Clerofobia
Conocemos la xenofobia, como el temor y el odio a lo extranjero. Conocemos la homofobia, y toda una lista de términos que definen multitud de rechazos, miedos y odios infundados. Quizás entre estas “fobias sociológicas”, tan manoseadas últimamente por la demagogia barata, olvidaron apuntar una recalcitrante, extendida y visceral fobia, que sin embargo parece no preocupar demasiado: La “clerofobia”.
El anticlericalismo militante es un posicionamiento que no suele atender a razones. Lejos de ser fruto de un planteamiento racional, suele fundamentarse en impulsos meramente pasionales contra el clero y contra la Iglesia. Y es natural que en una sociedad existan variedad de criterios, pero habitualmente el tono de los “clerófobos” se aleja de una discrepancia normal, para entrar en el terreno de los odios viscerales.
Es difícil de entender porqué una institución que no funciona con la coacción, que propone un modelo de vida en positivo y se dedica como nadie a la caridad, levante odios irracionales tan extremos. Todavía no lo puedo entender. Lo que sí es cierto, es que el anticlericalismo es más viejo que el hilo negro, y como si se tratase de una patología inherente al hombre, ha acompañado a la Iglesia desde el principio de los tiempos.
Cuando el anticlericalismo ha alcanzado sus cotas más altas, la historia nos ha llenado de mártires. Cuando, como ahora, las circunstancias no permiten pasar por los leones o los paredones a la Iglesia, vale toda difamación, vale todo insulto, vale toda forma de tirar mierda sobre sus sacerdotes y su jerarquía.
Bastó con que entre los cientos de miles de personas que han ejercido el ministerio sacerdotal durante la segunda mitad de siglo, cuatro fueran repugnantes pedófilos de comportamiento execrable, para que se desate una persecución donde la mesura, la razón y la lógica quedan apartadas. Esto sólo consiste en repartir a troche y moche contra la Iglesia.
Basta una camiseta impresa para la ocasión y una rueda de prensa, para que cualquier anónimo pase a la primera plana de todos los telediarios exigiendo al Papa una audiencia privada para que le pida disculpas.
Insinúan tras todo esto, que el celibato reprime a los sacerdotes y les convierte en pedófilos. La falsedad de esa afirmación es totalmente demostrable, claro que hace falta ver como se pone el frente mediático cuando el Cardenal Bertone pone los puntos sobre las íes.
Ya decían los profesionales del anticlericalismo en la segunda república que las monjitas repartían caramelos envenenados, y la turba quemó el convento. Difamen, vuelvan a difamar, ¿acaso su rabia será la impotencia de saber que nunca acabarán con la Iglesia?.
Javier Tebas
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