La confesión frecuente fue en otro tiempo algo normal: mensual, quincenal o incluso semanal. Pero se fue haciendo más infrecuente entre los católicos formados desde los años setenta hasta los noventa. Hoy, muchos católicos solo se confiesan tras faltas morales graves o cuando la vida se vuelve espiritualmente abrumadora.
En sentido estricto, la confesión solo es obligatoria para los pecados mortales, y en la formación seminarística y la catequesis posteriores al Concilio Vaticano II se insistió mucho en este hecho. Hace algunos años, una amiga me contó que el párroco de su parroquia había instruido secamente a los fieles: «No me hagáis perder el tiempo en el confesionario con vuestros pecadillos». Históricamente, sin embargo, muchos católicos confesaban regularmente los pecados veniales. La confesión no era un mero tratamiento de urgencia; era medicina espiritual ordinaria. ¿Qué cambió?
El período posconciliar buscó, con razón, apartarse de lo que muchos percibían como una mentalidad irreflexiva de «cadena de montaje» en el confesionario, como si el sacramento fuese simplemente un lavado espiritual del coche. Se prestó mayor atención a la reconciliación, la conversión, la Sagrada Escritura, la atención pastoral y el encuentro con Jesucristo. La intención era comprensible: hacer el sacramento más significativo, más bíblico y más visiblemente pastoral.
Al mismo tiempo, la psicología y las ciencias sociales estaban en pleno auge, y el optimismo sobre su potencial se extendía por todas partes, incluidas la Iglesia y la formación seminarística. El libro de Philip Rieff de 1966, The Triumph of the Therapeutic, sostenía que toda cultura posee un «orden sagrado» que indica a las personas qué deben renunciar y qué deben abrazar.
Rieff advirtió que el orden religioso estaba siendo progresivamente eclipsado por un orden terapéutico cuyo objetivo es sentirse íntegro, integrado, auténtico y en paz emocional. Ese cambio no niega necesariamente el pecado de forma abierta, pero desplaza el centro de gravedad. La confesión deja de girar tanto en torno al perdón y la misericordia para centrarse más en el encuentro personal, la elaboración emocional, el consejo y el alivio.
También hicieron falta décadas después del Concilio para que se clarificasen determinadas cuestiones. El Código de Derecho Canónico revisado no llegó hasta 1983. El Catecismo de la Iglesia Católica no apareció hasta 1992. Muchos seminaristas de aquellos años fueron formados para generar encuentro en la celebración de los sacramentos y para mantener a los fieles comprometidos. En ningún ámbito fue esto más evidente —y, a mi juicio, más gravoso— que en la confesión y en la celebración de la Misa, respecto de las cuales se les transmitió la impresión de que el carisma y la personalidad del sacerdote fomentan la participación plena y activa de los fieles. (Pero eso es otra historia).
La sustitución de los confesionarios tradicionales por «salas de reconciliación» no tardó en seguir. La confesión cara a cara no solo se fomentó, sino que en algunos lugares se presentó como la forma más madura o auténtica del sacramento. La rejilla fue siendo vista gradualmente como algo anticuado, impersonal o inmaduro. Cuando hice mi primera confesión a principios de los años ochenta, confesarse tras la rejilla nunca se presentó como una opción, y mucho menos como algo bueno. Si a este énfasis en la confesión cara a cara se le añade una práctica cada vez más limitada, por necesidad, a una breve franja horaria los sábados por la tarde o a la cita previa, lo que tenemos es algo en gran medida desconocido para las generaciones anteriores.
No empecé a confesarme tras la rejilla hasta mi segundo año en el seminario menor universitario, en 1997, convencido todo el tiempo de que hacerlo así suponía perderme algo importante del encuentro. Llegué a comprender que la rejilla no disminuye el sacramento. Elimina obstáculos para su gracia. Hay una libertad y una facilidad para ser sincero ante Dios sin mirar al sacerdote —necesario como es— porque este sigue siendo una causa instrumental.
El triunfo de lo terapéutico no abolió la confesión. Hizo que la confesión resultase psicológicamente pesada, y muchos católicos dejaron de acudir con regularidad. La mayoría de los católicos están dispuestos a acusarse de sus pecados de manera breve y frecuente. Muchos menos están dispuestos a mantener cada pocas semanas una conversación personal prolongada con un hombre que no es ni terapeuta ni amigo íntimo.
La psicología es sin duda beneficiosa; yo mismo me he beneficiado de ella. Puede iluminar traumas, adicciones, dinámicas familiares, heridas emocionales y patrones de conducta. Pero los sacerdotes no son terapeutas. Unos cuantos cursos pastorales en el seminario que recurren a una psicología divulgativa o simplificada no los convierten en tales. Tampoco deberían los sacerdotes sentirse obligados a introducir constantemente su personalidad ni a generar una implicación psicológica en el confesionario.
El Ritual de la Penitencia instruye al confesor a ofrecer un «consejo adecuado» a los penitentes, ayudándoles a hacer una buena confesión, exhortándoles a la contrición y ayudándoles a comprender la misericordia de Dios. Pero, curiosamente, el rito señala que tales cosas deben hacerse solo «si es necesario» (si opus est). Hay ciertamente ocasiones en que es necesario, especialmente ante pecados graves que se han convertido en hábitos profundamente arraigados en nuestro tiempo.
En la Casa de Estudios de los Dominicos, insistimos a nuestros hermanos estudiantes cuando se acercan a la ordenación: «La confesión no es dirección espiritual. No es asesoramiento psicológico. No podéis arreglar a la gente en el confesionario».
Es necesaria una cierta reserva sacramental: anonimato, modestia, brevedad, estructura objetiva, preguntas comedidas, penitencias sencillas que puedan cumplirse fácilmente y libertad respecto de la autoconciencia [self-consciousness] por parte tanto del sacerdote como del penitente.
Los católicos no deberían necesitar una crisis, una emergencia espiritual o un problema vital grave para buscar la misericordia. La confesión frecuente vuelve a ser posible cuando se permite al sacramento ser simplemente lo que Cristo dio a su Iglesia: misericordia ordinaria, accesible y sacramental.
Publicado originalmente en First Things. Traducción InfoCatólica








