"Filioque" y ecumenismo
En esta nota sobre el Cardenal Koch se informa que se está reuniendo una Comisión Teológica Mixta con los cristianos “ortodoxos” para estudiar el tema del “Filioque” y la infalibilidad papal.
Sobre el tema del “Filioque” queremos hacer algunas reflexiones, así como sobre el tema del ecumenismo, que forma parte también de esa nota acerca del Cardenal Koch.
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¿Por qué es importante el “Filioque”, es decir, esa parte del Credo que dice que el Espíritu Santo procede del Padre “y del Hijo” (“qui ex Patre Filioque procedit”).
Es decir, la cuestión entre católicos y orientales separados es si el Espíritu Santo, además de proceder del Padre, procede también del Hijo (católicos) o no (orientales separados).
La visión teológica católica, en este sentido, es como una pirámide invertida, con el vértice hacia abajo: el Hijo procede del Padre, y de ambos procede el Espíritu Santo. La visión teológica de los orientales separados es como una pirámide con el vértice hacia arriba: del Padre proceden, paralelamente y por separado, el Hijo y el Espíritu Santo.
La superficialidad contemporánea no puede dejar de hacerse presente en este tema preguntando qué nos importan a nosotros finalmente esos detalles de la interioridad divina.
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Pues bien, lo que está en juego aquí es la misma fe trinitaria, que es la base de nuestra salvación, que consiste, precisamente, en que la Segunda Persona de la Trinidad se hizo hombre para salvarnos.
Porque la cuestión es cómo pueden distinguirse realmente entre sí las Personas divinas, si cada una de ellas es plenamente Dios, y Dios sólo es y sólo puede ser Uno. Cada Persona divina se identifica realmente con la única Esencia o Naturaleza divina, y se distingue realmente de las otras Personas divinas ¿no es esto una contradicción?
No es el mismo caso de los seres humanos, en el que tres seres humanos realmente distintos entre sí tienen la misma naturaleza humana, pero porque tiene cada uno de ellos una realización individual distinta de la naturaleza humana, de modo que son tres hombres. En Dios las tres Personas divinas se identifican realmente con la única Naturaleza divina concretamente existente, de modo que no son tres dioses, sino un solo Dios.
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La solución teológica clásica de este problema arranca con los Padres de la Iglesia, entre ellos los Capadocios: San Basilio Magno, San Gregorio Nazianceno y San Gregorio de Nisa, sigue notablemente con San Agustín, y culmina, como es lógico, en Santo Tomás de Aquino.
De hecho, todo lo que decimos en este “post” no es más que una pobre transcripción de lo que enseña Santo Tomás en Ia., q. 36, a. 2 y a. 3. Leyendo estos textos del Aquinate a uno le da ganas de decir que toda interpretación de la Suma Teológica que no sea admirativa es falsa.
Esa solución entonces, decíamos, consiste en notar que la pluralidad de Personas en Dios se debe a que entre las Personas divinas hay relaciones de origen, es decir, que las Personas divinas o proceden de otra Persona o de otras Personas divinas (el Hijo y el Espíritu Santo) o son origen de la procesión de otras Personas divinas (el Padre y el Hijo).
Es claro que la procedencia implica distinción real, nada puede proceder realmente de sí mismo.
Pero aquí se plantea justamente el problema: ¿Cómo esa distinción real deja subsistir la purísima y absoluta Unidad de Dios? ¿Cómo no son tres dioses, sino un solo Dios verdadero?
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Y aquí es clave el tema de las relaciones de origen que a su vez implican esas procedencias intradivinas. Cuando A procede de B, hay en ellos una relación que tiene a A por sujeto y a B por término, y otra que tiene a B por sujeto y a A por término.
Recordemos, en efecto, que las relaciones no son como ese jinete de los circos que va sobre dos caballos, con un pie puesto en cada uno de ellos. Las relaciones, en lo creado al menos, que es nuestro punto de partida para conocerlas, son accidentes, que están en un sujeto, y lo ordenan a un término.
Así, entre nosotros, la paternidad es un accidente que está en el padre y lo ordena al hijo, y la filiación es otro accidente, que está en el hijo y lo ordena al padre.
La amistad, por ejemplo, implica dos relaciones: una que tiene por sujeto al amigo A, y como término al amigo B, y otra que tiene como sujeto al amigo B, y como término, al amigo A.
Sólo que en Dios no puede haber accidentes, porque no puede haber en Él nada imperfecto, y el accidente, al que le compete existir en otro, es menos perfecto que la sustancia, a la que le compete existir en sí.
Por tanto, las Relaciones divinas no son accidentes que inhieren en un sujeto, sino que son ellas mismas los sujetos. No es que las Personas divinas tengan relaciones, es que son esas mismas relaciones. El Padre es la Paternidad, el Hijo es la Filiación, el Espíritu Santo es la “espiración pasiva”, nombre que tuvieron que inventar los teólogos.
Y esas relaciones son Personas divinas, porque se identifican realmente con la única Esencia o Naturaleza divina subsistente y absoluta.
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Pero de nuevo se nos dirá ¿y cómo entonces pueden distinguirse realmente entre sí esas relaciones divinas? Y la respuesta es que se distinguen realmente sólo y precisamente en la medida en que, como relaciones, se oponen entre sí.
Dos relaciones se oponen entre sí cuando el sujeto de cada una de ellas es el término de la otra. Como nada puede relacionarse realmente consigo mismo, porque es de la esencia de la relación el ser “a otro” (“esse ad”) eso quiere decir que las relaciones opuestas, si son reales, se distinguen realmente entre sí.
De lo contrario, lo mismo sería a la vez sujeto y término de la misma relación real (porque la relación A, digamos, que tiene por sujeto a Juan y como término a Pedro, sería idéntica a la relación B, que tiene como sujeto a Pedro y como término a Juan, y entonces Juan sería a la vez sujeto y término de la misma relación).
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Y eso quiere decir, y aquí está la clave del asunto, que esa distinción real se da solamente a nivel de las Relaciones, no de la Esencia divina absoluta y subsistente, que es absolutamente Una.
Por eso esas mismas Relaciones divinas, a la vez que se distinguen realmente entre sí, se identifican realmente con la única Esencia divina (es decir, cada Persona divina es Dios), porque no tienen oposición relativa con la Esencia divina misma.
Ni entre sí mismas se distinguen realmente las Personas divinas en todo aquello en lo que no tengan entre sí oposición relativa. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, tienen una sola Naturaleza divina, una sola Inteligencia, una sola Voluntad, etc.
Por eso son relaciones subsistentes: no en tanto que relaciones, lo que sería absurdo, porque lo propio de la relación como tal no es subsistir, sino ser “a otro”, como se dijo, sino en tanto que realmente idénticas a la única Esencia divina subsistente y absoluta.
Eso implica, sin duda, que la identidad entre las Personas divinas y la Esencia divina es real, pero no de razón. Si hubiese identidad de razón o “conceptual” entre ser Dios, por ejemplo, y ser Padre, entonces no podría haber en Dios ni Hijo ni Espíritu Santo, porque nada puede existir fuera de su concepto, de su “ratio”.
Alcanza con la identidad real entre las Personas divinas y la Esencia divina, obviamente, para que cada Persona sea Dios.
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En Dios, entonces, hay una Esencia, dos Procesiones, tres Personas, cuatro Relaciones, cuatro propiedades, cuatro actos nocionales y cinco nociones.
Las dos procesiones son la generación y la espiración.
Las Personas son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Las relaciones son la Paternidad, la Filiación, la Espiración activa y la Espiración pasiva. La Paternidad es el Padre, la Filiación es el Hijo, la Espiración activa es el Padre y el Hijo como único principio del Espíritu Santo, la Espiración pasiva es el Espíritu Santo. Hablamos aquí de identidad real.
Las relaciones divinas que se oponen entre sí se distinguen realmente: la Paternidad y la Filiación se distinguen realmente, así como la Espiración activa y la Espiración pasiva. La Espiración activa no se distingue realmente de la Paternidad ni de la Filiación, porque no tiene con ellas oposición relativa.
Las nociones son razones para conocer a las Personas divinas, que se derivan de las procesiones de origen. Son cinco: Innascibilidad (propia del Padre), Paternidad (propia también del Padre), Filiación (propia del Hijo), Espiración activa (común al Padre y al Hijo) y Espiración pasiva (propia del Espíritu Santo).
Como se ve, cuatro son propiedades (Innascibilidad, Paternidad, Filiación y Espiración pasiva) y cuatro son relaciones (Paternidad, Filiación, Espiración activa y Espiración pasiva).
Los actos nocionales son aquellos actos por los que las Personas divinas proceden unas de otras. En sentido estricto son dos, que son los propiamente activos: la generación y la espiración activa. En sentido amplio, incluyendo a las recepciones pasivas, son cuatro: la generación activa, la generación pasiva o nacimiento, la espiración activa y la espiración pasiva o procesión.
Se identifican realmente con las relaciones y por tanto con las Personas: la generación activa con la Paternidad, la generación pasiva o nacimiento con la Filiación, la espiración activa con la Paternidad y la Filiación tomadas como un solo principio espirativo, y la espiración pasiva o procesión con el Espíritu Santo.
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Ahora bien, parece intuitivo que no puede haber otra solución que ésta al problema que plantea el dogma trinitario, si tenemos en cuenta que es necesario salvaguardar la absoluta Unidad de Dios.
Pero esto tiene una consecuencia directa para el tema del “Filioque”, a saber, que entre dos Personas divinas sólo puede haber distinción real si entre ellas hay relaciones de origen.
Porque, como dice el Concilio Lateranense IV y lo retoma el Concilio de Florencia: “En Dios todo es uno donde no obsta la oposición de relaciones”.
Por tanto, si entre el Hijo y el Espíritu Santo hay, como hay, sin duda, distinción real, es porque entre ellos hay relaciones de origen.
Y eso quiere decir que, o bien el Hijo procede del Espíritu Santo, cosa absurda y que nadie que yo sepa ha sostenido nunca, o bien el Espíritu Santo procede del Hijo, que es lo que dice el “Filioque”.
Por tanto, no se trata de una mera cuestión de palabras, ni de discusiones ociosas entre teólogos, sino de si podemos mantener coherentemente que Dios es Uno, y que en Dios hay tres Personas divinas realmente distintas entre sí: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
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En diálogos ecuménicos previos con los orientales separados, algunos han intentado un camino que consiste, por el contrario, en fijarse en las palabras y no en las cosas significadas por las palabras.
Así señalan que en griego para decir “procesión” se dice “ekporéuesis”, mientras que en latín se dice “processio”, y que ambas cosas no significan lo mismo: los griegos con “ekporéuesis” quieren decir “proceder como de la fuente primera”, y por eso, lo aplican solamente a lo que procede del Padre, mientras que para los latinos “processio” significa simplemente “proceder de”, y entonces, lo aplican también a lo que procede del Hijo.
¿Todos felices? Todavía no, porque falta saber si los orientales separados aceptarían entonces que el Espíritu Santo procede del Hijo, no en el sentido de la “ekporéuesis”, sino en el sentido de la “processio”. Y la respuesta del lado oriental separado es clara: no.
