Siempre es Pentecostés (I)
Estamos en tiempo de Pentecostés. Es el tiempo real de nuestra vida. Jesús llegó con su humanidad santa al mundo de Dios. El, que es el nuevo Adán, está ya en el paraíso recobrado de la vida eterna. Y desde allí tira de nosotros para que aprendamos a vivir junto a Dios, en ese mundo nuevo que es nuestra vida verdadera y definitiva.
Por eso me ha parecido interesante traer aquí un texto, en el que he intentado ordenar y resumir lo que Jesús nos reveló sobre el Espíritu Santo y lo que este Don supremo hace en nuestra vida y en nuestra santificación.
Con el don del Espíritu Santo, Jesús hace crecer en nosotros el amor de Dios, la experiencia gustosa de la verdad y la bondad de Dios, el deseo de vivir con El y de sintonizar nuestra vida con la suya, con sentimientos de piedad, gratitud, misericordia, donación, gozo, plenitud.

Pensando en nuestro presente
El mártir, con su muerte, en la firmeza de su testimonio, a pesar de la debilidad de su carne, hace visible lo invisible, como si lo tocara con las manos, muestra de manera casi palpable la soberanía de Dios y la inminencia de la vida eterna, de este modo consuma su fe, alcanza la plenitud de su libertad y de su amor, trasciende lo terreno, consuma su esperanza y entra directamente en la posesión de las promesas. El martirio es la denuncia de todas las idolatrías y la victoria sobre todos los totalitarismos.
Los discípulos