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14.09.21

De correspondencias y vasos comunicantes. Un auxilio parental para reeducar el gusto literario

                           «En su mundo». Obra de Morgan Weistling (1964-).

   

   

«Un cuento infantil que solo pueda ser disfrutado por los niños no es un buen cuento infantil en absoluto».

C. S. Lewis

 

«Tenga por norma no dar nunca a un niño un libro que usted mismo no leería».

George Bernard Shaw

   

   

En esta ingrata pero siempre grandiosa labor de poner las condiciones para que nuestros hijos se aficionen a la lectura de los buenos y los grandes libros, encontramos como una dificultad no menor, aquello que podría denominarse malas costumbres o gustos degradados. Me refiero al supuesto en el que, por distintas razones, los chicos lleven un tiempo leyendo mala literatura. Este problema es más frecuente en aquellos casos en que los padres han decidido, quizá algo tarde (nunca lo es del todo), embarcarse con sus hijos en esa travesía tras un período de cierto despegue y relajación al respecto. Son situaciones en los que los niños ––de ocho o nueve años en adelante–– ya ha adquirido un hábito de lectura, y sin embargo lo que leen no les conviene. Así que la cuestión en estos supuestos no es tanto que adquieran la costumbre de leer, como cambiar sus malos gustos. Pero… ¿Cómo se puede hacer esto? ¿Por dónde podemos empezar?

La frase bíblica «No hay nada nuevo bajo el sol» (Eclesiastés, 1, 9), es una verdad universalmente confirmada. Y esto, que acontece en todos los ámbitos de la experiencia humana, se da igualmente con los libros. Ya hablé aquí de la ansiedad literaria, de los viejos tópicos, de los mitos que se repiten como en un eterno retorno. Cada nuevo libro que se publica no es sino una reelaboración de otros anteriores, una vuelta a un principio muchas veces olvidado, pocas veces reconocido. Pero es así. Y en esta circunstancia, que no sería en la mayor parte de los casos más que un inconveniente nacido de las limitaciones humanas, podemos encontrar un aliado inesperado. Porque, todas y cada una de las novelas y relatos que se ofrecen hoy en día a nuestros hijos en librerías, bibliotecas y colegios, son ––con notables excepciones–– variaciones (la mayoría defectuosísimas) o copias (gran parte de ellas, malas copias) de obras que las precedieron. Una literatura esta que es muy superior artística e intelectualmente a su descendencia y, en muchas ocasiones, también mucho más conveniente para los chicos desde el punto de vista moral y formativo.

Estaremos de acuerdo en que, si a nuestros hijos les gusta conducir un viejo Seat Panda, disfrutarán enormemente si se les pone al volante de un Maserati; si se solazan en una atosigante e hiperpoblada playa nacional, mucho más lo harán en una solitaria y cristalina cala de las islas Seychelles; si son aficionados a los paseos campestres se maravillarán en un safari por el Masái Mara; y por mucho que les gusten unos pendientes de bisutería preferirán unos de brillantes. Pues bien, lo mismo pasará con los libros.

Y es que tenemos al alcance de nuestras manos un innumerable número de joyas literarias para ofrecerles, como si de un Maserati, un brillante o un viaje a las Seychelles se tratara. Y a un tiempo, jugamos con la ventaja de poder saber cuáles de entre estas joyas convendrá presentarles, ya que conocemos de antemano sus gustos genéricos. A consecuencia de ello, muy probablemente acertaremos en las benéficas alternativas que les ofrezcamos.

A aquellos que disfrutan con las historias de detectives, sean de pura deducción o llenas a rebosar de acción, y siempre con un poco de misterio, como los libros de Raúl Garbantes, la serie El detective esqueleto de Derek Landy, la saga de El joven Sherlock Holmes de Sheane Peacock, o las novelas de Irene Adler, denles a probar del original Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle o del aún más original Auguste Dupin de Allan Poe, ofrézcanles las tranquilas novelas de Hércules Poirot o de la Srta. Marple de Agatha Christie, o las más salvajes de Dashiell Hammett y de Raymond Chandler, e incluso pongan en sus manos las del hoy popular –la razón, una serie de TV– Arsenio Lupin de Maurice Leblanc. Todos estos libros serían aconsejables para los chicos de 14 o 15 años en adelante. Para los que no llegan a esa edad, las series de Enid Blyton, Misterio, Los siete secretos, o Los cinco, Los Blok, de Montserrat del Amo, o Enciclopedia Brown, de Donald Sobol, estarán bien, junto al Tom Sawyer detective de Mark Twain, El gran detective Blomquist de Astrid Lindgren, la joven y resuelta detective Nancy Drew, de Carolyn Keene, o Los tres investigadores (presentados por el mismísimo Alfred Hitchcock), de Robert Arthur.

Dados los tiempos que vivimos, la ficción distópica debería estar experimentando un resurgimiento. Lo cierto es que si así no fuera, habría que provocarlo. Por ello, si a sus hijos les han gustado Los Juegos del Hambre, de Suzanne Collins, Divergente, de Verónica Roth, o El dador, de Lois Lowry, pueden darles más de lo mismo y de mayor calidad, tanto en la forma como en el fondo. Hay muchos títulos a los que acudir que, aunque hoy sean políticamente incorrectos, no debemos dudar de poner en sus manos, y precisamente por esa razón. Pienso en 1984, de George Orwell, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que tratan de la disolución de una sociedad similar a la nuestra a través de la manipulación y el control de masas, con la ayuda de la fuerza o del placer. También son opciones a considerar, La rebelión en la granja (de nuevo Orwell), La máquina del tiempo, de H. G. Wells y El canto a Leibowitz de Walter M. Miller (fabuloso). Algo más lejos en nivel literario, tenemos al liviano y amable Un día feliz, de Ira Levin, y al padre de las ficciones de Orwell y Huxley, el bastante más árido, Nosotros, de Eugeny Zamyatin (que no era literato profesional, y se nota). Todos ellos, libros para chicos de 15 años en adelante. Créanme si les digo que les harán mucho bien, pues les pondrán, cara a cara, ante los efectos devastadores y deshumanizantes de todas esas filosofías de vida subyacentes al progreso biotecnológico (consumismo, hedonismo, relativismo y autoritarismo), un mal llamado progreso que, casi imperceptiblemente, se ha ido haciendo dueño del mundo.

