Un capítulo de "El encuentro con Jesús"
51. Un amor definitivo
Cuando los novios acuden a la parroquia para iniciar el expediente matrimonial, se le formula a cada uno de ellos, entre otras, la siguiente pregunta: “¿Tiene intención de contraer matrimonio como es presentado por la ley y doctrina de la Iglesia: uno e indisoluble, ordenado al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos?”. Si el contrayente careciese de esa intención, el matrimonio no se podría celebrar y, de hacerlo, sería en sí mismo nulo; una pura apariencia de matrimonio, sin realidad.
La Iglesia no ha “inventado” el matrimonio, ni ha dispuesto, por su propio capricho, que este sea “uno e indisoluble”. La Iglesia ha recibido esta doctrina de Jesús: “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10,6-9).
El Señor se remite “al principio”; es decir, a la acción creadora de Dios, y lo hace con palabras tomadas del libro del Génesis (2,24). El matrimonio es creación de Dios; Él mismo es el autor del matrimonio: “La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana”, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1603).
Dios es amor; amor fiel. El amor de los esposos, en virtud del sacramento del matrimonio, está llamado a testimoniar esa fidelidad. El esposo y la esposa no serían “una sola carne” si no se entregasen totalmente el uno al otro; exclusivamente el uno al otro; únicamente el uno al otro. Y esta entrega no es total si no abarca también el futuro; si no es una donación definitiva, en lugar de ser un compromiso pasajero. Cuando los novios contraen matrimonio se dicen el uno al otro: “Yo te quiero a ti, como esposo (o como esposa) y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. “Me entrego a ti”, definitivamente. El matrimonio no es un contrato de alquiler, ni una cesión por un tiempo; es una mutua donación irreversible.
Jesús, en el Evangelio, habla también de la “dureza del corazón”. Si Moisés permitió el repudio fue “por la dureza de vuestro corazón”, por vuestra “terquedad”; por la resistencia a aceptar y a cumplir el proyecto de Dios. El corazón deja de ser un corazón duro cuando se abre al amor irrevocable de Dios. Para los esposos puede resultar difícil unirse para toda la vida. Pero lo que parece casi imposible para los hombres no lo es para Dios. Los esposos, si corresponden a la gracia del matrimonio, experimentarán que su amor es engrandecido por Dios, su fidelidad fortalecida por la fidelidad de Aquel que no quebranta su alianza, su entrega mutua elevada a signo eficaz de la entrega de Cristo a su Iglesia.

En el origen de este libro está la predicación. A los ministros ordenados – obispos, presbíteros y diáconos – se les encomienda esta tarea. Pero a todos los fieles, también a los ministros, les corresponde un cometido no menos grave: escuchar y meditar la Palabra. Una escucha y una meditación que puede prolongarse más allá del momento de la celebración litúrgica, para que el diálogo entre Dios y su pueblo, que acontece verdaderamente en la Liturgia, empape por completo nuestras vidas.
El anuncio del profeta: “Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará” (cf Is 35,1-6.10), se cumple con la llegada de Jesucristo. Las obras que el Señor realiza testimonian su condición mesiánica: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mt 11,5).
Hace unos años, justamente el 25 de enero de 2009, publiqué en este blog un post con el título: “Obama y la reserva escatológica”.
La expectación es la espera de un acontecimiento que interesa o importa. El Adviento nos sumerge en la expectación, en la tensión dinámica de la espera “de un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos”: la venida de Cristo (cf Catecismo 522).