Ellos no aceptan que el Espíritu Santo reciba nada del Hijo. Cuando a lo sumo llegan a aceptar que el Espíritu Santo procede del Padre “a través del Hijo”, al Hijo lo ven simplemente como un canal por el que pasa el Espíritu Santo, no como algo que de algún modo contribuya positivamente al ser mismo del Espíritu Santo.
Pero en el dogma trinitario, los orígenes de las Personas divinas significan que una Persona divina recibe de otra o de otras todo lo que es. El Padre comunica al Hijo la única Naturaleza divina, y con ella, la plenitud absoluta del ser. Y lo mismo hace el Padre respecto del Espíritu Santo. Si, por tanto, la distinción real entre el Hijo y el Espíritu Santo exige, como vimos, que el Espíritu Santo proceda del Hijo, quiere decir que también el Hijo ha de comunicar al Espíritu Santo la Naturaleza divina, y con ella, la plenitud del ser.
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Los orientales separados objetan que entonces se pone dos principios distintos, el Padre y el Hijo, para la misma cosa, para comunicar al Espíritu Santo la plenitud del Ser. Eso, por un lado, afecta, dicen, la Monarquía del Padre, y por otro lado, se podría pensar, es imposible, porque si el Padre comunica al Espíritu Santo la plenitud del ser, ya no queda otra plenitud del ser distinta para que el Hijo también se la comunique al Espíritu Santo.
Pero aquí justamente se ve el maravilloso acierto de la teología trinitaria occidental: entre el Padre y el Hijo, en lo que tiene que ver con comunicar al Espíritu Santo la única Naturaleza divina y con ella la plenitud del ser, no hay oposición relativa. Se oponen solamente en ser uno Padre y el otro Hijo, y ahí se distinguen realmente. En todo lo demás son absolutamente Uno (“Yo y el Padre somos Uno”), de modo que el Espíritu Santo procede de ellos como de un solo principio y recibe de ellos una sola comunicación de la Naturaleza divina, y con ella, de la plenitud del ser.
¿Y qué pasa entonces con la Monarquía del Padre? Sólo pasa que hay que entenderla rectamente, y que consiste en esto: en que el Hijo recibe del Padre, junto con la Naturaleza divina, el poder de “espirar activamente” (otro término que tuvieron que inventar los teólogos), como un solo principio con el Padre, al Espíritu Santo.
Ése es el sentido correcto de la fórmula que dice que el Espíritu Santo procede “del Padre por el Hijo”. El Padre es la única fuente última del Espíritu Santo, pero no porque el Hijo no sea fuente de la totalidad de lo que el Espíritu Santo es, sino porque eso mismo el Hijo lo recibe del Padre.
De modo que el Espíritu Santo procede del Padre, finalmente, de dos maneras distintas: directamente, y por medio del Hijo.
Porque tampoco se trata de que el Padre “haya confiado” al Hijo en exclusiva la capacidad de “espirar” al Espíritu Santo, sino que el Espíritu Santo procede de ambos, el Padre y el Hijo, como de un solo principio, con la diferencia de que el Padre no ha recibido de nadie el ser principio del Espíritu Santo, mientras que el Hijo recibe eso mismo del Padre.
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En definitiva, está en juego también aquí la belleza del Orden trinitario: la única Esencia divina subsiste en el Padre sin haber sido comunicada por nadie, es comunicada por el Padre al Hijo, y es comunicada por el Padre y el Hijo al Espíritu Santo.
Al comunicarle al Hijo la Naturaleza divina, el Padre le comunica todo, menos el ser Padre. Pero el Padre no “espira” al Espíritu Santo por ser Padre. Por tanto, esa capacidad de espirar al Espíritu Santo también se la comunica al Hijo.
Bajo ese aspecto, el Hijo tiene la misma capacidad de espirar al Espíritu Santo que el Padre, pero la tiene recibida del Padre, mientras que el Padre no la recibe de nadie. En eso consiste a la vez la “Monarquía” del Padre y la Igualdad entre el Padre y el Hijo en tanto que un solo principio del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo, por su parte, no es inferior al Padre o al Hijo, como el mismo Hijo no es tampoco inferior al Padre, porque en los tres casos se trata de la misma y única Naturaleza o Esencia divina Perfectísima que es recibida de otra Persona o no, comunicada a otra Persona o no.
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A una conclusión semejante llegamos considerando el tema de las misiones divinas. En la Escritura consta que el Padre envía al Hijo (de ahí viene “misión”, del verbo latino “mittere”, enviar) y que el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo (“Yo les enviaré otro Paráclito”, “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre”).
Ahora bien ¿cómo entender la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo? Obviamente, no consiste en un desplazamiento local.
Santo Tomás enseña que la misión de las Personas divinas incluye el hecho de que comienzan a estar presentes de un modo nuevo en la creatura racional, a saber, por la gracia.
Puede ser una misión visible, como en la Encarnación del Verbo, o una misión invisible, como en el envío del Espíritu Santo a las almas.
El estar de un modo nuevo, por la gracia, en la creatura racional le corresponde también al Padre, pero el Padre no es enviado. Y es que la misión divina incluye otro elemento más, que dice relación a la Persona que envía. ¿Cuál es esta relación de la Persona enviada con la Persona o Personas que envía o envían? ¿Y cuál otra va a ser, sino la misma relación de origen que constituye a la Persona enviada como tal Persona divina?
Por eso al Padre no lo envía nadie, porque el Padre no procede de nadie.
Así lo explica Santo Tomás en Ia., q. 43, a. 1, c.:
“En el concepto de misión, están implícitos dos aspectos: uno es la relación del enviado con quien le envía; otro, la relación del enviado con aquello a lo que es enviado. El hecho de que alguien sea enviado pone al descubierto que el enviado procede de alguna manera de quien le envía. Bien a modo de orden, como el señor envía al siervo. Bien a modo de consejo, como el consejero envía al rey a la guerra, si puede decirse así. O a modo de origen, como cuando decimos que el árbol emite (envía) la flor. También se pone al descubierto una relación con respecto a aquello adonde se envía, bien porque antes nunca hubiera estado allí, bien porque empieza a estar de un modo distinto a como estuvo antes.
Así, pues, la misión le puede corresponder a una persona divina en cuanto que implica relación de origen con quien le envía, y, también, porque implica un nuevo modo de estar en alguien. Así se dice que el Hijo ha sido enviado al mundo por el Padre (Jn 10,36), en el sentido en que empezó a estar en el mundo de una forma visible por la carne que tomó. Sin embargo, existía ya antes en el mundo, como se dice en Jn 1,10.”
Las misiones divinas, entonces, no son algo que se agregue en Dios a la Esencia divina y a las Relaciones divinas subsistentes. Es decir, no implican cambio alguno en Dios. Sí implican una novedad y un cambio, pero solamente en las creaturas racionales, en las que Dios comienza, por las misiones divinas, a estar presente de un modo en que el antes no estaba.
A diferencia de las procesiones divinas intratrinitarias, que son necesarias, las misiones divinas son libres, dependen de la libre Voluntad divina, pero eso se verifica solamente gracias al nuevo modo de estar presente Dios en las creaturas racionales por la gracia, que es un efecto contingente, que puede darse o no, y que si se da, es por la libre elección de la Voluntad divina.
Ese acto libre de la Voluntad divina, por su parte, es, como todo acto libre divino, realmente idéntico a la Esencia divina inmutable y necesaria, y es contingente y libre mirando a su término creado, que lo especifica, y que es contingente, y que en este caso es esa transformación sobrenatural, por la gracia, de la creatura racional, por la cual se hace presente en ella, de modo nuevo, la Trinidad, en tanto que por esa gracia la creatura racional es capaz de conocer y amar a Dios “al modo divino”, en eso consiste la inhabitación trinitaria.
Pues bien, si las misiones divinas implican origen de la Persona enviada respecto de la Persona que envía, y el Hijo, como consta por la Escritura, envía al Espíritu Santo, entonces es que el Espíritu Santo procede del Hijo.
Una de las objeciones de los orientales separados es que los “latinos” (es decir, los católicos) confundimos la misión del Espíritu Santo por parte del Hijo, que es “ad extra”, con el origen intratrinitario del Espíritu Santo a partir del Hijo, que es “ad intra”.
Pero como acabamos de ver, no es que las confundamos, es que la única forma de entender las misiones divinas es uniendo las relaciones de origen intratrinitarias con el nuevo modo de estar presentes las Personas divinas en las creaturas racionales por la gracia.
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¿Qué pasa entonces con el ecumenismo?
El ser humano tiene una debilidad muy grande, y es que, como somos seres temporales, razonamos, y el razonamiento consiste en tres pasos (premisa mayor, premisa menor, conclusión) temporalmente sucesivos. Además, en la mayoría de los temas no alcanza con un solo silogismo, sino que hay que encadenar varios, como hemos venido haciendo en este mismo texto.
La conclusión de ello es que podemos fácilmente olvidar el punto de partida del razonamiento cuando llegamos a su conclusión, y entonces, puede pasar que haya habido un error a lo largo del razonamiento, que hayamos llegado por tanto a una conclusión falsa, y que no nos demos cuenta de que esa conclusión contradice el punto de partida del razonamiento.
Veamos si algo así ha sucedido en el tema del ecumenismo. El punto de partida es el escándalo de la división entre las distintas confesiones cristianas y el deseo de lograr la unidad de los cristianos.
Pero este punto de partida hay que entenderlo bien. La unidad entre los cristianos sólo puede ser la unidad en la fe, y eso quiere decir, la unidad en el dogma de fe.
Porque ésa es la unidad entre los cristianos: la unidad en la fe, y por tanto, en el dogma de fe. No en si somos todos del mismo partido político o somos partidarios del mismo cuadro de fútbol, etc.
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Pero entonces podemos y debemos calcular cuáles son las formas posibles de alcanzar la unidad en la fe y en el dogma entre los cristianos actuales, dadas las distintas confesiones cristianas existentes hoy día, al menos tomando en cuenta las grandes confesiones.
Frente a esto, a veces se dice en ambientes “ecuménicos” que no debemos prejuzgar los caminos del Espíritu Santo.
Pero la Omnipotencia divina, como enseña Santo Tomás de Aquino, es la capacidad de hacer todo aquello que no implica contradicción.
Es decir, cae fuera de la misma Omnipotencia divina saltarse las leyes de la lógica, porque ello implicaría contradicción.
Y la lógica dice que hay solamente cuatro formas posibles de alcanzar la unidad doctrinal entre los integrantes de las grandes confesiones cristianas existentes hoy día en el mundo: o se hacen todos católicos, o se hacen todos protestantes, o se hacen todos “ortodoxos”, o se hacen todos X, siendo X la religión que más le guste al lector, existente o todavía por inventar, distinta tanto del catolicismo, como del protestantismo, como de la “ortodoxia”.
La quinta posibilidad, que el Card. Koch menciona también en esa nota, es que en realidad no se busque la unidad dogmática entre los cristianos y todo se reduzca a quedarnos como estamos y sonreírnos mucho unos a otros.
