El defensor del feligrés
No es fácil decirnos cualquier cosa a los curas, y no digo ya a vicarios y obispos. Los curas, el gremio que mejor me conozco, somos muy nuestros y bastante remisos a que se nos lleve la contraria y nos pidan explicaciones. De hecho, hay gente que es que ni se atreve a preguntar temerosa de la reacción de su señor párroco. Si la cosa fuera de negociado superior (vicaría, diócesis) es que ya ni lo intentan, convencidos de que no merece la pena.
Partiendo de este dato, se me ocurre que no estaría de más instituir en nuestra santa madre Iglesia la figura del que podríamos llamar “defensor del feligrés”, o similar, persona de toda confianza del pastor correspondiente, que podría recoger las inquietudes, protestas, cuestiones que planteen los fieles y trasladarlas periódicamente a la autoridad competente. Es más, creo que la figura del “defensor del feligrés” podría instituirse en diócesis, vicarías e incluso en parroquias de una cierta entidad.

Sí. Hoy son dos cosas. Las dos cosas.
Es que todavía no lo tengo claro.
Me han llorado los ojos del susto. Esta mañana, antes de acercarme a Braojos para uno de los actos litúrgicos de la fiesta en honor de la Virgen del Buen Suceso, he dado una vueltecita por algunos portales de información religiosa por la cosa esa de estar al día. La verdad es que la información religiosa es algo así como “La aurora” de Pedro Infante, que te pesca dormido en brazos de la ilusión y te despierta si estás dormida, morena sí, a la realidad de un plumazo.





