La hermenéutica de Ratzinger: ¿Hubo o no cisma lefebvriano? - Renatto Roncal

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Introducción

Las alarmas han vuelto a saltar: la FSSPX ha anunciado nuevas consagraciones episcopales pese a la negativa de la Santa Sede a concederles permiso para llevarlas a cabo.

El asunto es grave, pues no se trata simplemente de una consagración episcopal “sin mandato", sino, en rigor, de una consagración “contra la voluntad expresa de la Santa Sede", tal como ocurrió en 1988.

Y hay más. Estas consagraciones, de concretarse, no sólo se distinguirían de las distintas modalidades históricas de consagraciones de obispos legítimos por ser —como hemos señalado— “contra…", sino que serían realizadas por obispos sin comunión jerárquica, con el fin de constituir una jerarquía igualmente sin comunión jerárquica, destinada a funcionar de modo independiente.

Para que una consagración sin mandato expreso pueda ser salvable, antes debe ser comprensible; y para ser comprensible, antes debe ser necesaria, en un escenario en que Roma no pueda ejercer su derecho primacial de elegir obispos, conferirles el mandato de regir legítimamente una determinada grey y otorgarles el permiso mismo para hacerlo. En el caso presente, el Papa tiene plena facultad de realizar las tres cosas, pero ha juzgado —como lo hizo en su momento san Juan Pablo II— que aceptar algo así resultaría dañino para la unidad eclesial. En virtud de su jurisdicción universal[1] y amparado, muy probablemente, en su especial don de consejo[2], ha rechazado dicha petición.

La Fraternidad, por su parte, confiada en su etérea jurisdicción supuestamente suplida y en lo que cree ser su don de consejo, ha juzgado que tiene el derecho no sólo de desobedecer al Sumo Pontífice, como de costumbre, sino también de usurparle de hecho su potestad en los tres puntos mencionados.

Por ello, un acto de esta naturaleza ha sido calificado por los antiguos Papas preconciliares como “sacrílego". De este punto nos ocuparemos en otro momento.

Ahora bien, la historia suele repetirse, y en el devenir de la creación, “no hay nada nuevo bajo el sol”[3]. Conviene, pues, ofrecer un aporte a nuestros estimados oyentes desde la historia y desde los referentes que más apreciamos.

Joseph Ratzinger, gran teólogo que ha marcado el siglo con sus notables desarrollos, tuvo que enfrentar esta situación de cerca. Los apologistas de la FSSPX suelen sacar a relucir su parcial crítica a la reforma litúrgica posconciliar —siguiendo al liturgista Klaus Gamber, a cuyo libro La reforma de la liturgia romana[4] escribió un prólogo—, así como su apertura al uso del misal antiguo y la remisión de las excomuniones a los obispos consagrados por Lefebvre, siendo ya Papa. La pregunta que surge es: ¿significa esto que Ratzinger no consideró el caso lefebvriano como “cismático"? Es decir, ¿vio en las consagraciones de la Fraternidad, realizadas contra el expreso mandato papal, aquello que marcó el antes y el después de un “cisma"? Abordemos, pues, el caso desde el marco histórico y extraigamos conclusiones.

1. Teoría de los principios teológicos

Ya en 1982, el joven cardenal Ratzinger publicaba su Theologische PrinzipienlehreTeoría de los principios teológicos—, obra en la que, a la vez que exponía lo que consideraba como “Materiales para una teología fundamental", manifestaba su preocupación por la corriente denominada “integrista", representada principalmente por monseñor Lefebvre, aunque sin nombrarlo expresamente. Precisamente por manifestaciones de esta índole, el propio obispo Lefebvre le reconocía un “interés” en “poner fin a la situación” en la que se encontraban él y su Sociedad[5].

En dicho libro, Ratzinger formulaba la siguiente queja:

“…asistimos hoy al renacimiento de un nuevo integrismo, que sólo en apariencia garantiza lo estrictamente católico, mientras que, en realidad, lo corrompe en su misma raíz. Hay una pasión propensa a la calumnia, cuya odiosidad está a mil leguas del espíritu del evangelio. Hay una fijación en la letra que declara inválida la liturgia de la Iglesia y se sitúa así, por su propia decisión, fuera de esta Iglesia. Se olvida aquí que la validez de la liturgia no depende en primer término de unas palabras total y absolutamente establecidas, sino de la comunión con la Iglesia. Y así, so capa de lo católico, se niega justamente su principio auténtico y se pone la costumbre en el lugar de la verdad”[6].

Para aclarar la dirección de esta crítica, el mismo Ratzinger escribiría años más tarde:

“Actualmente, el lema de los lefebvristas consiste en afirmar que hay dos Iglesias, cuya gran desavenencia es visible para ellos en la existencia de dos Misales, que están en desavenencia entre sí. Me parece evidente y fundamental reconocer que los dos Misales son Misales de la Iglesia y la Iglesia que sigue siendo la misma”[7].

A esta tendencia integrista Ratzinger la califica como un “zelotismo sectario, que es el polo opuesto del catolicismo", frente al cual “nunca se ofrecerá demasiada resistencia”[8].

2. Código de 1983

Conviene tener a mano la definición precisa que de “cisma” ofrece el Código de Derecho Canónico de 1983, el cual no hace sino reiterar lo ya establecido por el Código anterior, de 1917:

“Se llama… cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos”[9].

Ese mismo año, la correspondencia entre el obispo francés Lefebvre y el cardenal Ratzinger abordaba ya la petición del primero de que se le permitiese consagrar un nuevo obispo para su Sociedad. Previendo los problemas teológicos que implicaba tal permiso, el cardenal le expresó, de modo muy prudente pero claro, que, si procedía contra la voluntad del Papa en este sentido, tal acto constituiría el “comienzo de un cisma":

“El peligro del cisma… el Santo Padre… sabe que usted se niega a dar el paso que constituiría verdaderamente el comienzo de un cisma, es decir, la consagración de un obispo, y reconoce que, en este punto decisivo, usted se mantiene en obediencia al Sucesor de San Pedro. A todo esto se debe la generosa paciencia con la cual el Soberano Pontífice sigue buscando el camino de la reconciliación. Sin embargo, su carta del 5 de abril muestra también que obedece con reservas, las cuales afectan a la sustancia misma de esa obediencia y abren la puerta a una separación”[10].

Aquí, Ratzinger parece sugerir que, en este caso, la falta de obediencia —que afecta a la comunión jerárquica— implicaría un peligro de cisma. Sobre esta carta y su contraste con los futuros levantamientos de excomunión, ya siendo Papa (Benedicto XVI), comenta Luis Fernando Pérez Bustamante, cofundador y redactor jefe de InfoCatólica:

“…el aviso del cardenal Ratzinger de que la consagración de un obispo por parte de Mons. Lefebvre sería el comienzo de un cisma. Finalmente ordenó cuatro, como todos sabemos. Y a pesar de que Ratzinger, ya como Papa, ha levantado las excomuniones a los obispos ordenados por el arzobispo cismático francés, no creo que se pueda hablar propiamente de que el cisma haya finalizado”[11].

Es de remarcar cómo, a los ojos de Ratzinger, una obediencia selectiva como la que ofrecía Lefebvre abría las puertas a una separación respecto del Pontífice; cosa muy cercana —si no totalmente identificada— con el rechazo de sujeción al Papa, que es, como hemos visto, lo que constituye propiamente el cisma.

El 9 de diciembre, Lefebvre confirmó, ante un grupo de periodistas interesados, que comprendía este grave peso, si bien, para él, sólo constituía una apariencia. Respondiendo a la pregunta “¿por qué no crea obispos?", contestó:

“Porque… aparentemente, sería una ruptura con Roma, y eso sería grave. Repito, ‘aparentemente’, porque creo que ante Dios es posible que mi acción sea necesaria para la historia de la Iglesia, para la continuidad de la Iglesia… y del sacerdocio católico. Así que no digo que algún día no lo haré, pero las circunstancias tendrían que ser bastante más trágicas”[12].

Queda claro, por boca del propio obispo Lefebvre, que, para él, un acto de este tipo sería posiblemente en sí mismo el canal necesario para la supervivencia de la Iglesia y del sacerdocio católico. En otras palabras: sólo de manos de Lefebvre podía sobrevivir lo más esencial de lo dejado por Cristo para la salvación ordinaria de las almas. Estamos, acaso, ante un mesianismo delirante a la vez que camuflado en palabras de aparente piedad, que parece implicar la defección de la indefectible Iglesia Católica —o bien que ésta subsistiría únicamente en la FSSPX, con Lefebvre como cabeza—, lo cual no resulta menos delirante.

Ratzinger respondió dos años después, tras una nueva insistencia de Lefebvre —cada vez más decidido a actuar por su cuenta—, indicándole “no hacer nada que constituyera una ruptura definitiva con la comunión de la Iglesia”[13].

Evidentemente, se refería a las consagraciones contra el mandato papal que Lefebvre tenía en mente. Y “ruptura definitiva con la comunión de la Iglesia” no es otra cosa que decir “cisma".

