XCIX. Naturaleza del pecado original

1191. –¿Cuál es la naturaleza del pecado original?

–Sostiene Santo Tomás que: «el pecado original es un hábito»[1], pero precisa que: «hay dos clases de hábitos. Uno por el que la facultad posee capacidad de obrar, al modo como la ciencia y la virtud son hábitos. En este sentido, el pecado original no es hábito». No es una capacidad de obrar, que se haya generado por la repetición de actos. No es un pecado resultado de otros pecados cometidos, que han constituido un hábito malo.

Hay una segunda clase de hábitos: «por el que una naturaleza compuesta de muchos elementos, recibe tal disposición en sus partes, que está bien o mal ordenada según un principio dado, máxime si esa disposición ha adquirido ya fuerza de naturaleza, como sucede con la enfermedad». En este sentido de disposición adquirida de la naturaleza, que se comporta como una segunda naturaleza: «decimos que el pecado original es un hábito».

Por tanto, el pecado original es hábito en el sentido de una: «disposición desordenada que proviene de la ruptura de la armonía constitutiva de la justicia original; lo mismo que la enfermedad corporal es una disposición desordenad del cuerpo por la que se rompe la proporción en que consistía la salud». De ahí que ha sido llamado: «al pecado original «languidez de la naturaleza» (Pedro Lombardo, Cuatro libros de las Sentencias, I I, d. 30, q. 8)»[2].

El pecado original no es la mera privación de la justicia original, de la que poseía la naturaleza humana de Adán y Eva, que estaba sin pecado, con el don de la gracia y los dones preternaturales. «Así como la enfermedad corporal tiene algo de privación, en cuanto que se rompe el equilibrio de la salud, y tiene algo de positivo, a saber, los mismos humores desordenadamente dispuestos; así también el pecado original tiene la privación de la justicia original, y junto con ella la desordenada disposición de las parte del alma. Luego, no es pura privación, sino un hábito corrompido»[3].

Como «disposición desordenada» del estado actual de la naturaleza humana caída, el pecado original no es un pecado como los demás. «El pecado actual es cierto desorden del acto; en cambio, el original, como desorden de la naturaleza, es cierta disposición desordenada de la misma naturaleza, que tiene razón de culpa en cuanto que se deriva del primer padre. Además esa disposición desordenada tiene razón de hábito, cosa que no tiene la disposición desordenada del acto», o pecado actual. «Por este motivo, el pecado original puede ser hábito, mientras que no puede serlo el pecado actual»[4], que se convierte después con su repetición en hábito.

En definitiva, el pecado original no es del tipo de hábito, que «dispone la potencia en orden a la operación». No es un hábito «adquirido por actos», como generan los pecados actuales y dispone a los mismos. Tampoco es un «hábito infuso», como las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo. Aunque se parece a estos dos hábitos en cuanto inclinación o disposición, porque: «del pecado original deriva cierta inclinación al pecado, no directa, sino indirectamente, por la remoción de los impedimentos, es decir, de la justicia original, que veda los movimientos desordenados, como también de la enfermedad corporal nacen indirectamente movimientos corporales desordenados».

De manera que: «No debe decirse que el pecado original sea un hábito infuso, ni tampoco adquirido por actos, a no ser que hablemos del acto de nuestros primeros padres, no de otras personas», porque ellos no nacieron con esta tendencia, poseída como hábito, sino solamente con la posibilidad o potencia para el mal. El pecado original es, por tanto: «un hábito innato por origen viciado»[5], y por influir indirectamente en los actos malos, por el desorden de las potencias, se puede incluso decir que es cuasihábito.

1192. –Indica el Aquinate que: «en sus Retractaciones escribe San Agustín que: « la concupiscencia es el reato del pecado original» (I, c, 15, n. 2)»[6]. La obligación o débito que sigue al pecado original, cometido por nuestros primeros padres, sería la concupiscencia, o todo deseo en general desordenado, que sintieron inmediatamente, y, por tanto, como reato de mal de pena o castigo del mismo. Como la concupiscencia, en cuanto que es un efecto del primer pecado, inclina a los pecados personales, ¿puede decirse en este sentido que la concupiscencia es el mismo pecado original?

–Para responder a esta cuestión, explica Santo Tomás que como «dos cosas opuestas tienen causas contrarias (…) la causa del pecado original hay que entenderla por respecto a la causa de la justicia original, a la cual se opone».

Respecto a esta última, recuerda que: «Todo el orden de la justicia original provenía de que la voluntad del hombre estaba sometida a la voluntad de Dios, sujeción que principalmente se realizaba por la voluntad, a la cual pertenece mover todas las otras partes hacia su fin. Luego de la aversión de la voluntad respecto de Dios se siguió el desorden en todas las restantes fuerzas del alma»[7].