Por el contrario, sí lo que les apasiona son los relatos de fantasía e imaginación, como son la serie de Harry Potter, de J. K. Rowling, los libros de Neil Gaiman, los de Rick Riordan, la serie –nada recomendable– de Phillip Pullman de La materia oscura, o las novelas de Diana Wynne Jones, pueden suministrarles algo, en todos los sentidos, de mayor pureza. Me refiero a El Hobbit, de J. R. R. Tolkien, y Las crónicas de Narnia de C. S. Lewis, para los que no lleguen a los 14, y El señor de los Anillos, de nuevo de Tolkien, para los que los superen. Además están Lloyd Alexander y Úrsula K. LeGuin. Y para aquellos que quieran explorar los orígenes del género de la fantasía épica, no estará de más acercarse a Lord Dunsany (La hija del rey del país de los elfos), a James Branch Cabell (Jurgen) y a William Morris (El bosque del fin del mundo). También se juega con lo fantástico en las historias de Edith Nesbit (la trilogía del Eso, o La ciudad mágica y El castillo encantado), y en los viejos cuentos árabes y persas de Las mil y una noches (pero no todos, claro), en el medieval Calila e Dimna, o en las conocidas colecciones de relatos de los Grimm, Perrault o Andersen.

Siguiendo con el mundo fantástico y sobrenatural, hoy día proliferan las obras que tratan de temas esotéricos y de terror, especialmente de vampiros y otras criaturas espeluznantes. A modo de ejemplo cito la conocida saga Crepúsculo, de Stephanie Meyer, o la de Cazadores de sombras, de Cassandra Clare. Pues bien, para aquellos que gustan de tales emociones, podría acudirse a los antecedentes literarios de estas series modernas, como son El Doctor Jekyll y el señor Hyde, de R. L. Stevenson, el Frankenstein de Mary Shelley y el Drácula de Bram Stoker. Por no hablar de los relatos de Edgar Allan Poe y los del no menos extraño H. P. Lovecraft.

El humor convenientemente mezclado con la vida cotidiana siempre es un recurso frecuentado. Los que se divierten leyendo El diario de Greg de Jeff Kinney, Manolito Gafotas de Elvira Lindo o los libros de David Walliams, podrían ser rescatarlos de dicha mediocridad dándoles algo de más altura y gusto con la lectura de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, de Celia, de Elena Fortun, o de El pequeño Nicolás de Goscinny y Sempé.

Termino esta breve relación con las historias de amor, un supuestamente llamado amor romántico, aunque cada vez se encuentre más alejado del verdadero amor y más cerca de lo que es, en unas ocasiones un puro placer utilitario y egoísta, y en otras un frívolo carrusel de emociones fruto de su mutilación por un rampante sentimentalismo superficial. Si sus hijos –sobre todo hijas, seamos realistas– consumen literatura del tipo de las novelas escritas bajo el seudónimo Blue Jeans, o la serie After de Anna Todd, o Gossip girl de Cecily von Ziegesar, o las diferentes, y no obstante similares, historias de John Green, deberían acercarles, no solo a las obras de Jane Austen o las hermanas Brontë, o incluso de Elizabeth Gaskell –por supuesto–, sino también, a una menor altura, a las novelas de Georgette Heyer (Arabella y El tío Sylvester), a las de Lucy Maud Montgomery (además de Ana, la de Tejas Verdes y Emily, prueben con Valancy Stirling), o por ejemplo, a Cinco panes de cebada, de Lucía Baquedano, pues todas ellas, independientemente de su distinta calidad literaria, contienen una educación sentimental difícil de encontrar en nuestros días.

Todas estas alternativas (y muchas otras) no solo refinarán el gusto y el juicio de sus hijos, sino que les permitirán aprender valiosas lecciones de lo que es y debería ser un hombre, acercándoles, aun cuando sea un poco, a lo que antaño se llamó sabiduría, a aquello que todavía reposa en la tradición de los pueblos y los hombres. ¡Ah!, y por supuesto, tengan por seguro que todos estos libros les gustarán y les entretendrán.

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2.09.21

Elogio a la relectura

                    «Joven leyendo». Obra de Charles Edward Perugini (1839–1918).

   

 

   

«No puedo imaginar a un hombre disfrutando realmente de un libro y leyéndolo solo una vez».

C. S. Lewis. Carta a Arthur Greeves, febrero de 1932

 

 

«Se ha de leer, pero no para contradecir o refutar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o de disertación, sino para sopesar y reflexionar».

Francis Bacon. De los estudios.

 

   

    

   

Se ha dicho y escrito hasta la saciedad aquello de que la lectura de los grandes libros es comparable a entablar una conversación con grandes hombres, y de los beneficios y privilegios que esto supone. Pero la idea, gráfica y estimulante como pocas, también tiene su lado oscuro. Porque las conversaciones repetitivas pueden cansar. Es más, sabemos que el solo pensamiento de que se produzcan puede llegar a cansar, y que para muchos eso sería razón suficiente para eludir nuevos encuentros, que, sin embargo deben producirse, al menos para que este tipo de conversación de sus frutos.

Además, como es sabido desde hace mucho (mucho antes del roquero Frank Zappa, a pesar de lo que hoy proclama Google), hay demasiados libros y poco tiempo. Ya en su día, David Henry Thoreau apremiaba a leer los buenos primero, pues lo más seguro, decía, es que uno no alcance a leerlos todos. Pero la cuestión de la limitación temporal y la infinitud de aquello que hay que conocer –de la que la lectura es una derivada– es mucho más vieja y se presenta ya en los primeros filósofos clásicos. Lo cierto es que son muchos los que creen que no hay tiempo, pero no solo porque el este sea limitado para el ser humano, al menos en esta vida, sino porque esta última conspira para que no lo haya. Como nos dice Daniel Pennac, «la vida es un obstáculo permanente para la lectura».

C. S. Lewis, en consonancia con la frase del inicio y haciendo caso omiso a la cuestión del tiempo (¿o quizá no?), solía releer muchos libros. En su ensayo La experiencia de leer (1961), fue duramente crítico en relación con lo que llamó «mal lector», categoría en la que incluía a aquellos que no leían un libro más que una vez, fuera el que fuese:

«El signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria consiste en que, para él, la frase “Ya lo he leído” es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro».