3. Hacia la excomunión

El ambiente se tornaba cada vez más tenso. El 29 de junio de 1987, durante su homilía en Écône con ocasión de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, Lefebvre anunciaba públicamente, por primera vez, su intención de consagrar obispos para asegurar la supervivencia de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), incluso sin la aprobación de Roma. Poco después, Ratzinger le escribió instándolo a no proceder. ¿Significaba esta consagración, para Ratzinger, sólo una excomunión —según lo establecido por el Código de Derecho Canónico—, o algo más?

Dijo el cardenal:

“Una consagración episcopal resultaría en «cisma y excomunión»”[14].

A esto, por supuesto, respondió Lefebvre que, en realidad, Roma era la cismática —acusación nada leve, que llevaba hasta el extremo de la apostasía—. Sostenía Lefebvre, refiriéndose a Roma e incluyendo al propio Juan Pablo II y a Ratzinger, que “trabajan por la descristianización de la sociedad, de la Iglesia y de la persona humana", y no por la cristianización, como él mismo[15].

En resumen, el Papa y el prefecto eran, para Lefebvre, representantes de la Iglesia falsa —la “Conciliar"—, y no más que “anticristos” —llegó a afirmar literalmente— que ocupaban los puestos de autoridad en Roma.

Con todo, el obispo Lefebvre continuó “negociando” con la “Roma anticristo", según sus propias palabras, valiéndose acaso de ellas como una más de sus continuas maquinaciones amenazantes para “obtener algo”[16].

Excurso: La acusación de Lefebvre a Roma por cisma

Mucho antes de ser excomulgado, Lefebvre comenzó a manifestar tendencias de rebelión hacia Pablo VI que terminarían derivando en censuras. El Papa ya percibía que las diferencias entre ambos eran de índole doctrinal, y Lefebvre, por su parte, también acogía esa visión desde el lado opuesto. Para él, las reformas del Concilio Vaticano II contenían en sí mismas cualidades viciadas por presupuestos contradictorios con la doctrina tradicional de la Iglesia. De estas “herejías” habría emanado lo que apodó la “Iglesia conciliar” —término tomado de una correspondencia vaticana que designaba a la Iglesia Católica misma en cuanto aplicaba un Concilio legítimo y exigía obediencia a su Magisterio presente[17]—, expresión con la que pretendía describir una etérea nueva institución que rompería con el pasado católico, al cual denunciaba como infiltrado por el modernismo, justificando así su resistencia a obedecer. Todo ello daba como resultado que el Concilio terminara siendo, a su juicio, cismático[18]. Como esa supuesta iglesia falsa se adhería a tal Concilio —que, según él, traía consigo nuevos dogmas, nuevo sacerdocio, nuevas instituciones y un nuevo culto—, Lefebvre creía hallar en ello fundamento suficiente para acusar a la propia Iglesia de cismática[19]. Dentro de este cuadro, consideró bastardos no sólo a los sacramentos administrados bajo la instauración del Concilio, sino también a sus sacerdotes[20], comprendiendo así un rito bastardo que constituía, en sí mismo, un rito cismático[21].

En el fondo, por supuesto, era el propio Lefebvre quien se posicionaba en cisma respecto de aquello que subjetivamente entendía como errores. Existía, pues, de facto, un distanciamiento entre la Santa Sede y Lefebvre, en evidente cisma material todavía: “No somos nosotros los que estamos en cisma, sino la Iglesia Conciliar”[22]. El arzobispo apelaba a conciliábulos del pasado para ejemplificar cómo incluso el Concilio Vaticano II podría llegar a ser declarado cismático a posteriori[23]. Cabe señalar, sin embargo, que tales conciliábulos comparten un factor común: jamás recibieron la aprobación —ni siquiera tácita— de Roma, como ocurrió con el Latrocinium de Éfeso del año 449 d. C. o con la declaración Haec Sancta del Concilio de Constanza (1414-1418), a diferencia del Concilio Vaticano II, aprobado no sólo por san Pablo VI, sino ratificado y seguido por todos los Papas que le sucedieron.

Dado que Lefebvre acusaba a la Iglesia que oficialmente seguía al Concilio de “no católica” e incluso de “hereje", no vacilaba en afirmar explícitamente que cuantos no se adherían a los postulados de la FSSPX —fueran fieles, sacerdotes, obispos o el propio Papa— se hallaban fuera de la Iglesia, esto es, en cisma cada uno de ellos personalmente. Para sostener esta posición, monseñor Lefebvre se fundamentaba en lecturas personales de teorías sobre el “papa herético” —que se apartaría de la tradición—, recogidas de teólogos como Belarmino, Cayetano, Journet, entre otros. La interpretación que adoptaba de tales teorías conducía, por consecuencia lógica, al sedevacantismo mismo o, cuando menos, a abrirse a la posibilidad de que el Papa reinante no fuese verdadero Papa[24].

Llegó incluso a dudar expresa y públicamente de la validez del pontificado de Pablo VI y, aunque por prudencia no cerraba la cuestión, no consideraba imposible que tal hipótesis “algún día sea confirmada por la Iglesia”[25]. Esta postura parece haber sido sustancialmente abandonada por el mismo Lefebvre dos pontificados después, cuando, reflexionando sobre la elección de los nuevos Papas, concluyó que resultaría inverosímil suponer que los cardenales electores en los cónclaves no hubiesen sido verdaderos cardenales y que la elección unánime por parte de estos bastaba para dar validez al acto[26].

Con todo, al margen de si eran o no Papas válidos, ni san Pablo VI ni su sucesor san Juan Pablo II eran, propiamente —según Lefebvre—, sucesores de Pedro, sino cada cual, en su momento, un Papa modernista, respecto del cual él y su grupo no tenían reparos en afirmar que estaban “en cisma". Así, considerando las ideas con las que discrepaba y que el Papa difundía, declaraba monseñor Lefebvre: “Estamos en cisma con eso”[27]. Para él, por consiguiente, adoptar el Concilio del modo en que lo entendía la Santa Sede equivalía a hacerse cismático —como los Papas posconciliares—, razón por la cual desde un inicio alegaba “elegir a sus predecesores” antes que a ellos y, de este modo, supuestamente “permanecer fieles a la eterna Iglesia Católica Romana”[28]: una suerte de entelequia abstracta contra la que ya Pío XII había salido críticamente al paso en su encíclica Mystici Corporis Christi. Era, en su conjunto, “el magisterio de hoy” —según monseñor Lefebvre— “cismático y herético”[29]. De ahí que no sólo los obispos “conciliares” del mundo estuvieran, a su juicio, infectados de SIDA espiritual —razón por la cual no había que mezclarse con ellos, so pena de perder el alma—, sino que también los Papas, junto con todas las Congregaciones romanas a su cargo, padecían de ese mismo SIDA espiritual[30]. Eran, pues, nada menos que anticristos apóstatas que habían perdido la fe y buscaban la descristianización del mundo, en quienes, por tanto, no se podía ni se debía confiar[31]. Para llegar a semejante conclusión, Lefebvre llegó a alimentarse incluso de la apócrifa adición a las supuestas revelaciones de la Virgen de La Salette, según la cual Roma “perderá la fe”[32], adición que ya había sido rechazada por la Santa Sede[33].

4. El año del cisma

A comienzos de 1988, Lefebvre formulaba ya su aviso —recubierto de una aparente petición filial— de proceder a las consagraciones episcopales aun sin permiso del Papa, e incluso contra la voluntad del mismo. Es entonces cuando Ratzinger asume la cabeza de las negociaciones, dejando atrás al cardenal Gagnon. El Papa, al tiempo que se mostraba diplomático en sus misivas a Écône, manifestaba a Ratzinger su preocupación por la actitud de la FSSPX y de su líder:

“Entre los temas de los que se ha ocupado recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe, figuran también los problemas relacionados con la ‘Sociedad de San Pío X’, fundada y dirigida por el arzobispo Marcel Lefebvre. Vuestra Eminencia sabe muy bien cuántos esfuerzos ha realizado la Sede Apostólica, desde el comienzo de la existencia de la ‘Sociedad’, para asegurar la unidad eclesial en relación con su actividad… Todos los obispos de la Iglesia Católica, en la medida en que, por mandato divino, se solidarizan con la unidad de la Iglesia universal, están obligados a colaborar con la Sede Apostólica para el bienestar de todo el Cuerpo Místico”[34].

Ratzinger recibe así una alerta más clara de aquello que ya venía abordando: las maniobras de Lefebvre amenazaban la unidad eclesial por su negativa a colaborar con la Sede Apostólica, agravada en este caso por la amenaza de una consagración sin mandato. Ya en abril, en el curso de la correspondencia con la Santa Sede, Lefebvre insiste en aumentar a más de dos el número de obispos a consagrar, frente a la prudente apertura de Ratzinger, quien proponía consagrar sólo a uno y, además, una vez resueltos los problemas doctrinales[35].

Esa última precisión —la condición previa— resulta de gran importancia, pues contradice lo que sostienen ciertos apologistas de la FSSPX cuando afirman que Ratzinger postergaba el asunto de modo indefinido y sin motivo. Sí había motivo: si no existía conformidad doctrinal por parte de Lefebvre, no correspondía concederle un obispo. Y esto, a nuestro juicio, esclarece otro punto sobre el que también insisten dichos defensores —y que aquí tocamos sólo al pasar—: el hecho de que haya sido la Congregación para la Doctrina de la Fe (hoy Dicasterio) la encargada de tratar con la FSSPX no implica de suyo que tal Fraternidad no sea cismática, sino, más bien, que existen “problemas” doctrinales de fondo —como ya señalaba Ecclesia Dei de san Juan Pablo II— que dificultan su reintegración en la Iglesia Católica. Se distingue así, sin mayor dificultad, entre la naturaleza cismática de un individuo o grupo y el hecho de que este sea formalmente cismático o no.

