Las culturas europeas precolombinas

Sevilla

El mundo moderno, dice Chesterton, es más loco que cualquier sátira que se pueda hacer sobre él.

He estado mirando vídeos en Youtube sobre las culturas precolombinas. Muy interesantes.

Pero hay algo que me ha llamado la atención. Se suele decir que estamos en una época de secularización y desencantamiento del mundo. Sin embargo, mirando esos vídeos uno se da cuenta de dos cosas: primero, que el tema es en buena medida la religión, pues todos esos pueblos eran muy religiosos, y segundo, que la religión de esos pueblos suele ser presentada en forma muy positiva en esas producciones. (El link al vídeo completo aquí)

So far so good”, diría el mismo Chesterton, pero uno nota ahí un cierto desbalance. Primero, que esas religiones incluían sacrificios humanos, y segundo, que uno, en su maldad, sospecha que las mismas cosas que en esos vídeos se elogian de esas religiones serían criticadas por esos mismos autores en el catolicismo.

Tratemos de imaginar los titulares al día siguiente de un hipotético anuncio de la Iglesia Católica de que se inauguraría la práctica de sacrificios humanos en los templos.

Sin embargo, los sacrificios humanos de los aztecas, zapotecas, toltecas, mayas y otros son explicados en esos vídeos en el sentido de que no eran actos de crueldad, sino que buscaban restaurar la armonía del cosmos, y que la sangre tenía un valor simbólico, etc.

Bueno, pero no hay problema, en la Iglesia también tenemos simbolismo, y es claro que nadie puede pretender seriamente que en los sacrificios humanos de las diversas religiones se buscaba la crueldad por la crueldad, obviamente que había un significado religioso y unos objetivos religiosos, así que por ese lado tampoco habría problemas en el catolicismo.

Sólo que, y ahí está el detalle, no es la forma correcta de adorar a Dios matar a un ser humano y ofrecerlo en sacrificio.

Para aclarar, simplemente: a Nuestro Señor Jesucristo no lo mataron los que lo ofrecen como Sacrificio agradable a Dios en la Misa, ni los que lo mataron realizaron acto religioso alguno. Es claro que el sacrificio es el centro de la religión, y que el Sacrificio por excelencia, el único que salva en realidad, es la ofrenda a Dios de un ser humano, que es también Dios, pero lo que nos atrevemos a cuestionar aquí es la idea de matar a un ser humano para ofrecerlo a los dioses.

Y es que en el fondo de estos vídeos, muy buenos como son en materia de pura y simple información sobre las culturas precolombinas, yace algo que no es ni indígena ni católico, sino ilustrado: el “buen salvaje” de Rousseau, la idea herética de que el ser humano viene al mundo en estado de total inocencia, y que la que lo corrompe es la sociedad.

O al menos la sociedad cristiana.

Es decir, la negación del pecado original.

Ya en tiempos del mismo Rousseau y antes de que se pudiese filmar “Apocalypto”, de Mel Gibson (cuidado, “spoiler”), los ilustrados entraban en éxtasis imaginando las bondades de las culturas precolombinas. (Link al vídeo completo)

Pero por si alguien ha cometido el error de pensar que estas reflexiones son originales mías, aquí va la cita correspondiente de Chesterton, al comienzo de su grandioso libro “El hombre eterno”:

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Hay dos maneras de llegar a casa; y una de ellas consiste en quedarse allí. La otra es dar la vuelta al mundo entero hasta regresar al mismo lugar; y traté de describir un viaje semejante en una historia que escribí una vez. Es, sin embargo, un alivio pasar de ese tema a otra historia que nunca escribí. Como todo libro que nunca escribí, es con mucho el mejor libro que he escrito jamás. Es demasiado probable que nunca llegue a escribirlo, así que lo utilizaré aquí como símbolo; porque era un símbolo de la misma verdad.

Lo concebí como una novela romántica de esos vastos valles de laderas inclinadas, como aquellos a lo largo de los cuales los antiguos Caballos Blancos de Wessex están trazados sobre las faldas de las colinas. Trataba de un muchacho cuya granja o cabaña se encontraba en una de esas pendientes, y que emprendía un viaje en busca de algo, como la efigie y la tumba de algún gigante; y cuando se encontraba lo bastante lejos de su hogar, miraba hacia atrás y veía que su propia granja y huerto, brillando llanos sobre la ladera como los colores y cuarteles de un escudo heráldico, no eran sino partes de una figura gigantesca semejante, sobre la cual siempre había vivido, pero que era demasiado grande y estaba demasiado cerca para poder verla.

Creo que esa es una imagen verdadera del progreso de cualquier inteligencia realmente independiente en la actualidad; y ese es el propósito de este libro. El propósito de este libro, dicho de otro modo, es que lo mejor después de estar verdaderamente dentro de la Cristiandad es estar verdaderamente fuera de ella.

