InfoCatólica / Javier Tebas / Archivos para: Marzo 2010

18.03.10

Se apagará la fe

Nunca me han gustado las posiciones catastrofistas, los agoreros de turno que vaticinan el apocalipsis a la vuelta de la esquina. No me gustaría representar ese papel. Por eso empezaré diciendo –para tranquilidad de todos- que lo más probable es que el mundo no acabe inminentemente, incluso que el “estado del bienestar” occidental se mantendrá razonablemente a pesar de las crisis.

Cubiertas estas dos expectativas: la supervivencia del espacio tiempo, y la satisfacción de las facilidades mínimas de la vida moderna, creo sin embargo que en manos de mi generación, se presenta una ruptura histórica muy profunda. Una divergencia que nace en el espíritu, rompiendo directamente con lo fundamental, aquello que llena de sentido nuestra vida.

Por desgracia, no se puede pasar por alto un análisis estrictamente objetivo, que desde una perspectiva sociológica, nos presenta a un joven de hoy que no aspira a lo trascendente. Es más, que lo considera ridículo y hasta absurdo. Para el joven de hoy (generalizando el término) no sólo la fe le es una cuestión indiferente, sino que lo son todas aquellas cosas que, por su propia condición, no alcanzan con el voluntarismo hedonista.

La familia ya no es un valor, sino una rémora, una realidad completamente caduca. Pero si hasta hoy la inercia de una sociedad viva, lo ha sido en tanto en cuanto se ha transmitido a sí misma a través de la familia, ¿qué va a ser de una generación si desprecia la propia institución familiar? ¿Qué testigo entregará mi generación, vacía de grandes ideales, y llena de dogmas-eslogan extremadamente simplones y pobres?

Como en una carrera de relevos, los corredores esperan dispuestos a recibir el testigo para continuar. Pero si no reciben nada, porque el corredor anterior ha dado por perdida la carrera, no tendrán ni siquiera la oportunidad de ganar. De una forma parecida, la sociedad del futuro no va a recibir ningún testigo. Un testigo abandonado que debía transmitir nuestra identidad, los valores humanos recibidos, y lo más importante - porque engloba y supera lo anterior- la oportunidad de conocer la fe, para con el Don de Dios mediante, profesarla o no.

Qué dirán, allá donde estén, aquellos españoles que cruzaron el mundo entero, entregando la vida hasta el martirio, por dar la oportunidad de conocer el Evangelio, cuando sepan que aquí en España, a nuestros muchachos la sola palabra les suena a chino cantonés.

Se apagará la fe si triunfa la nueva mentalidad que elimina lo trascendente. Y se apagará la fe si deja de transmitirse, de cultivarse en la familia, cuando entre la anestesia de la vida moderna, nuestra sociedad ni siquiera sea capaz de dar la oportunidad de conocerla.

Javier Tebas
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12.03.10

En la muerte de Miguel Delibes

Hay libros que entretienen y hay libros que transmiten. Los primeros pasan por nuestras manos, nos divierten, pero sus historias y argumentos se disipan en las estanterías y en la memoria. Los segundos, por alguna extraña razón, dejan en nuestra conciencia una impresión que marca nuestra forma de ver las cosas.

Apenas conozco a Miguel Delibes, nací cuando los “best seller” ya eran de importación. Supongo que fallecido el gran escritor, escribirán sobre él amigos, familia y literatos o críticos, que desmenuzarán su estilo, su obra y su temperamento. A esto yo no tengo nada que aportar, más que lo percibido en lo poco que he leído, de quién sin duda es uno de los escritores que considero imprescindibles.

Creo que es en el trasfondo de la trama. Por allí Delibes camina en casi todas sus novelas, haciendo partícipe al lector de cuestiones verdaderamente profundas, que en un planteamiento cercano, conmueven y hacen reflexionar.

Cuando el marco temporal de la historia discurre por toda una vida en clave de recuerdos, como en “Señora de rojo sobre fondo gris” o “Cinco horas con Mario”, Delibes nos descubre con la mejor prosa un alegato, a veces pesimista y a veces idealizado, al papel de las relaciones humanas en la felicidad, el amor o la familia. Es la muerte, con crudeza, la que viene a ponerlo de relieve, siendo la ausencia la que muestra las pequeñas y grandes cosas de la vida.

