¿Quién fabricó al emotivista religioso?

Los obispos citan a MacIntyre contra el emotivismo. Y no advierten la ironía
Hay momentos en la lectura de un documento eclesial en que uno debe detenerse, releer el párrafo y preguntarse si el autor es consciente de lo que acaba de citar. Uno de esos momentos se encuentra en la nota a pie de página número seis de la Nota doctrinal que la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe publicó el pasado 3 de marzo. Allí, para fundamentar su crítica al «emotivismo» religioso (la reducción de la fe a la intensidad del sentimiento), los obispos citan a Alasdair MacIntyre, concretamente el capítulo segundo de Tras la virtud, su obra capital de 1981.
La cita es correcta. Y sin embargo, algo produce un leve vértigo intelectual en quien conoce a MacIntyre más allá del nombre: la institución que lo cita contra el emotivismo lleva décadas construyendo, con sus propios instrumentos pastorales y pedagógicos, exactamente el tipo de sujeto que MacIntyre describió como producto inevitable del emotivismo. No es una acusación. Es una paradoja. Y las paradojas, bien miradas, son siempre más instructivas que los errores.
Qué dice realmente MacIntyre
Conviene precisar, porque la Nota no lo hace, qué significa «emotivismo» en MacIntyre. No se trata de un exceso de sentimentalismo en la conducta personal. MacIntyre (filósofo escocés, católico converso, uno de los críticos más incisivos de la modernidad moral) describe un problema de mayor envergadura: la tesis (encarnada en la cultura moderna antes de que ningún filósofo la formulara) de que las afirmaciones morales no expresan verdades objetivas sino preferencias subjetivas. Cuando alguien dice «esto es bueno» o «debes hacer esto», no está describiendo ninguna realidad; está expresando una emoción favorable e intentando inducir en el interlocutor un comportamiento mediante la apelación a sus estados internos. El lenguaje moral ha perdido su referente.
La causa es precisa: la modernidad desmanteló el único marco que daba sentido objetivo al lenguaje moral, que era el marco teleológico aristotélico-tomista. Ese marco funcionaba con tres elementos: la naturaleza humana tal como es, la naturaleza humana tal como debería ser si realizara su telos (su fin, su perfección) y los preceptos morales como el camino entre ambos. Eliminado el telos, el lenguaje moral quedó flotando en el vacío. Las palabras continuaron usándose («bueno», «deber», «virtud») pero habían perdido la función que las hacía inteligibles. Lo que quedó fueron preferencias. Y las preferencias, cuando ya no pueden argumentarse, se expresan emocionalmente.
Trasladar este diagnóstico al ámbito religioso, como hace la Nota de la CEE, es legítimo y fecundo. El joven español que hace depender su fe de la intensidad de la experiencia, que abandona la práctica cuando el fervor decae, que no puede responder al ateísmo porque nadie le enseñó a argumentar la fe sino a sentirla, es reconocible. La Nota lo describe con acierto.
Pero aquí empieza la paradoja.
La palabra que lo delata todo: «valores»
Antes de preguntarse quién fabricó al emotivista religioso, conviene detenerse en el síntoma más visible y menos advertido: la palabra «valores». Porque MacIntyre no solo critica el emotivismo en abstracto; señala con precisión el término que lo delata en el lenguaje institucional.
Las virtudes son excelencias objetivas del carácter humano, ordenadas a un telos determinado: la perfección del hombre como tal, su bien propio y último. Decir que la justicia es una virtud es hacer una afirmación sobre la naturaleza humana que puede ser verdadera o falsa, argumentada o refutada. Los «valores», en cambio, son preferencias subjetivas presentadas con apariencia de objetividad. Decir que «la solidaridad es un valor» no obliga a nadie a nada porque no afirma ninguna verdad sobre la naturaleza del hombre: afirma que yo (o mi grupo, o mi cultura) aprecia la solidaridad. Sin un telos que ancle el lenguaje moral a la realidad, las palabras flotan libres, vaciadas de contenido vinculante. Exactamente emotivismo.
Pues bien: abran el currículo de Religión Católica que la propia Conferencia Episcopal Española aprobó y entregó al Ministerio de Educación en 2022. El término «valores» aparece en él de forma sistemática y sin aparente incomodidad.
El primer bloque de saberes básicos gira en torno al descubrimiento de la vida y la autonomía personal «a la luz del mensaje cristiano, que se enriquece con valores de libertad, responsabilidad, comunicación de las emociones e ideas propias». El documento de presentación oficial de la CEE sintetiza el propósito del currículo en que el alumno acceda a «aprendizajes de hábitos y valores, necesarios para la vida individual y social».
«Valores de libertad, responsabilidad, comunicación de las emociones.» Eso dice el currículo de Religión Católica aprobado por los obispos españoles. No «virtudes ordenadas a Dios como fin último». No «excelencias del alma que configuran al hombre a Cristo». «Valores». El mismo lenguaje que MacIntyre disecciona como el síntoma más claro del emotivismo institucionalizado. La misma gramática que el documento del 3 de marzo dice querer combatir.