Curioso, ¿no? que tanto aspaviento “ecuménico” venga a dar en algunos casos en esto. Partimos de buscar a toda costa la unidad entre los cristianos, para llegar a la conclusión de que no tiene por qué haberla.
Y eso es todo. Es claro que sólo una de esas “cinco vías” es católicamente aceptable, y es la primera: se hacen católicos todos, lo cual quiere decir que todos aceptan la totalidad de los dogmas que profesa la Iglesia Católica.
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Soy de la opinión de que no todos los “ecumenistas” católicos tienen claras estas verdades absolutamente básicas y fundamentales. Y que por eso mismo, el ecumenismo, no en sí mismo ni en su forma católica de entenderlo, pero sí tal como se lo ha practicado en una gran cantidad de casos, ha sido una de las principales raíces de la catástrofe posterior al Concilio Vaticano II, en la cual seguimos obviamente inmersos.
Porque muchos “ecumenistas” se han dedicado a hacer borrosos los contornos de la doctrina católica, para lograr el “acuerdo” con los protestantes o con los “ortodoxos”. Así tuvimos, por ejemplo, y por nombrar algo, nada más, la “transignificación” eucarística queriendo suplantar a la transustanciación, el cuestionamiento al primado de jurisdicción del Papa, o a la infalibilidad del Papa, el minimalismo mariológico cuya última expresión resonante ha sido “Mater populi fidelis”, etc.
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En definitiva, parece claro que en la práctica al menos, ha habido en esto del ecumenismo mucho voluntarismo moralista.
El moralismo es el error que pone el Bien por encima de la Verdad.
El voluntarismo es el error que pone a la voluntad por encima del ser.
Obviamente, están relacionados, porque la verdad es, justamente, la adecuación entre la inteligencia y el ser, y el bien es el objeto de la voluntad.
En la práctica, entonces, el moralista-voluntarista tratará de hacer algo que él ve como bueno, sin importarle en definitiva ni la realidad ni la verdad.
Y justamente, ante el mal claro, evidente y doloroso que es la existencia de cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia de Cristo, que es la Iglesia Católica, muchos han concebido un deseo muy grande del bien contrario, a saber, la unidad de los cristianos.
Pero en el camino, a algunos “ecumenistas” católicos parece que se les ha olvidado el punto de partida del razonamiento, que sólo puede ser buscar la unidad en la fe católica. Y entonces ahora están, o bien buscando una unidad doctrinal que no es católica (¿?) o bien buscando una unidad que no es doctrinal, sino solamente de “trabajar juntos” y de buenas maneras.
Y si pensamos que esa gran bolsa de nada ha sido una de las principales fuentes de los problemas post-conciliares…
32 comentarios
El CVII quizás no es culpable de todo, sino su famoso "espíritu", que no es el Espíritu Santo, claro, y los que lo impulsaron e impulsan aún hoy, a pesar de los desastrosos resultados de su aplicación.
¡Que el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, nos ilumine a todos!
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En efecto, el Concilio no dijo nada en contra del "Filioque", ni tampoco dijo que el ecumenismo consistía en diluir la doctrina católica.
Saludos cordiales.
Según la escuela franciscana el filioque no es necesario para que el Hijo y el Espíritu Santo sean realmente distintos, porque para ello basta que las acciones de generación y de espiración y los pares respectivos de relaciones consecuentes (Paternidad-Filiación y Espiración Activa-Espiración Pasiva) sean realmente distintos, como es el caso.
O sea, basta que el Hijo sea Filiación Subsistente y el Espiritu Santo sea Espiración Pasiva Subsistente para que sean realmente distintos entre sí.
La mejor referencia académica sobre este tema es el profesor Russell Friedman de la Univ. de Lovaina. Sus principales trabajos sobre el tema son:
Russell L. Friedman, "Medieval Trinitarian Thought from Aquinas to Ockham", Cambridge University Press, 2010.
books.google.com/books?id=Ss_YxGO3rssC
Russell L. Friedman, "Medieval trinitarian theology from the late 13th to the 15th centuries", chapter 14 in Gilles Emery, O.P. and Matthew Levering (ed.), "The Oxford Handbook of the Trinity", Oxford University Press, 2011.
books.google.com/books?id=3Zfs39-Ux7EC
Russell L. Friedman, "Intellectual Traditions at the Medieval University: The Use of Philosophical Psychology in Trinitarian Theology among the Franciscans and Dominicans, 1250-1350", Brill, 2012.
books.google.com/books?id=YhrBIzyHWmUC
books.google.com/books?id=uRkyAQAAQBAJ
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El problema, justamente, es que para que las acciones de generación y espiración, lo que Santo Tomás llama los “actos nocionales”, sean realmente distintos entre sí, las relaciones, o sea, las Personas, tienen que ser realmente distintas entre sí.
De modo que si se dice que las Personas son distintas porque los actos nocionales son distintos, se razona en círculo, y si se dice que son distintas porque las relaciones son distintas, las relaciones son las Personas, así que se enuncia una tautología.
¿Porqué? Porque los “actos nocionales” se identifican realmente con las relaciones, y por tanto, con las Personas. De modo que decir que las Personas son distintas porque los actos nocionales son distintos, es como decir que algo es blanco porque es blanco.
Esa identidad entre los actos nocionales y las Personas divinas viene exigida por la Unidad y Simplicidad de Dios. La única distinción real que hay en Dios es entre las Personas divinas. Por tanto, si hay distinción real entre los actos nocionales, por ejemplo, entre la generación y la espiración, es porque los actos nocionales se identifican con las Personas: la generación, activamente tomada, es el Padre, la espiración, activamente tomada, es el Padre y el Hijo actuando como un solo principio, y pasivamente tomada, es el Espíritu Santo.
Dice Santo Tomás en Ia. q. 41, a. 1, ad 2um:
“Los actos nocionales se distinguen de las relaciones sólo por su modo de significación. Pero en realidad son idénticas totalmente. Por eso, el Maestro, en I Sent. d.26, dice que la generación y el nacimiento, entre otros nombres, se llaman paternidad y filiación. Para demostrarlo, hay que tener presente que lo primero por lo que se puede aventurar que una cosa procede de otra, es el movimiento, pues desde el momento en que la disposición de un ser se cambia por el movimiento, es evidente que se da alguna causa. De este modo la acción, en su acepción primitiva, implica origen del movimiento. Por eso, así como el movimiento, en cuanto recibido por virtud de alguien, se llama pasión, así también el origen del movimiento, en cuanto que empieza en algo y termina en aquello que se mueve, se llama acción. Así, pues, si prescindimos del movimiento, la acción no expresa más que el orden o relación de origen en cuanto que de una causa o principio proviene algo. Puesto que en Dios no hay movimiento, la acción personal del que produce una persona, no es más que la relación del principio con la persona que procede del principio. Esto es exactamente lo que expresan las relaciones o nociones. Pero como quiera que de Dios y de los seres inteligibles no podemos hablar más que según lo hacemos de lo sensible, pues de lo sensible tomamos nuestros conocimientos, y en las acciones y pasiones, que implican movimiento, son distintas en las relaciones que surgen de ellas, fue necesario expresar las relaciones de modo independiente al de las personas. Por una parte, como actos. Por otra, como relaciones. Y así resulta evidente que realmente son idénticas y que sólo se diferencian por el modo de expresarlas.”
Hablando a lo criollo, gracias que podamos encontrar en Dios una distinción real que no compromete la Unidad absoluta de la Esencia divina, que es la distinción que depende de la oposición de relaciones. Cualquier otra distinción real en Dios, entonces, va a tener que ser esa misma distinción, y no otra.
Pero entonces, como dije, decir que las Personas se distinguen porque lo actos nocionales se distinguen, es lo mismo que decir que las Personas se distinguen porque las Personas se distinguen.
Si la generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo se distinguen realmente, es porque tienen entre sí oposición relativa, y entonces, es porque el Hijo y el Espíritu Santo, que, respectivamente, se identifican realmente con ellas, tienen entre sí oposición relativa, lo cual sólo puede suceder, como dice Santo Tomás, o porque el Hijo procede del Espíritu Santo, cosa absurda, o porque el Espíritu Santo procede del Hijo, que es lo que dice el “Filioque”.
Y nótese que esto casa perfectamente con lo que dicen dos Concilios Ecuménicos: en Dios todo es uno, excepto donde hay oposición de relaciones.
Saludos cordiales.
Incluso a una mujer tan sencilla le costaría aceptar que el Espíritu Santo no procede del Padre y del Hijo porque los católicos siempre lo hemos entendido así y cambiar la partícula del filioque nos rechina, como la tiza sobre la pizarra cuando las uñas del profesor raspaban el tablero. Se piensa con mucha facilidad que el pueblo llano no se entera o que tiene una deficiente formación, pero mi madre, simple ama de casa, parecía conocer muy bien la doctrina de la Iglesia sobre la Santísima Trinidad y no será la única, supongo.
No es cuestión baladí, Excelentísimo Archimandrita de Constantinopla (no sé exactamente cuál es el título de un archimandrita y soy consciente de que es inferior al del Patriarca, pero me encanta esa palabra y, si viene a cuento, voy y la digo)
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Justamente, es necesaria la precisión dogmática para preservar nuestra adhesión al misterio revelado, que nuestra mente vagarosa siempre está dispuesta a cambiar por algo distinto.
saludos cordiales.
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Cierto, gracias y saludos cordiales.
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Gracias y saludos cordiales.
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Llegó ha haber, allá por el siglo XIII, creo, algún "ortodoxo" que leía mucho a Santo Tomás, y que lo admiraba en todo, menos, justamente, en lo relativo al "Filioque" y algunas otras cosas, y capaz que algunos seguidores tuvo, también. Pero la corriente principal, obviamente, lo rechaza.
Saludos cordiales.
A lo mejor ya olvidaron quienes fueron los 12 elegidos por Jesucristo. Todos judíos . Pero muy diferentes. Ecumenismo salvaje. Ciertamente seguido de transformación salvaje. Ninguno de ellos siguió siendo el mismo. Pero con su elección se mostraba el modo de obrar de Dios. Entre sus discípulos no visibles hubo incluso algún fariseo. De hecho los fariseos estuvieron también visibles en su elección póstuma, Saulo posteriormente el gran S.Pablo. Impresionante.
El Bien por encima de la Verdad es absurdo. Porque Dios es tanto la Verdad como el Bien.
Cuando estén perseguidos. Realmente perseguidos. No solo un poco molestos. Sabrán lo que significa la necesidad de colaborar. Y eso pueda llevar finalmente, si Dios así lo suscita, a una verdadera unión. No hay ningún moralismo en eso. Un simple y sincero anclaje en Cristo, nuestro Redentor. Un no soltarse de Dios. Los perseguidores no les van a preguntar cuestiones teológicas y a separar en grupitos según sus respuestas. Les van a exigir de un modo u otro apostasía. Sí se niegan y aceptan el martirio o la persecución, estarán en el mismo grupo, les guste o no.
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Por más persecución que haya, la unidad entre los cristianos sólo va a ser la unidad en la fe y en el dogma, o no va a ser, fuera de la unidad imperfecta y relativa que ya tenemos por el hecho de que el bautismo puede ser administrado válidamente fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica, que si fuese solamente por esa unidad, no hacía falta tampoco ecumenismo alguno.
