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19.08.11

Crónica del periodista Fernando Lázaro sobre los incidentes en Sol

Señor director, creo que a sus lectores les puede interesar la crónica que el periodista Fernando Lázaro ha hecho para El Mundo sobre las agresiones que sufrieron los peregrinos de la JMJ a manos de los manifestantes laicistas que marcharon en contra de la Jornada:

Cuando tengo que ocuparme de informar sobre manifestaciones acudo con mucha antelación para empaparme del ambiente. El miércoles no fue una excepción. Cogí el Metro. Y vi un Metro tomado por jóvenes, muy jóvenes. Y vi un ambiente festivo, desde Cibeles hasta Sol. Madrid era peregrino y multicolor. Pasé por el Kilómetro 0 y vi una plaza repleta de peregrinos-turistas. Y me acerqué hasta Tirso de Molina, lugar de donde arrancaba la manifestación laica, anti Papa y, por lo que se vio, anti peregrinos.

Inicialmente el despliegue policial era discreto, quizá demasiado. Apenas una veintena de agentes de las Unidades de Intervención Policial acompañaba a la cabecera de la manifestación. Y, como era de esperar, el punto caliente fue Sol, con la llegada de los manifestantes al cruce con la calle Carretas. La Policía había abierto un pasillo de anchura suficiente para que la manifestación atravesara la zona. Fue allí donde los más radicales de la manifestación y los peregrinos cruzaron gritos: El «pederastas», «nazis» e «hijos de puta» era contestado por los pocos jóvenes que había en la zona con gritos a favor del Papa. Que nadie me lo cuenta, que yo estaba allí.

La Policía puso un leve cordón de separación en esa esquina, pero poco más. Y los manifestantes iban ganando metros. Su intención era clara. Los más radicales querían tomar la plaza. «Esta es nuestra plaza» y gritos de «fuera, fuera; menos rezar y más follar». El tono fue adquiriendo un aire amenazador tremendo. Las caras de los radicales estaban completamente desencajadas, fuera de sí. Había a quien la vena del cuello ya no se le podía agrandar más. Llevo más de 20 años haciendo información sobre seguridad y terrorismo, pero hacía muchos años que no veía tanta inyección de sangre en ojos de manifestantes. No eran todos, ni mucho menos, pero algunos daban miedo. Muchos estaban fuera de sí. «Os vamos a quemar como en el 36», gritaban a los jóvenes de la JMJ. Que nadie me lo cuenta, que yo estaba allí.

En el esquinazo de la polémica no había más de un centenar de peregrinos. No era para nada una contramanifestación. No ocupaban la zona por la que tenía que atravesar la marcha laica. Esos peregrinos eran extranjeros. Allí había italianos, belgas, australianos, franceses, italianos, egipcios… Y algún español, sobre todo voluntarios. La media de edad, menos de 18 años. Que nadie me lo cuenta, que estaba allí y lo vi en primera persona.

El Ministerio del Interior ya estaba avisado de que era una zona de riesgo, que no era recomendable autorizar esa marcha y menos por ese recorrido. Los informes apuntaban a que podía haber una importante infiltración de radicales en la manifestación de laicos.

Porque, eso sí, el grupo de radicales, violentos, que se comportaron como energúmenos, no superaría el millar en una marcha que congregó a varios miles de asistentes. La visceralidad de los ataques de esos radicales fue intensa. Poco a poco fueron tomando la Puerta del Sol. Bordearon el cordón policial por derecha y por izquierda. La siguiente maniobra, ante la inicial pasividad de los agentes, fue rodear a los pequeños grupos de peregrinos y, mediante empujones, gritos, insultos y patadas, sacarlos de la plaza. También tuve que sufrir esos empujones y patadas. Peregrinos, periodistas… qué más les daba, la plaza tenía que ser suya. Sobrábamos los demás. Que nadie me lo cuenta, que yo estaba allí.

Primero actuaron contra un grupo de apenas media docena de australianos. Después les llegó la hora a los franceses. Los italianos no se quedaron al margen. A los egipcios también les tocó.

Algunos peregrinos, veteranos, hacían frente a los insultos de los autodefinidos como indignados, que buscaban el cuerpo a cuerpo. Y así, al grito de «ésta es nuestra plaza», los radicales que participaron en la manifestación ocuparon de nuevo la Puerta del Sol. Durante estas maniobras de desalojo de peregrinos la pasividad policial fue total. No pude evitarlo. Ya al cuarto incidente de acoso, hostigamiento y empujones contra peregrinos me acerqué a los policías, que permanecían en los alrededores del edificio de la Comunidad de Madrid, para advertir de que la situación estaba tomando un sesgo extremadamente peligroso. Silencio. Que nadie me lo cuenta, que yo estaba allí.