El 3 de mayo, el cardenal Ratzinger pidió al arzobispo Lefebvre que las consagraciones se aplazaran indefinidamente. Tras nuevas reuniones entre el cardenal Ratzinger, el arzobispo Lefebvre y los respectivos asesores de cada uno, el 4 de mayo se redactó un Protocolo de Acuerdo más preciso. El 5 de mayo, dicho protocolo fue firmado por ambos. El acuerdo contemplaba el levantamiento de la suspensión a divinis impuesta a Lefebvre por el Papa san Pablo VI —que, por tanto, seguía vigente y que, sin embargo, Lefebvre había ignorado por más de quince años, al considerarla inválida (proveniente, según él, de una autoridad falsa: la “Iglesia conciliar")—, así como las condiciones para consagrar un obispo, fijando como fecha el 15 de agosto. Lefebvre, habiendo firmado el acuerdo con “extrema desconfianza” de que Roma hubiese decidido “volver a la Tradición” —es decir, a la tradición interpretada según su libre examen—, se levantó al día siguiente decidido a mantener, en cambio, la fecha que había determinado desde un principio, así como el número de obispos que habría de consagrar, haciendo caso omiso del acuerdo que él mismo había firmado[36].

Como Lefebvre ya había realizado las “reservas de hotel, transporte y alquiler de una enorme carpa para albergar la ceremonia” del 30 de junio, y había “nombrado a los candidatos” —ideales para él—, vio en ello una supuesta señal de la Providencia de que debía proceder a las ilícitas consagraciones, echando por tierra todo avance con Roma[37]. Decimos “supuesta” señal, por ser del todo absurdo que la Providencia se manifieste contra lo dispuesto precisamente por las legítimas autoridades establecidas por la Providencia misma.

Lefebvre le reprocha entonces a Ratzinger pretender reabsorberlos dentro de la “Iglesia Conciliar", que para él ni siquiera es católica[38].

Ratzinger responde nuevamente, recordando el trasfondo cismático del anuncio. Le escribe, en efecto:

“No hay proporción entre las últimas dificultades que ha expresado y el daño que causaría ahora una ruptura con la Sede Apostólica por su parte, solo por estos motivos. Debe confiar en el Santo Padre, quien ha demostrado bondad y comprensión hacia usted y hacia la Fraternidad, y que constituye la mejor garantía para el futuro”[39].

Poco más de una semana después, el Papa ruega expresamente a Lefebvre no cometer el acto cismático de consagrar obispos en acto de rebeldía, retornar a la obediencia al Vicario de Cristo y retomar el acuerdo alcanzado con Ratzinger[40].

Sin embargo, las negativas del arzobispo Lefebvre se multiplican, hasta el punto de acusar a Ratzinger —y a Roma entera, una vez más— de haber “perdido la fe", de padecer “SIDA espiritual” y de carecer de la gracia de Dios[41]. ¡De locos!

Un día antes del acto —cismático en palabras expresas de san Juan Pablo II—, el cardenal Ratzinger hizo un último intento de detenerlo, sin éxito. Le escribió, en efecto, a Lefebvre:

“Por amor a Cristo y a su Iglesia, el Santo Padre les pide con firmeza paternal que partan hoy hacia Roma sin proceder a las consagraciones episcopales del 30 de junio que han anunciado. Ruega a los santos apóstoles Pedro y Pablo que les inspiren a no traicionar el episcopado, cuya custodia han recibido, ni el juramento que han hecho de permanecer fieles al Papa, sucesor de Pedro”[42].

Cabe recalcar, a propósito, que este juramento de fidelidad y obediencia al Romano Pontífice —emitido por todo obispo en su propia consagración— sería luego omitido en la ceremonia preparada por Lefebvre —que, según él, se realizó en privado—, y reemplazado por una declaración de abierto desligamiento de las autoridades de la Iglesia romana por estar “animadas por el espíritu del modernismo", razón por la cual no reconocían autoridad alguna ni en sus previas sanciones ni en las censuras advertidas[43].

Sin embargo, pese al pedido tanto del Papa como del cardenal Ratzinger en su nombre —apelando nada menos que a Jesucristo y a su Iglesia—, el lamentable suceso tuvo lugar. Como vimos, este fue entendido por Ratzinger como una traición al propio juramento episcopal del arzobispo Lefebvre y como una infidelidad al sucesor de Pedro (nada menos que el día 30 de junio, solemnidad de los santos Pedro y Pablo). Lefebvre, además de escoger personalmente a los consagrados —lo cual constituye en sí mismo un acto de jurisdicción o gobierno—, se excedió también en el número: frente al único obispo mencionado por la Santa Sede (siempre y cuando se resolvieran previamente los problemas doctrinales), consagró no a dos ni a tres, sino a cuatro obispos. Esta desobediencia, que en el fondo se mostraba como un “verdadero rechazo del Primado romano", constituyó —ante los ojos no sólo del Papa, sino de millones de católicos— propiamente un “acto cismático", como dos veces lo afirma expresamente san Juan Pablo II en su Motu Proprio Ecclesia Dei, del 2 de julio de 1988, muy poco posterior a las sacrílegas y, como decimos, propiamente cismáticas consagraciones[44].

Ahora bien, ¿siguió Ratzinger esta línea de percepción?

5. En retrospectiva al desastre: el bache hawaiano

Un año después, tras recibir el cardenal Ratzinger agresivas declaraciones públicas por parte de la FSSPX —que lo estigmatizaban como perteneciente a una comunión impía de infieles[45]—, el propio Ratzinger, en una entrevista, se mostraba, con razón, pesimista respecto de una eventual reconciliación. Decía, en efecto:

“De momento no podemos esperar que el cisma pueda solucionarse”[46].

Cisma, con todas las letras. Y no un cisma pasado, ni un mero “peligro de", sino actual: cisma lefebvriano vigente.

Un par de años después tiene lugar una interesante anécdota. Un obispo de Hawái declaró excomulgados a seis fieles por haber tomado parte en confirmaciones impartidas por el obispo Williamson —uno de los cuatro consagrados por Lefebvre y que en aquel momento seguía formando parte de la FSSPX—.

El 3 de julio de 1991, la señora Patricia Morley, una de las excomulgadas por el obispo de Hawái, apeló a la Congregación para la Doctrina de la Fe contra el decreto del obispo, recibiendo del propio Ratzinger una respuesta de nulidad. Es decir, Morley no habría sido excomulgada válidamente.

Los apologistas de la FSSPX aducen que esta respuesta del cardenal Ratzinger demostraría que la Fraternidad no se encontraba entonces en situación de cisma. Sin embargo, una lectura más atenta —que tome en cuenta el pensamiento de Ratzinger posterior a ese mismo documento— evidencia que no hubo, ni de lejos, un cambio de postura al respecto. Ya hemos visto lo que sostenía con anterioridad: hay cisma.

Decía el decreto de la CDF:

“el Reverendísimo Joseph Anthony Ferrario, mediante el citado Decreto, declaró excomulgada a la Sra. Morley con el fundamento de que había cometido el delito de cisma… Esta Congregación ha examinado cuidadosamente toda la documentación disponible y ha constatado que las actividades realizadas por la recurrente, aunque reprochables por diversos motivos, no son suficientes para constituir el delito de cisma. Puesto que la Sra. Morley no cometió, de hecho, el delito de cisma y, por tanto, no incurrió en la pena «latae sententiae», es claro que el Decreto del Obispo carece del presupuesto en el que se fundamenta. Esta Congregación, teniendo en cuenta todo lo anterior, está obligada a declarar nulo y sin efecto el mencionado Decreto del Ordinario de Honolulu”[47].

Ratzinger consideró, pues, que la mujer no había cometido de hecho delito de cisma, si bien sus actividades resultaban reprochables por diversos motivos. Cabe preguntarse el porqué de ambas afirmaciones. El propio Ratzinger lo aclara en la instrucción que dirigió a la Nunciatura Apostólica de los Estados Unidos:

“Del examen del caso… no resultó que los hechos referidos en el mencionado Decreto sean actos cismáticos formales en sentido estricto… Al mismo tiempo, la Congregación para la Doctrina de la Fe sostiene que: esos mismos hechos referidos en el Decreto, en su conjunto, no se ajustan a las normas litúrgicas y canónicas; los cinco peticionarios con su comportamiento causan una grave molestia, poniendo en peligro el bien común de la Iglesia local; y por lo tanto, el Obispo local puede…[imponerles] el castigo previsto de entredicho u otras penas, ya sean medicinales o expiatorias”[48].

Por tanto, el obispo podía imponerles otros castigos —por no ajustarse a las normas canónicas y poner en riesgo el bien común—, pero sin llegar a la excomunión; no porque no se hubieran dado actos cismáticos, sino porque no había prueba de una adhesión formal al cisma.