El término «valores» no es una novedad del currículo LOMLOE de 2022. Aparece ya con idéntica función y estructura en el currículo de la LOE (2007), donde la introducción de Primaria define la asignatura como portadora de «unos conocimientos, valores y actitudes que conforman su propio currículo» e «iluminando el fundamento de aquellos valores comunes que hacen posible una convivencia libre, pacífica y solidaria». En aquel texto, una frase solitaria en la sección de Secundaria dejaba asomar una cierta tensión interna: «La enseñanza religiosa católica no se reduce a una enseñanza de valores; se dirige a la persona concreta en sus raíces». Pero la tensión se resolvió mal: la frase aparecía una vez, mientras que «valores» aparecía docenas. El currículo de la LOMCE (2015) representó un intento parcial de corrección: introdujo explícitamente el término «virtudes cívicas», estructuró los contenidos por bloques doctrinales y adoptó un tono más cristocéntrico. Pero la LOMLOE volvió a la tendencia anterior, lo que sugiere que la inercia institucional es más fuerte que los intentos puntuales de reforma. Los jóvenes que hoy preocupan a los obispos (la llamada «generación Z», nacida entre mediados de los noventa y la primera década de los 2000) se formaron bajo los marcos LOE y LOMCE. El lenguaje de los «valores» ya estaba plenamente operativo en ambos.
Y no es solo el currículo escolar. En la catequesis parroquial, en los documentos pastorales diocesanos, en las intervenciones públicas de los obispos, el lenguaje de los «valores» ha colonizado el discurso eclesial de tal manera que ya casi nadie advierte la incongruencia. Se habla de «valores evangélicos», «valores del Reino», «valores humanos y cristianos» como si añadir el adjetivo «cristiano» a la palabra «valor» restaurara el fundamento ontológico que esa palabra estructuralmente niega. No lo restaura. Un «valor cristiano» presentado como tal compite en el mercado de las preferencias exactamente en las mismas condiciones que un «valor laico»: como opción, como propuesta, como estilo de vida disponible para quien lo elija. No como verdad que obliga porque es verdad.
La propia Nota del 3 de marzo, la misma que invoca a MacIntyre, emplea en su parágrafo 33 la expresión «valores del Reino». No «virtudes del Reino». No «bienaventuranzas». «Valores». El documento que diagnostica el emotivismo habla su gramática.
MacIntyre lo vería de inmediato: al adoptar el lenguaje de los valores para resultar comprensible en una cultura que ya no reconocía el telos cristiano, la Iglesia española no ganó audiencia; perdió argumento. Renunció implícitamente a su pretensión de verdad objetiva y se situó en el mercado de las preferencias espirituales, compitiendo con el yoga, la meditación laica y cualquier práctica que produzca bienestar interior. Que luego los jóvenes trataran la fe como una preferencia entre otras no debería sorprender a nadie. Les enseñaron, textualmente, que la fe es un «valor».
¿Quién fabricó al emotivista religioso?
¿De dónde viene entonces ese joven español que hace depender su fe del sentimiento? La respuesta apunta hacia los propios instrumentos institucionales: el currículo de la asignatura de Religión y la catequesis parroquial ordinaria.
El currículo competencial de Religión Católica aprobado por la CEE ha orientado los aprendizajes hacia el cuidado del desarrollo emocional y cognitivo del alumno y su maduración social. La asignatura queda así definida no por su objeto (la Revelación, el Credo, la moral cristiana) sino por su impacto subjetivo en el alumno. Por sus «valores». Aquí opera una contradicción lógica que MacIntyre analizó en otros capítulos de Tras la virtud: la pedagogía es un medio, no un fin. Convertirla en fin es exactamente el colapso burocrático que describe cuando las instituciones modernas sustituyen el propósito que las justifica por la gestión de sus propios procedimientos. Una catequesis organizada en torno al «cómo» del proceso formativo y no en torno al «qué» de la verdad transmitida ha cometido ese error. La Iglesia ha convertido el método en el mensaje. Y cuando el método es experiencial y emotivo, el mensaje que llega es inevitablemente emotivista.
En la práctica, esto ha producido un modelo que, con variantes, se ha extendido como tendencia dominante en buena parte de las parroquias españolas: la dinámica de acogida con canciones y presentaciones personales, el compartir experiencias del tipo «¿cuándo te has sentido querido?», la lectura bíblica cuya función no es normar la experiencia sino ilustrarla, la síntesis afectiva expresada con un dibujo o una palabra. Existen, por supuesto, parroquias y movimientos que han mantenido o recuperado una catequesis doctrinalmente vertebrada; su labor merece reconocimiento. Pero constituyen bolsas de resistencia frente a una corriente institucional que fluye en sentido contrario y que tiene su expresión más nítida en el currículo oficial aprobado por la propia Conferencia Episcopal.
MacIntyre lo diagnosticaría con precisión: esta catequesis produce personas que expresan preferencias espirituales, no personas que sostienen verdades. Y cuando alguien les pregunta «¿por qué crees?», la única respuesta disponible es «porque me siento bien así», que es exactamente la respuesta que la Nota del 3 de marzo dice querer combatir. Pero es también la única respuesta que el sistema formativo les ha equipado para dar.