Por el contrario, según él, «quienes gustan de las grandes obras leen un mismo libro diez, veinte o treinta veces a lo largo de su vida». Una minoría esta entre la que él se encontraba. Según su biógrafo Alister McGrath, «su biblioteca personal contiene anotaciones que indican cuándo se leyó un libro por primera vez y cuando fue vuelto a leer».

En el citado ensayo y en algún otro, Lewis acumula argumentos en favor de la relectura. Me quiero detener en uno de ellos, compartido con una compatriota suya, Virginia Woolf. Según ella escribe en su artículo Sobre la relectura de novelas (1947), «tanto en lo escrito como en lo leído es la emoción lo que debe venir primero», y, cuando así ocurra, (que es normalmente con la primera lectura) esa emoción es lo que nos impulsará a volver para una vez allí, de nuevo, poder preguntarnos lo siguiente: «¿No hay algo más allá de la emoción, algo que aunque está inspirado en la emoción, la tranquiliza, la ordena, la compone?», ¿algo que pasamos a descubrir y que «por simplicidad, llamaremos arte?». Lewis sostiene una opinión similar cuando dice:

«No disfrutamos plenamente de una historia en la primera lectura. Hasta que la curiosidad, la pura lujuria narrativa, no haya sido apagada y adormecida, no estaremos en condiciones de saborear las verdaderas bellezas».

Además de lo apuntado por los dos escritores británicos, en ocasiones la complejidad y la profundidad de aquello que se nos cuenta desde esos libros es tal que, incluso con nuestra atención a pleno rendimiento, se nos escapan, no solo detalles o matices (siempre), sino algunas veces el contenido real de lo que se trata de decir.

Solamente si vemos los libros como meras conducciones de mensajes puramente descriptivos o fórmulas de entretenimiento consumible, podría tener sentido el abandonarlos o desecharlos una vez leídos. 

Pero hay libros que no son así. Me refiero a los buenos y a los grandes. Y no son así, porque nos ayudan a pensar («Leer es como pensar con la cabeza de otra persona en lugar de con la propia», escribió Schopenhauer), porque contribuyen a conformar aquello que somos («Un hombre se conoce por los libros que lee», decía Emerson), y porque, además y sobre todo, son un reducto de sabiduría y experiencia, de belleza y de bondad, e incluso en ocasiones, reflejos de la verdad misma. Aunque para llegar a ello casi siempre es necesario insistir, profundizar, meditar los textos, en suma, abordarlos en varias lecturas. 

Hay otras razones, algunas de tanta fuerza intuitiva como que los libros no cambian, es verdad, pero nosotros sí que lo hacemos. Somos y no somos los mismos a cada instante. Es una obviedad que se impone por la mera experiencia de lo vivido. Y no solo eso, sino también que aquello que hemos experimentado ha dejado de ser lo mismo, al menos para nosotros. La vivencia común de volver a algún lugar conocido y sentir que no es como recordábamos, o apercibirnos de algo en lo que no habíamos reparado y que se nos impone con la frescura desconcertante de la novedad inesperada, es más instructiva que cualquier discurso. Por esta causa, si nuestra primera lectura de un libro nos conecta básicamente con el autor, las lecturas posteriores nos conectan no solo con él de nuevo, sino también con nuestro yo más joven; y las futuras relecturas nos conectarán con un futuro yo más maduro, aún desconocido.

Pero no todo en la relectura habrá de ser esfuerzo y tesón, ni siempre deberá estar teñida de ese aire intelectual que ahuyentará a algunos. Porque, aún en libros que no sean tan grandes, sino meramente buenos en el sentido de que nos hagan bien, podemos encontrarnos con el simple y puro gozo de un grato instante. Borges nos decía que la lectura era una de las formas que toma la felicidad.

Y es que, como sabemos, hay otro tipo de lecturas. Unas intermedias entre las ya mentadas de los grandes libros y aquellas otras (hoy y siempre imperantes y al acecho), en las que, en frase de Virginia Woolf, no deberíamos «dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes». Son las lecturas a las que me he referido en muchos y diferentes artículos como las de los buenos libros. Libros que si bien no llegan a la altura de las obras maestras, nos dan, en un nivel de calidad literaria muy aceptable, no solo migajas de sabiduría, preparándonos para poder recibir el grueso de ese saber albergado en las grandes obras, sino también y sobre todo, una gratificación mucho más accesible, ocupando el delectare de Horacio un mayor lugar que el prodesse.

Así que, algunas de entre estas obras también merecen en ocasiones una relectura. Claro que sí. ¿Por qué no? Muchas veces encontraremos en ellas aquello que precisamente necesitamos. Puede ser que nos regalen una parte de nosotros mismos y de nuestra vida que parecía haber sido borrada de nuestro corazón, o tal vez nos transporten a lugares –imaginarios o reales–, que yacían olvidados en la memoria. Lo cierto es que tales rememoraciones, refrescadas y enriquecidas por la lectura, provocan un efecto benéfico para el alma. Acaso sea nostalgia, o tranquilidad, o sosiego, o diversión, o consuelo…, en suma retazos de felicidad que nos permiten recordar lo que nos espera. Dice así la poeta chilena Gabriela Mistral:

«Libros callados de la estantería,

vivos en su silencio, ardientes en su calma;

libros, los que consuelan, terciopelo del alma,

y que siendo tan tristes nos lucen la alegría».

No obstante, no habrá que volver sobre todos los libros. No todo aquello que contenga entre unas tapas un montón de hojas impresas o manuscritas es valioso, y tampoco todas las obras que encierren algo de valor han de ser releídas. La envoltura exterior es importante (ya hemos hablado de eso), pero lo relevante es lo que reposa en su interior. Es ese contenido el que nos hará volver a algunos de entre todos ellos, a los que nos hacen bien y nos hacen mejores, a los que nos ayudan a ser hombres. En su ensayo, De los estudios, Francis Bacon lo ratifica cuando dice que ciertos libros deben ser probados, otros deben ser tragados, y unos pocos deben ser masticados y digeridos. Aunque quizás aquí Bacon se esté refiriendo a otra cosa; a una forma de leer ya casi olvidada: Averiguar primero los hechos –probando el libro–, evaluarlos críticamente –tragándolo–, y luego formar una opinión sobre ellos –digiriéndolo–. Pero ese es otro asunto.