La sola necesidad de colaborar no lleva a ninguna verdadera unión, que es la unión en el dogma, y que no se sigue necesariamente de la necesidad de colaborar o de la colaboración. Para apagar un incendio juntos no hace falta rezar el mismo Credo, pero por eso mismo, apagar incendios juntos, por sí solo, no produce unidad en la fe.
A los discípulos el Señor los eligió para formar una sola Iglesia, y no va a elegir a los católicos, protestantes y ortodoxos para fundar la Nueva Iglesia Pancristiana.
Justamente, eso es el moralismo, poner las exigencias de lo que se entiende que es el bien por encima de las exigencias de la verdad y de la realidad.
Saludos cordiales.
Santo Tomás sostiene que la personalidad se da en Dios a partir de que la misma es una perfección en S. Th., I, q. 29, a. 3.
Ahora bien, las Personas divinas no dicen perfección (ni imperfección) en sí, en cuanto que si la implicaran, una Persona carecería de la perfección de otra, pues se distinguen realmente entre ellas. (Lo mismo ocurre con los actos libres de Dios: Dios no es mejor o más perfecto por tener el acto libre de crear que por no tenerlo).
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En Dios las Personas son las Relaciones, pero las relaciones divinas se distinguen realmente sólo entre sí y si son opuestas, mientras que no se distinguen realmente de la Esencia divina.
La persona, por su parte, es lo más perfecto en el ser, por su naturaleza racional, que incluye la inteligencia y la voluntad.
Por tanto, las relaciones divinas no son lo más perfecto por ser relaciones, sino por su identidad real con la Esencia divina absoluta, y por lo mismo. con la Inteligencia y la Voluntad divinas.
Y entonces, lo que la Paternidad, por ejemplo, tiene de perfección especial, lo tiene en tanto que la Esencia divina Perfectísima es realmente idéntica a ella, siendo así que ella se distingue realmente de las otras dos Relaciones divinas a las que se opone.
No es, entonces, que lo que distingue a las Personas sea lo que las hace perfectas, sino que es lo que hace que le corresponda a cada una de ellas, de un modo específico, la única Perfección divina: al Padre, como Perfección no originada y originante de las otras dos Personas, al Hijo, como Perfección originada del Padre, y originante del Espíritu Santo, al Espíritu Santo, como Perfección originada del Padre y del Hijo, y que no origina a otra Persona.
Saludos cordiales.
Gracias de nuevo y buen tiempo de adviento.
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Gracias a Ud. e igualmente.
Saludos cordiales.
En referencia a la Transubstanciación Eucarística, la Encíclica “Mysterium fidei”, punto 6, afirma: “…bajo ellas (las especies) Cristo todo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, pero no a la manera que los cuerpos están en un lugar”.
Dicha cita, es coherente con la afirmación de que en la Eucaristía, está Cristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad pero, a la vez, necesita salvar el punto de que el Cuerpo de Cristo no ha dejado de ocupar su lugar en el Cielo.
El problema es que, entonces, se cae en una contradicción, porque cómo puede un cuerpo estar físicamente en un sitio y, sin embargo, no ocupar un lugar?
Se dice, como solución, que el cuerpo de Cristo, si bien no deja el Cielo, se hace presente, en la Eucaristía, por concomitancia o por modo Sacramental. Tal sutileza no resuelve nada, porque el cuerpo de Cristo, o está o no está.
De hecho, entre muchos autores que he leído, sobre esta cuestión, hay uno, que ahora no recuerdo, que señala este, como el punto flaco de la Doctrina de la Transubstanciación, algo así como un cabo suelto que no ha encontrado su punto de conexión.
Cuando lo tenga a bien y lo considere pertinente, favor exponer, con su especial pedagogía, la doctrina de la Transubstanciación Eucarística (si ya lo ha hecho, favor indicarme la referencia). Muchas gracias.
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Para responder a esto conviene empezar distinguiendo entre la sustancia y los accidentes. La sustancia es aquello a lo que le compete existir en sí, los accidentes son aquello a lo que le compete existir en otro, a saber, en definitiva, en la sustancia. En un trozo de pan, por ejemplo, la sustancia es aquello que hace, justamente, que sea pan, los accidentes son, por ejemplo, la figura, el color, el tamaño, el peso, el sabor, etc.
Entre la sustancia y los accidentes hay distinción real, de modo que es posible, al menos sobrenaturalmente, que exista la sustancia sin los accidentes o los accidentes sin la sustancia, de hecho, esto último es precisamente lo que sucede en la Eucaristía por la transustanciación.
Aristóteles da una lista de nueve accidentes de la sustancia corpórea, entre ellos la acción, la pasión, la relación, la cualidad, la cantidad y el lugar.
El lugar se define como el “límite inmediato del continente”. Un cuerpo en una habitación está contenido por el aire, donde termina el aire y comienza el cuerpo, ése es el lugar que el cuerpo ocupa.
La cantidad es un accidente de la sustancia corpórea, contra Descartes, que identifica ambas cosas. Por ejemplo, la cantidad puede cambiar y la sustancia permanecer: un litro de agua es tan agua como una tonelada de agua. La cantidad tiene una propiedad que es la extensión, que consiste en tener “partes fuera de las partes”, por ejemplo, un pizarrón es extenso porque las partes del pizarrón están fuera unas de otras.
La presencia local consiste en que las partes extensas del cuerpo se conmensuran con las partes del continente, por ejemplo, del aire, o del agua, si está practicando buceo.
Dice Santo Tomás en IIIa., q. 76, a. 1, co., donde pregunta si está contenido Cristo todo entero en el Sacramento de la Eucaristía:
“Es necesario confesar según la fe católica que Cristo está por entero en este sacramento. Ha de tenerse en cuenta, sin embargo, que cada una de las partes de Cristo se encuentra en este sacramento de dos maneras: una, por la propia virtud del sacramento; otra, por la natural concomitancia. En virtud del sacramento, está bajo las especies de este sacramento aquello en lo que se convierte la preexistente sustancia del pan y del vino, tal y como queda significado en las palabras de la forma, que aquí, como en los otros sacramentos, son eficaces, como cuando se dice: Esto es mi cuerpo, Esta es mi sangre. Por natural concomitancia, sin embargo, está en este sacramento aquello que realmente está unido a lo que es punto de llegada en la conversión. Porque cuando dos cosas están realmente unidas, donde está una realmente, ha de estar la otra también. Solamente el pensamiento puede separar las cosas que realmente están unidas.”
En la respuesta a la tercera objeción, dice:
“Como se ha dicho ya, después de la conversión del pan en el cuerpo de Cristo, y del vino en su sangre, los accidentes de ambos permanecen. De donde se deduce que las dimensiones del pan y del vino no se convierten en las dimensiones del cuerpo de Cristo, sino la sustancia en la sustancia. Y así, la sustancia del cuerpo de Cristo o de su sangre está en este sacramento en virtud del sacramento, pero no las dimensiones del cuerpo y de la sangre de Cristo. Por consiguiente, el cuerpo de Cristo está en el sacramento a modo de sustancia y no a modo de cantidad. Ahora bien, la totalidad propia de la sustancia se contiene indiferentemente en una cantidad grande o pequeña, como toda la naturaleza del aire se contiene en un volumen grande o pequeño de aire, y como toda la naturaleza humana se contiene en un hombre grande o pequeño. Luego también toda la sustancia del cuerpo de Cristo y de su sangre se contiene en este sacramento después de la consagración, de la misma manera que antes de la consagración se contenía a la sustancia del pan y del vino.”
Luego, en el art. 3, pregunta si está contenido Cristo todo entero bajo cada parte de las especies del pan y del vino. Responde:
“Como hemos dicho ya, puesto que en este sacramento la sustancia del cuerpo de Cristo se hace presente en virtud del sacramento, y su cantidad dimensiva, por real concomitancia, el cuerpo de Cristo está en este sacramento a modo de sustancia, esto es, como está la sustancia presente bajo las propias dimensiones, y no según sus dimensiones, o sea, no como está la cantidad dimensiva de un cuerpo en la cantidad dimensiva de un lugar. Ahora bien, está claro que la naturaleza de la sustancia está toda ella en cada parte de las dimensiones que la contienen, como en cada una de las partes del aire está toda la naturaleza del aire, y en cada una de las partes del pan está toda la naturaleza del pan. Y esto vale para el caso en que las dimensiones están, de hecho, divididas, como cuando se divide el aire, o se corta el pan, y también para el caso en que las dimensiones no están divididas y sean divisibles en potencia. Está claro, por tanto, que Cristo está presente por entero bajo cada parte de las especies del pan, aunque la hostia no se parta, y no sólo cuando se parte, como dicen algunos, ilustrando su opinión con el ejemplo de la imagen que aparece en el espejo, que es una si el espejo está entero, mientras que si el espejo está roto aparecen tantas imágenes cuantos son los trozos del espejo. Pero la comparación no vale. Porque la multiplicación de las imágenes en el espejo roto depende de las diversas refracciones a las distintas partes del espejo, mientras que aquí no hay más que una consagración por la que el cuerpo de Cristo está presente en el sacramento.”
Luego, en el art. 4, pregunta si está contenida en este Sacramento la cantidad dimensiva del Cuerpo de Cristo. Responde:
“Como se ha dicho ya, cada una de las partes de Cristo está en este sacramento de dos modos: uno, en virtud del sacramento; otro, por natural concomitancia. En virtud del sacramento, no se encuentra, ciertamente, en este sacramento la cantidad dimensiva del cuerpo de Cristo. Porque en virtud del sacramento se encuentra en él lo que directamente es el punto de llegada de la conversión. Ahora bien, la conversión que tiene lugar en este sacramento tiene como punto de llegada directamente la sustancia del cuerpo de Cristo, y no sus dimensiones. Lo cual se demuestra por el hecho de que la cantidad dimensiva permanece después de la consagración, cambiándose solamente la sustancia. Con todo, puesto que la sustancia del cuerpo de Cristo no queda despojada realmente de su cantidad dimensiva ni de los otros accidentes, por real concomitancia está en este sacramento toda la cantidad dimensiva del cuerpo de Cristo y todos los demás accidentes.”
Y en la respuesta a la primera objeción, dice:
“El modo de existir de una cosa se determina por lo que en ella son factores esenciales, y no meramente accidentales. Un cuerpo, por ejemplo, está presente en la retina por su blancura, pero no por su dulzura, aunque acontezca que el cuerpo es blanco y dulce. Esto quiere decir que la dulzura está en la retina a modo de blancura, y no en cuanto dulce. Pues bien, puesto que en virtud del sacramento está presente en el altar la sustancia del cuerpo de Cristo, y su cantidad dimensiva está presente por real concomitancia y como accidentalmente, esta cantidad dimensiva del cuerpo de Cristo está en este sacramento no según el modo que corresponde a la cantidad: a saber, toda en el todo y cada parte en cada parte, sino que está allí a modo de sustancia, a cuya naturaleza corresponde el estar toda en el todo, y toda en cada parte.”