Por la voluntad, la razón obedecía a Dios, y como consecuencia se sometían a ella las facultades sensibles y de este modo el cuerpo estaba sujeto al alma[8]. Por consiguiente: «si la privación de la justicia original, por la cual la voluntad estaba sometida a Dios, es lo formal en el pecado original», aquello que lo determina o lo específica, puede decirse que: «todo otro desorden de las energías del alma es como la parte material».

Este desorden, o falta de total armonía de las facultades: «se manifiesta precisamente en que todas las partes se han convertido hacia el bien mutable, cosa que con un hombre común puede llamarse concupiscencia», y, por consiguiente, a todo deseo o apetito desordenado, tanto de la voluntad como de la apetición sensible. «Luego el pecado original materialmente consiste en la concupiscencia y formalmente en la privación de la justicia original»[9].

El pecado original, en el sentido material, es la misma concupiscencia, pero no natural, porque es una concupiscencia desordenada. «Como en el hombre la parte concupiscible debe estar sometida a la razón, en tanto los actos de la concupiscencia son naturales en cuanto que siguen el orden racional», concupiscencia que estaría ordenada. En cambio: «toda concupiscencia que traspase los límites de lo racional va contra la humana naturaleza» y es así desordenada y no natural. «Y una tal concupiscencia es la del pecado original»[10].

1193. –¿El desorden material, o en cuanto al sujeto, del pecado original sólo se manifiesta en la concupiscencia?

–Por el pecado original y ya sin la justicia original: «todas las fuerzas del alma quedan como destituidas de su propio orden, con el que se ordenan naturalmente a la virtud». A esta falta del orden respecto de su fin o bien, o «a esta destitución se le llama herida de la naturaleza».

Más concretamente son cuatro las heridas de la naturaleza humana. Debe tenerse en cuenta que: «son cuatro las potencias del alma que pueden ser sujeto de las virtudes, a saber: la razón, en la cual reside la prudencia; la voluntad, en la cual reside la justicia; la irascible, en la cual reside la fortaleza; y la concupiscible, en la cual reside la templanza».

En las cuatro potencias, las superiores, razón y la voluntad, y las sensibles o pasiones, el apetito irascible y el apetito concupiscible, residen respectivamente las cuatro virtudes cardinales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Todas ellas quedaron heridas por el pecado original. «Pues en cuanto la razón está destituida de su orden a lo verdadero, está la herida de la ignorancia; en cuanto la voluntad está destituida de su orden al bien, está la herida de la malicia; en cuanto la irascible esté destituida de su orden a lo arduo, está la herida de la debilidad; en cuanto la concupiscible está destituida de su orden a lo deleitable, moderado por la razón, está la herida de la concupiscencia»[11],

Esta última herida, la concupiscencia en sentido específico, el deseo o apetito desordenado a los bienes sensibles, que da lugar a los vicios de la gula y la lujuria, es la más importante, porque: «todas las pasiones del apetito irascible se reducen a las del concupiscible, como más importantes que son. Y entre ellas es la concupiscencia lo que nos agita con más vehemencia y la que más se siente. Por eso el desorden original se atribuye a la concupiscencia, como pasión más importante y en la que de algún modo están incluidas todas las demás»[12]. Además, por su importancia en cuanto al mal, da nombre a todos los demás desordenes del elemento material del pecado original.

Incluso puede decirse que la mayor herida se encuentra en la concupiscencia, en sentido específico, porque: «así como en el orden del bien son la inteligencia y al razón quienes poseen primacía, así en el orden del mal la parte inferior del alma es la principal, porque entenebrece y arrastra a la razón . Por esto el pecado original se dice que es más bien concupiscencia que ignorancia, aunque es cierto que la misma ignorancia está incluida entre los defectos materiales del pecado original»[13]. Lo mismo ocurre con la malicia y la flaqueza.

Debe advertirse también que la herida del pecado original es mayor que la causa del pecado actual. Respecto a este último, advierte que: «puesto que la inclinación al bien de la virtud disminuye en cada hombre a causa del pecado actual, éstas son también cuatro heridas consiguientes a otros pecados: a saber, en cuanto que por el pecado la razón pierde agudeza, especialmente en las cosas que debemos practicar; y la voluntad se endurece respecto del bien; y aumenta la dificultad de obrar bien; y la concupiscencia se enciende más». Los pecados actuales hieren a la aptitud de las facultades para hacer el bien. En cambio, «las cuatro heridas inflingidas por el pecado original» lo hacen a «toda la naturaleza humana»[14], y provocan a sí la rebeldía de la razón a Dios y de las otras facultades a la razón.