Esto está en sintonía con la Nota del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, publicada unos años más tarde, sobre la excomunión por cisma en que incurren los adherentes al lefebvrismo, según la cual no bastan actos ocasionales de acudir a los lefebvrianos para constituir cisma. Así lo expresa la Nota, en su numeral 7, tras afirmar que en los diáconos y sacerdotes lefebvrianos parece clara la existencia de una adhesión formal al cisma:

“En el caso, en cambio, de los demás fieles, es obvio que para que se pueda hablar de adhesión formal al movimiento, no es suficiente una participación ocasional en actos litúrgicos o actividades del movimiento lefebvriano, realizada sin hacer propio el comportamiento de desunión doctrinal y disciplinar de dicho movimiento. En la práctica pastoral puede resultar más difícil juzgar su situación. Es necesario tener en cuenta, sobre todo, la intención de la persona y la traducción en actos de tal disposición interior. Por lo tanto, las diversas situaciones deben juzgarse caso por caso, en los órganos competentes de foro externo y foro interno”[49].

De lo anterior se desprende una distinción fundamental: la exención de culpabilidad en un caso particular —por tratarse de una participación ocasional— no niega la existencia objetiva del cisma por parte de la FSSPX en cuanto tal. Por tanto, el hecho de que el cardenal Ratzinger determinara que no hubo delito formal de cisma en el caso de la señora Morley no implica que la FSSPX no se hallara en situación cismática. Y, dado que Ratzinger afirmó la existencia del cisma lefebvriano en múltiples ocasiones, sin retractarse jamás de tales declaraciones, resulta claro que su postura respecto de la Fraternidad permaneció inalterada.

Ahora bien, para acreditar que, a los ojos de Ratzinger, la situación de la FSSPX posterior a las consagraciones ilícitas era cismática, basta con atender a sus propias palabras pronunciadas tiempo después.

En una nueva entrevista, en 1994, se le mencionó a Ratzinger el “cisma de monseñor Lefebvre". Ratzinger expresó su descontento con la situación —que excedía a la propia Fraternidad— y afirmó:

“Aunque no se habla mucho de ello, el fenómeno lefebvriano se extiende… En una Iglesia que esté abierta a un sano pluralismo… yo creo que se debería mostrar comprensión… y así eliminar los motivos del cisma”[50].

Es decir, Ratzinger sabía que la FSSPX se encontraba en cisma, pero entendía que, para sanar tal ruptura y separación de la Fraternidad respecto de la Iglesia, era necesario eliminar —en la medida de lo posible— algunas de sus motivaciones mediante un ejercicio de sano pluralismo y comprensión, mas no de relativismo.

Excurso: el caso del Card. Castrillón Hoyos

El cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, exprefecto de la Sagrada Congregación para el Clero, fue puesto al frente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, creada en 1988 por S. Juan Pablo II mediante el motu proprio Ecclesia Dei, que hacía pública la excomunión de Lefebvre y de los cuatro obispos ilícitamente consagrados por él. El fin de esta Comisión fue regular la situación canónica de comunidades religiosas en cierto modo similares a la FSSPX, en orden a su reconciliación con la Santa Sede —entendida como la vuelta de un grupo disidente al redil de la autoridad eclesial, reconociendo su primacía, antes que como un pacto horizontal entre iguales—. La Comisión fue suprimida por el papa Francisco el 19 de enero de 2019, trasladando todas sus tareas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, al quedar pendiente únicamente la vuelta a la plena comunión por parte de la FSSPX, respecto de la cual lo que imposibilita su reintegración son cuestiones de naturaleza predominantemente doctrinal[51], tal como ya se señalaba en Ecclesia Dei y en el comunicado de Ratzinger al levantar las excomuniones.

Castrillón Hoyos, entre otras hazañas, logró que volviera a la plena comunión la Hermandad Sacerdotal San Juan Vianney (SSJV), liderada por Mons. De Castro-Mayer, también excomulgado en su momento tras colaborar con Marcel Lefebvre en las consagraciones de 1988, situación en la que permaneció hasta su muerte en abril de 1991. Sin embargo, su sucesor, Licínio Rangel O.V.S. —que recibió la consagración episcopal de los obispos de la FSSPX en 1991—, finalmente se reconcilió con Roma y aceptó las reformas del Concilio Vaticano II, siendo nombrado administrador apostólico de la Hermandad y obteniendo el título de obispo de Zarna del propio papa Juan Pablo II. El mismo Card. Castrillón entregó la Carta Pontificia durante la ceremonia pública, en la que Mons. Rangel emitió la Profesión de Fe y el Juramento de Lealtad al Romano Pontífice[52]. Cuando se produjo tal reconciliación, la FSSPX «eliminó el nombre» de la SSJV de las «listas de Misas tradicionales» y «comenzó a fomentar Misas» en las zonas donde esta hermandad celebraba[53].

El tratamiento que el Card. Castrillón dio a la FSSPX resulta significativo, porque trazó los lineamientos que darían forma al levantamiento de la excomunión a sus obispos por parte del siguiente papa, Joseph Ratzinger, con el nombre de Benedicto XVI, así como a la previa liberalización del usus antiquior (vetus ordo) de la Misa en el rito romano, con el cual el propio Castrillón manifestó eventualmente afinidad, alegando que conserva su derecho de permanencia[54]. Esto fue un claro precedente de lo que luego manifestaría Summórum Pontíficum, motu proprio que sostiene que el usus antiquior «nunca había sido abrogado»[55].

Desde que asumió el Dicasterio entrado el segundo milenio, Castrillón vio llegar su oportunidad en el año del Jubileo, en 2000, cuando la FSSPX hizo una peregrinación a Roma e invitó a sus obispos a confraternizar y dialogar en adelante, con gestos de apertura cada vez más marcados, hasta el punto de que llegó a ser considerado el principal apoyo que tendría la Fraternidad en la Curia. El Card. Castrillón abrió la puerta para que la Sagrada Congregación para el Clero tramitara expedientes de sanción sobre clérigos de la FSSPX, designando al canonista lefebvriano Ramón Anglés para tratar estos asuntos[56].

Castrillón propuso a la FSSPX numerosas concesiones canónicas, como otorgarle una especie de «superdiócesis mundial» o una prelatura personal al estilo del Opus Dei[57]. A partir de 2005, en atención a esta política de «pequeños pasos» lanzada por el cardenal Castrillón Hoyos, se concedió al superior general de la FSSPX, Mons. Bernard Fellay, el mandato regular para juzgar a sus propios sacerdotes cuando estos perpetraban abusos psicológicos o sexuales. La estrategia de Castrillón consistía en acelerar la reconciliación, dando a la FSSPX «muestras implícitas, pero concretas, de catolicidad» mientras se desarrollaban los diálogos, y refiriéndose a ella como «no cismática», otorgándole así un reconocimiento «de facto» como católica[58].

Ya en el pontificado de Benedicto XVI, en 2006, Castrillón ofreció a la FSSPX «facultades provisionales» —es decir, legalidad a sus sacramentos de manera transitoria hasta la regularización total—, oferta que Fellay rechazó por requerir una solicitud a Roma de su parte, lo cual le daría vulnerabilidad ante la opinión pública, además de que los problemas doctrinales no estaban resueltos[59]. Tal ofrecimiento fue reiterado más adelante, agregando la posibilidad de levantar las excomuniones; y aunque Fellay titubeó —ya que, según la FSSPX, tales excomuniones eran inválidas y requerían, por ello, más bien un reconocimiento de nulidad—, finalmente cedió ante la insistencia de sus consejeros directos, enviando la solicitud a Castrillón apenas una hora antes de la reunión de 2008 en la que se trataría el caso. Este tipo de vacilaciones «provocaron más de un enfado al cardenal Castrillón Hoyos».

Ya en 2002, Ratzinger había sugerido que los diálogos informales iniciados por Castrillón se trasladaran al terreno teológico, incluyendo sobre todo las «dificultades» de la FSSPX respecto del Concilio Vaticano II. Aunque inicialmente Mons. Fellay lo recibiera con rechazo y desconfianza, dichos diálogos se pusieron en marcha en 2009[58].

Con todo, en un pronunciamiento oficial, Castrillón se manifestó sobre la percepción que se tenía de la Fraternidad en Roma, hablando en representación de la PCED, y expuso que se podía «afirmar que la FSSPX no está en plena comunión con la Iglesia Católica», y que esto significaba de plano que ella «está en cisma»[60]. Sin embargo, en una entrevista al año siguiente, recalcó que los obispos, sacerdotes o fieles de la Fraternidad «no son cismáticos», sino que simplemente se hallan en «situación irregular», y que la excomunión afectó únicamente a los obispos que participaron en la consagración de 1988, pero no a sus sacerdotes ni a los fieles «que asisten a sus misas»[61]. Esta dinámica de contradicción se volvió recurrente en él hasta el día de su fallecimiento.

