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20.02.18

V. (…te consagro…) Mis oídos y mi lengua, para que como vos sepa escuchar y comprender la Palabra, y la proclame con valentía y coherencia en toda circunstancia
 
Madre, tu obediencia y tu apertura a la Palabra hicieron posible la redención del mundo. Te dejaste modelar completamente por la Escritura que escuchabas cada sábado junto al Pueblo. La acogiste no sólo con silenciosa apertura, sino con el corazón completamente disponible.
 
Dejaste que esa Palabra -como en los orígenes del mundo- hiciera en Tí su obra creadora con total libertad.
 
Te consagro mis oídos del cuerpo y sobre todo los oídos del corazón… porque el Padre eterno me habla a cada instante, me quiere instruir cada mañana, me quiere dar también la semejanza con Cristo a través de cada letra de la Escritura que llega a mí… Pero muchas veces tengo los oídos cerrados. Con frecuencia estoy distraído, aturdido, apurado, acelerado… y permanezco como sordo a su Voz. 
 
El Padre me habla no sólo en la Escritura: me habla también en los acontecimientos, en los signos del tiempo. Y me habla, y me llama, y me educa a través de las voces de mis hermanos, de los fieles que me son confiados.
 
Que nunca deje de escuchar. Que nunca me cierre a lo que mis ovejas necesiten decirme. Que nunca caiga en la autosuficiencia de quien se cree que lo sabe todo.
 
Que no cometa el error de aferrarme a mis propias ideas y maneras de ver las cosas: que sepa escuchar y comprender cuando Jesús me educa, también a través de las críticas, aunque me duela…
 
Y te consagro mi lengua. Esa lengua creada para alabar a Dios, para cantar su grandeza, para proclamar que Cristo está vivo, para decir palabras de Verdad y de Amor. Esa lengua que me permite expresar el mundo interior, narrar tus maravillas, ofrecer a los demás el significado más hondo de la Vida…
 
Esa lengua, Madre, que tantas veces he puesto al servicio de lo vano, lo superficial, lo prescindible.
 
En ella muchas veces han primado palabras insustanciales, innecesarias, vacías de sentido y de eficacia.
 
Madre, que yo no menoscabe nunca el sagrado valor de la Palabra.
 
Madre, que nunca calle la Verdad por miedo ni por comodidad. Que proclame con valentía incluso las verdades más difíciles, con la certeza de que sólo en ella se encuentra la libertad. Que nunca busque el fácil aplauso, que nunca me deje encadenar por la búsqueda de popularidad.
 
Que proclame la Palabra con coherencia. Que lo que diga en el ambón, en el confesionario, en la cátedra, en una charla, en los medios de comunicación… tenga siempre el respaldo de una vida congruente, de una fidelidad siempre intentada, de un compromiso vital sin fisuras.
 
Y que lo haga en toda circunstancia. Siempre. A tiempo y a destiempo. Con ocasión o sin ella. Sin dudar, sin someterme a las modernas dictaduras de lo políticamente correcto, ni a la impostura diabólica del relativismo, ni al eufemismo elevado a táctica.
 
Que lo haga con la valentía de Ignacio de Antioquía y de todos los mártires del Imperio Romano, y con la fortaleza de Roque González y sus compañeros mártires rioplatenses, con la de los mártires de la revolución francesa, con la de los que cayeron bajo los totalitarismos modernos en México, en España, bajo la Alemania nazi, en China, en Siria… 
Con la valentía de aquellos que prefirieron perder su vida del cuerpo antes que traicionar la fe recibida.
 
Y que murieron, muchos de ellos, invocando tu nombre y el de tu Bendito Hijo: “Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe".
 

18.02.18

Te pido tener una mirada misericordiosa

Continúo desglosando en estas sencillas meditaciones la oración de consagración de mi sacerdocio, que compartí hace unos días.
 
 
IV.  Y en prueba de mi filial afecto, y en respuesta a tu ternura maternal, te consagro en este día mis ojos, pidiéndote tener siempre la mirada misericordiosa del Padre…
 
El afecto filial es el nombre propio del amor de un hijo hacia sus padres. Un afecto que está hecho de gratitud y que responde a la justicia: un hijo es deudor de sus padres, porque de ellos ha recibido la vida y tantos otros bienes.
 
Un hijo que ama a su madre disfruta cuando ella sonríe, cuando la ve contenta. Y por eso intentará hacerla sonreír y ponerla feliz siempre que pueda. 
 
El afecto filial se puede expresar de muchas maneras: a través de palabras, de gestos, de tiempo dedicado al otro… tanto en el amor humano como también en el amor sobrenatural.
 
El amor se puede expresar también de modo  eficaz y concreto a través de regalos. Un hijo tuyo, Madre, puede obsequiarte flores, o encender una vela en tu honor, o construirte una hermosa gruta o capilla para que seas honrada.
 