1194. –¿Se encuentran más diferencias entre el pecado original y los pecados actuales?

–Los pecados actuales o personales pueden ser múltiples en un mismo sujeto. En cambio: «En cada hombre hay un solo pecado original». Santo Tomás da dos pruebas. La primera, está basada en su causa, porque: «mirando a la causa de dicho pecado; está claro que sólo el primer pecado de los primeros padres se transmite a sus descendientes. Luego el pecado original es uno numéricamente en cada hombre y es uno proporcionalmente en todos los hombres, siempre por orden al primer pecado».

La segunda prueba: «está fundada en la esencia misma de dicho pecado, ya que, en toda disposición desordenada, la unidad de especie proviene de la causa, y la unidad numérica proviene del sujeto en que radica. Se entiende mejor considerando la enfermedad corporal: son enfermedades específicamente diversas las que proceden de causas distintas, por ejemplo, del exceso de calor o frío, de la lesión del pulmón o del hígado; pero en cada individuo una enfermedad específicamente una se hace también una numéricamente».

Sin se aplica este criterio de la unidad según la causalidad, se advierte que: «la causa de la corrompida disposición que llamamos pecado original es solamente una, a saber, la privación de la justicia original, por la que se ha roto también la sujeción de la mente humana a Dios». Por consiguiente: «el pecado original es específicamente uno, y en cada hombre no puede ser sino numéricamente uno». El pecado original es el mismo en todos en cuanto a su naturaleza, pero cada sujeto lo posee individualmente. De manera que: «En los diversos hombres es uno específica y proporcionalmente, pero distinto numéricamente»[15].

Si parece que en cada individuo es plural el pecado original es por sus efectos en las distintas partes del alma, que son sujetos de pecado[16]. Si embargo, es uno, porque: «el pecado original inficionó las diversas partes del alma, en cuanto que todas son partes de un solo conjunto, lo mismo que las justicia original mantenía unidas a todas las partes del alma». Por consiguiente, debe mantenerse que: «el pecado original es solamente uno, como es una la fiebre que atormenta a un hombre, aunque sean muchas las partes atacadas»[17].

Por un único pecado de la misma o única especie, que posee cada hombre: «muchas partes del alma del alma han sido inficionadas por este pecado»[18]. La pérdida de la justicia original provocó la de la armonía de estas partes. Al igual que: «una vez rota la armonía del cuerpo compuesto, los elementos disgregados tienden a polos contrarios», tal como ocurre en el hombre con la muerte al perder el cuerpo su alma, «rota la armonía de la justicia original, las diversas partes del alma buscan su propio fin»[19].

1195. ¿El pecado original se posee con la misma intensidad o poder en todos los hombres?

–Afirma Santo Tomás que el pecado original es poseído por todos los hombres, como descendientes del primero, en la misma medida. Explica que: «dos cosas debemos distinguir en el pecado original. Una es la privación de la justicia original; y otra es la relación en esta privación con el pecado del primer padre, del que procede por un origen viciado».

Respecto a lo primero: «en el pecado original no cabe más y menos, porque con él desapareció totalmente la justicia original; y las privaciones que quitan alguna perfección totalmente no admiten más y menos, como la muerte y las tinieblas no admiten grados».

Igual ocurre: «en cuanto a la segunda consideración». Tampoco hay diferencias, en grado de la posesión del pecado original por los hombres. «Todos decimos la misma relación al primer principio de nuestro origen viciado, de donde el pecado original recibe su razón de culpa; y la relación no admite grados de más y menos. Luego es claro que el pecado original no puede estar más en uno que en otro»[20].

1196. –Se ha dicho más arriba que «no todos son igualmente inclinados a la concupiscencia»[21], que es el pecado original en cuanto a su materia o sujeto. ¿Cómo se puede afirmar que el pecado original se da igualmente en todos?

–Nota Santo Tomás que: «una vez roto el lazo de la justicia original, que mantenía todas las partes del alma en orden, cada una busca su propio movimiento, y tanto más intensamente cuanto es más fuerte».

Se explica porque: «sucede a veces que las mismas fuerzas del alma tienen más vigor en unos que en otros, debido a las distintas complexiones del cuerpo». Por consiguiente: «eso de que un hombre sea más propenso a la concupiscencia que otro, no es por razón del pecado original, ya que en todos se rompe igualmente el vínculo de la justicia y todas las partes inferiores del alma quedan libres, sino que procede de la diversa disposición de las facultades»[22].