En 2005 afirmó que Lefebvre, con sus consagraciones ilícitas, produjo una «situación de separación», pero que eso no equivalía a un cisma formal[62]. Para Castrillón, estas consagraciones eran sin lugar a dudas «un acto cismático», que conllevaba por supuesto un «peligro de cisma… grande», en virtud de su desobediencia sistemática al papa y de no sujetarse a su autoridad[63]. La situación de los miembros de la FSSPX era, según Castrillón, «un asunto interno de la Iglesia». Acogiendo los argumentos de la Fraternidad, afirmó que para que se dé un cisma se requiere que «se establezca una iglesia paralela» —es decir, con intención de tener jurisdicción aparte—, y que este no era el caso[63]. Tal argumentación la repitió diez años después en otra entrevista[64].

Expresó también el cardenal que, como no encontraba herejía, la afirmación de que hubiera cisma no era, según él, precisa[62]. Si hubiera herejía, esta conduciría al cisma; aunque reconoció también, al mismo tiempo, que el cisma puede ir primero y luego derivar en herejía, según el consenso de teólogos y papas preconciliares[63], con lo cual venía a cuestionar su primera afirmación.

Este tipo de declaraciones desataron una considerable polémica, pues contradecían lo expresado en otros documentos, como la nota informativa oficial de la Congregación para el Clero —presidida por el mismo Castrillón— de 2004, la cual afirmaba que las posturas lefebvristas «presentan un claro rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice y de la comunión con los fieles de la Iglesia a él sometidos», y que Lefebvre «ha incurrido —como casi todos los cismáticos y herejes— … a abandonar la Iglesia que dice defender»[65]. Esto y hablar de cisma es, claramente, lo mismo.

La polémica exigió aclaraciones. El vicepresidente de Ecclesia Dei, Mons. Camille Perl, comunicó privadamente que las afirmaciones hechas por el cardenal Castrillón «necesitan ser entendidas en un sentido técnico, canónico»; es decir, que cuando Castrillón afirmaba que la FSSPX no estaba en «cisma formal», quería decir que no había de ello una «declaración oficial de parte de la Santa Sede» a ese tenor, sin negar que la Fraternidad tuviera una «mentalidad cismática» conducente a la «adherencia formal al cisma», la cual implica separarse de la enseñanza del Supremo Pontífice y de toda la Iglesia Católica[66]. Sin embargo, esta misma declaración contradice lo ya expresado por el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, según el cual, hasta que no se produjeran cambios que condujeran al restablecimiento de la necesaria comunión, la FSSPX debía ser considerada cismática, «existiendo una declaración formal al respecto de la Suprema Autoridad»[67]. Nótese que esta Nota tampoco se presenta a sí misma como una declaración formal de cisma, sino que sostiene que tal declaración formal ya había sido dada por la Suprema Autoridad de la Iglesia.

A principios de 2009, atendiendo la petición de la mencionada carta enviada por Fellay a Castrillón poco más de un mes antes, y con pleno consentimiento del papa Benedicto XVI, se levantaron las excomuniones a los obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta[68]. Este decreto fue firmado por el mismo Card. Darío Castrillón Hoyos.

Comentando este avance en la reconciliación, el cardenal afirmó que con ello se estaba «intentando reconstruir la unidad de la Iglesia» y poner fin por completo a «este cisma», y que con dicho levantamiento el Papa «ha detenido un cisma»[69]. Nótese aquí que Castrillón habla expresamente de cisma por parte de los lefebvrianos.

6. Las excomuniones se “levantan”

Monseñor Lefebvre nunca se consideró a sí mismo propiamente “cismático” y, por tanto, al verse en una posición que no podía concebir como errónea, tampoco reconoció legitimidad alguna en las censuras que se le impusieron. Hizo caso omiso tanto de la suspensión a divinis decretada por Pablo VI como de la excomunión latae sententiae confirmada por san Juan Pablo II. En esa misma línea, hasta el día de hoy los obispos de la FSSPX, así como sus sacerdotes, jamás han considerado válidas ni la suspensión ni la excomunión. Por esta razón, durante las “negociaciones” mantenidas por la Fraternidad con Roma, no se solicitaba simplemente el levantamiento de las excomuniones, sino el reconocimiento de su nulidad; es decir, que Roma confirmara que nunca habían estado excomulgados:

“La excomunión… que nosotros siempre negamos”[70].

La condescendencia ofrecida por el cardenal Castrillón —en sentido pastoral y teológico— al notificar estas exigencias al Santo Padre Benedicto XVI incluía, entre otras cosas, la petición de “acallar el reproche del cisma”[71].

Por su parte, Ratzinger, ya como cabeza visible de la Iglesia, era consciente de las diferencias doctrinales entre la Iglesia Católica y la FSSPX. Así, por ejemplo, tras haber liberalizado el usus antiquior del rito romano y poco antes de levantar las excomuniones, escribía en su libro Theologie der Liturgie, publicado en 2008:

“Actualmente el lema de los lefebvristas consiste en afirmar que hay dos Iglesias, cuya gran desavenencia es visible para ellos en la existencia de dos Misales, que están en desavenencia entre sí. Me parece evidente y fundamental reconocer que los dos Misales son Misales de la Iglesia y la Iglesia que sigue siendo la misma”[72].

Con todo, el Papa Benedicto XVI decidió cerrar esta etapa de diálogo con un destacable “levantamiento” de excomuniones. Destacable porque, al fin y al cabo, la autoridad competente confirmaba una vez más la validez de las mismas. Sin embargo, a partir de este momento, en sintonía con esa actitud condescendiente orientada a su plena comunión, Ratzinger no vuelve a emplear el término “cisma” para referirse a la Fraternidad. Cabría recordar, por supuesto, las palabras del cardenal Pozzo —secretario de Castrillón en Ecclesia Dei— quien, en cierto modo siguiendo a su presidente, ya no consideró que la FSSPX fuese cismática desde un punto de vista estrictamente formal y canónico tras dicho levantamiento: “…ya no hay cisma puesto que ya no están excomulgados”[73].

No obstante, este punto de vista se contrapone al de otros cardenales más “conservadores", como Burke o el futuro prefecto de la CDF Gerhard Müller, asunto que abordaremos más adelante. Señalemos sólo de paso que la pena no altera por sí misma la naturaleza del delito o pecado, ni el levantamiento de la misma convierte lo cometido en algo de naturaleza distinta o lo despoja de su carácter delictivo o pecaminoso, así como el indulto al homicida no lo torna no-homicida ni hace que mágicamente no haya habido homicidio.

Con todo, persisten las dudas sobre si, para Benedicto XVI, ese silenciar el término “cisma” se debió a que consideraba que ya no eran un grupo cismático en absoluto, o si simplemente cedió ante las exigencias de Fellay. Y, además, ¿estimaba, tras el diálogo con la FSSPX, que sus actos no habían sido propiamente cismáticos? En su carta explicativa a los obispos, el Papa Benedicto lo dejó claro:

“Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía. La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno”[74].

Por consiguiente, tal como advertía siendo cardenal, Ratzinger se reafirma en su convicción de que ordenar obispos sin mandato papal —y contra él— supone cuestionar la unidad con el Papa, unidad contra la que precisamente atenta el cisma. Al mismo tiempo, admite que los obispos de la FSSPX no se hallan en unidad con la Iglesia y, para invitarles al retorno, les levanta una excomunión siempre válida y siempre justa, como una medida misericordiosa. Ahora bien, es el cisma el que atenta contra la unidad de la Iglesia, como explica santo Tomás. Aunque aquí no aparezca expresamente el término “cisma", la idea por él significada se halla plenamente presente.

Conviene insistir en el hecho de que las consagraciones de estos obispos, contra la prohibición expresa de Roma, llevaban consigo la intención de prolongar su dinámica de rebelión revestida de piedad. Es decir, los nuevos consagrados serían prelados que, aun reconociendo la legitimidad del pontificado de turno, le rechazarían la sujeción en obediencia y voluntad siempre que este no se ajustase a sus exigencias. A propósito, conviene recoger aquí la reciente reflexión de la filósofa Luisella Scrosati, formulada con ocasión de las nuevas consagraciones lefebvrianas previstas para el 1 de julio:

“Ya se trate de capítulos catedralicios, obispos o sínodos locales, se trata siempre de miembros legítimos de la jerarquía, que han recibido facultades de la Santa Sede para consagrar a un candidato que pertenece jurídicamente a la Iglesia y que ejercerá su episcopado en la misma comunión jurídica. Ahora, en cambio, ni los obispos de la FSSPX que consagrarán ni los candidatos que serán consagrados pertenecen jurídicamente a la Iglesia y, de hecho, serán ordenados con el propósito específico de ejercer el ministerio fuera de esta comunión jurídica. Por esta razón, es totalmente erróneo y engañoso referirse a las diferentes modalidades históricas y actuales de elección de obispos como precedentes que justificarían las consagraciones anunciadas por la FSSPX (como las ya realizadas en 1988 y 1991), porque en este último caso tenemos la consagración de obispos: 1. Contra la voluntad del Papa (y no simplemente sin mandatum), 2. Por parte de obispos que no tienen jurisdicción en la Iglesia 3. Para ejercer un ministerio que quiere ser declaradamente independiente de la comunión jurídica con la jerarquía católica… Ordenar obispos contra la voluntad del Papa con el fin de constituir un ministerio totalmente independiente constituye un cisma, lo que supone un acto intrínsecamente malo y conlleva un grave daño para las almas, que así se ven arrastradas fuera de la comunión visible con la Iglesia. La necesidad puede empujar a un obispo a ordenar a otros obispos sin el mandato del Papa, como ha ocurrido en los países en los que la Iglesia es y ha sido perseguida, pero no puede hacerlo contra la voluntad del Pontífice y menos aún para constituir un ‘episcopado’ jurídicamente autónomo de la jerarquía católica. Cada vez que en los países bajo el régimen soviético se consagraban obispos sin mandato pontificio, por la necesidad de mantener la jerarquía local diezmada por arrestos y ejecuciones, evitando el riesgo de ser ‘interceptados’ por el poder totalitario, ni los obispos consagrantes ni los consagrados pretendían constituir un episcopado jurídicamente autónomo de la jerarquía católica. Éste es el gran y grave problema fundamental de la FSSPX”[75].

