El Magisterio humilde
En Dei Verbum 10, a propósito de la transmisión de la revelación divina, se habla de la relación que vincula a la Escritura con la Tradición y el Magisterio: “La Tradición y la Escritura constituyen el depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia”. El “depósito sagrado” es un concepto de enorme alcance ecuménico, porque aúna Escritura y Tradición, subordinando ambos testimonios, inseparables, que “manan de la misma fuente” (DV 9), a la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura y la tradición son la única Palabra de Dios transmitida de formas diferentes.
El ”depósito”; es decir, lo confiado por Jesucristo a los apóstoles y a la Iglesia, permite que, en fidelidad a él, a lo confiado, “el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores”, persevere siempre en la doctrina apostólica y en la unión, en la eucaristía y en la oración (DV 10). En relación a ese depósito, en una función subordinada, encontramos el papel del Magisterio de la Iglesia: “El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado solo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 10).
Los adverbios “auténticamente” y “solo” permiten comprender la peculiaridad del oficio magisterial: “auténticamente” significa “con autoridad”, y “solo” restringe esa autoridad a los pastores de la Iglesia. Muchos en la Iglesia, significativamente los teólogos, interpretan con competencia la palabra de Dios. Pero la autoridad pastoral es exclusiva, pertenece “solo” a los obispos y al Papa.

El 31 de diciembre de 2023 se celebró, en la basílica de san Pedro, el primer aniversario del fallecimiento del papa Benedicto XVI. Presidió ese día la santa misa quien fuera su secretario personal, el arzobispo alemán Georg Gänswein, que recordó su ejemplo luminoso de trabajador sencillo y humilde en la viña del Señor.
La Navidad celebra lo que, en el lenguaje de la fe, se llama el misterio de la encarnación. El Niño que nace en Belén es el Logos, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre. El cristianismo piensa a Dios en la paradoja, en la aparente contradicción, de una alteridad que no equivale a una distancia imposible de colmar. Dios es Otro, no una proyección del yo, pero no está lejos, sino que se da, se acerca y se aproxima al hombre. Como escribe Joseph Ratzinger la “fusión” de divinidad y humanidad “ha sido posible porque Dios ha descendido en Cristo, ha asumido él mismo los límites del ser humano, los ha padecido y, en el amor infinito del crucificado, ha abierto de par en par la puerta de lo infinito”.
En un epigrama, Jesús Cotta expresa su asombro por la inmensidad de la creación: “A Dios le pasó con las estrellas/ lo mismo que a Velázquez con las lanzas:/ todas le parecían pocas”. No sé si el número de los poetas religiosos es tan grande como el de las estrellas o el de las lanzas del célebre cuadro, pero ciertamente no es pequeño. Así lo afirma la filóloga Yolanda Obregón en la segunda edición de su antología “400 poemas para explicar la fe” (Vita Brevis, Maxstadt 2023): “solo queda regocijarse con la abundancia, y aún más, con el vigor, de la poesía religiosa actual, que viene a continuar la tradición de nuestra literatura lírica más memorable”.