Finalmente, en el art. 5 pregunta Santo Tomás si el Cuerpo de Cristo está contenido localmente en el Sacramento del altar. Responde:
“Como se ha dicho ya, el cuerpo de Cristo no está en este sacramento según el modo propio de la cantidad dimensiva, sino más bien a modo de sustancia. Ahora bien, todo cuerpo localizado está en el lugar según el modo de la cantidad dimensiva, o sea, conmensurando con ese lugar su propia cantidad dimensiva. De donde se deduce que el cuerpo de Cristo no está en este sacramento localmente, sino a modo de sustancia, o sea, del mismo modo que la sustancia está contenida por sus propias dimensiones. Porque en este sacramento la sustancia del cuerpo de Cristo sucede a la sustancia del pan. Luego, de la misma manera que la sustancia del pan no estaba bajo sus dimensiones localmente, así la sustancia del cuerpo de Cristo tampoco lo está. Sin embargo, la sustancia del cuerpo de Cristo no es el sujeto de esas dimensiones como lo era la sustancia del pan. Y, por eso, el pan, por razón de sus dimensiones, estaba allí localmente, porque se relacionaba con el lugar a través de sus propias dimensiones. Pero la sustancia de Cristo se relaciona con ese lugar a través de dimensiones ajenas, de tal manera que las dimensiones propias del cuerpo de Cristo se relacionan con ese lugar a través de la sustancia. Lo cual es contrario a la naturaleza de un cuerpo localizado. Luego de ningún modo el cuerpo de Cristo está en el sacramento localmente.”
De esto se sigue que Cristo está localmente presente sólo en el Cielo. En el Sacramento del altar no está presente localmente, porque si bien conserva sus dimensiones físicas, éstas están allí solamente por concomitancia con la sustancia del Cuerpo de Cristo.
El razonamiento de Santo Tomás es éste: Todo cuerpo localizado está en el lugar según el modo propio de la cantidad dimensiva, que es conmensurando sus partes extensas con las partes extensas del continente. Es evidente que el Cuerpo de Cristo no está de ese modo en la Eucaristía. Luego, el Cuerpo de Cristo no está localmente en la Eucaristía.
¿Cómo es ello posible? Porque el modo de existir de una cosa se determina por lo que en ella son factores esenciales, y no meramente accidentales. Pero la cantidad dimensiva de Cristo está accidentalmente en la Eucaristía, porque lo esencial en la Eucaristía es la presencia de la sustancia del cuerpo de Cristo, que es el término de la transustanciación, y la sustancia es realmente distinta de sus accidentes, entre los que se encuentra la cantidad, la cual, por tanto, está en el Sacramento sólo concomitantemente, es decir, porque en la realidad va unida a la sustancia. Por tanto, Cristo no está en la Eucaristía según el modo propio de la cantidad dimensiva, o sea, localmente, sino sustancialmente.
Es como si alguien se llevase un portafolio sin saber que contiene un millón de dólares, no se lo podría acusar de robar ese dinero, a pesar de que allí está el millón de dólares, porque eso, mirando a su acción e intención, es accidental. De modo análogo es accidental en la Eucaristía la presencia de la cantidad dimensiva del Cuerpo de Cristo, porque el término de la conversión eucarística es la sustancia de ese Cuerpo, no sus accidentes. Y entonces, así como el millón de dólares no hace ladrón al que se los lleva en esa circunstancia, así tampoco la cantidad dimensiva del Cuerpo de Cristo hace que Cristo esté localmente presente en la Eucaristía.
Saludos cordiales.
"Si la generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo se distinguen realmente, es porque tienen entre sí oposición relativa,"
... no es solo mío, sino también de S. Juan Pablo II en su catequesis del 20/11/1985 [1], en la que enseña que la generación y la espiración son realmente distintas porque la primera tiene lugar por vía intelectual (per modum intelligibilis actionis) y la segunda por vía volitiva (per modum amoris).
Garrigou-Lagrange en [2] (libro que aprovecho para preguntar a vos y a los otros lectores si saben si ha sido traducido al castellano) expresa el concepto de que la generación es por vía intelectual de una manera particularmente feliz para mi gusto: en la generación el Padre enuncia plenamente su autoconocimiento.
Por otro lado, que la espiración es per modum amoris lo dice directamente Jesús en el cierre de su Oración Sacerdotal (Jn 17,26):
«Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el Amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos.»
Es evidente que ese "Amor con que el Padre ha amado al Hijo", que el Hijo pide que nos inhabite junto con el Hijo mismo, es el Espíritu Santo.
[1] www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1985/documents/hf_jp-ii_aud_19851120.html
[2] Reginald Garrigou-Lagrange, O.P., "The Trinity and God the Creator: A Commentary on St. Thomas' Theological Summa, Ia, q. 27-119", translated by Frederic C. Eckhoff, B. Herder Book Co., 1952. Online y disponible para descarga en, respectivamente:
books.google.com/books?id=yGmkDAAAQBAJ
isidore.co/calibre/browse/book/3085
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Es que en esa catequesis, San Juan Pablo II no está diciendo que la Generación y la Espiración activa se distingan realmente entre sí. En Dios hay muchas distinciones que no son reales, sino de razón con fundamento “in re”, por ejemplo, entre la Inteligencia y la Voluntad, entre el Conocimiento y el Amor, de las Ideas divinas entre sí y respecto de la Esencia divina, etc.
Sí hay distinción real entre la Generación y la Espiración pasiva, porque la primera, si se toma en sentido activo, es el Padre, y si se toma en sentido pasivo, es el Hijo, y la segunda es el Espíritu Santo.
(Si no se quiere hablar de "generación activa" y "generación pasiva" se puede hablar de "generación" y "nacimiento", como hace aquí Santo Tomás: "Los actos nocionales se distinguen de las relaciones sólo por su modo de significación. Pero en realidad son idénticas totalmente. Por eso, el Maestro, en I Sent. d.26, dice que la generación y el nacimiento, entre otros nombres, se llaman paternidad y filiación." Ia., q. 41, a. 1, ad 2um)
O sea, en este caso la distinción es real porque hay oposición relativa.
Justamente, en medio de una discusión con ChatGTP sobre este punto, yo le objetaba este texto de Santo Tomás:
“Según los presupuestos establecidos, es necesario poner en Dios sólo tres personas. Quedó demostrado que varias personas son varias relaciones subsistentes, distintas realmente entre sí. La distinción real entre las relaciones divinas no existe más que en razón de la oposición relativa. (…) Por lo tanto, hay que concluir que la espiración le corresponde a la persona del Padre y a la persona del Hijo, por cuanto no mantiene ninguna oposición relativa ni a la paternidad ni a la filiación. (…) Aun cuando sean cuatro las relaciones en Dios, sin embargo una de ellas, la espiración, no se separa de la persona del Padre y de la del Hijo, sino que le corresponde a ambas.” (Ia., q. 30, a. 2, co. y ad 1um)
Y éste de Garrigou-Lagrange:
“Así son solamente tres Personas y no cuatro. La razón, por tanto, es siempre la misma: que en Dios todo es uno y lo mismo donde no obsta la oposición de relaciones, pero hay solamente tres relaciones opuestas entre sí, porque la Espiración Activa no se opone a la Paternidad ni a la Filiación. Además, por el mismo principio la Espiración Activa es una y la misma numéricamente en el Padre y el Hijo. Cfr. Ia., q.36, a. 3, ad 2um.” (De Deo Uno et Trino, p. 98)
Saludos cordiales.
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Exacto, y de hecho, en la práctica todos distinguimos la cuestión de si algo es de fe o no y la cuestión de si algo es verdad o no, y respecto de esto segundo, cuando pensamos que algo no es verdad argumentamos en contra de ello.
Saludos cordiales.
Saludos cordiales.
"In responsione ad tertium, nota duo. Primum est, quod tertium argumentum intendebat concludere non esse maiorem distinctionem inter has processiones, quam sit inter intellectum et voluntatem: et consequenter, sicut inter intellectum et voluntatem in Deo non est vera alietas, ita nec inter processiones. Responsio autem intendit ostendere quod distinctio inter processiones est maior: imo quod inter eas est alietas, stante identitate intellectus et voluntatis; et hoc propter ordinem originis inter eas; qui tamen oritur ex rationibus principiorum, scilicet intellectus et voluntatis, inter quae non est talis ordo. Ita quod est distinctio in principiatis, et non est in principiis; et ex ratione ipsorum principiorum est ordo originis, non in seipsis, sed in processionibus secundum ipsa. Et sic alietas processionum quaesita, in corpore articuli implicite tantum determinata, hic explicite manifestatur ex ordine originis".
(De los tratados latinos del P. Garrigou-Lagrange, que sepa, no hay ninguna traducción castellana completa, fuera de algún capítulo o parte).
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Texto tan importante éste de Cayetano que lo voy a traducir (en realidad, ChatGPT). Cierto, la aparición en castellano del texto de Garrigou-Lagrange se debe a mi intromisión traductiva :)
"En la respuesta al tercero, advierte dos cosas. La primera es que el tercer argumento pretendía concluir que no hay mayor distinción entre estas procesiones que la que hay entre el entendimiento y la voluntad; y, en consecuencia, que así como entre el entendimiento y la voluntad en Dios no hay verdadera alteridad, tampoco la hay entre las procesiones. La respuesta, en cambio, pretende mostrar que la distinción entre las procesiones es mayor; más aún, que entre ellas hay alteridad, permaneciendo la identidad del entendimiento y de la voluntad; y esto a causa del orden de origen que hay entre ellas, el cual, sin embargo, surge de las nociones de los principios, a saber, del entendimiento y de la voluntad, entre los cuales no existe tal orden. De este modo, hay distinción en lo principiado, y no en los principios; y a partir de la razón misma de los principios se da un orden de origen, no en ellos mismos, sino en las procesiones según ellos. Y así, la alteridad de las procesiones que se buscaba, determinada sólo implícitamente en el cuerpo del artículo, aquí se manifiesta explícitamente a partir del orden de origen."
Saludos cordiales.
Se agradece que hasta ahora este blogger haya permitido que se pidan aclaraciones al respecto y haya considerado pertinente que se aclare lo que es o no es de fe.
Por supuesto, si hay dos teorías contradictorias no pueden ser verdaderas las dos, lo que está por ver es cuál es la errónea y cada cual considerará verdadera la suya y errónea la del otro mientras no se demuestre lo contrario. Naturalmente cada cual podrá argumentar lo que quiera si le dejan.
Por tanto me parece perfecto que quien no sea molinista considere que esa teoría es errónea y viceversa. Sin embargo, nuestro comentarista añade que es impía, y ese juicio está tan prohibido como que un molinista diga que le parece impía la teoría bañeciana. Las acusaciones mutuas de herejía entre molinistas y bañecianos las prohibió el papa hace siglos, ¿O no?
Lo que sea erróneo es discutible y cada cual pensará que tiene razón él mismo, argumentaremos y quedaremos convencidos o no; pero sin declarar impío a nadie, cuando se carece de infalibilidad y autoridad magisterial para hacerlo.
Saludos cordiales
PS
El post me parece muy interesante y estoy de acuerdo con lo que se dice.