En este sentido, no cabe traer a colación el alegato falsario y repetido de que existen casos en que se consagró sin mandatum y que fueron legitimados a posteriori, como las ordenaciones de Wojtyla o las consagraciones de Slipyj.

Para el Papa, el levantamiento de las excomuniones de los cuatro obispos de la Fraternidad tampoco implicaba indiferencia ante sus problemas doctrinales, los cuales persistían:

“Hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia… hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia… la Pontificia Comisión Ecclesia Dei… para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa… los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas… No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad… el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia”[76].

Reafirma así Benedicto XVI que los obispos de la FSSPX son ilegítimos, que aún no se hallan en comunión con la Iglesia y que deben aceptar el magisterio postconciliar de todos los papas una vez aclaradas sus dudas doctrinales.

La percepción del Papa Ratzinger se mantiene, por tanto, en línea de continuidad con la que sostenía desde su cardenalato. En la misma carta sobre el levantamiento de las excomuniones que venimos comentando, describe tal medida como “una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación", expresión que no es sino el eco perfecto de sus palabras de 1989, cuando reconocía como inicio de un cisma “la consagración de un obispo… [que] abre la puerta a una separación". Este “proceso de separación” responde precisamente al concepto que la propia Rota romana designa con el término cisma in fieri[77].

Si alguien se aferra al hecho de que Benedicto habla de no hallarse en “plena comunión", cabe responder que se trata de un término empleado mayoritariamente en contextos ecuménicos. Así lo usa, por ejemplo, el propio Papa al referirse a los ortodoxos griegos —con quienes el cisma persiste, aunque san Pablo VI les levantara la excomunión en 1965—:

“El diálogo, haciéndonos progresar hacia la comunión plena entre católicos y ortodoxos, contribuirá también ‘a los diálogos múltiples que tienen lugar en el mundo cristiano con vistas a la búsqueda de su unidad’”[78].

Por otro lado, para la FSSPX la noción de “plena comunión” resulta extraña. Así, reprochando el uso de este término al cardenal Castrillón, afirmaron:

“Podríamos pedirle al cardenal Hoyos que explique qué significa este término de ‘plena comunión’. El adjetivo… no aparece en ninguna comprensión clásica de la comunión. Para la Iglesia, la comunión es o no es y Ella enseña precisamente que el pecado que destruye la comunión es el cisma. Si no hay cisma, como afirma Hoyos, no hay falta de comunión”[79].

Sin embargo, en contra de lo que sostenía la FSSPX —y aún sostienen algunos lefebvrianos—, la noción de “no plena comunión” no es ajena a la sagrada Teología. El propio san Agustín de Hipona, Doctor de la Iglesia, refiriéndose nada menos que a los cismáticos donatistas, escribía en su Carta a los católicos sobre la secta de los donatistas:

“Hay muchos en comunión de sacramentos con la Iglesia y, sin embargo, ya no están en la Iglesia”[80] [Et multi tales sunt in sacramentorum communione cum Ecclesia et tamen iam non sunt in Ecclesia].

Ergo, cabe una comunión —la sacramental— sin pertenencia a la Iglesia. Pero esta no es, claramente, una comunión plena con la Iglesia. Ergo, puede hablarse legítimamente de quienes no están en “plena comunión” con ella. Los lefebvrianos, así pues, no se hallan en plena comunión con la Iglesia. Y, en consecuencia, los sacramentos administrados por ellos —exceptuando, en principio, aquellos que requieren jurisdicción, como el matrimonio y la penitencia— son válidos pero ilícitos, tal como la propia Iglesia ha declarado.

Comentando el destino de la comisión Ecclesia Dei, Benedicto XVI matizaba aún más su visión:

“Juan Pablo II instituyó… Ecclesia Dei con la tarea de colaborar con [quienes…] estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al sucesor de Pedro… Con… deseo de favorecer la superación de toda fractura y división en la Iglesia y de curar una herida sentida de manera cada vez más dolorosa en el tejido eclesial, decidí levantar la excomunión a los cuatro obispos ordenados ilícitamente por monseñor Lefebvre. Con esa decisión quise suprimir un impedimento que podía impedir la apertura de una puerta al diálogo e invitar así a los obispos y a la ‘Fraternidad San Pío X’ a volver al camino de la comunión plena con la Iglesia… la remisión de la excomunión fue una medida tomada en el ámbito de la disciplina eclesiástica para liberar a las personas del peso de conciencia constituido por la censura eclesiástica más grave. Pero las cuestiones doctrinales, obviamente, persisten y, mientras no se aclaren, la Fraternidad no tiene un estatuto canónico en la Iglesia y sus ministros no pueden ejercer legítimamente ningún ministerio… los problemas que se deben tratar actualmente con la Fraternidad son de naturaleza esencialmente doctrinal, he decidido… reformar la estructura de la Comisión Ecclesia Dei, uniéndola de manera estrecha a la Congregación para la doctrina de la fe… El presidente de la Comisión será el prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe… Con esta decisión he querido, en particular, manifestar solicitud paterna hacia la ‘Fraternidad San Pío X’ para que vuelva a la comunión plena con la Iglesia”[81].

De todo ello se desprende que Ratzinger, en 2009, seguía viendo a la Fraternidad como un grupo que, técnicamente, no estaba unido al sucesor de Pedro, que se hallaba en una situación de fractura y división con la Iglesia —traducida en un estado de no plena comunión, análogo al de los ortodoxos— y que debía ser tratado nada menos que por el antiguo Santo Oficio.

7. Los sucesores del Rottweiler

Los siguientes prefectos de la Doctrina de la Fe no hicieron sino hacerse eco de lo ya expresado por Ratzinger, tanto en sus declaraciones personales como en las negociaciones iniciales con el obispo Lefebvre, que llegaron hasta la ruptura.

William Levada fue su primer sucesor al frente de Doctrina de la Fe, una vez que Ratzinger asumió las riendas de la Iglesia Católica como Papa.

En abril de 2009, durante una entrevista con la revista TIME a propósito de si la fractura con los lefebvrianos ya estaba sanada —en el contexto del levantamiento de las excomuniones—, Levada afirmó:

“[La eliminación de la excomunión fue un] gesto de misericordia… [y] una invitación al diálogo [pero] la Sociedad carece de estatus canónico para ejercer el ministerio en la Iglesia".

Acto seguido, comparó la situación de la FSSPX con el histórico levantamiento de las excomuniones mutuas entre católicos y ortodoxos ocurrido en 1965, declarando:

“Nos alegramos de este gesto dirigido a la unidad cristiana. Pero la eliminación de estas excomuniones no puso fin al cisma que sigue existiendo entre el catolicismo y la ortodoxia”[82].

Se entiende, pues, que para el nuevo prefecto el levantamiento de excomuniones —como el otorgado por el Papa a los lefebvrianos— no implicaba en sí mismo la desaparición de un cisma. A su vez, el ejemplo aducido confirma no sólo que un cisma puede subsistir aun cuando se levanten las excomuniones, sino que, en el caso lefebvriano, dicho cisma persiste, dada la analogía con un cisma evidente como el de los mal llamados “ortodoxos".

Gerhard Müller, quien lo sucedió al frente de la CDF, hizo aún más explícita esta descripción. Nombrado nada menos que por Benedicto XVI y mantenido en el cargo por el Papa Francisco hasta el final de su mandato de cinco años, declaró Müller en una entrevista:

“A los obispos se les ha levantado la excomunión canónica que había recaído sobre ellos por sus ilícitas ordenaciones; pero queda aquella sacramental, de hecho, por el cisma: se han alejado de la comunión de la Iglesia”[83].

La relación de Müller con la Fraternidad fue tan tensa que, tras sus propias “negociaciones doctrinales” y al no alcanzar acuerdo alguno, llegó a proponer cerrar el caso con un decreto de excomunión —hablando explícitamente de cisma— sobre todo el movimiento. Tal propuesta fue presentada primero a Benedicto XVI y, posteriormente, al Papa Francisco[84].

A propósito de esto, escribía la filósofa Scrosati:

“La remisión de una excomunión no pone fin por sí misma a un cisma; un cisma termina cuando desaparecen las posiciones cismáticas, como las brevemente enumeradas anteriormente, que en cambio persisten en la FSSPX y, por lo tanto, demuestran un incumplimiento. Un ejemplo: el 7 de diciembre de 1965, Pablo VI levantó las excomuniones que pesaban sobre los ortodoxos desde el cisma de 1054. Este acto obviamente no puso fin al cisma, porque los ortodoxos aún no reconocen ni en teoría ni en práctica las prerrogativas del Papa. No es una contradicción: estos pontífices querían eliminar los impedimentos canónicos a la plena comunión, para que las realidades en cuestión pudieran dar pasos concretos para entrar en comunión con la Iglesia católica. Pero estos pasos no fueron dados. La negativa del entonces Superior General de la FSSPX, Monseñor Bernard Fellay, de aceptar el protocolo de acuerdo, así como el hecho de que nada ha cambiado en sus posiciones, deja a la Fraternidad en una situación cismática”[85].

