¿Por qué nos suicidamos?
Si me lo dicen en una tertulia de cafetería universitaria, habría jurado mil veces que es mentira. Sin embargo no es un argumento inverosímil de mi amigo derrotista, ese que lo da todo por perdido, y que sería capaz de inventarse datos para regodearse en su pesimismo. Es el Instituto Nacional de Estadística, quien ha hecho público que 3421 personas se quitaron la vida durante el pasado año. En España muere más gente por suicidio que por accidente de tráfico.
Quién lo diría, ahora que la felicidad queda a un SMS más IVA de distancia, que puedes cambiarte de sexo gratis y el sentido de la vida tiene doscientos caballos de potencia. Ahora que somos más libres y soberanos que nunca, que las guerras solo salen por la tele, que no hay nostalgia ni distancia desde que existe Facebook.
Avanzamos, evolucionamos, hasta racionalizamos nuestra existencia los domingos por la tarde con Punset. Y sin embargo, por alguna extraña razón, la realidad contradice esa ilusión en la que creemos vivir. El bienestar del hombre de hoy, que cree saberlo todo, es un espejismo que nos vacía cada día, sustituyendo dentro de nosotros el contenido sustancial por una satisfacción falsa y efímera, que como si fuese un suntuoso decorado de cartón piedra, se desmorona con una pequeña ráfaga de viento.
Algo estamos haciendo mal, los modelos de vida que plantea la sociedad se deshacen en el papel cuché de las revistas. El hombre se niega a sí mismo, ya no busca la virtud, ya no le importa lo trascendente, no se hace preguntas. Mientras tanto sus aspiraciones banales naufragan, como lógica de su imposibilidad, o decepcionan, cuando una vez alcanzadas todo era mentira.