Pero el modo más perfecto y eficaz, la manera de expresar amor que incluye a todas las otras es la entrega total, la consagración. Es darte, María, todo lo que uno es, con todas las dimensiones de ese ser. Ese es el regalo más adecuado, el que vos esperás, el que te merecés. Así se entregó el Hijo a Vos, para luego entregarse en cuanto hombre así al Padre.
 
Y aunque seria suficiente decirte: “me entrego todo, soy todo tuyo", necesito hacer explícita la donación de mí mismo, mencionando algunas dimensiones de mi ser sacerdotal. De mi cuerpo y de mi alma, para que ambas sean instrumento y transparencia del Dios a quien quiero servir.
 
Y para comenzar te consagro mis ojos… estos ojos que son un espejo de mi alma y a la vez las ventanas a través de las cuales me abro al conocimiento del mundo. 
 
 
Estos ojos que han podido contemplar la belleza del cosmos y la hermosura del amor humano, que han visto rostros radiantes de paz y se han posado en otras miradas limpias y llenas de esperanza… 
 
Pero que también -me duele decirlo- han sido testigos del pecado, han visto -demasiadas veces- lo que ofende a Dios… han conocido la negrura y la oscuridad de una vida al margen del Amor. 
 
Y estos ojos míos, Madre, han mirado muchas veces con dureza, con cinismo, con burlesca displiscencia, con impaciencia…
 
Madre, estos ojos están llamados a ser luz para quienes no encuentran el rumbo. Están llamados a irradiar bondad y misericordia. Estos ojos quieren ser un destello de la mirada del Padre misericordioso, que con una intensidad similar ve partir al hijo extraviado y lo acoge exultante de júbilo cuando regresa. 
 
Madre, que cada persona que me mire “vea al Padre". Que yo, al igual que Jesús, pueda “mirar con amor” a niños, jóvenes, adultos y ancianos, mostrando al menos por un instante que el Amor perfecto es real.
 
Madre, que a ningún hermano mío lo mire con desprecio, con lástima, con soberbia o altanería. Que mis ojos solo irradien bondad. 
 
Que sean, en fin, una imagen de los Tuyos, de esos ojos misericordiosos que desde niño te he pedido que vuelvas a mí. 
 
De esos ojos que fueron los primeros que vio Jesús en Belén, y los últimos con los cuales se cruzó antes de cerrar los suyos en el Gólgota.
 
En tus ojos virginales, en tu mirada pura, se irá purificando la mía, para dar paz y esperanza.
 

16.02.18

Con el Totus Tuus entre ceja y ceja

Continúo desglosando en estas sencillas meditaciones la oración de consagración de mi sacerdocio, que compartí hace unos días
 

 
III.  Oh Madre, educadora del Verbo encarnado, formadora de santos, hoy renuevo mi alianza eterna de amor contigo.
 
En el Seminario me encontré con el pensamiento de dos hombres de Dios, dos hombres enamorados de Vos, Madre, uno canonizado y el otro canonizable: San Luis María Grignon de Montfort y Monseñor Adolfo Tortolo. 
 
El uno y el otro, cada uno con un estilo adecuado a su época, me enseñaron una verdad sublime: Vos fuiste verdadera Madre del Hijo Eterno. No le diste sólo un cuerpo humano: lo introdujiste en la experiencia humana. Lo formaste y dejaste una huella decisiva y definitiva en su personalidad, imprimiste en su carácer y en su manera de ser tu misma alma.
 
 
Vos le enseñaste a Jesús a comer, a caminar, a hablar, a rezar, a cantar… Vos lo introdujiste en el mundo de las relaciones humanas y en la realidad de la relación con Yahvé, dándose aquí un misterioso diálogo entre el misterio de su divina identidad -que poco a poco se desvelaba- y su humana naturaleza según la cual “crecía en sabiduría y en Gracia".
 
Vos fuiste entonces como una artesana que con delicadeza y atenta solicitud fue dando belleza al alma humana del Único y Eterno Sacerdote. Más aún, de modo espontáneo, casi involuntario e inconsciente, la humanidad del Niño Dios -ya desde el seno materno- fue adquiriendo la “forma de María” y replicando tus virtudes.
 
Vos sos, desde entonces, formadora de Santos. Sos el molde en el cual cada cristiano puede arrojarse libremente y dejarse modelar, para adquirir -de modo más rápido, fácil y seguro- la forma de Cristo.
 
Y si esto vale para todo cristiano, vale en especial para cada sacerdote. Se suele decir que desde el momento en que abrazaste a Juan -a pocas horas de su ordenación sacerdotal en la última Cena- junto a la Cruz, los sacerdotes somos tus hijos predilectos.
 
