22.12.18

Sacerdotes proféticos

Hace falta un puñado de Sacerdotes locos por Dios.

Que sean profetas y combatientes que libren justísima guerra contra los principados, las potestades y demás principalías del mundo, las sectas, las falsas religiones, las curias corrompidas y los infiernos.

Que le canten la justa a quien sea, venga quien viniere, donde sea y cuando sea.

Sacerdotes que amen misionar, pero que más amen irse al Paraíso.

Sacerdotes que vivan una existencia épica.

Sacerdotes empeñados en osar las máximas hazañas, aunque esas hazañas siempre fracasen.

Sacerdotes que vivan soñando y orando y luchando para que sus mayores ensueños, con tal que sean  divinamente inspirados, sean hechos realidad por la Omnipotencia de Dios.

Sacerdotes enamorados del Santo Rosario.

Sacerdotes que amen el estudio y que empleen buena parte de su día contemplando al Dios vivo.

Sacerdotes que crean que cinco panes y dos peces alcanzan y sobran  para convertir el mundo entero.

Sacerdotes  que tengan como horizonte apostólico normal la traslación de montañas, la resurrección de muertos y la expulsión de legiones diabólicas.

Sacerdotes hechos de fuego, de fuego divino y siempre creciente. Sacerdotes que sean un fuego devorador que todo lo queme e incendie.

Sacerdotes locos de remate que no le tengan miedo a nada y que amen los mayores peligros y vivir en medio de ellos.

Sacerdotes a los que les importe nada de nada ni el mundo ni los fracasos visibles.

Sacerdotes que prefieran vivir en los contextos humanamente más  inconvertibles de todos, para con la gracia de Dios, osar convertirlos, contra viento y marea, contra huracanes y tsunamis, contra calamidades y apostasías vaticanas.

Sacerdotes que apunten a implantar una vez más la Cristiandad, mas la mayor jamás habida, para darle el gusto a Dios y la Virgen y para arrancarle a la ilimitada dadivosidad de Dios Padre los milagros  más maravillosos jamás imaginados.

Sacerdotes que vivan el próximo año como el último año de su vida.

Sacerdotes crucificados antes, durante y después de la Misa,  convertida en su más devastador puesto de guerra contra el infierno, la sinagoga satanae, la paganidad remanente y la apostasía global.

Sacerdotes santísimos, llenos del Espíritu Santo… que Dios y la Virgen nos los manden. Amen.


  NSAC, Naga-Namgor, Himalaya, 21-XII-18, Fiesta de Santo Tomás Apóstol.

31.10.18

29.09.18

"¡Ay de mí si no anunciara la Buena Nueva!"

En esta ocasión, nos gozamos en presentar una celebérrima carta que San Francisco Xavier envió a su Padre espiritual, San Ignacio de Loyola. Esta carta, escrita desde tierras de Misión, es tan estimada por la Santa Madre Iglesia que fue incorporada al mismo Oficio de Lectura correspondiente al 3 de diciembre, día en el cual se celebra la Fiesta de este Gigante de las Misiones.

En esta carta, con sobrenatural visión, el Santo muestra claramente lo urgente que es la actividad misionera ad gentes. Después de leer, y releer, semejante epístola a muchos, con la gracia de Dios, les podrá venir un grande deseo de alistarse en las filas de la Misión, para que más almas se salven y Dios sea así más glorificado.

P. Federico, S.E.

Misionero en el Himalaya

san francisco xavier

¡AY DE MÍ SI NO ANUNCIARA LA BUENA NUEVA![1]

Visitamos las aldeas de los neófitos, que pocos años antes habían recibido la iniciación cristiana. Esta tierra no es habitada por los portugueses, ya que es sumamente estéril y pobre, y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la misa, nadie que les enseñe el Credo, el Padrenuestro, el Avemaría o los mandamientos de la ley de Dios.

Por esto, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían distinguir su mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos.

Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaria. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.

Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»

¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»

 


[1] San Francisco Javier, «¡Ay de mí si no anunciara la Buena Nueva! (Carta a San Ignacio; cartas 4 [1542] y 5 [1544])», en Vida de Francisco Javier, Libro 4, Roma 1956. El subrayado nos pertenece.

28.09.18

Una olvidada prédica de San Alberto Hurtado sobre las misiones de infieles

Publicamos esta olvidada homilía “fundamentalista” e “intolerante” del infatigable sacerdote chileno San Alberto Hurtado (1901-1952) acerca de las Misiones Ad Gentes, es decir, las Misiones en países jamás acristianados.

Que la difusión de esta preciosa pieza, sacuda a la Iglesia chilena, y aún a la Iglesia Universal, y la inflame en un radical celo apostólico ad gentes.

Prosit!

