La mayoría despreciada
Estamos en esa época en la que está de moda lo de preguntar al pueblo. A las bases dirían algunos. También seguimos viendo manifiestos, escritos, declaraciones. Y, por supuesto, nos preocupa y mucho lo que digan los medios de comunicación. Esto es normal en muchos sitios y me temo que en la Iglesia no nos es ajeno.
Hay tres voces a las que en la Iglesia se tiene mucho respeto y que paso a exponer sin que el hecho de que vayan primera, segunda o tercera no tenga mayor importancia. En algún orden había que exponerlas.

Me da mucho respeto escribir sobre liturgia cuando en este portal tenemos a D. Javier Sánchez Martínez, auténtico especialista en ese tema. Si lo hago no es desde la profundidad de los estudios y reflexiones litúrgicas, que eso es cosa de D. Javier, sino desde la cosa del día a día que es con lo que un servidor más o menos se maneja.
Hay gente que necesita responsabilizar siempre a los otros de sus problemas. Es más viejo que la tos. Hartitos estamos de conocer ateos porque el cura de su pueblo una vez dijo, hizo o dejó de hacer lo que el hoy ateo entendió incorrecto en su momento. Fantástico. Ya tiene disculpa para ser un cómodo agnóstico apuntado a la cosa anticlerical, como la tiene la señora que si no va a misa es por culpa de sor Veremunda que, allá en sus años colegiales, soltaba unos pellizcos de monja de no te menees, tenía su punto de soberbia y, además, un día la encontraron ojeando el “Luna y Sol”.
En la cosa eclesial siempre hemos sido grandes campeones. Teólogos, santos, evangelizadores. No se puede comprender la historia de la Iglesia sin destacar la gran contribución de España a la causa de Cristo. Por eso hoy me siento triste al descubrir que España, en las cosa de la fe, vuelve a ser campeona europea, aunque esta vez por todo lo contrario.
Estaban en una fiesta celebrada en un hotel de Madrid, cuando al torero Rafael el Gallo le presentaron a José Ortega y Gasset. El genio sevillano preguntó quién era «aquel gachó con pinta de estudiao», a lo que le respondieron: «Es filósofo». «¿Filo qué, ezo qué e?», dijo el matador. Alguien le explicó en qué consistía tal profesión, que era un señor que analizaba el pensamiento de la gente, que escribía doctrinas orientadas a conocer mejor el obrar de las personas. El Gallo, estupefacto, guardó silencio unos segundos. Hasta espetar con gracia: «Hay gente pa tó».