Yo quisiera entonces, Madre, que vos, formadora de santos, me formaras como formaste a San Juan Bosco, a quien en su más tierna infancia tomaste de la mano y le enseñaste -en sus sueños y en los acontecimientos- el camino de la dulzura y la bondad.
 
Yo quisiera que vos me educaras como a San Maximiliano María Kolbe, “el loco de la Inmaculada", a quien vos ofreciste -también en su infancia- las coronas del martirio y la virginidad. Maximiliano eligió ambas, las recibio como don y las vivió hasta el final, como y desde tu Inmaculado Corazón.
 
Yo quisiera que Vos fueras siempre mi Madre como lo fuiste del padre Karol Wojtyla, el cual, huérfano de mamá en la tierra, se entregó por completo a la del Cielo… y vos ya no lo soltaste más. Yo quisiera que cada acto de mi ministerio sacerdotal llevara la fragancia del “Totus tuus". Yo necesito que esa “mano materna” que guió la bala aquel 13 de mayo de 1981 me sostenga y proteja siempre.
 
Yo quiero ser santo, y por eso, sin dudarlo, renové mi Alianza eterna de amor contigo el día de mi ordenación y de mi primera Misa. Alianza que es actualización de la Alianza bautismal. Alianza donde la Fidelidad perfecta e intacta la aporta ella, donde mis límites y pequeñeces no logran destruir ese misterio de elección.
 
Gracias, María de la Alianza de Amor… Gracias, Madre que nunca has dejado de decirle “Sí” a Jesús, a ese Jesús que una y otra vez te dice: “Ahí tienes a tu Hijo".
 

14.02.18

Yo no elegí ser sacerdote

II.  Yo, Leandro Daniel Bonnin, sacerdote para siempre por misericordia del Padre y de tu Hijo Jesucristo, me ofrezco totalmente a vos.
 
Madre: a muchos hermanos en la fe, incluso a algunos muy comprometidos con la vida de la Iglesia, les resulta un verdadero misterio que alguien pueda decidir ingresar en el Seminario y ser cura. Me lo han preguntado con variadas formulaciones en muchas oportunidades:
 
¿Por qué soy sacerdote?
 
¿Por qué “elegí” este modo de vida?
 
Y algo es muy claro: yo no elegí ser sacerdote… La frase de tu Amado Hijo en la última cena: “no son ustedes los que me eligieron, sino que yo los elegí…” se aplica a cada uno de los que a lo largo de los siglos ingresamos en este ministerio apostólico.
 
Yo no elegí ser sacerdote. No fue una opción luego de pensarlo mucho tiempo, no me incliné a esta consagración porque me gustaba ayudar a la gente, o hablar en público, o gestionar una comunidad… No lo elegí -mucho menos- porque no sabía que hacer con mi vida, o porque no encontraba alguien que me quisiera para formar una familia…
 
Soy sacerdote porque Jesús me eligiò para eso y, al descubrir ese plan y ese proyecto, decidí aceptar: “Aquí estoy. Envíame”
 
Y esta respuesta, Ma, lejos de esclarecer el “misterio", lo hace aún más oscuro.
 
¿Por qué te eligió Dios?
 
¿Cómo te diste cuenta?
 
Me eligió por pura misericordia. Sin mérito de mi parte. Sin que yo haya hecho nada de nada para merecerlo. 
 
 
Me eligió gratuitamente, desde antes de la Creación del mundo para “reproducir la imagen del Hijo” (Rom 8,28). Me eligió “antes que me formara en el seno de mi madre” (Jer 1) Me pensó y me soñó sacerdote, y en función de ese llamado pensó cada circunstancia concreta de mi vida.
 
Me eligió conociendo, incluso, todos los pecados que yo iba a cometer… por pura misericordia.
 
¿Cómo lo supe? 
 
No fue un Ángel del Cielo, ni una voz. Ni sentí olor a rosas, ni un Crucifijo de pronto tomó vida.
 
Fue  un domingo por la mañana, pocos días después de tu Fiesta, Madre del Rosario. Era un domingo parecido a muchos otros. Fue un aconcimiento único en dos momentos: una charla con un amigo a punto de igresar al Seminario y una Misa bajo una lluvia torrencial, con tres o cuatro personas más.
 
Fue experimentar de pronto, en lo más íntimo de mi alma, la certeza de que en el Sacerdocio todos mis anhelos se verían satisfechos. En ese momento, mi horizonte adolescente se amplificó hasta el infinito. Fue algo completamente inesperado y onovedoso, y a la vez, fue como si de pronto todo lo anterior no hubiera sido más que una preparación para aquel día.
 