P. Federico, S.E.

misionero himaláyico

 


Deber misional de los fieles

 

"Tenemos una responsabilidad: Misionar el mundo (...) Tenemos la responsabilidad del mundo entero. (...)Tenemos la responsabilidad del crecimiento de la Iglesia" (San Alberto Hurtado)

“Tenemos una responsabilidad: Misionar el mundo (…) Tenemos la responsabilidad del mundo entero. (…)Tenemos la responsabilidad del crecimiento de la Iglesia” (San Alberto Hurtado)

Todas las niñas juegan con muñecas. He buscado un estudio psicológico sobre la muñeca. Nunca se le debe quitar violentamente la muñeca, pero llega un día en que para la niña deja de ser interesante. Nosotros tenemos apegos… He estudiado a mis sobrinas; desaparece en un día el apego. Y una vez dejada la muñeca, nunca vuelve a tomarla. Casi siempre desaparece el apego a la muñeca cuando es reemplazado por una responsabilidad real. Le di un libro, empezó a leer, ¡un nuevo mundo se le abrió!, y dejó las muñecas. Murió la mamá: usted va a hacer de mamá. Las muñecas ya no le interesan más… las distribuye. Ya está preparada para su papel.

Nosotros a veces nos quedamos un poco niños… ¿cómo sacar nuestros apegos? ¿Violentamente? No, arrojando sobre nuestros corazones una gran responsabilidad: una guerra, un terremoto… y se acaban los apegos.

Y tenemos una responsabilidad: Misionar el mundo desde la colina de la ascensión. Tenemos la responsabilidad del mundo entero. Nuestro Señor no va a hacer nada sino por nosotros, no va hablar sino por nosotros. Tenemos la responsabilidad del crecimiento de la Iglesia. Geográficamente es demasiado pequeña… es como un chico que tiene todos sus órganos, pero tiene que crecer… el problema de las misiones. La Iglesia debe crecer como el niño, por todo su cuerpo: pies, manos y cabeza; oye por los oídos, ve por los ojos… pero debe crecer por todo el cuerpo. La Iglesia todavía no ha alcanzado su tamaño normal. Luego todos, todos sus miembros deben contribuir al crecimiento: para que crezca por todos sus órganos. Si el crecimiento es por unos miembros y no por otros es anormal, una enfermedad y la muerte.

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21.09.18

Lento camino hacia la fundación del Monacato en el Himalaya

himalaya

I. 

En medio de mil faenas, Dios me mostró que debo escribir esta crónica y que si no la escribo, creo que podría estar pecando ya que Él quiere que manifieste estas cosas para que Su Nombre sea más glorificado y para animar a los católicos a renunciar al miedo y a lanzarse, en Espíritu Santo y fuego, a anunciar la Buena Nueva a los cuatro vientos. Parte humana de la Iglesia visible parece caerse a pedazos por la maldita infiltración de crápulas de inveterada sodomía sostenidos (plausiblemente adredañas) desde la silla petrina, pero, al mismo tiempo, la Virgen Santa está armando doquiera su milicia que brinda davídica batalla frente a los enemigos de la Redención. Valga el anterior e ínfimo proemio, como cifrada respuesta a la crisis “puto-progresista", que nos turba y ensordece con sus atronadores reportes de iscariotismos, desfalcos y degenerados jolgorios en el lugar santo. 

He aquí que a pesar de la multitud de nuestros pecados, Dios ejecuta Su obra salvífica en el orbe todo, incluso en el Himalaya, donde inmerecidamente misionamos. Digamos, entonces, dos palabras sobre lo que está pasando en nuestra base misional himaláyica. 

II. 

Hace mucho que el Espíritu Santo nos puso en el alma el anhelo de cooperar a la fundación del Monacato, eremítico o conventual, en el Himalaya ya que, hoy que tanto se habla de adaptarse a los famosos “signos de los tiempos", el mejor modo de convertir las tribus budistas no es la panfletería bíblica (y mucho menos la acción social) sino la implementación del Monacato en las alturas del Tíbet y aldeañas zonas, lo cual aún no existe, a pesar de que, según tenemos entendido, hace un tiempo, una benémerita Abadía alemana se ofreció a osar semejante gesta, la cual no pudo concretarse ya que el obispo nepalí de entonces les negó el permiso. 

Desde la absoluta pobreza de medios -de todo tipo-, después de recibir el placet de mi padre espiritual, me lancé a la segunda experiencia eremítica en el Himalaya. La primera, tan breve como experimental, fue en la “semana de Tinieblas", en carpa, bajo inclemente lluvia. Esta vez, por sólo dos días, fue en un refugio abandonado, en el que antaño paraban pastores transhumantes. 

