día ferial cualquiera, cuando, con diferencia, sería el Canon romano (o Plegaria eucarística I) y sus embolismos propios lo más apropiado.

Finalmente, la santa comunión, donde recibimos al Señor mismo resucitado en las especies consagradas. Es sumamente apropiado en esta noche recibir la comunión con las dos especies. Sin embargo, por ahorrar tiempo, es frecuente que no se haga. Sigamos el consejo de la Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales:

“Es muy conveniente que en la comunión de la Vigilia pascual se alcance la plenitud del signo eucarístico, es decir, que se administre el sacramento bajo las especies del pan y del vino” (n. 92).

Y en general, atender a este principio:

“Hay que poner mucho cuidado para que la liturgia eucarística no se haga con prisa; es muy conveniente que todos los ritos y las palabras que la acompañan alcancen toda su fuerza” (n. 91).

8.      La enseñanza y preparación

Para vivir fructuosamente estos ritos del Triduo pascual y, muy especialmente, de la Vigilia pascual, es necesaria una previa preparación catequética y espiritual. Ya se nos advierte:

“Para poder celebrar la Vigilia pascual con el máximo provecho, conviene que los mismos pastores hagan lo posible para comprender mejor tanto los textos como los ritos, a fin de poder dar una mistagogia que sea auténtica” (Carta, n. 96).

El tiempo de Cuaresma debe estar pendiente y volcado en vivir con fruto el santísimo Triduo pascual. Los tesoros de la liturgia son tesoros de vida espiritual, de vida cristiana, y deben desgranarse, explicarse paso a paso, para que todos y cada uno puedan vivirlo con gozo del alma.

 La preparación del Triduo pascual, y especialmente de la Vigilia pascual, no puede reducirse a la elección de lectores y revisar con el coro los cantos, a las flores y tener velas suficientes para los asistentes, sino que debe incluir, para todos, una preparación mistagógica.

 El hecho mismo de estas mini-vigilias pascuales, sea en el horario, sea en la forma de celebrarla, muestran claramente la insuficiente comprensión de la liturgia:

“Sin duda, estas dificultades derivan de la formación todavía insuficiente, tanto del clero como de los fieles, sobre el misterio pascual en su realidad de centro del año litúrgico y de la vida cristiana” (Carta, n. 3).

  La Cuaresma es el gran tiempo de catequesis: para los catecúmenos, para los bautizados que no han completado la Iniciación cristiana, para todos los bautizados. Durante la Cuaresma se ofrece la preparación a los grandes sacramentos:

“Debe darse, sobre todo en las homilías del domingo, la catequesis del misterio pascual y de los sacramentos, explicando con mayor profundidad los textos del Leccionario y, de modo especial, las perícopas evangélicas, que aclaran los diversos aspectos del bautismo y de los demás sacramentos, así como la misericordia de Dios” (Carta, n. 12).

 Los sacerdotes predicarán más y con más frecuencia, con mayor empeño (cf. Carta, n. 13). Además, “los pastores no dejen de explicar a los fieles, del mejor modo posible, el significado y la estructura de las celebraciones [del Triduo pascual], preparándoles a una participación activa y fructuosa” (Carta, n. 41). Esta tarea parece que está pendiente… Sin embargo, ¡cuánta predicación cuaresmal! Hay que saber aprovecharla: homilías, charlas cuaresmales, predicaciones en quinarios, retiros, etc., así como la catequesis semanal de adultos, sesiones de formación de los grupos, o la catequesis de confirmación y jóvenes, la escuela de catequistas, etc.

 Explicar cada celebración paso a paso, mistagógicamente: su estructura y sus partes, el sentido que tienen, su origen, viendo también cada una de las lecturas bíblicas… y la incidencia espiritual en la vida de cada rito, su significado espiritual. ¡Esto es mistagogia de los ritos! Cuando se hace, son los fieles los que rechazan de plano las mini-vigilias pascuales, y quieren una liturgia válida, amplia, que la puedan vivir y disfrutar, dando gloria a Dios.

 Hagámoslo. Demos estos pasos. Descubriremos cómo la liturgia es verdadera pastoral y conduce a fuentes de agua viva.