Acaba de llegar San José
Cada cual es dueño de tener sus devociones especiales. Mis debilidades dentro de la corte celestial se las llevan San Isidro y San José.
San José ha sido siempre un santo muy de la familia. Mi padre era José, un hermano José y todos tenemos algo que celebrar ese día. Yo, por ejemplo, los ministerios de acólito y lector recibidos un 19 de marzo, y hasta la sobrina religiosa entró en el convento un día de San José. A San José rezaban mis padres todas las noches para que les concediera una buena muerte y San José se portó. Los dos murieron en su cama y con su hijo sacerdote a la cabecera. Dicho esto, ahora voy con la historia.

Es pregunta que me hacen de vez en cuando, entre otros, algunos compañeros sacerdotes. Viene, yo creo, esta pregunta, porque estamos contagiados de una mentalidad mundana según la cual todo se valora en clave de eficacia, y de una mentalidad eclesiástica inclinada a valorar el trabajo del sacerdote en clave de misas, confesiones, reuniones, papeles, asambleas, coordinaciones y mucha puesta en común. Con estas claves, evidentemente no es fácil comprender el trabajo pastoral en pueblos de pocos habitantes.
Estando en la parroquia de la Beata Mogas, en Tres Olivos, en Madrid, teníamos la costumbre de celebrar la primera misa del domingo “ad orientem”. En su momento expliqué en el blog el
Ayer, un domingo más en la vida de mis tres parroquias. Mantengo el horario de misas que tienen desde “siempre”. Es decir, a las 11 celebro en Gascones, a las 12 en La Serna y a las 13 en Braojos. Justito de tiempo, pero bien, ya que la distancia entre pueblo y pueblo es de apenas dos kilómetros.