Y un punto particular de esta tesis es que los críticos populares del cristianismo no están realmente fuera de él. Se encuentran en un terreno discutible, en todos los sentidos de la expresión. Son dudosos incluso en sus propias dudas. Su crítica ha adquirido un tono curioso; como el de una interrupción casual e ignorante. Así, convierten los tópicos anticlericales corrientes en una especie de charla trivial.

Se quejarán de que los clérigos vistan como clérigos; como si fuéramos más libres si todos los policías que nos vigilan o arrestan fueran agentes de paisano. O se quejarán de que un sermón no pueda ser interrumpido y llamarán al púlpito un castillo de cobardes; aunque no llamen castillo de cobardes a la oficina de un editor. Sería injusto tanto para periodistas como para sacerdotes; pero sería mucho más cierto respecto de los periodistas. El clérigo aparece en persona y podría fácilmente recibir una patada al salir de la iglesia; el periodista oculta incluso su nombre para que nadie pueda patearlo.

Escriben artículos y cartas disparatados y sin sentido en la prensa acerca de por qué las iglesias están vacías, sin siquiera ir a comprobar si realmente están vacías o cuáles de ellas lo están. Sus sugerencias son más insustanciales y vacías que las del más insípido vicario de una farsa en tres actos, y nos mueven a consolarlo al modo del vicario de las Bab Ballads: «Tu mente no está tan vacía como la de Hopley Porter». Así podemos decir con verdad incluso al más débil de los clérigos: «Tu mente no está tan vacía como la del Laico Indignado, el Hombre Corriente o el Hombre de la Calle, ni como la de cualquiera de tus críticos en los periódicos; porque ellos no tienen ni la más vaga idea de lo que quieren para sí mismos, por no hablar de lo que tú deberías darles».

De repente se volverán contra la Iglesia y la acusarán de no haber impedido la Guerra, que ellos mismos no querían impedir y que nadie había afirmado jamás poder impedir, salvo algunos miembros de esa misma escuela de escépticos progresistas y cosmopolitas que son los principales enemigos de la Iglesia. Fue el mundo anticlerical y agnóstico el que siempre profetizaba la llegada de la paz universal; es ese mundo el que fue, o debería haber sido, avergonzado y confundido por la llegada de la guerra universal. En cuanto a la opinión general de que la Iglesia quedó desacreditada por la Guerra, bien podrían decir que el Arca quedó desacreditada por el Diluvio. Cuando el mundo marcha mal, ello demuestra más bien que la Iglesia tiene razón. La Iglesia está justificada no porque sus hijos no pequen, sino precisamente porque pecan.

Pero eso revela su actitud hacia toda la tradición religiosa: se encuentran en un estado de reacción contra ella. Al muchacho le va bien cuando vive en la tierra de su padre; y le va bien también cuando está lo bastante lejos de ella para mirar atrás y verla como un todo. Pero estas personas han caído en un estado intermedio; han descendido a un valle interpuesto desde el cual no pueden ver ni las alturas que tienen delante ni las alturas que han dejado atrás. No pueden salir de la penumbra de la controversia cristiana. No pueden ser cristianos y tampoco pueden dejar de ser anticristianos. Toda su atmósfera es la atmósfera de una reacción: malhumor, obstinación, crítica mezquina. Siguen viviendo a la sombra de la fe y han perdido la luz de la fe.

Ahora bien, la mejor relación con nuestro hogar espiritual es estar lo bastante cerca para amarlo. Pero la segunda mejor es estar lo bastante lejos para no odiarlo. La tesis de estas páginas es que, si bien el mejor juez del cristianismo es un cristiano, el segundo mejor juez sería algo más parecido a un confuciano. El peor juez de todos es el hombre que hoy se muestra más dispuesto a emitir juicios: el cristiano mal instruido que gradualmente se convierte en el agnóstico malhumorado, atrapado al final de una disputa cuyo comienzo nunca comprendió, afectado por una especie de tedio hereditario respecto de algo que no sabe qué es, y ya cansado de oír aquello que nunca ha oído.

No juzga al cristianismo serenamente, como lo haría un confuciano; no lo juzga como juzgaría al confucianismo. No puede, mediante un esfuerzo de imaginación, situar a la Iglesia Católica a miles de kilómetros de distancia, bajo extraños cielos orientales, y juzgarla con la misma imparcialidad con que juzgaría una pagoda china. Se dice que el gran santo misionero Francisco Javier, que estuvo muy cerca de establecer allí la Iglesia como una torre que se alzara por encima de todas las pagodas, fracasó en parte porque sus seguidores fueron acusados por otros misioneros de representar a los Doce Apóstoles con vestimentas o atributos de chinos.

