31.03.20

San Roque. Veneración e intercesión

La veneración a san Roque comenzó casi inmediatamente después de su muerte, sobre todo al experimentar los fieles su protección frente al temible flagelo de la peste. Los dominicos fueron los principales propagadores de esta devoción. El papa Urbano VIII confirmó su culto inmemorial en 1629, quedando fijado el día de su fiesta para el 16 de agosto. Poco a poco esta devoción se extendió por todos los lugares del orbe, no solo en Roma, sino también en Oriente y entre los pueblos eslavos y nórdicos. Numerosas cofradías se organizaban bajo su protección. Es patrono principal de numerosos pueblos y regiones del mundo.

“Cristo es la luz de los pueblos”, proclama el concilio Vaticano II y los santos son “luces cercanas”: “Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía”, dice Benedicto XVI.

San Roque supo ser una de estas luces, capaz de iluminar con el resplandor de Cristo las tinieblas del sufrimiento, del dolor, del miedo. Cada uno de nosotros está igualmente llamado a reflejar y a transmitir la luz del Señor, la luz de la fe.

Las bóvedas de las iglesias góticas y renacentistas se pintaban, a veces, de azul celeste y, sobre este fondo, se representaban estrellas. En una iglesia de Roma, dedicada al patrono de los orfebres, San Eligio, se puede leer una inscripción: “Oh, Dios, Tú nos das los astros, nosotros te dedicamos templos. Tú nos concedes generosamente las estrellas”.

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30.03.20

San Roque. El ancla de la esperanza

En la marina el ancla de la esperanza es un ancla muy grande que se utiliza en casos extremos. En el lenguaje de la fe, el ancla es símbolo de la esperanza; de la virtud que se apoya en la fidelidad de Dios y de sus promesas.

“La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo”, nos dice el Catecismo.

Dios no nos va a fallar. Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es el punto firme sobre el que podemos apoyar nuestra vida para resistir en medio de las tempestades: “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”.

El Resucitado, vencedor de la muerte, sigue siendo para siempre el “Enmanuel”, el “Dios con nosotros”. Contemplándole a él, seguros del carácter irreversible del amor de Dios, podemos aferrarnos a la esperanza, que es “como ancla del alma, segura y firme” (Heb 6,19).

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29.03.20

San Roque. La buena muerte

La gracia de Dios nos sorprende siempre. Junto a la cruz de Cristo, compartiendo el mismo suplicio, uno de los malhechores - así le llama el texto evangélico – nos da ejemplo de buen morir: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Este hombre apela confiado a la memoria del Señor.

Jesús nos acoge en su memoria; su recuerdo nos rescata del olvido de la muerte y nos permite abandonarnos con fe en el paso de esta vida a la vida futura. Su memoria es motivo de esperanza: El Señor del tiempo nos abrazará en su “hoy”, nos acogerá en su compañía, nos hará sitio en su casa.

Es un arte aprender a morir y, sobre todo, es un don que debemos implorar con humildad uniéndonos a la esperanza de la Iglesia, porque “la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

San Roque supo morir así, como un verdadero cristiano, como un santo. El sentido de la fe de los creyentes reconoce la presencia de Dios no solo en la vida de los santos, sino también en su muerte, en el tramo final de su existencia terrena. La veneración y el culto popular a los santos constituyen una especie de estela que nos habla del impacto que ellos han dejado en el recuerdo de la Iglesia.

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28.03.20

San Roque. Vulnerables y mortales

Los seres humanos somos vulnerables y mortales. Los sueños de omnipotencia que a veces nos invaden no son más que una ilusión, una fantasía sin base real. San Roque se encontró con la vulnerabilidad de los otros y con la propia vulnerabilidad: Asistió a los enfermos y él mismo experimentó la enfermedad. Sufrió la ingratitud de tantos y padeció la injusticia.

Los confines de nuestra limitación son tan vastos como los de la vida. Podemos herir a los demás y ser heridos de las maneras más variadas: queriendo y sin querer, de buena fe o con malicia, de modo intencionado o como resultado de los daños colaterales – digámoslo así- de la convivencia.

Jesús, perfecto hombre, no escapa a esta ley de nuestra historia. Se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Se dejó herir y asumió la muerte. Pilato, quizá sin saberlo, dijo una gran verdad: “He aquí al hombre”. En la limitación de la debilidad se muestra lo que somos; sobre todo en la extrema debilidad de la muerte.

Apenas podemos salvar este obstáculo. La sabiduría radica en aceptarlo, reconciliándonos con nuestra finitud, con nuestra limitación, con nuestra muerte. La humildad de saber lo que somos puede conducirnos a estrechar el vínculo que nos une a todos; a vivir la solidaridad; más aún, la fraternidad.

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