La hija pródiga
Maribel (vamos a llamarla Maribel) desapareció de la parroquia hace ahora tres años. Catequista, colaboradora, amiga… Y voló. Un día que no viene y sin avisar, otro que tampoco. No contesta el teléfono, no responde a los correos…
Pregunté a su íntima amiga. Nada de nada. Tampoco le cogía el teléfono. ¿Qué pasará?
Un año después, estaba yo paseando por el barrio, cuando se paró a mi lado un coche, bajó Maribel, se me abrazó llorando y sólo me dijo: perdóname, un día te contaré, ahora no puedo…
Unos meses después supe que había fallecido su padre y me presenté en el tanatorio. Ella no podía creerlo: ¿pero cómo has venido, cómo te has enterado? te estoy muy agradecida…

Sabía yo que se podía liar. Cuando tocas el tema movimientos y parroquia siempre saltan chispas. Es decir, que no es tema para nada baladí.
Una amable comentarista, Eva, me daba las gracias el otro día por colocar entre las opciones eclesiales la de “parroquianos a secas”, que parece acaban olvidados la mayor parte de las veces.
La partida de defunción de la Iglesia Católica lleva redactándose dos mil años. En España recordamos perfectamente las palabras de Don Manuel Azaña, en 1931, en las Cortes: “España ha dejado de ser católica”. Desde entonces y hasta hoy, pasando por la desolación de la guerra civil que supuso el intento de acabar con sacerdotes, religiosos y templos católicos, hay gente empeñada en demostrar cómo la iglesia española no existe en la práctica.