También precisa Santo Tomás que las facultades sensitivas más afectadas por el pecado original son las propias de las que intervienen en la generación[23]. La razón que da es la siguiente: «Se suele llamar infección sobre todo a aquella corrupción que por su naturaleza es capaz de transmitirse a otro; de ahí que se denominen infecciones las enfermedades contagiosas, como la lepra, la sarna y otras semejantes». Como «el pecado original se transmite por el acto de la generación, según se ha explicado», se consideran, por ello: «especialmente infeccionadas las potencias que concurren a dicho acto»[24].

1197. –Tanto en Adán y Eva como en todos los demás hombres, como consecuencia del pecado original, no se poseen los dones sobrenaturales ni los preternaturales. ¿La naturaleza humana en sí misma también quedo afectada?

–El pecado original afecto al bien natural del hombre. Para determinar en que sentido, advierte Santo Tomás que: «el bien de la naturaleza humana se puede entender en un triple sentido.Primero, por los principios mismos de la naturaleza, por los que está constituida la misma, y las propiedades causadas por ella, como las potencias del alma y otras cosas semejantes. Segundo, puesto que el hombre por su naturaleza tiene inclinación a la virtud, según se ha dicho, la misma inclinación a la virtud es un bien natural. Tercero, puede llamarse bien de la naturaleza el don de la justicia original, que en el primer hombre fue conferido a toda la naturaleza humana».

Bien de la naturaleza puede significar, por tanto: los principios intrínsecos y sus facultades; su inclinación natural a la virtud, al bien; y su armonía intrínseca y extrínseca. Con el pecado original: «el primer bien de la naturaleza ni se suprimió ni se disminuyó». La naturaleza humana continuó con sus principios y facultades integras. «En cambio, el tercer bien de la naturaleza fue totalmente eliminado por el pecado del primer padre». Desapareció, por ello, completamente la armonía entre todas las facultades.

En cuanto al segundo sentido: «al bien intermedio de la naturaleza, a saber, la misma inclinación natural a la virtud, disminuyó por el pecado». Se explica, porque: «por la repetición de actos humanos se adquiere cierta inclinación a actos semejantes», se contrae así un hábito hacia ellos. Además, si: «se adquiere inclinación a un extremo, sufre menoscabo la inclinación hacia su contrario». Puede así concluirse que: «como el pecado es contrario a la virtud por el hecho mismo de que el hombre peque, disminuye ese bien de la naturaleza, que es la inclinación a la virtud»[25].

1198. –¿Los muchos pecados pueden llegar a destruir el bien de la naturaleza de la inclinación a la virtud o al bien?

–Con el pecado original, la naturaleza humana perdió su inclinación al bien y adquirió una inclinación al mal. Todo ello se incrementa con los pecados actuales o personales. Sin embargo, por estos pecados no desparece la inclinación al bien de la naturaleza humana.

La razón es la siguiente: «La virtud conviene al hombre en cuanto racional, pues de ahí procede el que obre según la ley de la razón, que es obrar según la virtud». Pero: «por el pecado no es posible que pierda el hombre su ser racional, pues dejaría de ser sujeto capaz de pecado». Por consiguiente, como la racionalidad es un principio intrínseco de la naturaleza humana: «no es posible que ese bien de la naturaleza se quite totalmente».

1199. –La inclinación al bien es finita, al igual que lo es la naturaleza que lo posee. ¿Cómo es posible que «por su continua sustracción» no llegue «hasta su total extinción»?[26]

–Para solucionar este problema, explica Santo Tomás que: «algunos recurrieron a un ejemplo en que un ser finito se va disminuyendo sin cesar hasta el infinito sin llegar a destruirse del todo. Pues dice Aristóteles (Física, III, c. 14) que, si de una magnitud finita vamos substrayendo cantidades iguales, llegaremos a su total consunción; por ejemplo, si yo sustrajera siempre la medida de un palmo a cualquier cantidad finita». En cambio: «si vamos substrayendo según la misma proporción y no según la misma cantidad –por ejemplo, si la cantidad se divide en dos partes y a la mitad se le sustraje la mitad–, así se podría proceder hasta el infinito, de modo, sin embargo, que lo que posteriormente se sustrae siempre será menor que lo sustraído antes».

Este modo de substracción proporcional y, que, por tanto, cada vez lo substraído es menos, no se puede aplicar a la del pecado, porque en la sucesión de pecados: «el pecado siguiente no disminuye menos el bien de la naturaleza que el precedente, sino tal vez más, si es más grave».

La dificultad se resuelve con esta consideración: «la susodicha inclinación es intermedia entre dos cosas: se funda como en su raíz en la naturaleza racional y tiende al bien de la virtud como a su término y fin».

