¿Por qué ir a Misa?
Llevo ya algún tiempo reflexionando sobre la relación entre la «sacramentalidad» de lo cristiano – es decir, la lógica según la cual lo invisible se comunica con nosotros a través de lo visible -, la Teología fundamental, que se ocupa de la revelación, de la fe, y de la credibilidad de ambas, y el culto cristiano.
Dar razón de la fe, explicar la responsabilidad social de creer en Cristo, es algo así como justificar con motivos conformes a la razón el porqué de ir a Misa cada domingo. Yo ya estoy muy harto de la expresión «católico no practicante». No sé lo que significa. Como tampoco entiendo muy bien el significado de «padre que ama a sus hijos, pero que siempre está ausente» o «persona muy trabajadora, que no se ocupa de su tarea».
En cierto modo somos lo que hacemos. O manifestamos nuestro ser en nuestras acciones. Claro, somos imperfectos. Tanto que hasta podemos caer en la contradicción suprema del pecado. Eso es, lamentablemente, verdad. Pero debemos intentar que el accidente no se convierta en sustancia.

La editorial CCS, en su colección “Celebrar y Orar”, acaba de publicar una obra de don Gilberto Gómez González, obispo de Abancay (Perú), con el título
En una parroquia de una diócesis, pongamos la mía, ha sucedido lo que, en ocasiones, sucede: que un párroco estima que la persona elegida para ser madrina, o padrino, de un bautizado, no es la persona adecuada: por no tener la edad suficiente, por no haber sido confirmada, por no vivir, al menos externamente, en conformidad con la fe católica, etc. Es obvio que alguien que vive en pareja sin haber contraído con su conviviente matrimonio canónico se aparta, externamente, de la ley de Dios y de la disciplina de la Iglesia. No querer verlo sería negar lo obvio.