Pero sería mucho mejor verlos como chinos y juzgarlos justamente como chinos, que verlos como ídolos sin rasgos, fabricados únicamente para ser destrozados por iconoclastas; o más bien como blancos de feria a los que arrojan piedras unos burlones sin nada mejor que hacer. Sería mejor contemplar todo el asunto como un culto asiático remoto; ver las mitras de sus obispos como altos tocados de misteriosos bonzos; sus báculos pastorales como bastones retorcidos en forma de serpiente llevados en alguna procesión oriental; ver el libro de oraciones tan fantástico como una rueda de oración, y la Cruz tan extraña y torcida como la esvástica.

Entonces, al menos, no perderíamos los estribos como parecen perderlos algunos críticos escépticos, por no hablar de la razón. Su anticlericalismo se ha convertido en una atmósfera, una atmósfera de negación y hostilidad de la que no pueden escapar. Comparado con eso, sería mejor considerar todo el asunto como algo perteneciente a otro continente o incluso a otro planeta. Sería más filosófico contemplar indiferentemente unas estatuas de bronce que estar continuamente y sin motivo refunfuñando contra los obispos.

Sería mejor pasar junto a una iglesia como si fuera una pagoda que permanecer eternamente en el pórtico, incapaz tanto de entrar para ayudar como de salir para olvidar. Para aquellos en quienes una simple reacción se ha convertido en una obsesión, recomiendo seriamente el esfuerzo imaginativo de concebir a los Doce Apóstoles como chinos. En otras palabras, recomiendo a estos críticos que intenten hacer a los santos cristianos tanta justicia como la que harían a unos sabios paganos.

Pero con esto llegamos al punto final y decisivo. Trataré de mostrar en estas páginas que, cuando hacemos ese esfuerzo imaginativo de contemplar todo desde fuera, descubrimos que realmente se parece a lo que tradicionalmente se ha dicho de ello desde dentro.

Es precisamente cuando el muchacho se aleja lo suficiente para ver al gigante que advierte que realmente es un gigante. Es precisamente cuando llegamos por fin a contemplar a la Iglesia cristiana desde lejos, bajo aquellos cielos orientales claros y serenos, cuando vemos que verdaderamente es la Iglesia de Cristo.

Dicho brevemente: en el momento en que somos realmente imparciales respecto de ella, comprendemos por qué otros son parciales a su favor.”

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Por lo tanto, ya tengo, como es obvio, la solución. Un vídeo sobre las culturas europeas precolombinas, digamos que desde el siglo IV de nuestra era hasta la llegada de los descubridores.

Que esos descubridores hayan llegado a otro continente que no es Europa es un detalle que no debe obstaculizar a un gran proyecto como éste.

En efecto, el alcance arqueológico y paleontológico de una investigación así no puede ser suficientemente subrayado. Es posible, sí, que no nos permitan excavar en los cimientos de las bibliotecas actuales, pero de todos modos, con sólo leer parte del material que contienen ya tendremos elementos importantes para la investigación.

El guión del vídeo debería ir más o menos por estas líneas:

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“Es común entre los expertos la convicción de que Europa, durante los siglos que van del IV al XVI D.C., estuvo habitada por seres humanos, obviamente que procedentes, en última instancia, de África. Estos “homo sapiens” ya conocían el manejo del fuego, la agricultura, e incluso, la escritura.

Y sí, todo hace pensar que sin duda, eran muy religiosos, y tenían una profunda espiritualidad, que los llevaba a considerar la religión no como una parte más de la vida, sino como aquello que englobaba y daba sentido a todo lo demás.

Pensamiento holístico, en definitiva.

Cierto, no vamos a ocultar el hecho un tanto incómodo de que no practicaban sacrificios humanos. Al parecer no habían desarrollado suficientemente el profundo instinto místico que llevaba a otras culturas a querer fundar la comunión con lo trascendente sobre la sangre de las víctimas humanas por ellos mismos sacrificadas y ofrecidas.

Pero el que examina otras culturas, sobre todo alejadas en el espacio y el tiempo, debe saber que una amplia tolerancia, que sabe ir más allá de los defectos particulares, es la única llave que conduce a la comprensión profunda.

Sin duda, lo extraño y lo novedoso son lo común en este tipo de exploraciones. Estas agrupaciones europeas de “sapiens” precolombinos se caracterizaban por una decidida hostilidad al politeísmo, a la vez que afirmaban la existencia de tres Personas divinas, a las que según los que pueden leer sus documentos originales llamaban “Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

Sus sacerdotes declaraban herejes tanto a los que negaban la Unidad de Dios como a los que negaban la distinción real entre las Personas divinas, y sobre todo eran tajantes en sostener, curiosamente, que esa creencia suya no implicaba contradicción alguna.

Hace mucho que un ejército de pensadores modernos ha emprendido la tarea de mostrar claramente esa contradicción, y nos atrevemos a esperar que en un futuro más o menos próximo aparezcan señales alentadoras en ese sentido.