La disminución de la inclinación a la virtud por el pecado, se podría explicar de dos modos: «primero, por parte de su raíz; segundo; por parte de su término» Sin embargo; si se considera el primer modo: «no cabe disminución, ya que el pecado no disminuye la naturaleza misma. En cambio, se da disminución en el segundo modo, en cuanto se pone un impedimento para llegar al término».

Si la disminución ocurriera según el primer modo: «debería consumirse totalmente alguna vez, consumida totalmente la naturaleza racional». No así según en el segundo modo, porque: «si la disminución se da por parte de los impedimentos que obstaculizan la consecución del fin, es evidente que cabe una disminución en progreso infinito, porque pueden interponerse obstáculos indefinidamente, en cuanto que el hombre puede añadir pecado a pecado indefinidamente».

En este caso: «no cabe una total consunción, pues permanece la raíz de la inclinación a la virtud». Un ejemplo de ello, se ve en: «un cuerpo transparente, que tiene inclinación (o aptitud) para recibir la luz por el hecho mismo de ser transparente; pero disminuye dicha inclinación (o aptitud) por razón de las nieblas que sobrevienen, aunque perdura siempre en la raíz de su naturaleza»[27].

Advierte seguidamente Santo Tomás, en primer lugar, que la disminución de la inclinación no es por substracción, sino: «por yuxtaposición de impedimentos, cosa que ni destruye ni disminuye la raíz de la inclinación»[28].

En segundo lugar, que: «también incluso en los condenados permanece la natural inclinación a la virtud; en otro caso no habría en ellos remordimiento de conciencia. El que nunca pase al acto se debe a la carencia de la gracia divina, por obra de la divina justicia». Así, por ejemplo: «en el ciego queda la aptitud para ver en la misma raíz de la naturaleza, en cuanto que es un animal que por su naturaleza tiene vista, pero no se actualiza, porque falta la causa que la podría producir, es decir, el órgano que se requiere para ver»[29].

1200. –¿Qué otros efectos tuvo el pecado original?

–Además de las pérdidas indicadas, el hombre se vio afectado por el castigo de Dios. Explica Santo Tomás que: «Los primeros padres, en castigo por su pecado, perdieron el privilegio divino que mantenía la naturaleza en su integridad, y que una vez retirado quedó sometida a los diversos defectos penales».

Sobre estos efectos penales, añade: «su caída llevó consigo dos elementos. Primero, la privación de cuanto convenía al primitivo estado de integridad, es decir, el paraíso terrestre, como lo indican las palabras «Dios los arrojo del paraíso» (Gn 3, 23). Y, dado que volver a dicho estado era totalmente imposible al hombre por sus propias fuerzas, con razón fueron colocados los obstáculos convenientes para que no disfrutara tampoco de las dos cosas que le acompañaban: «el árbol de la vida, y el lugar del paraíso, defendido por querubines y espada de fuego» (Gn 3, 24)».

Además de este castigo: «en segundo término, fueron castigados también en el hecho de aplicarles todas las características propias de la naturaleza, destituida de dicho don divino, tanto relativas al cuerpo como referentes al alma»[30].

Estas penas corporales y espirituales quedan sintetizadas en el siguiente párrafo del Catecismo: «La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (Cf. Gn 3,7); la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones (Cf. Gn 3,11-13); sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio (Cf. Gn 3,16). La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (Cf. Gn 3,17.19). A causa del hombre, la creación es sometida «a la servidumbre de la corrupción» (Rm 8,21). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (Cf. Gn 2,17), se realizará: el hombre «volverá al polvo del que fue formado» (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (Cf. Rm 5,12)»[31].

A estas consecuencias del pecado original, tal como se describen en el Génesis, se refirió San Juan Pablo II en un lenguaje actual, especialmente a « la alteración de aquella originaria relación entre el hombre y la mujerque corresponde a la dignidad personal de cada uno de ellos» y que era una: «relación de «comunión», en la que se expresan la «unidad de los dos» y la dignidad como persona tanto del hombre como de la mujer».

Notaba seguidamente que: «cuando leemos en la descripción bíblica las palabras dirigidas a la mujer: «Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará» (Gn 3, 16), descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en relación a esta «unidad de los dos», que corresponde a la dignidad de la imagen y de la semejanza de Dios en ambos».

Además: «esta amenaza es más grave para la mujer. En efecto, al ser un don sincero y, por consiguiente, al vivir «para» el otro, aparece el dominio: «él te dominará». Este «dominio» indica la alteración y la pérdida de la estabilidad de aquella igualdad fundamental, que en la «unidad de los dos» poseen el hombre y la mujer; y esto, sobre todo, con desventaja para la mujer, mientras que sólo la igualdad, resultante de la dignidad de ambos como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica «communio personarum». Si la violación de esta igualdad, que es conjuntamente don y derecho que deriva del mismo Dios Creador, comporta un elemento de desventaja para la mujer, al mismo tiempo disminuye también la verdadera dignidad del hombre»[32].