Luis Ladaria asumió la prefectura de la entonces CDF entre los años 2017 y 2023, período durante el cual se publicó el Motu Proprio Traditionis Custodes, que restringía el uso del misal de san Juan XXIII —es decir, el llamado “Vetus Ordo"— para todos los sacerdotes del mundo. Durante las investigaciones previas a su redacción, la todavía Congregación —rebautizada más tarde como “Dicasterio"— formuló las siguientes observaciones en un informe privado:

“…algunos obispos señalan que es necesario proteger a estos grupos estables para prevenir salidas de la Iglesia hacia comunidades cismáticas como la SSPX [Sociedad de San Pío X]… el Pontífice polaco buscó salvar a muchos católicos que estaban perdidos, confundidos y en riesgo de cisma tras las ordenaciones episcopales llevadas a cabo por el arzobispo Lefebvre… Otros piensan que, con un cambio potencial, la Santa Sede, entre otras cosas, fomentaría la partida de fieles decepcionados de la Iglesia hacia la Sociedad de San Pío X u otros grupos cismáticos”[86].

Vemos, pues, que hasta entonces se mantiene la línea de calificación de este problema heredada de la época de Ratzinger: en palabras del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Lefebvre inició un cisma —calificación retomada por el Papa Francisco en su carta a los obispos tras Traditionis Custodes— y la FSSPX es reconocida como una comunidad o un grupo cismático.

El cardenal Víctor Manuel Fernández, actual prefecto del DDF, es señalado por algunos como el obstáculo para la readmisión de los lefebvrianos a la unidad, aun cuando ellos mismos no dejan de apuntar también a Müller como culpable, en su Respuesta al Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, fechada el 18 de febrero de 2026, después de que este último publicara un comunicado sobre su encuentro en Roma, posterior al anuncio de las nuevas consagraciones ilícitas de la FSSPX, hecho el 2 de febrero de 2026. El día 12 de ese mismo mes —fecha en que el prefecto del DDF se reunió con el superior general de la FSSPX, el padre Davide Pagliariani—, el cardenal Fernández emitió un comunicado en el que no hizo sino retomar la postura de sus predecesores, presentándola como punto de partida. Para ilustrarlo con mayor claridad, recurrimos a otra exposición de Scrosati.

La filósofa católica recuerda que la FSSPX rechazó las tres condiciones elementales planteadas por el cardenal Müller para alcanzar un acuerdo, a saber: 1) adherirse a la Professio Fidei de 1988 —obligatoria para todo católico y exigencia previa para la asunción de cualquier cargo eclesiástico—; 2) aceptar los documentos del Vaticano II y del Magisterio posterior según el grado de adhesión que les corresponda; y 3) reconocer la validez y legitimidad del rito reformado —sin obligación de celebrarlo, ni de abstenerse de algunas críticas a la reforma litúrgica que no contradigan dichos puntos (validez y legitimidad)—. En cambio, el superior Pagliarani —observa Scrosati— se alinea de manera cínica y oportunista con el cardenal Fernández, culpando a Müller, a Benedicto XVI, a Juan Pablo II y a quienes han defendido un mínimo doctrinal. Propone, así, aplicar a la Fraternidad la línea “flexible” y a-doctrinal de Francisco —fundada en Amoris Laetitia, la “escucha” de casos particulares y un derecho canónico pastoral sin rigidez—, separando doctrina y pastoral para legitimar su situación irregular e incluso futuras consagraciones episcopales, presentando de este modo el cisma como un “bien posible” para las almas[87].

¿Qué fue lo que dijo Fernández en su comunicado?:

“…la ordenación de Obispos sin mandato del Santo Padre, quien detenta una potestad ordinaria suprema, que es plena, universal, inmediata y directa (cf. CDC, can. 331; Const. Dogm. Pastor aeternus, cap. I y III), implicaría una ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma) con graves consecuencias para la Fraternidad en su conjunto (Juan Pablo II, Carta ap. Ecclesia Dei, 2 de julio de 1988, nn. 3 y 5c; Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Nota explicativa, 24 de agosto de 1996, n. 1). Por tanto, la posibilidad de llevar adelante este diálogo presupone que la Fraternidad suspenda la decisión de las ordenaciones episcopales anunciadas”[88].

Nótese el paralelo entre estas palabras del cardenal Fernández y las que el cardenal Ratzinger dirigió a Lefebvre el 14 de julio de 1987, empleando explícitamente la palabra “cisma": “Una consagración episcopal resultaría en cisma y excomunión". Resulta también muy significativa la referencia al Motu Proprio Ecclesia Dei y a la Nota explicativa que declaró a la Fraternidad en cisma en 1996 —documentos que ciertos apologistas pretenden anular apelando a su introducción—. Estos puntos ponen de relieve que, para Fernández, la consagración episcopal constituiría un acto cismático que conlleva el ingreso a un cisma formal y declarado. Asimismo, se aprecia una clara y expresa línea de continuidad por parte de la Santa Sede en lo concerniente a la calificación del acto de Lefebvre —que los lefebvrianos están decididos a repetir ahora— y al estatus mismo de la FSSPX. Tal calificación se resume en una palabra: cisma, por más que lefebvrianos y filolefebvrianos pretendan negarlo.

Conviene notar también, antes de cerrar el apartado, que la fundamentación en Pastor Aeternus de la firme condena de semejante acto cismático ya la había formulado el Papa Pío XII en Ad Apostolorum Principis. En suma: no se trata de una cuestión meramente “disciplinar", sino que dicho acto atenta gravemente contra la propia constitución divina de la Iglesia.

Conclusión

Ha quedado suficientemente claro que, pese a todos los vaivenes, la aguda visión de Ratzinger al respecto consiste en reconocer que, efectivamente, la FSSPX atravesó un cisma de hecho, y que él vivió este problema desde dentro. Como prefecto para la Doctrina de la Fe, pasó de una extensa negociación con Marcel Lefebvre a la advertencia directa de que la consagración de obispos contra la voluntad papal no sólo supondría una ruptura con Roma, sino, explícitamente, el inicio de un cisma. Más tarde, una vez consumado el acto cismático, habló de un estado de cisma cuyos estragos se extendían más allá de la propia Fraternidad. Ya como Papa, levantó la excomunión de los obispos cismáticos, introduciendo con ello un nuevo marco para la situación: si bien dejó de referirse al caso como cisma en sentido formal —aunque continuó haciéndolo en sentido descriptivo—, dio a entender que la formalidad del mismo había dado paso a un nivel más alto de reconciliación. Postura en la que le han seguido la mayoría —si no la totalidad— de los sucesivos ocupantes de su antiguo cargo como prefecto. Como afirmó con claridad Müller, la excomunión canónica se ha levantado, pero se mantiene la sacramental de facto por causa del cisma.

No habría mejor forma de confirmar lo expuesto que las propias palabras del actual superior general de la FSSPX, el padre Davide Pagliariani:

“Canónicamente hablando, después de haber sido declarada cismática en 1988, la Fraternidad San Pío X nunca ha sido liberada de esta censura: en 2009, el Papa Benedicto XVI levantó las excomuniones que pesaban sobre sus obispos, pero sin modificar la declaración de cisma anterior”[89].

 

Renatto Roncal, Lic. en Comunicación


Notas

[1] Cf. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Pastor Aeternus (1870).

[2] Cf. León XIII, Epistula Tua (1885).

[3] Eclesiastés 1:9

[4] Klaus Gamber, La reforma de la liturgia romana (con prólogo de Joseph Ratzinger).

[5] Lefebvre, carta al cardenal Ratzinger, 11 de enero de 1982.

[6] Ratzinger, J. (1985). Teoría de los principios teológicos. Herder, p. 452.

[7] Ratzinger, J. (2012). Teología de la liturgia. La fundamentación sacramental de la existencia cristiana. Biblioteca de Autores Cristianos, p. 501.

[8] Ratzinger, J. (1985). Teoría de los principios teológicos. Herder, pp. 467-468.

[9] Código de Derecho Canónico (1983), can. 751. Disponible en:https://www.vatican.va/archive/cod-iuris-canonici/esp/documents/cic_libro3_cann747-755_sp.html

[10] Ratzinger, J., carta a Lefebvre, 20 de julio de 1983.

[11] Pérez Bustamante, L. F., InfoCatólica.

[12] B. Tissier de Mallerais, Marcel Lefebvre (ed. en inglés), p. 542.

[13] Ratzinger, J., carta a Lefebvre, 1985, citado en ibid.

[14] Ratzinger, J., 14 de julio de 1987. Citado en B. Tissier de Mallerais, Vida de Mons. Marcel Lefebvre (ed. en portugués), p. 640.

[15] Lefebvre, M., alocución del 4 de octubre de 1987.