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El hecho es que Ud. tampoco ha dejado de expresarse en forma condenatoria respecto de la tesis tomista, llamada por Ud. "bañeciana" y asociada por Ud. al calvinismo, que es efectivamente una herejía.
Ha dicho por ejemplo que prefería no creer en Dios a creer en el Dios de los "bañecianos", lo cual obviamente implica que el "bañecianismo" es herejía, ya que no vamos a decir que la Iglesia predica un Dios en el que no se puede creer.
Saludos cordiales.
"...sicut graeci implicite negant trinitatem personarum, ita ecclesia de hoc eos implicite redarguit: cum eos redarguit de hoc quod spiritum sanctum negant procedere a filio" (In Sent., lib. I, dist. 11, a. 1, q. 2, ad 1: https://reader.lombardpress.org/text/kzz7yh/kzz7yh-a26723).
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Notable, gracias.
«…así como los griegos niegan implícitamente la Trinidad de las personas, así también la Iglesia los refuta implícitamente en esto: cuando los refuta por el hecho de que niegan que el Espíritu Santo proceda del Hijo».
Saludos cordiales.
Lo importante no es lo que nos importe o no sino como pugnetas podríamos averiguarlo.
Sencillamente no es posible, es pura especulación
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Eso es justamente lo que no es. La fe se basa en la Revelación divina. Todo lo que Dios dice es verdad. Y lo que se sigue necesariamente de lo que es verdad, también es verdad. Ahora bien, la Teología se ocupa justamente de aquello que se sigue necesariamente de las verdades de fe reveladas por Dios.
Saludos cordiales.
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Lo que pasa es que la Revelación divina se trasmite normalmente por el Magisterio ordinario del Papa y los Obispos. Los Concilios Ecuménicos se han reunido históricamente para hacer frente a problemas puntuales que han ido apareciendo, y a veces han formulado un Credo para responder a esos problemas.
Por eso, esos Credos han ido evolucionando a lo largo de la historia, no porque la Revelación o la fe vayan cambiando, sino porque se van explicitando cosas para ir haciendo frente a las nuevas situaciones, por ejemplo, las nuevas herejías.
En el Credo de Nicea de 325, por ejemplo, dice solamente:
"Y en el Espíritu Santo".
En el Concilio de Constantinopla de 381, para hacer frente a los que negaban la Divinidad del Espíritu Santo, se agregó:
"Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas."
Luego, en el III Concilio de Toledo de 589 se agregó el "Filioque":
"Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas."
Y en 1014 el Papa lo incorporó al Credo en Roma.
Saludos cordiales.
Es decir, las personas divinas no “son” primero y luego se “relacionan”. Al contrario, porque “son” se “relacionan” y porque se “relacionan” “son”. Tan profundamente une la “esencia” con la “relación” que si al Padre se le quitase la “paternidad” dejaría de “existir”. Lo mismo ocurre con el Hijo y el Espíritu Santo.
Cuando uno lee todo esto puede quedarse algo frío, pero si se da cuenta de que lo que se deduce de tal reflexión tomista es que Dios Padre no puede dejar jamás de ser Padre, entendido en un sentido absolutamente sustancial (con todo lo que ello implica para nuestra relación con Él) sentimos como hijos tal inmenso agradecimiento que es difícil expresarlo con palabras. Que ese Padre haya entregado al Hijo por nosotros, rompe definitivamente todos los esquemas.
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Muy cierto. Gracias y saludos cordiales.
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Buena pregunta. Lo mismo está sucediendo hoy día con la oleada de conversiones que se puede ver en Youtube.
Saludos cordiales.
Aprovecho el tema del post para preguntar sobre otro igual de interesante. Además de la cuestión del Filioque, he notado a numerosos apologistas orientales en internet afirmar que otra divergencia radical en las “iglesias” es respecto a la distinción entre la esencia y las energías divinas.
Estos se basan en los escritos de Gregorio Palamas, para el cual hay una distinción tocante a la esencia ("ousia") y las energías ("energeia") de Dios. La Esencia divina es simplísima, imparticipable, inefable e incognoscible. Las energías divinas, en cambio, son las manifestaciones y actividades cognoscibles y participables de Dios.
La cosa es que estos apologistas afirman que al tratar de la esencia y energías divinas estamos frente a una distinción real y no de razón. Es decir, las energías y la Esencia son realmente distintas entre sí, con independencia del ejercicio de la mente humana. Las energías son plenamente increadas, inseparables de la Esencia increada sin ser absolutamente idénticas a Ella. Y, sin embargo, ambas son divinas, son Dios.
A mi entender, lo anterior va en contra de la teoría escolástica de las distinciones. Respecto a la distinción real, esta es mayor o es menor. Pero no podemos caracterizar la distinción entre esencia y energías divinas como una real mayor, porque en tal caso caeríamos en un politeísmo. Y tampoco podríamos caracterizarla como una real menor, sin riesgo de introducir composición, y por ende contingencia, en Dios.
Sin embargo, estos apologistas insisten en que tal distinción debe tomarse por real. Pues en caso contrario, argumentan estos, lo Imparticipable e Incognoscible en Dios sería idéntico con aquello participable y cognoscible en Dios, haciendo de Dios incomunicable tanto para la razón como para la fe como para las criaturas.
¿Qué se le responde a esta doctrina oriental? ¿Será posible una distinción real que no implique ni separación ni composición?
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En primer lugar, así expresada esa teoría, no se entiende en ella nuestra participación en la Naturaleza divina por la gracia.
Porque si esas “energías” son iguales a Dios, sería la misma la imposibilidad para participar de ellas que para participar de Dios, y si son inferiores a Dios, entonces son algo creado y son infinitamente inferiores a Dios, como todo lo creado, y mediante ellas, entonces, no podemos participar de la Naturaleza divina.
En segundo lugar, Dios no es absolutamente incognoscible, porque se conoce perfectísimamente a Sí mismo, y conociéndose a Sí mismo conoce todo lo demás, que depende de Él actualmente o posiblemente.
Y todo conocimiento creado, que como toda perfección creada en general, es una participación en las perfecciones divinas, es a fin de cuentas una participación en el conocimiento divino.
La misma visión beatífica a la que aspiramos por la gracia de Dios es nada menos que una participación en el conocimiento y amor que Dios tiene de Sí mismo.
En realidad, lo único que es imparticipable en Dios es la misma “aseidad”, es decir, el existir por sí mismo, y todo lo que va necesariamente unido a ella, porque todo lo participado, por definición, existe por otro.
Santo Tomás enseña que en esta vida, como obtenemos nuestro conocimiento de las creaturas, no podemos conocer el modo propiamente divino de las perfecciones divinas, pero sí las perfecciones mismas que hay en Dios. Cuando decimos que Dios es Justo, estamos enunciando una verdad acerca de lo que Dios es en Sí mismo, pero el modo divino de la Justicia no podemos conocerlo en esta vida.
La clave no está por tanto en una distinción entre la Esencia divina y las “energías” divinas, sino en la distinción entre las perfecciones divinas que en esta vida sí podemos conocer, y el modo divino de esas perfecciones, que en esta vida no podemos conocer.
Así que no se trata de buscar algún tipo de distinción real en Dios, sino de rechazar el supuesto: en Dios no hay distinciones reales fuera de las que hay entre las Relaciones divinas de origen.
Saludos cordiales.
Si se entendiera que El Espíritu Santo tiene el mismo origen que el Padre y el Hijo, creo que todo quedaría resuelto y católicos ortodoxos estrían de acuerdo.
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Es que no es así. El Padre no tiene origen. Y el origen del Hijo y el Espíritu Santo es el mismo, en cuanto que ambos proceden del Padre, no es el mismo, en cuanto que el Hijo es engendrado, el Espíritu Santo no, y además, el Espíritu Santo procede del Hijo, el Hijo no.
Saludos cordiales.
Cito textualmente los pasajes relevantes entre ---
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procede "por vía de voluntad", "a modo de amor" (per modum amoris),
Esta espiración no es generación. Sólo el Verbo, el Hijo, "procede" del Padre por generación eterna. Dios, que eternamente se conoce a Sí mismo y en Sí mismo a todo, engendra el Verbo. En esta generación eterna, que tiene lugar por vía intelectual (per modum intelligibilis actionis).
---
El "procede" del segundo pasaje está en sentido generico, englobando ser engendrado y ser espirado.
La lectura directa del texto es que la generación y la espiración son realmente distintas entre si por sus vías o modos respectivos.
En línea con eso los teólogos franciscanos solían decir que hay una doble razón para la distinción entre el Hijo y el Espíritu Santo: 1) la distinción entre generación y espiración y 2) el hecho de que el Espíritu Santo procede también del Hijo, y que la primera razón es suficiente para aquella distinción (pp. 219-220 de la obra de Friedman citada al final de mi primer comentario).
Aclaro que la intención de mis comentarios fue solamente dejar constancia de la existencia de la escuela franciscana de teología trinitaria y de su ubicación dentro de la ortodoxia doctrinal católica. Obviamente sin cuestionar el principio de no contradicción.
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No necesariamente. No alcanza con que en Dios A no sea B para que en Dios A sea realmente distinto de B. La Inteligencia divina no es la Voluntad divina, y sin embargo, no son realmente distintas. Hablando del conocimiento y amor que son comunes a las tres Personas, el conocimiento divino procede de la Inteligencia divina, y no de la Voluntad divina, y sin embargo, no se distingue realmente del Amor divino, que procede de la Voluntad divina y no de la Inteligencia divina.
Por eso es importante en teología la distinción de razón con fundamento "in re", porque sin ser una distinción real, tampoco se trata de una mera distinción de razón sin fundamento alguno en la realidad de Dios, ya que entonces las mismas palabras "inteligencia, voluntad, conocimiento y amor" perderían todo significado al predicarse de Dios.
La Simplicidad divina excluye toda composición real, y por tanto, toda distinción real, en el plano de la Esencia divina. Por eso la única distinción real posible en Dios es la que se da en el plano de las Relaciones divinas, por la oposición entre ellas.
Saludos cordiales.
- niega la absoluta simplicidad divina,
- niega la absoluta libertad divina de crear o no crear, porque si en Dios hay un componente cuyo único fin es interactuar con las creaturas, entonces crear deja de ser opcional, y
- niega 1 Corintios 13,12 "entonces conoceré plenamente así como yo soy plenamente conocido", lo cual requiere contemplar la esencia divina.
Por otro lado nótese el paralelo entre la composicion divina ("Ousia" + "Energeia") del palamismo y la ("Ein Sof" + "Sefiirot") de la Cábala (Zohar). No digo esto para insinuar que el palamismo se basa en la Cábala sino que ambos surgieron de un neoplatonismo que permeaba el ambiente de esa época.
Finalmente noto que decir que Dios es Ousia + Energeia por un lado subvierte la noción de ousia que viene de on, ser, y significa lo que un ente es, y por otro ontifica la energía que es la capacidad de actuar, lo cual es un disparate filosófico.