Una vez expulsados de la plaza, los radicales dirigieron sus esfuerzos a controlar el Metro. Por allí salían decenas de jóvenes peregrinos que se dirigían a cenar. No menos de 500 personas se concentraron en la puerta del suburbano. Allí se montó la mundial. Este grupo, de nuevo incontrolado, comenzó a arremeter contra todos los peregrinos. Insultos, coacciones (ya sabéis, eso de gritarte a la cara a menos de 15 centímetros), escupitajos… La escena era tremenda. Auténticos cafres lanzando gritos y amenazas a los jóvenes (por cierto, la mayoría mujeres) que salían del Metro.

Vi mucho pánico en los ojos de los peregrinos y vi a muchas, digo bien, a muchas que al ver el espectáculo rompieron a llorar de puro miedo. Aún tardó la Policía en llegar a la zona. Abrió un pasillo para que los peregrinos salieran de Sol. Los radicales eran los dueños del Kilómetro 0. Se envalentonaron más y arremetieron contra la Policía. Y un radical con numerosos antecedentes dio el pistoletazo de salida a los incidentes.

Una botella contra los agentes y la Policía cargó. Antes, las mochilas naranjas, los crucifijos y hasta los alzacuellos eran una «provocación» para esos radicales. «Es que nos están provocando», «es que están rezando», se justificaba uno de los empujadores profesionales. Y se me ocurrió preguntar por qué les provocaban. «Porque están aquí, porque existen, porque les vamos a prender fuego otra vez, como en el 36». Madrid era hasta ahora una ciudad donde cabían todos los pensamientos. En Sol, eso se acabó.

Algunas webs radicales intentan manipular la realidad de los hechos presentando a los peregrinos como provocadores. Es necesario que se sepa toda la verdad sobre lo ocurrido y esta crónica puede servir para ello.

Francisco José Martínez

30.07.11

En respuesta a carta abierta de anciana de 85 años a Mons. Munilla

María Victoria Gómez ha escrito una carta abierta dirigida a Mons. Munilla que ha sido publicada en Redes Cristianas: http://www.redescristianas.net/2011/07/28/carta-a-munillamaria-victoria-gomez/
(la misma que se ha unido al boicot contra la visita del Papa a España para la JMJ bajo el lema “De mis impuestos, el Papa cero”), en la cual, en medio de un respetuoso reproche, menciona lo siguiente:

“Deseo recordarle lo que el Foro de Curas de Madrid escribió a propósito de su nombramiento: “La elección de los obispos, según la Tradición de la Iglesia, era hecha con la presencia y participación de presbíteros, los obispos más cercanos y, sobre todo, del pueblo cristiano, ya que éste era quien más y mejor podía conocer la conducta del candidato y así poder aceptarlo o repudiarlo. Este protagonismo del Pueblo de Dios era considerado de tal importancia que se llegaba a decir: “Elegir sin el pueblo, es elegir sin contar con Dios”. “Nadie sea dado como obispo a quienes no lo quieran. Búsquese el deseo y el consentimiento del clero, del pueblo y de los hombres públicos (ordinis )” (Papa Celestino I). • “No se imponga al pueblo un obispo no deseado ” (San Cipriano, obispo de Cartago, Carta 57.3.2). (18 de Diciembre de 2009) .”

No es la primera vez que se menciona la elección episcopal en los primeros siglos del cristianismo, otros autores han utilizado los mismos argumentos y dicen que la Iglesia nombra hoy a sus obispos “en contra de la Tradición de la Iglesia”. Es en ese sentido que esta afirmación requiere de una clarificación del contexto histórico.

La recomendación de Cipriano, Celestino I, y otros, tiene como base la recomendación de San Pablo en la primera epístola a Timoteo (1 Timoteo 3):

“Si alguno desea el episcopado, buena obra desea: pero es preciso que el obispo sea:

- irreprensible
- marido de una sola mujer
- sobrio
- sensato
- educado
- hospitalario
- capaz de enseñar
- ni bebedor ni pendenciero, sino indulgente
- enemigo de querellas
- no amigo del dinero
- que sepa gobernar bien su propia casa, que tenga los hijos en sujeción pues - quien no sabe gobernar su casa, ¿cómo va a cuidar de la Iglesia de Dios?
- Que no sea un neófito, no sea que, hinchado, venga a incurrir en la condenación del diablo
- Conviene asimismo que tenga buena reputación ante los de fuera, porque no caiga en descrédito y en las redes del diablo”

Por eso la elección de los obispos se hacía con “la presencia y participación de presbíteros, los obispos más cercanos, y el pueblo cristiano”, porque, siguiendo el consejo del apóstol, el candidato a obispo debe ser una persona irreprensible, es decir, de conducta moralmente intachable, y el pueblo podía conocer, como dice la Sra. Gómez, más y mejor “la conducta del candidato y así poder aceptarlo o repudiarlo”.