Fue terminar la Celebración con una certeza enorme instalada en el más rofundo centro de mi ser: Jesús quiere que sea sacerdote. No sé dónde, ni cuándo, ni por donde comenzar, pero tengo la certeza de que así es, y así será.
 
El llamado que recibí aquella mañana lluviosa de 1994 resonó una y otra vez a lo largo de cada año de formación, hasta que se transformó en la voz audible del rector del Seminario, quien, el 19 de noviembre de 2005, en una Catedral llena de fieles, dijo en alta voz: “acérquense los que van a ser ordenados presbíteros… Leandro Daniel Bonnin". Yo respondí, al igual que mis compañeros que también fueron llamados por su nombre: “aquí estoy, Señor". Y luego el obispo dijo : “elegimos a estos hijos para el orden del presbiterado". Toda la asamblea cantó: “Te doy gracias, Señor por tu amor… no abandones la obra de tus manos”
 
Soy sacerdote para siempre por misericordia del Padre y de tu Hijo Jesucristo. Por pura misericordia, sacerdote por toda la eternidad. No por un tiempo, por unos años, o mientras dure el entusiasmo o la “luna de miel": para siempre.
 
Por siempre, Madre, quiero continuar cantando: “Te doy gracias… por tu amor, por tu misericordia, por tu paciencia, por levantarme en las caídas… No abandones -Alfarero divino- la obra de tus manos. No abandones, Madre tierna, esta pequeña y pobre obra de tus manos maternales. Yo me ofrezco totalmente a vos".
 

12.02.18

¿Por qué consagrar el sacerdocio en manos de María?

Comienzo a desglosar la oración de consagración que compartí en la anterior entrada, con la certeza de que algunas ideas e intuiciones pueden ayudar a otros hermanos en la fe y quizá en el sacerdocio
 

 
I.   Oh Señora Mía, Reina del Santísimo Rosario, oh Madre Mía.
 
Señora, Reina, Madre…
 
Inspirado en una clásica y bella oración, que aprendí siendo niño en la escuela primaria, elegí poner mi sacerdocio tus manos, María en tu advocación del Rosario.
 
¿Por qué? ¿Por qué en tus manos, y por qué bajo esta advocación?
 
Lo primero, porque el Hijo de Dios, al iniciar su sacerdocio -en el mismo instante de la Encarnación, al hacerse hombre- lo hizo EN TÍ, María. De hecho, fuiste Tú la que, al darle al Verbo un Cuerpo como el nuestro, al incluirlo en la naturaleza humana, le permitió ser sacerdote, mediador, puente… ¿Cómo no seguir el mismo camino, cómo no elegir el mismo ámbito, como no refugiarme en el mismo seno virginal y en las mismas manos que Aquel cuya misión debería continuar?
 
Lo segundo, porque a travès de esa advocación fue como tu Misterio, María se me manifestó en cada etapa de mi vida. Siendo niño, a través de las Apariciones de Fátima y esa especial vinculación de los tres pastorcitos niños con la Madre. Como adolescente, en el colegio salesiano de mis 13 años, aprendiendo y comenzando a experimentar allí el valor del Santo Rosario. Más adelante, al tenerla a ella como patrona de mi grupo misionero, y poder consagrarme por primera vez a los 15 años. Ya en el Seminario de Paraná, descubriéndola aún más hondamente como “nuestra Señora del Evangelio, de la Redención y de la Gracia".
 
Mi sacerdocio quiere estar en ese Corazón inmaculado que “guardaba y meditaba las cosas de Jesús", porque son ellas de las que debo vivir, las que debo asimilar, las que debo imitar y anunciar a los demás.
 
En fin, porque la vida sacerdotal -como la de Jesùs- está hecha tambièn de misterios de Gozo, de Luz, de Dolor y de Gloria… Porque en ella se alternan los días soleados y las noches tormentosas, los momentos de trabajo sereno y las épocas de exigencias intensas. Y en cada momento, en cada etapa, es necesario que estés Tú, María, como Madre.
 
 
Esa es, en el fondo, la más importante palabra, más incluso que Reina y más que Señora.
 
“Ahí tienes a tu Madre” me dijo Jesús tantas veces, junto al Monte Calvario que es cada Altar y cada Sagrario… y en cada momento de Cruz. 
 
“Ahí tienes a tu Madre” me dijo cuando estuve allí, en el suelo de la Catedral, arropado por la oración de la tierra y del Cielo. 
 
“Ahí tienes a tu Madre” me dice cada vez que me despierto, o cuando aparecen las nubes en el cielo de mi vida interior y pastoral…
 
Cada mañana, en cada Misa, en cada Rosario, quisiera yo también, como Juan, poder volver a “recibirte en mi casa".
 
Madre, mamá, ma… es la palabra que una y otra vez me devuelve la paz y la confianza, la armonía y el gozo.