Fiestas de pueblo. No somos un mozo más
Ahora que ando como los almendreros, de fiesta en fiesta, me preguntan, me pregunto, cómo debe estar un sacerdote en las fiestas de sus pueblos. Oigan que no es ninguna tontería.
Los hay, los ha habido, partidarios de ser algo así “como un mozo más”, ya saben que en el pueblo mozo es todo aquel que no ha contraído matrimonio, aunque tenga sesenta años. Ser un mozo más significa que sí, que uno hace las funciones religiosas, pero luego está en todas partes por la cosa de ser uno más del pueblo: comidas, bebidas, copas, baile (aunque no baile, que a veces también), diversión hasta las horas que toque, participar como uno más en absolutamente todo.
Otros hay para los que las fiestas no son nada, salvo sus estrictas funciones religiosas. Compañeros sacerdotes que no quieren saber nada de actividades que no sean estrictamente litúrgicas, cuando no aprovechan para soltar una soflama contra los excesos de esos días.

Me apuesto un agua del Carmen y una caja de trufas de La Aguilera a que en la homilía de este domingo el último versículo de la segunda lectura va a ser la estrella. Sí, ese que dice: “La religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo”.
No podemos seguir así. Llevamos semanas, meses, con las supuestas miserias de la Iglesia abriendo no ya portales de información religiosa, sino informativos de radio y televisión y todo tipo de prensa. Es agotador. He perdido la cuenta de los días, las semanas.
“Socio” y un servidor damos paseos y hacemos excursiones. Le encanta el coche y basta abrir la puerta para que, de un salto, se introduzca en su bolso de viaje dispuesto a hacer kilómetros.