Indiscutiblemente ha muerto uno de los grandes, de los que estudiarán en las escuelas siglos adelante, cuando ya nadie recuerde nuestro nombre. Vayan para él toda mi admiración, y mi oración.

Javier Tebas
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10.03.10

El arte taurino

Sólo de lo sublime podía escribir Rubén Darío unos versos, sólo de lo que es arte podían haber nacido tantos poemas. Si Manuel Machado, Gerardo de Diego, Rafael Alberti o Federico García Lorca no escribieron de los toros por lo que transmiten en espíritu, será entonces con certeza que ninguna de las artes existió jamás.

La demagogia absurda de quienes quieren prohibir los toros, vuelve a centrar la dialéctica en un debate superado. La muerte animal en manos del hombre, como un hecho natural, tiene una crudeza irremediable. Pero si fuera esa la reivindicación, y se quisiese acabar con el sometimiento milenario del animal al hombre, lo consecuente sería protestar en los mataderos y no en los ruedos.

La tauromaquia padece el ataque de la ignorancia, de la reacción primaria, instintiva y más sensible frente a lo crudo de la muerte animal. Pero más allá de esa muerte irremediable – de la que luego todos somos aceptantes en el bocadillo- los ruedos son partícipes de toda una sinfonía de imagen viva, de tradición, armonía y ritual. Quienes solo ven la partitura, pero no escuchan la sinfonía, no comprenden la afición taurina. Y es muy respetable que cada uno, con sus sensibilidades y su personalidad, sienta más o menos la llamada hacia un arte. Lo ridículo es que no comprender una afición, conlleve directamente atribuir la crueldad sádica a todos los que sí sienten lo que el toreo transmite.

Es el paseíllo, que se convierte en un cuadro viviente, o como dijo el nicaragüense más universal “es el hondo amor que existe en el secreto de la embestida, libre en la amplitud sin memoria de un beso o trance de la herida que el amor comunica”, acaso también el tinte agridulce de las cinco de la tarde de Lorca.

¿Se dan cuenta los paletos que se tiran pintura por encima en la puerta de la Monumental de lo que están haciendo? ¿Se dan cuenta los políticos con lo que están acabando?.

Javier Tebas
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4.03.10

¿Por qué nos suicidamos?

Si me lo dicen en una tertulia de cafetería universitaria, habría jurado mil veces que es mentira. Sin embargo no es un argumento inverosímil de mi amigo derrotista, ese que lo da todo por perdido, y que sería capaz de inventarse datos para regodearse en su pesimismo. Es el Instituto Nacional de Estadística, quien ha hecho público que 3421 personas se quitaron la vida durante el pasado año. En España muere más gente por suicidio que por accidente de tráfico.

Quién lo diría, ahora que la felicidad queda a un SMS más IVA de distancia, que puedes cambiarte de sexo gratis y el sentido de la vida tiene doscientos caballos de potencia. Ahora que somos más libres y soberanos que nunca, que las guerras solo salen por la tele, que no hay nostalgia ni distancia desde que existe Facebook.

Avanzamos, evolucionamos, hasta racionalizamos nuestra existencia los domingos por la tarde con Punset. Y sin embargo, por alguna extraña razón, la realidad contradice esa ilusión en la que creemos vivir. El bienestar del hombre de hoy, que cree saberlo todo, es un espejismo que nos vacía cada día, sustituyendo dentro de nosotros el contenido sustancial por una satisfacción falsa y efímera, que como si fuese un suntuoso decorado de cartón piedra, se desmorona con una pequeña ráfaga de viento.

Algo estamos haciendo mal, los modelos de vida que plantea la sociedad se deshacen en el papel cuché de las revistas. El hombre se niega a sí mismo, ya no busca la virtud, ya no le importa lo trascendente, no se hace preguntas. Mientras tanto sus aspiraciones banales naufragan, como lógica de su imposibilidad, o decepcionan, cuando una vez alcanzadas todo era mentira.