La descripción bíblica del pecado original en el Génesis (c. 3) en cierto modo: «»distribuye los papeles» que en él han tenido la mujer y el hombre. A ello harán referencia más tarde algunos textos de la Biblia como, por ejemplo, la Carta de S. Pablo a Timoteo: «Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer» (1 Tm 2, 13-14). Sin embargo, no cabe duda de que –independientemente de esta «distribución de los papeles» en la descripción bíblica– aquel primer pecado es el pecado del hombrecreado por Dios varón y mujer»[33].

Igualmente el texto: «implica una referencia a la relación recíproca del hombre y de la mujer en el matrimonio(…). La unión matrimonial exige el respeto y el perfeccionamiento de la verdadera subjetividad personal de ambos. La mujer no puede convertirse en «objeto» de «dominio» y de «posesión» masculina. Las palabras del texto bíblico se refieren directamente al pecado original y a sus consecuencias permanentes en el hombre y en la mujer. Ellos, cargados con la pecaminosidad hereditaria, llevan consigo el constante «aguijón del pecado», es decir, la tendencia a quebrantar aquel orden moral que corresponde a la misma naturaleza racional y a la dignidad del hombre como persona»[34].

También el capítulo tercero del Génesis: «claramente describe la nueva situación del hombre en el mundo creado. En dicho texto se muestra la perspectiva de la «fatiga» con la que el hombre habrá de procurarse los medios para vivir (Cf. Gn 3, 17-19), así como los grandes «dolores» con que la mujer dará a luz a sus hijos (Cf. Gn 3, 16). Todo esto, además, está marcado por la necesidad de la muerte, que constituye el final de la vida humana sobre la tierra. De este modo el hombre, como polvo, «volverá a la tierra»[35].

1201. –¿Por qué la muerte, que es algo propio de la naturaleza humana, se considera una pena del pecado de los primeros padres?

–Recuerda Santo Tomás que: «enseña San Pablo que «por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte» (Rm 5, 12)»[36]. La muerte es, por tanto, un castigo del pecado. Se explica, porque: «si alguien, a causa de una culpa personal, fuese privado de un beneficio cualquiera que anteriormente le fue concedido, la carencia de dicho beneficio tendría razón de pena respecto de la culpa anterior».

Esta situación se dio en el hombre, ya que, como se ha dicho: «en el estado de justicia original, le fue concedido por voluntad divina el que las fuerzas inferiores del alma estuviesen sometidas a la inteligencia, mientras que ésta se mantuviera sometida a la ley de Dios, y que el cuerpo estuviese sometido al alma».

Por consiguiente: «como, por el pecado, la parte superior del hombre se apartó de Dios, de ahí se originó el que las fuerzas inferiores se alzaran contra la razón, estableciéndose la lucha del apetito carnal contra la razón, e incluso la lucha del cuerpo contra el espíritu, dando lugar a la muerte y demás defectos corporales».

La razón es porque: «la vida e integridad del cuerpo consiste en estar sometida al alma, lo mismo que lo imperfecto se somete a lo perfecto; y, por contraste, la muerte y enfermedad o cualquier otro defecto corporal tienen su origen en la falta de sujeción del cuerpo al alma. Está, pues, claro que así como la rebelión del apetito carnal contra el espíritu es pena del pecado de los primeros padres, también lo es la muerte y demás defectos corporales»[37].

1202. –¿Por qué en el estado de inocencia el hombre era inmortal?

–Para responder a esta pregunta, explica Santo Tomás que: «La incorruptibilidad tiene triple sentido. Uno, referido a la materia, y entonces es incorruptible aquello que no tiene materia, como el ángel».

Un segundo sentido está: referido a la forma, y entonces es una disposición que impide la corrupción en una cosa naturalmente corruptible. Esto se llama incorruptible por gloria, pues, como dice San Agustín: «Dios hizo el alma de tal vigor natural que su bienaventuranza se vierte en el cuerpo como plenitud de salud o don de incorrupción» (Epist. 118, c. 3)».

El tercer sentido de incorruptibilidad: «se toma de la causa eficiente. Y éste es el modo como el hombre era incorruptible e inmortal en el estado de inocencia, pues, como dice San Agustín: «Dios dotó al hombre de inmortalidad mientras no pecase, para que él mismo se diese la vida o la muerte» (Pseudo-Ambrosio, I, q. 119)». En el primer hombre, en su estado de justicia: «su cuerpo no era incorruptible por virtud propia, sino por una fuerza sobrenatural impresa en el alma que preservaba el cuerpo de corrupción mientras estuviese unida a Dios».