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Cierto. Para mí el problema principal de esa teoría es que depende más de la imaginación que de la razón. Porque la alternativa lógica es inescapable: o las Energías igualan a Dios, y entonces, no resuelven el problema de cómo ver a Dios y cómo participar en su Naturaleza divina, o no, y entonces, están infinitamente por debajo de Dios, y tampoco resuelven ese problema.
Porque no hay tercera posibilidad entre Dios y las creaturas, entre el Ser Infinito y los entes finitos.
Saludos cordiales.
Estoy de acuerdo con la respuesta general.
No obstante, hay un argumento que estos mismos apologistas orientales han llegado a invocar una que otra vez el cual ha llamado mi atención como para compartirlo. Tal es por “colapso modal” y he logrado rescatar su secuencia silogística, que es la que sigue:
1) La esencia de Dios es absolutamente necesaria.
2) Todo lo que es idéntico a la esencia de Dios es absolutamente necesario.
3) Todas las acciones intencionales de Dios son idénticas entre sí, de modo que solo existe un acto divino.
4) El único acto divino de Dios es idéntico a su esencia.
5) Por lo tanto, el único acto divino de Dios es absolutamente necesario.
6) El acto intencional de Dios para crear el universo es idéntico al único acto divino de Dios.
7) Si el único acto divino de Dios es absolutamente necesario, entonces el acto intencional de Dios para crear el universo es absolutamente necesario.
8) Por lo tanto, el acto intencional de Dios para crear el universo es absolutamente necesario.
9) Por lo tanto, el universo existe por absoluta necesidad.
10) El universo no existe por absoluta necesidad.
11) 9) y 10) son contradictorias, de modo que necesariamente no pueden ser ambas verdaderas.
La idea detrás del razonamiento es que, si concedemos una identidad entre la Esencia de Dios y sus actividades participables, terminamos por eliminar la contingencia real del universo, y entonces tanto Dios como lo que no es Dios terminan siendo modalmente indistinguibles, lo cual es inadmisible pues solo Dios es el Ser Necesario.
De modo que (según esto), si queremos conservar la aseidad divina y la contingencia del mundo, entonces hay que aceptar una distinción entre la Esencia de Dios y sus actividades participables o, que vendría siendo lo mismo: aceptar la distinción real entre la esencia y energías divinas.
Saludos a ambos.
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Lo que pasa es que ahí se está cambiando un misterio por un absurdo. Es decir, es ciertamente misteriosa o mejor, trascendente, la modalidad propia de la Libertad divina, pero es absurdo que en la Esencia divina como tal haya distinciones reales, en el plano de lo absoluto, quiero decir.
Es clave en la Escolástica el axioma que dice que las facultades y los actos de esas facultades se especifican por los objetos o términos. La operación divina libre se puede considerar en sí misma o en relación a su término creado. Desde el primer punto de vista es necesaria, desde el segundo punto de vista es contingente, porque su término creado lo es.
Recordar que el libre albedrío es la indiferencia de la voluntad ante el bien particular. Toda creatura es siempre un bien particular, por tanto, la Voluntad divina es siempre indiferente respecto de ella, y por tanto, libre respecto de ella, aunque por la Inmutabilidad divina, dado que desde la Eternidad Dios quiere algo contingente, no es posible que no lo quiera, con necesidad condicional, no absoluta, en sentido compuesto, no en sentido dividido.
La clave aquí es la misma que en la “premoción física” tomista: la esencia del libre albedrio es la indiferencia de la voluntad ante el bien particular, y ésta permanece cuando Dios mueve eficazmente a la voluntad creada a querer un bien particular.
La indiferencia de la voluntad respecto del bien particular entraña la independencia de la voluntad frente a ese bien, pero en nosotros esa independencia no es tanta que no sufra un cambio nuestra voluntad al elegir efectivamente un bien particular. En Dios esa independencia es absoluta: la Voluntad divina en sí misma no cambia, lo único que cambia es su término creado.
Saludos cordiales.
Tal vez sea mejor decir que la acción divina libre puede ser considerada materialmente, es decir, como una perfección que se da en Dios, o formalmente, es decir, precisamente como acción libre, y que desde el primer punto de vista es necesaria, porque se identifica realmente con el Ser Necesario, y desde el segundo punto de vista libre, porque su objeto especificador es contingente.
Saludos cordiales.
Christopher Tomaszewski (2019), "Collapsing the Modal Collapse Argument: On an Invalid Argument Against Divine Simplicity".
www.academia.edu/33579056/
Edward Feser (2019), respuesta al artículo de Ryan Mullins que inició el debate.
theopolisinstitute.com/conversations/simply-irresistible/
John DeRosa (2019), breve respuesta a la respuesta de Mullins a la respuesta de Feser. (Nota: a diferencia de Feser y Tomaszewski, DeRosa no es profesor universitario con PhD en filosofía sino master en matemática.)
www.classicaltheism.com/mullins/
Christopher Tomaszewski (2023), "How the Absolutely Simple Creator Escapes a Modal Collapse".
www.academia.edu/85628506/
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En realidad, el “argumento modal” se reduce a esto: “Si el acto creador es necesario, la creatura es necesaria. Pero si el acto creador se identifica realmente con la Esencia divina, es necesario, como lo es la misma Esencia divina. Por tanto, si el acto creador se identifica realmente con la Esencia divina, la creatura es necesaria. Pero la creatura no es necesaria. Por tanto, el acto creador no se identifica realmente con la Esencia divina”.
Y hay solamente dos formas de rechazar la conclusión: o bien negar que el acto creador se identifique realmente con la Esencia divina, que es lo que hacen los palamitas, o bien negar que si el acto creador, en tanto que idéntico a la Esencia divina, es necesario, la creatura tenga por eso que ser necesaria, que es lo que hace Santo Tomás, coherentemente con su concepto del libre albedrío como indiferencia de la voluntad ante el bien particular.
Saludos cordiales.
Dice, en efecto, Cayetano, refiriéndose a Escoto: "Arguitque contra fundamentum positionis, scilicet, sola oppositio relativa distinguit realiter in divinis, ex quatuor capitibus..." (n. IV).
Cito el primer argumento de Escoto referido por Cayetano:
"Primo. Disparatio rationum formalium realium incompossibilium in eodem supposito, distinguit realiter ubicumque invenitur: sed duo modi totales accipiendi naturam eandem, scilicet per modum nativitatis et processionis, sunt disparati, et in divinis, modo praedicto: ergo non sola oppositio relativa distinguit realiter divinas personas..." (n. IV). (Siguen tres confirmaciones de Aureolo (n. V) y, luego, las otras tres razones de Escoto [nn. VI-IX] y algo de Aureolo).
Cito sólo algo de lo que dice en respuesta Cayetano, en el n. XVII, que es iluminador:
"Ad obiecta autem ex parte emanationum, responsio habetur in littera, ad septimum. Et consistit in hoc, quod emanationes Filii et Spiritus Sancti possunt sumi dupliciter. Uno modo, secundum suas integras rationes. Et sic includunt ordinem originis unius ab alia: et consequenter Filium et Spiritum Sanctum distingui ex suis productionibus, et distingui oppositione relativa originis, idem est, Alio modo possunt sumi, secluso ordine originis inter eas, ut arguentes accipiunt. Et sic dicimus primo, quod accipiuntur secundum suas rationes incompletas: et propterea non est mirum, si fallunt utentes eis tanquam completis. Secundo, quod non sunt duae totales acceptiones eiusdem naturae: sed prima est acceptio naturae simpliciter; secunda autem, secundum quid. Si enim secluderetur ordo originis inter eas, Filius per generationem acciperet naturam simpliciter; et ipsemet per processionem acciperet eam secundum quid. Et sic argumenta, quae supponunt vel assumunt has emanationes esse totales et incompossibiles, secluso ordine originis inter eas, ruunt: incompossibilitas enim, totalitas, et alia huiusmodi, conveniunt eis integraliter, et non imperfecte, sumptis".
Conviene leer todo el jugoso Comentario de Cayetano, en la ed. leonina de la Summa.
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La objeción escotista que cita Cayetano:
“Primero. La disparidad de razones formales reales, incomposibles en un mismo supuesto, distingue realmente allí donde se encuentre; pero dos modos totales de asumir una misma naturaleza, a saber, por modo de natividad y por modo de procesión, son dispares, también en lo divino, en el sentido ya expuesto; luego no es sólo la oposición relativa la que distingue realmente a las personas divinas… (n. IV).”
Su respuesta:
“En cuanto a las objeciones tomadas por parte de las emanaciones, la respuesta se halla en el texto, en la séptima [objeción]. Y consiste en esto: que las emanaciones del Hijo y del Espíritu Santo pueden tomarse de dos maneras.
De un modo, según sus razones íntegras; y así incluyen el orden de origen de una respecto de la otra; y, en consecuencia, decir que el Hijo y el Espíritu Santo se distinguen por sus producciones y decir que se distinguen por oposición relativa de origen es lo mismo.
De otro modo, pueden tomarse excluido el orden de origen entre ellas, como las toman quienes argumentan. Y así decimos, primero, que se las toma según razones incompletas; y por eso no es de extrañar que yerren quienes las usan como si fueran completas. Segundo, que no son dos recepciones totales de una misma naturaleza, sino que la primera es una recepción de la naturaleza simpliciter, mientras que la segunda lo es sólo secundum quid. Pues, si se excluyera el orden de origen entre ellas, el Hijo, por la generación, recibiría la naturaleza simpliciter, y él mismo, por la procesión, la recibiría sólo secundum quid.
Y así, los argumentos que suponen o asumen que estas emanaciones son totales e incomposibles, excluido el orden de origen entre ellas, se derrumban; pues la incomposibilidad, la totalidad y otras cosas semejantes les convienen de modo íntegro, y no tomadas en sentido imperfecto."
El texto de Santo Tomás que está comentando:
“A la séptima objeción se responde que el Espíritu Santo se distingue personalmente del Hijo en que el origen del uno se distingue del origen del otro. Pero la misma diferencia de origen consiste en que el Hijo es solamente del Padre, mientras que el Espíritu Santo es del Padre y del Hijo. Pues de otro modo no se distinguirían las procesiones, como se ha mostrado arriba.”
La respuesta de Cayetano, a partir del "Secundo", parece ser ésta: si se prescinde de las relaciones de origen, no habría dos comunicaciones realmente distintas de la Naturaleza divina, porque no habría dos comunicaciones totales simpliciter, sino que una sería simpliciter, aquella por la que el Hijo posee la Naturaleza divina, y otra "secundum quid", porque sería el mismo Hijo, no otra Persona distinta, el "receptor" también de esta comunicación, la cual sería "secundum quid" porque, dentro de la lógica imposible de esa suposición absurda, se recibiría algo que ya se ha recibido.
En el argumento escotista parece claro que subyace la teoría de la “distinción formal a parte rei”, que sería (imposiblemente) media entre la distinción real y la distinción de razón, o sea, que las “formalidades” en Dios (por ejemplo, la formalidad de la “generación” y de la de la “procesión”) serían distintas entre sí y respecto de la Esencia divina con una distinción que es “más real que la de razón y menos real que la real”. Lo cual ya es un principio de negación de la Simplicidad divina.