[16] 30 Días, julio de 1988, pp. 13-14. Disponible en:http://www.archbishoplefebvre.com/may-24-1988.html

[17] Carta de Mons. Benelli a Lefebvre, 25 de junio de 1976.

[18] Lefebvre, M., entrevista al diario Le Figaro, 4 de agosto de 1976.

[19] Lefebvre, M., Reflexiones sobre la suspensión “a divinis”, 29 de junio de 1976.

[20] Lefebvre, M., Carta abierta a los católicos perplejos, 1981.

[21] Carta de san Pablo VI a Lefebvre, 11 de octubre de 1976.

[22] Lefebvre, M., homilía en Lille, 29 de agosto de 1976.

[23] Lefebvre, M., agosto de 1976.

[24] El Fígaro, 4 de agosto de 1976.

[25] Écône, 24 de febrero de 1977.

[26] Lefebvre, M., Carta abierta a los católicos perplejos, 1985.

[27] Lefebvre, M., Explicaciones a los periodistas sobre las consagraciones episcopales, 15 de junio de 1988.

[28] Hanu, J. (1978). Vatican Encounter: Conversations with Archbishop Marcel Lefebvre. Sheed Andrews and McMeel, p. 200.

[29] Carta al cardenal Ratzinger, 8 de julio de 1987.

[30] Conferencia a los sacerdotes en Écône, publicada en Fideliter 66, noviembre-diciembre de 1988.

[31] Retiro sacerdotal, 4 de septiembre de 1987.

[32] Carta a E. Q. Wilson, 19 de agosto de 1986.

[33] Acta Apostolicae Sedis, 1923, pp. 287-288.

[34] Juan Pablo II, carta a Ratzinger, 8 de abril de 1988.

[35] Carta del cardenal Ratzinger al arzobispo Lefebvre, 28 de abril de 1988.

[36] Carta del arzobispo Lefebvre al cardenal Ratzinger, 6 de mayo de 1988. Disponible en:http://www.archbishoplefebvre.com/may-6-1988.html

[37] Carta del arzobispo Lefebvre al Papa Juan Pablo II, 20 de mayo de 1988.

[38] Carta del arzobispo Lefebvre al cardenal Ratzinger, 24 de mayo de 1988.

[39] Carta del cardenal Ratzinger al arzobispo Lefebvre, 30 de mayo de 1988.

[40] Carta del Papa Juan Pablo II al arzobispo Lefebvre, 9 de junio de 1988.

[41] Lefebvre, M., carta a los elegidos del obispo, 13 de junio de 1988.

[42] Telegrama del cardenal Ratzinger al arzobispo Lefebvre, 29 de junio de 1988.

[43] “Mandatum” de las Consagraciones, 30 de junio de 1988. Disponible en:http://www.archbishoplefebvre.com/june-30-1988.html

[44] Juan Pablo II, Ecclesia Dei (2 de julio de 1988).

[45] Carta abierta al cardenal Gantin, 6 de julio de 1988.

[46] Ratzinger, J., Ser Cristiano en la Era Neopagana (noviembre de 1989).

[47] Ratzinger, J., Decreto de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el caso de Patricia Morley, 4 de junio de 1993.

[48] Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe a la Nunciatura Apostólica de los Estados Unidos, 28 de junio de 1993.

[49] Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Sobre la excomunión por cisma en que incurren los adherentes al movimiento del obispo Marcel Lefebvre, n. 7, 24 de agosto de 1996. Disponible en:https://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/intrptxt/documents/rc_pc_intrptxt_doc_19960824_vescovo-lefebvre_it.html

[50] Ratzinger, J., Ser Cristiano en la Era Neopagana (abril de 1994).

[51] Motu proprio acerca de la Comisión Pontificia «Ecclesia Dei», 17 de enero de 2019.

[52] Bollettino Sala Stampa della Santa Sede, 18 de enero de 2002.

[53] Entrevista de Christophe Geffroy a Mons. Arêas Rifan, mayo de 2003.

[54] Card. Darío Castrillón Hoyos, Basílica de Santa María Mayor, 24 de mayo de 2003.

[55] Benedicto XVI, Carta a los Obispos, 7 de julio de 2007.

[56] Revista Fideliter, n.° 149.

[57] Entrevista a Mons. Fellay, La Liberté, 11 de mayo de 2001.

[58] AVREF, Le Livre Noir de la Fraternité Sacerdotale Saint-Pie X.

[59] Entrevista por Grégoire Celier, Fideliter, n.° 171.

[60] Protocolo del 8 de mayo de 2001.

[61] Entrevista a La Stampa, 2002.

[62] Entrevista con Gianni Cardinale, septiembre de 2005.

[63] Entrevista con Die Tagespost, 8 de febrero de 2007.

[64] Rome Reports, marzo de 2017.

[65] Congregación para el Clero, El Cisma de Lefebvre, 5 de junio de 2004.

[66] Carta del Sr. Brian Mershon, 23 de mayo de 2008.

[67] Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, Sobre la excomunión por cisma en que incurren los adherentes al movimiento del obispo Marcel Lefebvre, 24 de agosto de 1996, n. 3.

[68] Congregación para los Obispos, Decreto de remisión de la excomunión, 21 de enero de 2009.

[69] Entrevista con Radio Cadena Nacional, 10 de febrero de 2009.

[70] Mons. Fellay, Menzingen, 24 de enero de 2009. Disponible en:https://www.mercaba.org/ARTICULOS/L/levantada_la_excomunion.htm

[71] Entrevista al obispo Fellay sobre la audiencia papal, 24 de febrero de 2006. Disponible en:https://web.archive.org/web/20060224032408/http://www.sspx.ca/Documents/Bishop-Fellay/DICI_Interview_Sept_2005.htm

[72] Ratzinger, J. (2012). Teología de la liturgia. La fundamentación sacramental de la existencia cristiana. Biblioteca de Autores Cristianos, p. 501.

[73] Card. Guido Pozzo, conferencia en Polonia, julio de 2018. Disponible en:https://fsspx.news/es/news/monsenor-pozzo-la-fsspx-no-es-cismatica-ni-esta-excomulgada-20088

[74] Benedicto XVI, Carta a los obispos sobre la remisión de la excomunión, 10 de marzo de 2009. Disponible en:https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/letters/2009/documents/hf_ben-xvi_let_20090310_remissione-scomunica.html

[75] Luisella Scrosati, Roma-Écône: hay que suspender las ordenaciones para continuar el diálogo, 13 de febrero de 2026. Disponible en:https://brujulacotidiana.com/es/roma-econe-hay-que-suspender-las-ordenaciones-para-continuar-el-dialogo

[76] Benedicto XVI, Carta a los obispos sobre la remisión de la excomunión, 10 de marzo de 2009.

[77] Reyes, P. (18 de diciembre de 2016). Relevancia canónica de los sacramentos y actos jurídicos realizados por sacerdotes de la FSSPX. Iuscanonicum.

[78] Benedicto XVI, Al comité de coordinación de la Comisión internacional para el diálogo entre la Iglesia católica y la ortodoxa, 15 de diciembre de 2005. Disponible en:https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2005/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20051215_cattolici-ortodossi.html

[79] Card. Castrillon: SSPX Never in Schism, 20 de abril de 2017. Disponible en:https://fsspx.news/en/news/card-castrillon-sspx-never-schism-16406

[80] San Agustín de Hipona, Carta a los católicos sobre la secta de los donatistas, 25, 74.

[81] Benedicto XVI, Motu Proprio Ecclesiae unitatem, 2 de julio de 2009. Disponible en:https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/apost_letters/documents/hf_ben-xvi_apl_20090702_ecclesiae-unitatem.html

[82] Levada, W., entrevista con la revista TIME, abril de 2009. Disponible en:https://time.com/archive/6946301/schism-with-lefebvrites-not-healed-yet-says-vatican/

[83] Card. Müller, G., entrevista con el diario Il Corriere della Sera, 6 de enero de 2014.

[84] Mons. Fellay, 2015.

[85] Luisella Scrosati, Lefebvrianos: levantada la excomunión, el cisma permanece, 19 de agosto de 2023. Disponible en:https://brujulacotidiana.com/es/lefebvrianos-levantada-la-excomunion-el-cisma-permanece

[86] Evaluación de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 2021. Disponible en:https://es.scribd.com/document/883064183/CDF-Overall-Assessment-of-Summorum-Pontificum

[87] Luisella Scrosati, Doble rechazo: los lefebvrianos se oponen a las propuestas de Roma, 20 de febrero de 2026. Disponible en:https://brujulacotidiana.com/es/doble-rechazo-los-lefebvrianos-se-oponen-a-las-propuestas-de-roma

[88] Comunicado del Dicasterio para la Doctrina de la Fe sobre el encuentro entre el Prefecto y el Superior General de la FSSPX, 12 de febrero de 2026. Disponible en:https://iglesiaactualidad.wordpress.com/2026/02/12/comunicado-del-dicasterio-para-la-doctrina-de-la-fe/

[89] Davide Pagliariani, entrevista en Menzingen, 19 de abril de 2026. Disponible en:https://fsspx.news/es/news/quien-desgarra-la-tunica-cristo-entrevista-superior-general-la-fraternidad-san-pio-x-58690

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