Ese Dios Uno y Trino, decían, ha creado el mundo de la nada, “ex nihilo”, según el dialecto antiguo que terminó imponiéndose entre ellos como lengua teológica. A los que objetaban que de la nada no se puede sacar nada, les explicaban que “de la nada”, en este caso, quiere decir “no de algo”, o sea, sin materia previa. Que todo el ser de la creatura, en definitiva, procedía del Creador, porque nada puede tener ser, decían, sino en dependencia de Aquel que es el Ser mismo subsistente.

Y a los que decían que entonces el mal también debería venir del Creador, les respondían que el mal, justamente, es un no ser, la carencia de algo que se debería tener según la naturaleza del sujeto en cuestión.

Siempre estaban así, al borde del abismo dialéctico, pero sin caer nunca en él, seguramente por alguna rara habilidad recibida de sus ancestros, hoy día perdida y olvidada.

Lo que sostenían sobre el ser humano era igualmente asombroso. Se hubiesen reído con ganas del “buen salvaje” de Rousseau, de ese ser humano que viene al mundo en total inocencia y que sólo es pervertido por la influencia externa de la sociedad.

Y sin embargo, no daban el paso, que muchos considerarían lógico, de concluir que la naturaleza humana es esencialmente mala, sino que sostenían que el hombre había sido dotado por Dios, al crearlo, de dones excelentes, preternaturales, que lo eximían de toda tendencia al mal y le permitían evitar, si quería, todo pecado, pero que al desobedecer el hombre libremente al Creador esos dones se habían perdido, de modo que la tendencia al mal que ahora todos experimentamos no es una consecuencia de la naturaleza humana, sino de la caída histórica del primer hombre.

Pero lo más asombroso de todo es lo que sostenían acerca de la forma en que Dios quiso salvar al hombre caído.

Es decir, lo asombroso ante todo es que decían que Dios quiso salvarlo. En esto se distinguían de todas las otras religiones antiguas y modernas conocidas, precisamente en que según ellos, Dios había querido perdonar y salvar a esa humanidad pecadora, cuando parece bastante claro que en todo caso, lo que en justicia habría correspondido habría sido el castigo divino del pecado.

Y sin embargo, otra vuelta de tuerca más, eran estrictos en sostener que el pecado grave, de suyo, merece un castigo eterno. No decían que los pecadores merecían ser perdonados porque en realidad no habían pecado, o sea, porque no eran pecadores, sino que si se los podía perdonar, era precisamente porque se habían hecho merecedores de eterno castigo por sus pecados. Pero en definitiva, decía, Dios quiere perdonarlos.

En cuanto al porqué de esa extraña conducta divina, no hacían otra cosa que remitirse a la libre Voluntad de Dios, que a estar por lo que ellos decían, se complace en beneficiar de ese modo a sus creaturas, pues la Bondad, sostenían, no es el menos sobresaliente de los atributos divinos.

Pero nada de eso puede darnos una idea adecuada de lo que creían en este punto, si no llegamos a pintar el modo en que, según ellos, Dios obró para perdonar y salvar a los pecadores.

Los estudiosos del tema se convencen cada vez más de que la afirmación de la Trinidad no estaba separada, en la mente de estas personas, de la forma en que entendían la salvación del hombre, precisamente porque decían que “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna”.

Estos aborígenes tenían la audacia de sostener que Dios había entregado a la muerte a su propio Hijo en expiación por los pecados de los hombres, y que para eso, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, había debido previamente hacerse hombre, naciendo de una mujer virgen.

Y no sólo eso, sino que su muerte había sido la muerte en la Cruz, que era el castigo más infamante que en la antigüedad se aplicaba a los malhechores.

Lo más curioso de todo es la forma en que se las arreglaban para narrar estos eventos de tal manera, que esa narración no se parece en nada a las narraciones mitológicas de las otras religiones.

Eso es realmente chocante, porque sin duda que ninguna mitología de ninguna otra religión llegó jamás a hacer las afirmaciones absolutamente estupefacientes que se hacen en estas creencias, las cuales, sin embargo, para el que lee los documentos originales, tienen toda la apariencia de hechos históricos, y hay que decir que en sus rasgos fundamentales encajan perfectamente con lo que sabemos de la historia, la cultura y la sociedad de los tiempos en los que supuestamente sucedieron estas cosas.”

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En ese estilo podría continuar el vídeo. Eso sí, apto solamente para quienes quisiesen llevar el afán investigativo hasta sus últimas consecuencias.

En definitiva, desde el punto de vista arqueológico, excavar en los cimientos de las bibliotecas no sería de ningún modo la única opción, hay suficientes testimonios arquitectónicos como para hacerse una idea bastante cabal del grado de desarrollo que habían alcanzado estas antiguas culturas.

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