9.08.11

Qué pesados

Cada vez que el papa viene a nuestro país tenemos que oír, querámoslo o no, todo tipo de quejas. Quizá sea inevitable, pero que sea inevitable no quiere decir que sea justo, máxime teniendo en cuenta que esos lamentos no se oyen a propósito de otros eventos – deportivos, culturales o del tipo que sea – que tienen lugar en España.

El “mantra” más repetido es el coste de la visita. Como se ha olvidado que “no solo de pan vive el hombre”, todo tiende a medirse en términos de dinero. No importa que el papa pueda dar una palabra de orientación a los jóvenes. No, eso no es valorado. Que los muchachos se olviden de la distinción entre el bien y del mal, entre la verdad y la mentira, y que se conviertan en esponjas dedicadas a absorber alcohol los fines de semana es asumido con una pasividad absoluta, como si se tratase de una ley física similar a la de la gravedad, como un hecho cargado con el fatalismo de lo inevitable.

Pues bien, se ha explicado hasta la saciedad que la JMJ la pagan, en su mayor parte, los que asisten a ella y, en un porcentaje menor, las empresas patrocinadoras. El Estado se ocupará de la seguridad, como en cualquier otro acontecimiento de similar envergadura. A la vez, no se puede negar que para Madrid y para la imagen de España en el mundo constituye una ocasión privilegiada de promoción.

No resulta frecuente oír que en el Parlamento o en otras instancias se pregunte sobre el coste de limpiar de residuos una playa, una plaza o una calle después de un botellón. Tampoco nadie se ha llevado las manos a la cabeza calculando el gasto del “día del orgullo gay”, de la presencia de los “indignados” en la Puerta del Sol, o de la celebración de la victoria de España en los mundiales de fútbol de Sudáfrica. Y no todos los ciudadanos son aficionados al fútbol, ni a otras cosas que no son fútbol.

Decía el cardenal Rouco que las críticas “ sirven para estimularnos a ser mejores y explicarnos mejor". Tiene razón. Siempre hay que esforzarse por ser mejores y por explicarse del mejor modo. Pero no podemos olvidar un principio: no se puede querer contentar a quienes desean estar siempre descontentos. Llega un momento en el que ese intento resulta vano e imposible. Da lo mismo lo que se diga, da igual tener argumentos o carecer de ellos; con algunas personas discutir es como hablar con una pared: solo un loco se empeñaría en hacerlo.

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7.08.11

Jóvenes JMJ

Estamos muy cerca de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud. Como yo ya he superado - por “muy poco", menos de una década - los 35, no me concierne directamente. Ya no soy joven, ya no entro en el selecto club de quienes se sitúan entre los 16 y los 35. Ni falta que hace. La vida pasa, transcurre, y los que tenemos más de 39 hemos tenido, en su día, 35 y menos de 35 también.

Sin embargo, si miro hacia el pasado, no puedo más que agradecer las JMJ. Participé, en su día, en la de Santiago de Compostela, cuando aún era seminarista. Y ya, como sacerdote recién ordenado, en la de Częstochowa. Nunca he creído en ciertos mitos: las JMJ no se improvisan, no es una fiesta discotequera para jovencitos, no. Para nada. Se trata de otra cosa. Es una gran reunión de los jóvenes católicos del mundo con el Papa, con el sucesor de Pedro.

Y estas reuniones son, si no necesarias, sí oportunas. Hoy, en casi todas las latitudes, un joven católico tiende a vivir su fe casi en soledad, con un cierto extrañamiento con relación a sus coetáneos. No está de moda, precisamente, ser católico. Y es bueno que los que lo sean - con las imperfecciones que todos los seguidores de Cristo tenemos - sepan que no son ellos los únicos que lo siguen y que, por supuesto, no están solos en el discipulado.

Pensaba en este tema porque ayer y hoy pude atisbar signos interesantes. Pequeños signos, pero suficientemente elocuentes para corroborar mi opinión. Ayer, en Barcelona, donde me encontraba de paso tras un breve viaje a un país de Centroeuropa, pude ver en la Plaza de España a un dominico, vestido de hábito, rodeado de un grupo de jóvenes franceses.

Esta misma mañana, en el querido monasterio de Montserrat, en la Misa solemne de las 11.00 - en la que tuve ocasión de concelebrar - se añadían a la numerosa cantidad de fieles allí congregados tres grupos de la JMJ, procedentes respectivamente de Canadá, de Alemania y de China (Hong Kong). Los alemanes llevaban una camiseta azul; los canadienses, verde y los chinos, blanca.

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30.07.11

Los panes y los peces

Homilía para el Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (ciclo A)

El Señor anticipa, con la multiplicación de los panes y de los peces, el banquete del Reino de los cielos (cf Mt 14,13-21); es decir, el misterio de la comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están unidos a Cristo. No somos capaces de imaginar del todo o de comprender perfectamente qué es el cielo. San Pablo dice que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Co 2,9). La Sagrada Escritura emplea imágenes para hablarnos de esa realidad: la vida, la luz, la paz, el vino del reino, la casa del Padre, la Jerusalén celeste, el paraíso y, de un modo señalado, el banquete (cf Catecismo 1027).

Jesús, con los discípulos, es el anfitrión de ese banquete. Él es quien invita y quien da de comer. Participar en una comida crea entre el anfitrión y los comensales una comunidad de existencia. El Señor, al alimentar al gentío, está creando ese vínculo entre Él y los suyos; está, en definitiva, estableciendo su Iglesia, que es en la tierra el germen y el comienzo del Reino de los cielos. Él es quien bendice y da los alimentos para que todos queden saciados de un modo sobreabundante.