Esta fuerza era sobrenatural respecto a la naturaleza humana creada, pero no respecto a toda naturaleza creada o creable, como la de los ángeles, no era sobrenatural absolutamente como el don de la gracia, era el llamado don preternatural de la inmortalidad. Como los otros: «fue razonablemente dado, ya que, como el alma racional excede la proporción de la materia corporal, era preciso que desde el principio le fuese dada una virtud que pudiese conservar el cuerpo más allá de lo que pedía su naturaleza material»[38].

1203. –Se podría objetar que «la muerte no es pena del pecado de los primeros padres», porque: «cuando algo es natural al hombre no se puede decir que sea pena del pecado, ya que éste no perfecciona, sino que vicia la naturaleza. La muerte es natural al hombre, cuyo cuerpo está compuesto de elementos contrarios que le hacen «mortal», como dice la misma definición de hombre»[39]. ¿Cómo justifica el Aquinate que la muerte tenga un carácter penal?

–La respuesta de Santo Tomás es la siguiente: «decimos que una cosa es natural cuando es causada por los principios de esa misma naturaleza, que son la materia y forma. Y como en el hombre la forma es el alma racional, inmortal por si misma, la muerte no le es natural en virtud de una forma intrínseca. Pero la materia es el cuerpo, compuesto de elementos contrarios entre si que tienden a la corrupción; Bajo este aspecto, la muerte es natural al hombre».

Precisa a continuación que: «esta condición de mortalidad ha sido impuesta al cuerpo por exigencia de la materia, ya que era indispensable que el cuerpo humano fuese órgano del tacto y, por consiguiente, medio entre los elementos táctiles, cosa que no podría darse sin la composición de elementos opuestos, como dice Aristóteles (El alma, II, c. 11, n. 10). Pero no es condición del cuerpo en cuanto sometido y adaptado al alma, pues, si fuera posible, siendo el alma incorruptible, debería serlo también la materia. Pongamos un ejemplo: la sierra hace falta que sea de hierro para que pueda cumplir la función a que se le destina, y para cual se requiere dureza, pero el que sea oxidable no depende de la voluntad del agente, sino de la condición íntima de la materia. Si el fabricante pudiese, fabricaría sierras inoxidables».

Sabemos que: «Dios creador del hombre es omnipotente y, por su benevolencia, anuló la necesidad de morir que se deriva de la composición del cuerpo humano». Sin embargo: «Ese beneficio lo perdimos por el pecado de los primeros padres, viniendo a ser la muerte, desde ese momento, natural por la condición de la materia, y penal, por la pérdida del beneficio divino que nos preservaba de la muerte»[40].

1204. –Todavía se podría objetar que: «la muerte y demás defectos corporales se encuentran lo mismo en el hombre que en los demás animales, tal como se dice en Eclesiástico: «Lo mismo muere el hombre que los demás animales y todos son de la misma condición» (Eclo 3, 19)». Sin embargo: «La muerte en los brutos no es pena del pecado»[41]. ¿Cómo se explica que deba serlo en el hombre».

–En el hombre la muerte fue una pena impuesto por la culpa y: «esa semejanza del hombre con los demás animales no vale sino en cuanto a la materia, es decir, en cuanto al cuerpo, compuesto de elementos dispares. No vale en cuanto a la forma, pues el alma del hombre es inmortal y las almas de los brutos son mortales»[42]. El alma humana, como ya se ha dicho, es inmortal por ser un espíritu, una substancia espiritual que hace de alma o forma del cuerpo, con quien comparte su ser, a diferencia de las almas animales, que son meras formas.

No representa tampoco una objeción el que la muerte sea una pena por el primer pecado del hombre, porque no parece que sea igual a todos los demás hombres, pues: «unos mueren antes y otros después; unos con menor dolor; otros con mayor tormento»[43].

Desaparece la dificultad, si se advierte que: «un pecado puede tener dos defectos consiguientes. Uno, a modo de pena señalada por el juez y debe ser igual en todos aquellos que incurren de forma idéntica en el pecado. Otro, derivado circunstancialmente de esa misma pena, por ejemplo, el que uno, habiéndose quedado ciego por su culpa, se caiga en el camino. Este defecto no es proporcional a la culpa ni lo tiene en cuenta el juez, porque no es árbitro de acontecimientos fortuitos».

Del mismo modo: «La pena impuesta taxativamente por el primer pecado fue la privación del beneficio divino que mantenía la rectitud e integridad de la naturaleza humana; y la muerte, con las demás penalidades de la vida presente, son efectos consiguientes a la substracción de dicho favor divino. No es, pues, necesario que estas penas existan en la misma forma en todos aquellos que poseen de igual modo el primer pecado».

