La encíclica "Magnifica humanitas": Dos amores, dos ciudades

En su obra “La ciudad de Dios” san Agustín elabora una visión teológica de la historia universal. Esta es contemplada como un drama en el que luchan dos amores que fundaron dos ciudades: “el amor propio hasta el desprecio de Dios” fundó la ciudad terrena y “el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio”, la ciudad celestial.

Este drama es evocado por el papa León XIV en su encíclica “Magnifica humanitas”, que trata sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, para distinguir entre un progreso que sirve a la persona y a los pueblos y un progreso que los doblega a la lógica del poder.

La imagen de los dos amores y de las dos ciudades recuerda la diferencia que la Biblia establece entre la construcción de Babel, un proyecto que surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia y que deriva en confusión y desencuentro, y la reconstrucción de Jerusalén narrada por Nehemías, que es el efecto de la responsabilidad compartida de todo un pueblo, reconociendo la centralidad de Dios y generando comunión.

Si se impone en la sociedad el llamado “paradigma tecnocrático”, que privilegia sobre cualquier otra consideración la eficiencia, el control y el lucro, peligra lo humano, ya que lo más poderoso no significa necesariamente lo mejor. Para establecer un equilibrio entre técnica y dominio se hace preciso proteger el primado de la persona, rompiendo la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Lo cual, como explica el Papa, “no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano”, desarmándola y haciéndola acogedora.

Las opciones transhumanistas, que apuestan por una humanidad potenciada por la técnica, y posthumanistas, partidarias de la hibridación del hombre con la máquina, pueden abocar a la pérdida de lo humano. Y en la entraña de lo humano se encuentra también la contingencia, la finitud y el límite: “La finitud – observa León XIV -, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro”. Precisamente porque experimenta el límite – la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso -, puede el hombre reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable y abrirse a la fraternidad.

El auténtico desafío consiste en “hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón”. El hombre tiene la potencialidad de ir “más allá de lo humano”, pero esta elevación que, como decía Santo Tomás de Aquino, “sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana” no es el resultado de una divinización tecnológica, sino el fruto de la acción de la gracia de Dios, que hace posible una relación que libera, una comunión que transforma y una trascendencia que nos hace más plenamente humanos. En Jesucristo la humanidad encuentra el camino que conduce a esa plenitud.

 

Guillermo Juan-Morado.

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