Con este signo milagroso, el Señor manifiesta su identidad: Él es el Mesías, el Salvador, que habla las palabras de Dios y obra las acciones de Dios. Su compasión indica la misericordia y la clemencia divinas. En Jesús se cumple lo que dice el Salmo 144: “Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente”.

La comida milagrosa nos hace pensar en la Última Cena, en la que Jesús también bendijo el pan y el vino y se lo dio a sus discípulos. La Eucaristía es el sacramento de la Comunión, porque recibiendo el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo nos unimos a Él y a los demás cristianos en la Iglesia santa y, de ese modo, se nos da en prenda la gloria futura, el cielo.

La orden dada por Jesús a los discípulos: “dadles vosotros de comer” debe resonar en nuestra mente y en nuestro corazón. El papa Benedicto XVI enseña que “en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana” (Sacramentum Caritatis, 88) y así nos impulsa a trabajar por un mundo más justo y fraterno.

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28.07.11

El cardenal Virgilio Noé

Hace pocos días, el 24 de julio, falleció en Roma el cardenal Virgilio Noé a los 89 años de edad. Era arcipreste emérito de la Patriarcal Basílica de San Pedro, vicario general emérito de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano y presidente emérito de la Fábrica de San Pedro.

Recuerdo que, durante mi etapa romana de estudiante de Teología, era bastante frecuente que acudiese los domingos a concelebrar la Santa Misa capitular a la Basílica de San Pedro. La Santa Misa se celebraba en latín, en el altar de la cátedra, aunque la primera y la segunda lectura, así como la oración de los fieles, se hacía, según la ocasión, en diversas lenguas modernas.

La liturgia se cuidaba muchísimo. La música era también muy digna. En las solemnidades oficiaba el cardenal Noé, entonces arcipreste de la Basílica. Verlo celebrar la Santa Misa inspiraba piedad, respeto y admiración. Piedad porque se notaba que aquel obispo se situaba ante Dios; respeto, porque todo era noble, majestuoso, pero a la vez sencillo, sin excentricidades “barrocas”; admiración, porque con su actitud el cardenal Noé nos estaba diciendo a todos los sacerdotes cómo debíamos celebrar la Santa Misa.

Sus homilías eran relativamente breves, muy comprensibles y, a la vez, formalmente muy elegantes. Su italiano era magnífico. Aunque la elegancia no era solo una característica de su palabra, sino una propiedad que definía toda su persona. A mí me gustaba especialmente su predicación cuando hablaba de la Virgen María; sobre todo, en la solemnidad de la Inmaculada. No se cansaba de exaltar la belleza de la Madonna. A la Santísima Virgen dedicó un precioso libro, escrito por él, con el título de “La Madonna nella Basilica Vaticana”. Un libro que guardo como un grato recuerdo.

Por la tarde, a las cinco, el cardenal siempre asistía a las Vísperas. Revestido con capa pluvial, con mitra y con báculo, presidiéndolas, en las grandes ocasiones. En los demás domingos, bien fuese en la Misa o en las Vísperas, ocupaba su sitial en el coro, siempre con el traje coral cardenalicio.

En la Semana Santa, ya que el papa celebra la Misa vespertina de la Cena del Señor en San Juan de Letrán, el cardenal Noé oficiaba en San Pedro. Era una ceremonia impresionante, verdaderamente ejemplar.

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Suaviter in modo, fortiter in re

La combinación de la suavidad con la energía no me parece un mal principio a la hora de gestionar los diversos asuntos de la vida. Tampoco cuando se plantea cómo anunciar el Evangelio. Jesús, advirtiendo a sus discípulos, les avisa que han de continuar su obra y compartir su destino en medio de muchas dificultades: “Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10,16).

A primera vista resulta difícil comprender de qué manera y hasta qué punto se han de compaginar la suavidad y la firmeza, la sagacidad y la sencillez. Pero no todo lo que, a primera vista, es contrario resulta, en el fondo, contradictorio. Para un cristiano hay aspectos de la fe y de la vida cristiana que son irrenunciables, absolutamente nucleares, no sometidos a negociación. No cabe disputar sobre si hay un solo Dios o tres dioses, sobre si Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, sobre si la Iglesia ha sido querida o no por el plan divino de salvación… Y cito estas verdades a modo de ejemplo.

Con quien no crea, poco hay que hacer – por lo menos hasta que se convierta - . Se les podrá dar, a quienes no crean, las razones por las cuales nosotros sí creemos. Si aceptan la Escritura, se podrá apelar a la Escritura. Si aceptan también la Tradición, habrá que argumentar con testimonios de la Tradición. Si no aceptan ni una cosa ni la otra, solo nos quedan los argumentos de razón. Argumentos positivos en algunos casos, cuando se trate de verdades que por sí mismas no son inaccesibles a la razón humana. Argumentos negativos, en el sentido de disipar objeciones o malentendidos, cuando se haga referencia misterios de la fe en sentido estricto.

La fortaleza, la firmeza y la sencillez de la fe no se oponen de modo necesario a la suave sagacidad. En los primeros siglos del cristianismo buena parte de los apologetas, sin renunciar a nada, buscaron puentes con la mejor filosofía religiosa del momento. Si algunos filósofos paganos reconocían la existencia de un solo Dios, los cristianos veían en ese reconocimiento un punto de coincidencia, una base común, un primer peldaño que podría conducir del simple teísmo al teísmo trinitario.

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