Por estas y otras razones que seguro se me escapan, pero que alguno de ustedes sopesa, hay que regresar a algunos libros, como quien regresa al hogar. Volver una y otra vez, las veces que haga falta. Las veces que nos haga falta. Porque los buenos y grandes libros pueden llegar a ser una bendición, un regalo y una dádiva. Y en ocasiones, raras eso sí, una gracia, que en consonancia con su naturaleza es siempre inmerecida.

Pero, reconozcámoslo, pocas personas son reincidentes en sus lecturas. Y si bien me resisto a ser tan duro en mis juicios como C. S. Lewis, dado que creo en la bondad y beneficio de esta costumbre, deseo proclamar los tesoros que guarda, a los que trato de acceder, a veces no sin esfuerzo. En un mundo como el nuestro donde se lee para el olvido, la relectura es una vindicación de la memoria, al menos de la memoria de lo leído, y esto es justo una de las cosas que necesitamos. 

Sin embargo, es un tema difícil, ya que en unos tiempos hostiles a la lectura como los nuestros poco podemos esperar de la relectura. En la mayoría de los lectores de hoy podría reconocerse una falta de deseo por habitar el libro y profundizar en sus misterios ocultos, una aversión al esfuerzo, y un apego al más fácil y asequible de los placeres. Tristemente, muchos han dejado de leer libros para simplemente pasar a consumirlos.

Aun así, a pesar de mi convicción y mi deseo, sé que nunca encontraré tiempo para los muchos libros que desearía leer o que ambicionaría contuvieran los estantes de mis hijas, y menos releer los que merezcan ser releídos. Porque la vida aquí abajo es corta, aunque supongo que esa es una de las razones por las que estamos hechos para la eternidad. Y aun cuando no pienso que el Paraíso sea una biblioteca, como decía Borges, lo que sí que creo con Cervantes es que la pluma es la lengua del alma, al igual que el alma es imagen de Dios, y eso hace a los libros, a los buenos y grandes libros, merecedores de nuestra atención, e incluso en ocasiones, de una reiterada y constante atención.

25.08.21

Hablando de amigos: Wodehouse y Delibes

       
                      «Chicos de pueblo». Obra de Nikolay Bogdanov-Belsky (1868-1945).

  

  

    

«Para un cristiano, estrictamente hablando, no hay casualidades. (…). La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de todos los demás».

C. S. Lewis. Los cuatro amores

    

  



Mis hijas acaban de leer dos libros muy distintos. Una leyó a Delibes en su tercera novela, El camino (1950), y la otra una de las historias del dúo formado por Jeeves y Bertie Wooster, El código de los Wooster (1938), de P. G. Wodehouse. Las dos obras reflejan formas diferentes de ver la vida, una risueña y otra trágica, pero las dos son poéticas y enriquecedoras. Y las dos me han hecho pensar en la amistad.

  

Wodehouse y la amistad

Aunque muchas de las historias del duo Jeeves y Bertie suelen descansar, bien en la idea de sacar al descuidado Wooster de un compromiso matrimonial desaconsejable, bien en el conflicto que genera en Jeeves alguna prenda de vestir de su joven señor, la saga está densamente poblada de supuestos amigos de este último a los que, voluntaria o forzadamente, trata de ayudar. Parece así que al menos uno de los mandamientos del código de los Wooster es socorrer a un amigo cuando lo necesita.

Reflexionando sobre esta centralidad de la amistad en las historias de Bertie y Jeeves algunos se han preguntado cuál de estos numerosísimos personajes ante cuyas dificultades acude presto el protagonista (y que son resueltas con la inestimable ayuda de su valet), es su mejor amigo. Elliot Millsen, por ejemplo, llega a la conclusión de que tal honor solo puede ser merecido por Reginald “Kipper” Herring, y ello aunque este sujeto aparezca únicamente en un libro, Jeeves in the offing (1960), por cierto, no traducido al castellano, que yo sepa.

Sin embargo, en una opinión sé que discutible, pienso que la verdadera amistad que encierran esas historias está en otra parte, y que esta se encuentra en la dispar relación que une a los dos protagonistas.

Sin duda, Bertie y Jeeves –y más aún en la época en que transcurren las historias–, pertenecen a dos esferas sociales muy distantes y representan dos papeles sobre los que, de entrada, gravita una relación de subordinación y dependencia: Bertie es el señor y Jeeves es el criado. Pero esta distancia social y laboral no es para Wodehouse un impedimento, sino más bien, parafraseando a Arquímedes, el punto de apoyo a partir del cual el autor inglés mueve su mundo.

Es verdad que, en razón de esa inicial distancia, ambos personajes bailan distintas melodías, en el mismo escenario sí, pero en distintos planos, aunque nadie podrá negar que el baile está perfectamente coordinado. En algunos casos semejan ser un actor tartamudo y un apuntador oportuno. En otros Bertie parece ser un muñeco de guiñol y Jeeves un ventrílocuo habilidoso. Sin embargo, no se trata realmente de un pelele y su titiritero. Hay una tensión agradable y productiva entre los dos en la que en ocasiones vence uno (Bertie; las menos) y finalmente suele vencer el otro (Jeeves; las más). Una tirantez suave que deja traslucir una correspondencia entre personalidades dispares en la que, como fruto de una clara autonomía cooperadora, uno enriquece al otro y viceversa. No sé que haríamos con un Bertie sin Jeeves, o con un Jeeves sin Bertie. Por cierto, Wodehouse exploró esta hipotética cuestión en Llamen a Jeeves (1953), quizá para que nos diéramos cuenta de ello.

Esta dependencia existencial nos remite, entre sombras y luces, a la idea aristotélico-tomista de que en la amistad los amigos se desean recíprocamente el bien tal como lo quieren para sí, porque consideran al amigo como otro yo.