¿Qué me llevó a esto? La actividad sísmica local, que en nuestra aldea se manifestó en la forma de temblor, pero en otros lares no fue sino un terremoto. El temblor fue breve y pronto entendí que Dios me llamaba a retirarme a una ermita a interceder ante Dios pidiendo perdón y clemencia al Señor de los Ejércitos para que no castigue al pueblo idólatra con un nuevo terremoto (hace no mucho hubo uno, el cual generó un importante éxodo humano). 

La noche anterior al temblor, providencialemente, le había preguntado a un terrateniente budista si conocía alguna cueva propicia para retirarme a orar. El hombre, movido por Dios y contento por la caridad que tratamos de hacer en la escuelita, me autorizó gustoso a usar la cabaña de transhumantes de marras, ubicada mucho más arriba de todas las demás casas, en un ignoto y deshabitado paraje llamado “Tetmu", donde antaño dos monjes budistas fallecidos vivían al modo eremítico. 

 

 himalaya

III. 

Los nativos se enteraron y varios trataron de disuadirme explicándome los peligros de retirarme a la casita abandonada. Los riesgos eran reales: fieras salvajes (osos, zorros,…), serpientes venenosas, arañas grandes y deslizamientos de lodo, que en estos días se llevaron el puente local y destrozaron ocho partes del camino. Sabíamos que el Señor nos iba a proteger porque él no permitirá que la fe divina caiga en descrédito ante los paganos que se busca convertir. Si bien tuve el teresiano privilegio de caerme unas quince veces patinando entre rocas y espinas y de gozar la lluvia que, para contribuir a la simbólica corredentora ofrenda, generosamente se dignó entrar por los numerosos agujeros del techo del derelicto refugio. 

IIII. 

Lo que más padecí no fue la carencia de luz sino la del binomio silla-mesa, tan elemental en la Cristiandad y tan ignorado en los lares del Buda. La realidad es que si hay algo que no me sale (ni quiero que me salga) es la pose yóguica. Necesito una silla y una mesa, de lo contrario no sólo la perseverancia en el uso de la inteligencia se vería afectada, sino que los calambres no tardarían en llegar. 

El retiro fue magnífico. Fue una lluvia de gracias, espirituales y apostólicas y me mueve a exhortar a los católicos que sueñen con vivir una experiencia mística en el Himalaya a que, con tal que tengan el placet de su confesor o padre espiritual, se retiren unos días a estas bellísimas alturas montañosas, lo cual atraerá a los paganos al gremio de nuestra santa Religión Católica, la única divinamente fundada. El día en que muchos católicos, sea por breves períodos, sea a perpetuidad, sea solos, sea en comunidad, se retiren monacalmente al Himalaya a adorar a Jesucristo (sin ningún coqueteo o concesión para con los extravíos orientalistas), muchos paganos se verán atraídos a venir al Cristianismo pues descubrirán que nuestra divina Religión no es ni biblismo puritano ni colonialismo foráneo ni asistencialismo materialista sino espiritualidad robusta y contemplativa, y no cualquier espiritualidad sino la única divinamente inspirada

V. 

¿Cuáles fueron las reacciones visibles de los paganos? Aún las estamos viendo, pero contamos lo que oímos… 

Un profesor budista dijo a su los de su casa: “el Padre fue a rezar… Ergo ya no podemos temer las catástrofes naturales”. Varios días después su hija, contenta y convencida del poder de la plegaria sacerdotal, me lo volvió a recordar. 

Un maestro budista, llamado Tektup Lepcha, soñó algo que él interpretó así: que yo era un ángel que venía a rescatar a los nativos de los demonios que venían desde la zona de enfrente. Tektup, alarmado, visitó a la profesora Repzong Lepcha (también budista), quien me lo contó feliz. Dios sabe que los Lepchas, como los islámicos, valoran grandemente los sueños y  suelen tomarlos como signos sobre o preternaturales. 

De todos modos, el argumento para implantar el Monacato en el Himalaya no es el sueño de un vecino -por más obstinadamente budista que sea- ni el comentario de otro tal, sino la urgencia de mostrarles a los tibetanos que lo más preciado que ellos tienen (el Monacato), también lo tiene el Catolicismo, mas, he aquí la esencial diferencia, no se centra en el propio yo (real o aparente) ni se apoya en las propias fuerzas (como sí lo hacen los lamas), sino que se centra en Dios y es sostenido por Su gracia. 

Nuestra módica experiencia, muchos menos exigente que un simple ejercicio ignaciano, no pasa del rango de episodio anecdótico y el sueño del vecino bien pudo haber sido un sub-producto de su sub-consciente, pero este intento, a pesar de su insignificancia, es un grano de mostaza que aspira a cooperar instrumentalmente -por vía de la súplica y la exhortación- al advenimiento del Monacato Católico en el Himalaya. 

¡Monjes y anacoretas de Dios… el Himalaya os espera! 

¡La mies está pronta! 

Padre Federico, S.E. 

Misionero en el Himalaya 

16-20/IX/18