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18.07.11

Desde Zumárraga, sobre Mons. Munilla

Conocí a don José Ignacio Munilla cuando yo tenía 20 años. He tenido la suerte de pertenecer a su parroquia hasta que le hicieron obispo y por lo tanto compartir innumerables vivencias. Mi experiencia ha sido inmensamente enriquecedora. Cuando ahora me preguntan ¿cómo es José Ignacio? Yo siempre contesto de la misma manera. Con él, lo mismo rezas el Rosario que pasas el mono con un yonki, que te da una clase de euskara, que limpias los cristales. Aprendimos a ser una gran familia con mayúsculas, con nuestros defectos y virtudes. Nos enseñó la importancia de encontrar puntos de encuentro y de tratar de superar los que nos separaban, siempre desde la amorosa mirada de nuestro Señor y de la Virgen.

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12.07.11

Recristianizar Europa

El 11 de julio celebra la Iglesia la fiesta de San Benito Abad, Patrono de Europa. El Papa Juan Pablo II, hoy Beato, recordaba el trabajo gigantesco de San Benito, que contribuyó en gran manera a configurar lo que más tarde sería Europa. Era un tiempo en el que corrían grave peligro no solo la Iglesia, sino también la sociedad civil y la cultura San Benito y sus seguidores llevaron a la vida civilizada y cristiana a pueblos bárbaros. San Benito contribuyó en gran medida a forjar el alma y las raíces de Europa, que son esencialmente cristianas.

Hoy estamos asistiendo a un empeño decidido y sistemático que trata de eliminar lo más esencial de nuestras costumbres: su hondo sentido cristiano. Hoy nos domina el materialismo y el hedonismo, el ansia de poseer y el ansia del placer. Parece en ocasiones como si pueblos enteros se encaminaran a una nueva barbarie, peor que la de tiempos pasados. Los principios más sagrados, que fueron guía segura de comportamiento de los individuos y de la sociedad, están siendo desplazados por falsos pretextos referentes a la libertad, a la sacralidad de la vida, la indisolubilidad del matrimonio, el sentido auténtico de la sexualidad humana, la recta actitud hacia los bienes materiales, que el progreso ha traido.

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4.07.11

La decisión de Maribel

Jamás pensó que sería tan difícil tomar una decisión. Tanta cultura sexual, tanta educación religiosa, tanta información, para debatirse ahora en la duda, allí donde reside la conciencia. Porque ella sentía que llevaba dentro de su vientre un ser que merecía una oportunidad. Sin embargo, él lo tenía muy claro, no quería compromisos. Eran jóvenes, por qué no iban a seguir disfrutando de su libertad. Sexo adición, lo llamaban algunos. Momentos de intimidad, caricias que electrificaban su cuerpo, gozo compartido. Pero ahora había llegado el resultado de ese delicioso y sublime éxtasis amoroso. Ahora un ser habitaba su interior. Le llamaban cigoto, embrión, nombres eufemísticos para soslayar que allí la vida germinaba en un proceso irreversible. Y ella lo sentía, lo quería, era fruto de su amor. No podía convertirse en un desecho arrojado en el basurero, sabía que no podría dejar de sentirse culpable si no asumía las consecuencias de sus actos.

Incluso los amigos, sin ningún escrúpulo, le llamaban tonta por no haber tomado medidas. Pero eso no era cierto, sí que habían tomado precauciones, sólo que algo falló. Constituía una cifra más en las estadísticas de riesgo de embarazo. Pero lo cierto es que ahora eran padres. Curioso, nunca habían hablado de ello. La posibilidad de quedarse embarazada ni siquiera se la habían planteado. Pero estaba claro que recién terminados los estudios y apenas iniciada la vida profesional, un niño no formaba parte de sus planes. Sin embargo, algo se removía en su interior cada vez que le incitaban al aborto. Sentía repugnancia, había visto las imágenes de fetos desmembrados y no quería, no podía soportar vivir con ellas en la cabeza sabiendo que parte de sí misma estaba en el arroyo.

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