De esta manera, en cualquiera de los numerosos libros de la serie podemos encontrar ejemplos de esa amistad conteniendo rasgos de admiración, confianza y lealtad. En la historia titulada Jeeves y el huevo duro (1919), oímos decir en tono admirativo a Bertie: «No cabe duda de que Jeeves es único en su clase. En cuestión de cerebro y recursos no creo haber conocido a nadie como él». Por su parte, en el único relato escrito por Wodehouse desde la perspectiva de Jeeves (Bertie cambia de intención, 1925), vemos que, para el ayuda de cámara, el joven Wooster constituye el ideal del empleador, por el cual, además, siente un gran cariño. Y todo ello con la seguridad de que Wodehouse tratará el tema con esa cosa tan rara y escasa, y sin embargo tantas veces minusvalorada, que es el humor, del que el autor inglés tiene enormes provisiones en cada uno de sus libros.

  

El camino o la amistad en el atardecer de la infancia

El camino (1950), es la tercera novela de Miguel Delibes. Una obra recordada con dispar gusto por los que son de mi generación y de muchas posteriores también. ¿La razón? La obligatoriedad de su lectura en el Colegio, lo que daba y da a los libros (y este no es excepción) un aire de trabajos forzados que no ayuda mucho a la promoción del hábito de leer.

Uno de los temas centrales de la novela es la amistad infantil, la gran camaradería que surge entre el protagonista, Daniel (El mochuelo) y sus dos amigos, Germán (El tiñoso) y Roque (El moñigo). El marco, una historia circular que comienza en el momento en que Daniel conoce que ha de irse a estudiar a la ciudad y que termina cuando, por fin, emprende ese viaje. Una obra en la que Delibes consigue retratar con maestría a un niño de once años en el trance de su paso de la infancia a la juventud. Un tema muy manido, pero que es tratado con habilidad por el autor vallisoletano, con un estilo sencillo pero preciso. A mi hija mayor le gustó realmente mucho el libro.

Para Daniel, Germán, el Tiñoso, era un amigo «en todas las ocasiones; hasta en las más difíciles», y Roque (un año mayor) era «fuerte como un toro» y «un buen árbol donde arrimarse». Esta relación amical se describe a través de las muchas veces en las que el trío es protagonista de aventuras variadas a lo largo y ancho del valle. Se trata de todo tipo de travesuras, de las que son ejemplo el robo de unas manzanas en la finca de un vecino, el incidente con un gato, lo ocurrido en el túnel del tren, o la carta que escriben entre los tres amigos al maestro en nombre de la hermana de uno de ellos, para que se hagan novios y luego se casen. Historias triviales e inocentes que sentirán próximas aquellos que, como yo, hayan tenido una niñez de pueblo. Sin embargo, esta amistad se ve truncada cuándo uno de los niños, Germán, el tiñoso, muere. Este es el momento en el que Daniel pone fin a su infancia perdiendo con ello su inocencia, un quebranto del que es causa desencadenante ese cercanísimo encuentro con la realidad desconcertante de la muerte.

Esta trama, sobre la cotidianidad de tres niños de pueblo, semeja no ser nada y disolverse en la nada. Una historia con la aparente insustancialidad de una vida remota y ya difícil de reconocer para los niños urbanitas de hoy (no para algunos pueblerinos como yo). Pero, aun así, se resuelve en aquello que, haciendo honor a su franqueza castellana, nos da con el título el autor: un camino, en el que lo fundamental es el hacer del caminante. Un hacer que se hace camino al andar (que decía el poeta) y en el que el lugar de destino no parece importante, pero lo es (como siempre lo es), aunque también, como siempre, se vaya desvelando casi imperceptiblemente con el trayecto. Un caminar que condiciona la meta a la que llegar, como bien sabemos o deberíamos saber, y en el que la amistad es, en frase de san Agustín, el mejor de los consuelos para reponer fuerzas y continuar hacia adelante… ¿O quizá sea hacia atrás?

8.08.21

Amistad y literatura (I)

             «Jovencitas a la orilla del río». Obra de Pierre-Auguste Renoir (1841-1919).

 

   

«¿Qué consuelo mejor hallamos entre las agitaciones y penalidades de la sociedad humana, que la confianza sincera y el mutuo amor de los buenos y auténticos amigos?».

San Agustín

  

«No hay base más segura para una hermosa amistad que un gusto mutuo por la literatura».

P. G. Wodehouse. Las noches de Mulliner.



   

Hay una famosa y paradójica frase atribuida a Aristóteles que dice así: «Oh, amigos míos, sepan que no hay amigos». Sin embargo, el Estagirita no era en realidad tan radical en este asunto. Si nos atenemos a sus escritos hemos de pensar que creía en la amistad y que la tenía en una alta consideración. Por ello, en la aparente contradicción que encierra la frase, el filósofo parece querer apuntar a la rareza que para él suponía la existencia de una verdadera amistad.

Pero, aunque rara, de lo que no cabe duda alguna es de que la amistad ha sido, es, y con seguridad seguirá siendo un tema de discusión inagotable entre los hombres. Una de esas cuestiones intemporales que nunca dejan de interesar, a suerte de un anhelo no colmado, de una búsqueda infructuosa y estéril. Deseamos tener amigos, pero… ¿Es esto posible? ¿Es acaso esta búsqueda una manifestación más de nuestra nostalgia inconsolable e insatisfecha?

Como en el caso de Aristóteles, muchos de los grandes filósofos, desde Sócrates en adelante y es posible que antes aún, han debatido sesudamente sobre tal cuestión. Pero, sorprendentemente, el debate se nos antoja escaso en comparación a la importancia que el asunto adquiere en la vida de los hombres.

El Lisis de Platón cesa de modo abrupto, justo en el momento en que Sócrates parece frustrado por su incapacidad para definir la esencia de la amistad, si bien antes tiene tiempo para esbozar unas líneas maestras, ya que según él la amistad descansaría en el amor y se regularía por la virtud.

Tras una larga indagación, quizá, la más completa que jamás se haya hecho sobre este tema (los libros VIII y IX de su Ética a Nicómaco), Aristóteles concluye que las formas inferiores de amistad -por interés o por placer- son comunes, pero que las verdaderas amistades -por el puro bien del otro, regidas por la libertad- son poco habituales.