Comentando a Santo Tomás y a Cayetano, pienso que se podría decir que si se quisiese que, por absurdo, en Dios la Inteligencia y la Voluntad se distinguiesen realmente, había que poner entre ellas oposición relativa (que no la hay, claro).
Saludos cordiales.
https://www.academia.edu/51530796/La_libertad_de_Dios_Charles_R_Billuart_O_P_.
Adoptando una convención terminológica en que emanación y originación son términos genéricos cuyas instancias específicas son:
emanación = {generación, espiración (activa)}
originación = {generación pasiva, espiración pasiva o procesión}
la teología franciscana entiende la innascibilidad del Padre en un sentido positivo que implica la plenitud fontal y procede desde el Padre via las emanaciones/originaciones a las otras Personas, tal que cada Persona es la esencia divina en uno de 3 modos irreduciblemente distintos: el modo en que cada Persona es originada o no lo es, el cual determina el modo en que esa Persona emana o no emana. Así:
- el Padre es Primero y por eso engendra y espira,
- el Hijo es Engendrado y por eso no engendra y sí espira,
- el Espíritu Santo es Espirado y por eso no engendra ni espira.
La distinción real entre la generación y la espiración activa es evidenciada por el hecho de que el Hijo espira junto con el Padre y solamente por ese hecho. Si el Hijo no espirase, entonces tanto la generación como la espiración activa darían origen a una Persona que no engendra ni espira, por lo que la distinción real entre ambas emanaciones no sería evidente.
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No hay distinción real entre generación y espiración activa.
La distinción real puede darse: 1) Entre sustancias (Pedro y Pablo) 2) Entre la sustancia y los accidentes (Pedro y su inteligencia), y entre accidentes (la inteligencia de Pedro y la voluntad de Pedro) 3) Entre componentes metafísicos de la sustancia (la materia de Pedro y el alma de Pedro) y también entre la sustancia de Pedro y su alma o su materia 4) Entre relaciones divinas realmente opuestas entre sí (la Paternidad y la Filiación, por ejemplo).
En Dios no puede darse distinción real por ninguno de los tres primeros capítulos, por tanto, sólo por el cuarto.
Los escotistas agregan una distinción “formal a parte rei”. “A parte rei” quiere decir que es una distinción que se da independientemente de nuestro pensamiento. “Formal” quiere decir que no es real, pero solamente en el sentido de que las “formalidades” que así se distinguen no son separables, es decir, no puede existir una sin la otra.
En realidad, se trata de una distinción real, porque es independiente de nuestro pensamiento. Que luego los elementos distintos sean separables o no, no viene al caso.
Pero eso equivale a poner en Dios una distinción real entre absolutos, no entre relativos. Pero los absolutos que hay en Dios se identifican realmente con uno solo, que es la Esencia divina. Por tanto, esa distinción “formal a parte rei” no puede darse en Dios.
Ahora bien, hablando de las relaciones divinas, en Dios hay solamente dos pares de relaciones opuestas entre sí: la Paternidad y la Filiación, por un lado, y la Espiración activa y la Espiración pasiva, por otro. Por tanto, sólo hay distinción real entre la Paternidad y la Filiación, por un lado, y entre la Espiración activa y la Espiración pasiva, por otro, siendo la Espiración activa la Paternidad y la Filiación tomadas como un solo principio del Espíritu Santo.
Por otra parte, los actos nocionales se identifican con las Personas: la generación es el Padre, y la espiración activa, como acto y no como relación, es el Padre y el Hijo tomados como un solo principio del Espíritu Santo.
Hablando de los actos nocionales, no hay distinción real entre la generación y la espiración activa, porque sólo entre las relaciones hay oposición relativa y por tanto, distinción real.
Hablando de las relaciones divinas, tampoco, porque no hay oposición relativa entre la Paternidad, que se identifica realmente con la generación, y la espiración activa, que es la Paternidad y la Filiación tomadas como un solo principio del Espíritu Santo. En efecto, la Paternidad y la Filiación se oponen en cuanto tales, no en cuanto son un solo principio del Espíritu Santo.
Objeción: Los actos nocionales se distinguen por sus términos. Pero el término de la generación es el Hijo, y el término de la espiración activa es el Espíritu Santo, que son realmente distintos entre sí. Por tanto, la generación y la espiración activa se distinguen realmente ente sí.
Respuesta: Los actos nocionales se identifican realmente con las Relaciones divinas, y éstas no se distinguen entre sí por sus términos, sino por su oposición relativa. Por tanto, si entre dos actos nocionales no hay oposición relativa, no se distinguen realmente entre sí. Pero entre la generación y la espiración activa no hay oposición relativa. Por tanto, no se distinguen realmente entre sí.
No se puede decir, por tanto, que si el Hijo no espirase, no se distinguirían la generación y la espiración activa, porque eso supone que la espiración del Hijo agrega algo a la espiración del Padre, y no es así, ya que ambos son un solo Principio del Espíritu Santo mediante una sola espiración activa.
En Dios no puede haber nada compuesto, como en este caso lo sería la espiración activa a partir del “componente” aportado por el Padre y el otro “componente” aportado por el Hijo.
Saludos cordiales.
le agradezco muchísimo su esmerada y profunda respuesta a mi consulta sobre la TRANSUBSTANCIACION. La voy a analizar detenidamente, pues "no es fácil digerirla de un solo bocado".
CREO todo lo que la Iglesia enseña al respecto, es mi comprensión la que se queda corta.
De momento, a raíz de su clara exposición, y de otras que antes he leído, lo que concluyo es esto:
si el Documento, citado por mí, afirma que "Cristo, todo entero está (en la Eucaristía) presente en su realidad física, aun corporalmente", pero, a la vez, El "está localmente presente sólo en el Cielo", deduzco que, en este caso, PRESENCIA FISICA no significa PRESENCIA MATERIAL.
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Más bien, sí es presencia material, lo que pasa es que es presencia material no local, por así decir.
O sea, el Cuerpo de Cristo está en el Sacramento con su materia, su forma, y su cantidad. La materia y la forma constituyen la sustancia del Cuerpo de Cristo en tanto que cuerpo humano, la forma en ese caso es el alma de Cristo. Por supuesto que junto con la materia y el alma humana de Cristo, está presente también su Divinidad.
La conversión eucarística termina ahí, en la sustancia del Cuerpo, y, según Santo Tomás, sólo por concomitancia, en la cantidad, por eso la cantidad de Cristo, si bien está también presente en el Sacramento, no produce el efecto de la localización que normalmente produce en un ser humano, a saber, la localización circunscriptiva por la cual cada parte extensa del cuerpo se conmensura con cada parte del lugar que el cuerpo ocupa.
Saludos cordiales y Feliz Navidad.
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Gracias y Feliz Navidad.
Comenta ChatGPT el primer texto citado:
1. La tesis que Santo Tomás examina y rechaza
Quidam igitur, attendentes quod relatio consequitur actum, dixerunt quod hypostases in divinis distinguuntur per originem...
“Algunos, pues, atendiendo a que la relación sigue al acto, dijeron que las hipóstasis en lo divino se distinguen por el origen: de modo que digamos que el Padre se distingue del Hijo en cuanto aquél engendra y éste es engendrado.”
Es decir, la tesis ajena es esta:
Las Personas divinas se distinguen primariamente por los actos de origen (generar / ser engendrado), y las relaciones (paternidad, filiación) son sólo algo consecuente, que manifiesta una distinción ya dada.
Es una especie de “teoría dinámica”: primero está el acto (generación), luego la relación, luego la distinción personal.
Santo Tomás responde: eso no puede sostenerse (sed hoc non potest stare), y da dos razones.
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2. Primer argumento: la distinción exige algo intrínseco
Primo quidem, quia ad hoc quod aliqua duo distincta intelligantur, necesse est eorum distinctionem intelligi per aliquid intrinsecum utrique...
2.1. Principio general
Para que dos cosas sean inteligidas como distintas, la razón de distinción debe ser algo intrínseco a cada una.
Ejemplo en criaturas:
• o se distinguen por la materia,
• o por la forma,
• o por algún principio interno.
2.2. El “origen” no es intrínseco
Origo autem... non significatur ut aliquid intrinsecum, sed ut via quaedam a re vel ad rem.
El “origen” (generación, procesión) no significa algo intrínseco, sino:
• una vía,
• un término ad quem (lo engendrado),
• o un término a quo (el engendrante).
Es una noción relacional-dinámica, no constitutiva.
Por tanto, no basta la generación para distinguir al que engendra y al engendrado.
2.3. En Dios no hay más que esencia y relación
In persona autem divina non est aliud intelligere nisi essentiam et relationem sive proprietatem.
En Dios:
• no hay materia,
• no hay accidentes,
• no hay diferencias formales reales,
sólo hay esencia (común) y relaciones subsistentes.
Como la esencia es la misma en todos, la distinción sólo puede venir de las relaciones.
Conclusión del primer argumento:
Las Personas no se distinguen por la “origen” como acto, sino por las relaciones que son intrínsecas y constitutivas.
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3. Segundo argumento: en Dios no se divide algo común
Secundo, quia distinctio in divinis personis non est sic intelligenda, quasi aliquid commune dividatur...
3.1. La distinción divina no es por partición
No es como cuando se divide una cosa común (como una masa que se parte):
• la esencia divina permanece totalmente indivisa.
Por tanto, lo que distingue:
• no puede ser una “parte”,
• ni una determinación añadida a una base común.
3.2. Lo que distingue debe ser la persona
sed oportet quod ipsa distinguentia constituant res distinctas.
Lo que distingue debe constituir la realidad distinta.
Y eso ocurre con las relaciones, porque:
relationes vel proprietates distinguunt vel constituunt hypostases… inquantum sunt ipsae personae subsistentes.
Las relaciones no son “añadidos” a una persona ya hecha, sino que son la persona misma subsistente.
Ejemplo:
• la paternidad no es algo del Padre: es el Padre;
• la filiación no es algo del Hijo: es el Hijo.
3.3. Por qué esto es posible en Dios
eo quod in divinis non differt abstractum et concretum.
En Dios:
• no se distingue realmente “paternidad” y “Padre”,
• ni “filiación” y “Hijo”,
porque no hay composición de sujeto + forma accidental.
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4. Estructura lógica del argumento
Resumido en forma de silogismo:
1. Toda distinción real exige un principio intrínseco de distinción.
2. La “origen” no es intrínseca, sino una vía o relación de proceso.
3. En Dios sólo hay esencia (común) y relaciones (no comunes).
Luego la distinción debe ser por relaciones.
Y además:
4. En Dios no se divide algo común.
5. Luego lo que distingue debe ser lo que constituye la persona.
6. Las relaciones son constitutivas y subsistentes.
Luego las relaciones son las personas.
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Conclusión tomista
Las Personas divinas se distinguen y se constituyen por relaciones subsistentes de origen (paternidad, filiación, espiración), no por los actos de origen considerados dinámicamente.
Y esas relaciones:
• son intrínsecas,
• no dividen la esencia,
• y no se añaden a una hipóstasis previa,
• sino que son la hipóstasis.
Por eso puede decir Santo Tomás:
paternitas est Pater, filiatio est Filius.
Saludos cordiales.
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