Además: «Dios, que conoce todos los acontecimientos futuros, ha distribuido esas penas en forma distinta, conforme a los designios de su providencia», que pueden ser: «para castigar en los hijos las culpas de los padres, ya que el hijo es algo que pertenece al padre y a veces castigado a causa de él; o también para la salvación de aquel que está sujeto a tales penalidades, es decir, para que se aparte del pecado o para que no se ensoberbezca de las virtudes y sea coronado por la paciencia»[44].

 

Eudaldo Forment

 



[1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, I-II, q. 82, a. 1, sed c.

[2] Ibíd., I-II, q. 82, a. 1, in c.

[3] Ibíd., I-II, q. 82, a. 1, ad 1.

[4] Ibíd., I-II, q. 82, a. 1, ad 2.

[5] Ibíd., I-II, q. 82, a. 1, ad 3.

[6] Ibíd., I-II, q. 82, a. 3, sed c.

[7] Ibíd., I-II, q. 82, a. 3, in c.

[8] Cf. Ibíd., I, q. 95, a. 1, in c.

[9] Ibíd., I-II, q. 82, a. 3, in c.

[10] Ibíd., I-II, q. 82, a. 3, ad 1.

[11] Ibíd., I-II, q. 85, a. 3, in c.

[12] Ibíd., I-II, q.82, a. 3, ad 2.

[13] Ibíd, I-II, q. 82, a. 3, ad 3.

[14] Ibíd., I-II, q. 85, a. 3, in c.

[15] Ibíd., I-II, q. 82, a. 2, in c.

[16] Cf. Ibíd., I-II. q. 82, a. 2, ob. 3

[17] Ibíd., I-II, q. 82, a. 2, ad 3.

[18] Ibíd., I-II, q. 82, a. 2, ad 1.

[19] Ibíd., I-II, q. 82, a. 2, ad 2.

[20] Ibíd., I-II, q. 82, a. 4, in c.

[21] Ibíd., I-II, q. 82, a.4, ob. 1.

[22] Ibíd., I-II, q. 82, a. 4, ad 1.

[23] Cf. Ibíd., I-II, q. 83, a. 4, sed c.

[24] Ibíd., I-II, q. 83, a. 4, in c.

[25] Ibíd., I-II, q. 85, a. 1, in c.

[26] Cf. Ibíd., I-II, q. 85, a. 2, ob. 1.

[27] Ibíd., I-II, q. 85, a. 2, in c.

[28] Ibíd., I-II, q. 85, a. 2, ad 1.

[29] Ibíd., I-II, q. 85, a. 2, ad 3.

[30] Ibíd., II-II, q. 164, a. 2, in c.

[31] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 400.

[32] San Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, Carta apostólica, 15 agosto 1989, IV, 10.

[33] Ibíd., IV, 9.

[34] Ibíd., IV, 10.

[35] Ibíd., IV, 9.

[36] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q. 164, a, 1, sed c.

[37] Ibíd., II-II, q. 164, a, 1, in c.

[38] Ibíd., I, q. 97, a. 1, in c.

[39] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ob. 1.

[40] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ad 1.

[41] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ob. 2.

[42] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ad 2.

[43] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ob. 4.

[44] Ibíd., II-II, q. 164, a. 1, ad 4.

3 comentarios

  
Alberto el retrogrado rígido y reaccionario
Gracias Edualdo por acercarnos la sabiduría de Santo Tomás y la Iglesia en general, sin la cual no se puede ni siquiera pensar correctamente ni entender lo que pasa en el mundo, no hablemos ya de salvarse.
02/02/21 10:11 AM
  
Vladimir
Estimado don Eudaldo. No soy experto en estas materias, pero creo que no por eso, usted va a menospreciar mi inquietud.
Acepto todo lo que enseña el Sagrado Magisterio de la Iglesia y no soy de aquellos que rechazan lo que no entienden, pero, en materia del Pecado Original, siempre he tenido dificultad para entender "cómo" es que se transmite dicho pecado.
Entiendo que, en este caso, se trata de una "condición" moral (por llamarlo de alguna forma). Siendo así, no se puede transmitir por actos biológicos (como el acto sexual), ya que el pecado no está en la carga genética; pero tampoco se puede transmitir por aprendizaje, dado que se contrae desde la concepción. Favor, aclararme esta duda, si lo tiene a bien y muchas gracias.


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E.F.: En el artículo anterior (XCVIII. Existencia del pecado original) encontrará la explicación.
02/02/21 2:52 PM
  
Ángel
Magnífico. ¡Gracias!
03/02/21 11:16 PM

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