No es posible dejar la antigüedad sin mencionar a Plutarco y la cuestión que plantea en su ensayo, Sobre la abundancia de amigos, y a Cicerón y su famoso Laelius de amicitia, donde el filósofo romano coloca a la amistad en la cúspide de los anhelos humanos, solamente superada por la sabiduría.

El cristianismo, por su parte, está ligado profundamente con la idea de la amistad, pues Cristo mismo, además de calificar de amigos a los apóstoles y tener por amigo a Lázaro, nos conmina a amarnos los unos a los otros como Él nos ama.

Para el cristiano se trata, según san Agustín, de algo más que un amor recíproco entre dos o más personas, ya que debe incluir a Cristo como el primero de los amigos. Dice Agustín, siguiendo en parte a los clásicos, a los que completa:

«Nadie puede ser verdaderamente amigo del hombre si no lo es primero de la Verdad misma, y si tal amistad no es gratuita, no existe en modo alguno».

Santo Tomás también hizo suyo el estudio de la amistad, si bien la trata con cierta dispersión en varios lugares, tanto en sus Summas como en sus Quaestiones Disputatae de Virtutibus. El de Aquino ve posible y deseable la amistad como una de las formas del amor, mejor dicho, como un hábito o una disposición habitual a amar a otra persona y a sentirse amada por ella. Pero, como amor recíproco entre dos personas en el que cada una desea el bien de la otra, nos dice, coincidiendo así con Aristóteles y Agustín, que para que pueda hablarse de pura y auténtica amistad esta debe estar ausente de interés (concupiscencia), ya que, de no ser así, el amigo no es amado por sí mismo. Finalmente termina el Aquinate relacionando la amistad con la virtud de la caridad, pues a través de esta –nos dice– se nos conduce a una amistad sobrenatural con Dios.

No obstante, ni los filósofos clásicos ni los cristianos dicen que las amistades basadas en el placer o la utilidad sean malas per se. Unicamente sostienen que no son amistades en el sentido más estricto, que no son amistades perfectas y verdaderas, porque en ellas el amigo no es amado por lo que es.

A este optimismo (moderado en cuanto que humano y, por tanto, ajustado a los límites de nuestra realidad mundana), le sigue una cierta desesperanza. Thomas Hobbes («homo homini lupus») muestra indicios de esa tendencia, y ni tan siquiera Rousseau se salva, pues lo bueno del hombre lo refiere a su naturaleza (a lo que trae de cuna) y lo malo lo sitúa en la propia convivencia humana. Más tarde, ni el frío Immanuel Kant con sus imperativos, ni el pesimista Arthur Schopenhauer con su sombrío escepticismo, ni el tormentoso Friedrich Nietzsche con su amorosa prevención y distancia, ni por supuesto el desesperado Jean-Paul Sartre y su soledad existencial, reconducen el tema, si no que ahondan en él sin aclararlo. A pesar de lo cual, amistades como la de Michele de Montaigne y Étienne de La Boétie (plasmada por el primero en su famoso ensayo, De la amistad) y la del Dr. Johnson y su imperecedero biógrafo James Boswell (mostrada en la Vida de Samuel Johnson, escrita por este último), son muestras de que independientemente de las reflexiones y pensamientos, la amistad se siguió abriendo paso entre los hombres.

Hoy, sin embargo, la proliferación de los denominados amigos en sitios como Instagram o Facebook, son la muestra de una generalizada banalización en medio de la cual casi cualquier tipo de relación es calificada de amistad.

Visto lo visto, quizá sea cierto aquello de Aristóteles de que las verdaderas amistades son raras, aunque, estarán conmigo en que, existir existen, y que buscar, lo que se dice buscar, los hombres no han cejado en su búsqueda. Y es que, a pesar de lo que digan los filósofos, el hombre sencillo y simple, sigue como antaño sintiendo ese anhelo, ese deseo de formar un grupo de amigos, de encontrar una amistad.

¿Y sobre esta importante cuestión, pueden decirnos algo los literatos?

Homero trazó en unos versos memorables rasgos de lo que los antiguos entendían por amistad. Por ejemplo, entre guerreros, con la clásica amistad entre Aquiles y Patroclo –tan mal entendida en estos tiempos modernos–, y la que se forja en medio de la batalla entre el troyano Glauco y el acadio Diomedes cuando descubren que sus antepasados estaban unidos por lazos de amistad hospitalaria o xenia, lo que los lleva a no luchar y a intercambiar en su lugar sus armaduras. O también, con leve insinuación, la posibilidad de amistades no románticas entre miembros del sexo opuesto, como el caso de Patroclo y Briseida, y el de Héctor y Helena.

Para Shakespeare, al igual que para la tradición filosófica clásica y la cristiana, la barrera de la amistad verdadera se encuentra en el egoísmo, sea de raíz económica o tenga por causa el placer. Su muestrario de amigos es extenso. Hamlet y Horacio en el drama Hamlet, y Rosalinda y Celia en la comedia Como gustéis, son solo algunos ejemplos, pero probablemente es en la tragedia Timón de Atenas donde el dramaturgo realiza su indagación más profunda sobre la problemática de la amistad. Y así, el bardo inglés nos dice que, si bien los buenos amigos pueden valer su peso en oro, los que padece el héroe de este drama, lamentablemente para él, solo están interesados en el oro.

Cervantes, a su vez, y contra la opinión de los clásicos Aristóteles y Cicerón, dejó esbozada en unas líneas maestras un ejemplo de que la amistad no necesariamente ha de darse entre iguales, con la relación entre Don Quijote y Sancho. Una relación esta, que si bien se inicia con un tipo de amistad concupiscente (el interés de Sancho en obtener de Don Quijote el gobierno de una ínsula a cambio de acompañarle en sus aventuras), termina con el mutuo y sincero aprecio de la verdadera amistad.

Con ello, Cervantes, como buen cristiano que era, recoge en su gran obra algo que ya había sido manifestado mil seiscientos treinta y ocho años antes en la Judea bajo yugo romano, cuando Dios se hizo hombre y trató como amigos a sus discípulos. Sin embargo, el escritor complutense no nos explica cómo es posible que entre un hidalgo letrado y un analfabeto labrador pueda forjarse una verdadera amistad. Deja la cuestión sumida en un misterio, un misterio que nos hace pensar en el mayor de todos ellos, aquel al que nos remite la obra y que solo la gracia divina puede explicar.

