Pan para hoy y mucha hambre para mañana

Una realidad que me cuentan desde diversas diócesis y congregaciones religiosas. No tenemos vocaciones, los obispos se encuentran muy limitados por la falta de sacerdotes a la hora de atender su diócesis, y a esto se unen las malditas estadísticas que por más que se enmascaren son lo que son. Jorobado para un obispo salir cada día en los papeles con un escasísimo número de seminaristas, y muy jorobado presentarte en Roma con esos datos.

Monasterios, órdenes y congregaciones religiosas están igual o peor. Así que la posibilidad de una vocación siempre es recibida con Te Deum, jolgorio general y palmas con las orejas. 

Las diócesis andan solucionando el asunto, en parte, con clero importado, básicamente de África e Hispanoamérica que, las cosas como son, no está dando los mejores resultados. No entro en detalles. Si a esto añadimos una bajada de las exigencias a los nuevos candidatos al sacerdocio, nos encontramos con lo que nos encontramos.

En muchos sitios lo están constatando. Sí, hay ordenaciones, pero te encuentras con algunos ordenados que, después, no sabes qué hacer con ellos. Los hay que en cinco años llevan cuatro destinos diferentes, otros andan en eso tan socorrido de “estudios” para que se entretengan, algunos con permisos para experiencias varias o vidas personales no demasiado santas en el sexto y el séptimo.

Religiosos, religiosas, monjas y monjas. Sí. Alguna vocación. Qué bien, ha entrado una. Con más rarezas que perro azul marino.

Ustedes me entienden. Y no hablo de puras especulaciones, sino de lo que me cuentan los que saben de esto y lo viven en sus despachos episcopales y curias de religiosos. Salvamos los muebles de hoy, pero tal vez dejando un clero y unos religiosos no del todo convenientes.

Tengan cuidado. No bajen el listón. Incluso, súbanlo. Que tal vez tengamos pan para hoy, y una extrema carestía mañana.

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