Qué pesados
Cada vez que el papa viene a nuestro país tenemos que oír, querámoslo o no, todo tipo de quejas. Quizá sea inevitable, pero que sea inevitable no quiere decir que sea justo, máxime teniendo en cuenta que esos lamentos no se oyen a propósito de otros eventos – deportivos, culturales o del tipo que sea – que tienen lugar en España.
El “mantra” más repetido es el coste de la visita. Como se ha olvidado que “no solo de pan vive el hombre”, todo tiende a medirse en términos de dinero. No importa que el papa pueda dar una palabra de orientación a los jóvenes. No, eso no es valorado. Que los muchachos se olviden de la distinción entre el bien y del mal, entre la verdad y la mentira, y que se conviertan en esponjas dedicadas a absorber alcohol los fines de semana es asumido con una pasividad absoluta, como si se tratase de una ley física similar a la de la gravedad, como un hecho cargado con el fatalismo de lo inevitable.
Pues bien, se ha explicado hasta la saciedad que la JMJ la pagan, en su mayor parte, los que asisten a ella y, en un porcentaje menor, las empresas patrocinadoras. El Estado se ocupará de la seguridad, como en cualquier otro acontecimiento de similar envergadura. A la vez, no se puede negar que para Madrid y para la imagen de España en el mundo constituye una ocasión privilegiada de promoción.
No resulta frecuente oír que en el Parlamento o en otras instancias se pregunte sobre el coste de limpiar de residuos una playa, una plaza o una calle después de un botellón. Tampoco nadie se ha llevado las manos a la cabeza calculando el gasto del “día del orgullo gay”, de la presencia de los “indignados” en la Puerta del Sol, o de la celebración de la victoria de España en los mundiales de fútbol de Sudáfrica. Y no todos los ciudadanos son aficionados al fútbol, ni a otras cosas que no son fútbol.
Decía el cardenal Rouco que las críticas “ sirven para estimularnos a ser mejores y explicarnos mejor". Tiene razón. Siempre hay que esforzarse por ser mejores y por explicarse del mejor modo. Pero no podemos olvidar un principio: no se puede querer contentar a quienes desean estar siempre descontentos. Llega un momento en el que ese intento resulta vano e imposible. Da lo mismo lo que se diga, da igual tener argumentos o carecer de ellos; con algunas personas discutir es como hablar con una pared: solo un loco se empeñaría en hacerlo.

Estamos muy cerca de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud. Como yo ya he superado - por “muy poco", menos de una década - los 35, no me concierne directamente. Ya no soy joven, ya no entro en el selecto club de quienes se sitúan entre los 16 y los 35. Ni falta que hace. La vida pasa, transcurre, y los que tenemos más de 39 hemos tenido, en su día, 35 y menos de 35 también.
Homilía para el Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (ciclo A)
La combinación de la suavidad con la energía no me parece un mal principio a la hora de gestionar los diversos asuntos de la vida. Tampoco cuando se plantea cómo anunciar el Evangelio. Jesús, advirtiendo a sus discípulos, les avisa que han de continuar su obra y compartir su destino en medio de muchas dificultades: “Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10,16).