Estos son solo algunos ejemplos, porque el mundo literario es inagotable en este aspecto. Así que, aprovechando esta abundancia, en las próximas entradas trataré de hablarles de algunos de estos modelos, aquellos que considero más asequibles y provechosos para nuestros hijos. Les invito a que me sigan en esta exploración.


26.07.21

Volver a la poesía

            «El sermón de la montaña». Obra de Carl Heinrich Bloch (1834-1890).

   

 

 


«La primera cosa que debe hacerse con un poema o canción es simplemente aprenderlo de memoria».

Denis Quinn

 


«El verso siempre recuerda que fue un arte oral antes de ser un arte escrito, recuerda que fue un canto».
Jorge Luis Borges

 

  

  

   

Vuelvo a la poesía. Y no me cansaré de volver, se lo advierto a ustedes. Si escribo sobre ello una y otra vez es para tratar de transmitirles la importancia que tiene una visión poética del mundo, la relevancia de su ausencia e, igualmente, la fatalidad de su abandono. Un abandono que hoy sufrimos y que quizá sea uno de los factores de nuestra desorientación y desamparo. Si fuera poeta, si estuviera bendecido por las musas, les escribiría incesantemente versos instándoles a que los recitaran en voz alta. Pero he de conformarme con lo que me ha sido dado.

Hoy podrá resultar un hecho algo curioso y hasta chocante pero la primera forma de contar historias fue la poesía y no el relato. Con ella el hombre tenía a su disposición un instrumento inigualable para tratar de acercarse a la realidad tal y como es en su misterio oculto.

Porque el oído estaba en el principio, pues la Palabra no fue escrita sino dicha. La recitación, apoyada en la memoria, era el medio primigenio de transmisión del conocimiento. A esto se refieren las palabras de C. S. Lewis cuando dice que «toda la poesía es oral, pronunciada por la voz, no leída, y, por lo que se nos dice, tampoco escrita. Y toda la poesía es musical». A ello se refiere Borges en la frase de inicio, porque lo que los poemas nos recuerdan, una y otra vez, es que inicialmente fueron un canto.

Pero llegó un día en que el hombre gutembergiano cambió el oído por la vista y entonces todo comenzó a cambiar. Platón y Sócrates lo habían advertido mucho tiempo antes (Fedro, 370 a. C.), en una profecía que hoy resuena muy actual:

«Esto, en efecto, producirá en el alma de los que lo aprendan el olvido por el descuido de la memoria, ya que, fiándose a la escritura, recordarán valiéndose de caracteres ajenos, no desde su propio interior y de por sí. (…). Es la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que procuras a tus alumnos».

C. S. Lewis también nos ilustró sobre esta cuestión en dos de sus libros, La alegoría del amor (1936) y Un prefacio al Paraíso Perdido (1942). En estas obras, y desde su posición de erudito, explica que la poesía alegórica y épica fueron desde un principio las formas dominantes de contar historias en Occidente, y traza su desarrollo a través del tiempo, de los griegos a los renacentistas, comenzando con La Ilíada de Homero y terminando con El Paraíso Perdido de Milton y El Progreso del Peregrino de Bunyan. Las obras citadas de Milton y Bunyan, publicadas en 1667 y 1678, respectivamente, fueron según Lewis las dos últimas epopeyas alegóricas escritas en inglés. Con la publicación de estos dos grandes poemas la cultura occidental inició el abandono de su ancestral manera de contar historias. Las formas antiguas fueron muriendo poco a poco, pero la sed del hombre por las historias no cesó. El teatro de Shakespeare y la prosa de Cervantes remplazaron a la poesía alegórica y épica, y en este primer momento pareció que nada se había perdido. Pero fue un espejismo como vemos hoy. Borges lo enuncia así en el prólogo a su libro de versos, La rosa profunda (1975):

«La literatura parte del verso y puede tardar siglos en discernir la posibilidad de la prosa. Al cabo de cuatrocientos años, los anglosajones dejaron una poesía no pocas veces admirable y una prosa apenas explícita. La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar».

De esta forma, el hombre comenzó a abandonar la poesía y a abrazar la retórica, la narrativa histórica, los hechos y los datos. Dejó el mito sin darse cuenta de que se abalanzaba sobre la fría información. Y de la palabra hablada pasó a la escrita, y del signo gramático se deslizó hacia el numérico. La palabra, incluso la escrita, fue arrinconada, siendo sustituida, casi imperceptiblemente pero de manera incesante, por el dato. La novela y el relato escrito iniciaron su era, aunque en vez de servir pasaron a reinar, y la voz y la memoria se fueron apagando. Y la forma se apartó del fondo, y comenzó a diluirse en un extenso mar de confusión, y la verdadera sabiduría se fue extinguiendo, lenta e inexorablemente, como la luz de una vela.

Sin embargo, la forma natural de comunicar de todo hombre es y ha sido siempre la palabra oral. En todas la culturas han existido personas que se han ocupado de llevar a cabo esta transmisión combinando el verbo y la memoria: rapsodas griegos, bardos celtas, poetas árabes, guslares rusos, ritmadores touaregs, juglares medievales y meturgemanes hebreos, entre los cuales, según Castellani, se encontraba nuestro Señor.

¿No se han preguntado nunca porque Él, el Logos, La Palabra, no dejó escrito para nosotros ningún libro? Sin embargo, nos dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Optó por la poesía, por la oralidad musical de la parábola y del aforismo, en un lenguaje ardiente, imaginativo y poderoso. Resulta imposible no sentir lo poético de sus palabras, y ello, a pesar de que hayan sido traducidas, transcritas y forzadas a permanecer encorsetadas en una retórica narrativa, perdiendo así parte de su vivacidad poética. Unas palabras que, como dice el escritor norteamericano Joseph Sobran, «tienen un poder único que las diferencia de todas las demás palabras, meramente humanas. Incluso alejadas de su idioma original, todavía nos penetran y gobiernan nuestras conciencias. Han cambiado el mundo profundamente. Él no sólo hizo milagros, sino que habló milagros. Las palabras que leemos de su boca son milagros. Tienen un efecto sobrenatural».

Quizá fue así, debido a esta incapacidad nuestra para vivir permanentemente en lo poético, que solo podemos recibir como a pequeños sorbos, a través de un mero reflejo (per speculum…), mediante la transformación del poema en narración, o por medio del impacto de lo extraordinario y lo insólito de la naturaleza creada. Sabedor de ello, Cristo instauró y dio ejemplo de una vida sacramental y de una enseñanza verbal y conductual. Es en esa combinación de actos, gestos y palabras, unida a la facultad de la memoria y la imaginación, donde Cristo depositó su Evangelio, y no en el relato secuencial de hechos escrita en libros. En escolio de Gómez Dávila podría decirse que «Cristo al morir no dejó documentos, sino discípulos».

A este respecto, vuelvo a Sobran, quien escribe: «La vida de la Iglesia, tal como la prescribió Cristo, era sacramental. Nunca les dijo a los Apóstoles que escribieran libros; les dijo que bautizaran, que predicaran el Evangelio, que perdonaran los pecados y que conmemoraran el momento culminante de su ministerio antes de la Pasión, la Última Cena. Les delegó su propia autoridad y dejó mucho a su discreción, bajo la guía del Espíritu Santo». Por eso la imaginación cristiana está pegada a la palabra vibrante y discurre entre lo simbólico y lo sacramental.

Ocurre que, si descuidamos esta limitada capacidad para captar lo poético del mundo la iremos perdiendo sin remedio. Y no debemos dejar que esto ocurra. C. S. Lewis nos habla de su relevancia:

«La poesía tiene como objetivo producir algo más parecido a la visión que a la acción. Pero la visión, en este sentido, incluye las pasiones. Ciertas cosas, si no son vistas como encantadoras o detestables, no son vistas en absoluto. (…). En la retórica, la imaginación está presente por el bien de la pasión, mientras que en la poesía, la pasión está presente en aras de la imaginación, y por lo tanto, a largo plazo, en aras de la sabiduría, la salud espiritual, la rectitud y la riqueza de la plena respuesta del hombre al mundo».

El sonido y el ritmo, esa música propia de la poesía, cobra vida cuando se recita y declama en voz alta, de memoria. Borges nos dice: «Un verso bueno no permite que se lo lea en voz baja, o en silencio. Si podemos hacerlo, no es un verso válido: el verso exige la pronunciación». Una pronunciación que nos ofrece una melodía, que nos envuelve en una canción.

El filósofo católico Peter Kreeft, hablando de la belleza ínsita en una obra como El Señor de los Anillos (1954/55), escribe al respecto lo siguiente:

«El Señor de los Anillos está lleno de música, lleno de música. En uno sus índices, al final del libro, se enumeran canciones o poemas. Nombres propios, claro. Lugares, por supuesto que sí. Pero, ¿canciones o poemas? Sin embargo, hay tantos, tantos, que necesita un índice. Los hobbits cantan himnos a El-Beret, y canciones para caminar y para el baño. Al igual que Tolkien, Bombadil es un escritor de prosa que está lleno de poesía y música. Peter Beagle, en la introducción a “A Tolkien Reader", lo llama “un escritor cuya propia prosa está en sí misma rebosante de plena poesía". Creo que la música es una parte esencial del encanto élfico. Cuando la Comunidad entra en Lothlorien, Sam dice: “Siento como si estuviera dentro de una canción, si entiende lo que quiero decir". Y así es como nos sentimos cuando entramos de lleno en este libro».

A eso es a lo que me refiero. Así es como quiero que se sientan mis hijas, como si estuvieran dentro de una canción. ¿Ustedes no?

Pero hoy día, ni en casa ni en la escuela, ni siquiera en nuestras iglesias, se educa la sensibilidad poética, y mucho menos en la televisión, el cine o las redes sociales. Recitar en voz alta y aprender viejos poemas y canciones es algo que ya no se estila. Se nos pide, mejor dicho, exige, que olvidemos la memoria y la recitación y que renunciemos a su belleza, total ¿para qué sirve? La tosquedad con la que se lleva acabo esta deserción es pareja a la barbarie con la que trata de cubrirse el vacío resultante. Esas recitaciones, esos esfuerzos memorísticos de cantos y rimas, son quizá uno de los últimos enlaces que nos quedan con el mundo de la tradición oral. Un puente por el que podríamos transitar hacia nuestra propia identidad, que la fuerza de la imprenta no pudo romper, pero que la seducción de la imagen está quebrando ya.

Quizá deba ser así. Es posible que, como dijo Gómez Dávila, la literatura ha de pasar por tres edades, «primero sueño, después inventario, en fin confesión», y que hoy estemos en «el inventario». Pero me resisto a ello. «El sueño» de la etapa primera no debe perderse. Todavía hay esperanza, todavía podemos traer la poesía a nuestras vidas y a las de nuestros hijos.

El profesor Anthony Esolen lo dice mucho mejor:

«“Quien quiera salvar su vida debe perderla", dice el Señor, y eso es una ley del propio ser. Es la ley de la peligrosa vida de la belleza y el amor. Las artes pueden atraernos a esa vida y ayudarnos a salir del moderno mecanicismo del trabajo por el trabajo. No podemos hacer ninguna apuesta segura sobre a dónde nos llevará la lectura del “Paraíso Perdido”. Si se lee con espíritu de fiesta, recibiéndolo como un regalo al que no se tiene derecho, su belleza, siempre gratuita y desbordante más allá del estrecho mundo de la utilidad, puede cambiarnos para siempre. Si entramos en ese templo, podemos aprender a quitarnos los zapatos de los pies, a liberarnos de la brida de la espalda. Puede que veamos cosas que nuestros amos no desean porque entonces ya no serían nuestros amos. Podemos inclinar el oído y el corazón a una música que ellos han tratado de ahogar. Podemos incluso captar la insinuación fugaz, como una voz leve y queda en la cima de una montaña, del Amor que mueve el sol y las estrellas».

Sin embargo, no esperen recibir mucha ayuda en lo que será un regreso ingrato y duro. Así y todo: ¡volvamos a la poesía! ¡Recobrémosla! ¡Hagamos que recupere su voz! Y como decía el filósofo ruso Pavel Florensky, no dejemos nunca de leer en voz alta hermosos poemas.