Cabría añadir que la misma lógica metodológica ha encontrado respaldo institucional en el proceso sinodal: también allí el criterio de discernimiento ha sido la experiencia narrada y el sentir del pueblo, no la conformidad con el Depósito de la Fe. El emotivismo, en ese caso, no es un riesgo que vigilan; es el método que practican.
La inversión que nadie formula
Los métodos de «primer anuncio» que la Nota observa con mezcla de gratitud y preocupación (los retiros, las experiencias de conversión que los obispos vigilan con cautela) son, en muchos casos, una respuesta empíricamente eficaz al fracaso de esa catequesis institucional. No voy a señalarlos, no hace falta, todos los tenemos en mente, no surgieron de la nada. Nacieron en el vacío que la catequesis ordinaria dejó.
Si la formación doctrinal en el aula de Religión y en el local parroquial hubiera transmitido un telos claro (quién es Cristo, qué propone, qué exige, qué da), los jóvenes españoles no necesitarían que una experiencia emocional intensa los convenciera de algo que debería haber sido argumentado pacientemente durante años. El emotivismo que la Nota diagnostica en los nuevos métodos es, en parte, el emotivismo que la institución educó. Y lo educó, entre otras cosas, enseñándoles que la fe cristiana es un «valor» entre otros.
MacIntyre termina Tras la virtud no en el problema sino en la propuesta: la recuperación de comunidades de práctica capaces de transmitir un telos compartido, donde el lenguaje religioso recupere su referente objetivo. Termina evocando a san Benito: no como anacronismo nostálgico sino como modelo de comunidad organizada alrededor de un fin real, no de una preferencia flotante.
Si la CEE hubiera seguido a MacIntyre hasta esa conclusión, la Nota no habría terminado con una exhortación a «abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones». Habría terminado con una propuesta más incómoda: dejar de hablar de «valores» y volver a hablar de virtudes. Virtudes ordenadas a Dios. Virtudes que suponen que hay un fin real del hombre, que ese fin es Dios, y que la fe no es una preferencia sino una verdad a la que la razón puede llegar y de la que la voluntad no puede prescindir sin mutilarse.
Esa propuesta no está en la Nota. Quizá porque implicaría que los mismos obispos que la firman reconocieran que el emotivismo que diagnostican no es un virus llegado de fuera, sino en buena parte un producto de exportación propio. Criticar iniciativas sin nombrarlas es cómodo. Revisar el BOE de Religión es otra cosa.
Armando Rubio
38 comentarios
La fe protestante es un sentimiento, como la musulmana, algo "auto-instigado" pero que no procede de Dios ni está en el alma, sino en la mente sentimental. Se "auto-convencen" para ser más fuertes, más felices, más guerreros ó para dar un sentido a su vida.
PERO... ¿dónde aparece la CEE en todo ésto? ¿por qué ahora? ...estamos como estamos, hechos unos zorros por los motivos que TODOS sabemos y de pronto aparece esto sobre el sentimentalismo??? ¿un ataque a hakuna y otros movimientos "pijos" ó algo así?. Siento pensar mal, pero es que no lo entiendo, las cosas como están y nos preocupamos de un emotivismo absolutamente abstracto.
Ciertamente, hay que criticar el tema pentecostal y protestante que se ha infiltrado en España a través de los inmigrantes hispanoamericanos, donde la herejía infesta sus comunidades. Ciertamente hay que criticar el peligro de los "habladores de lenguas", y la preocupación que algunos tenemos por ciertas ramas católicas de algo tan pernicioso como el pentecostalismo.
Ciertamente las terribles influencias herejes protestantes hacen un daño terrible, y son el gran factor sentimentalista (aunque todas las falsas religiones tienen este componente), pero... ¿qué exactamente se está criticando?. No entiendo.
Por algo la profecía anuncia en el AT que Dios nos cambiará el corazón de piedra en un corazón de carne. Jesucristo fue el cumplimiento de esa promesa.
Como dijo el poeta: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Lo cual no significa que podamos prescindir de la razón, pero sí que no la deifiquemos.
Cuidado, que también es cierto que el sueño de la razón engendra monstruos.
Jesucristo, como hombre, tenía corazón y cerebro. Es a Él a quien tenemos que escuchar, el rostro humano de Dios.
Creo esta expresión «la fe no es una preferencia sino una verdad a la que la razón puede llegar» es un poco desafortunada, porque parece proponer una fe independiente de la Revelación, accesible a la sola razón natural..
Como dice San Ignacio en el principio y fundamento que el fin del hombre es alabar, hacer reverencia y servirle a Dios.
Solo viendo este fin se puede hablar de lo que es moral y lo que no.
De otra forma se habla de los valores y preferencias. Así que, Ojo, hasta criticar las formas emotivas, sin discernir si realmente acercan a la persona a Dios y le hacen crecer en las virtudes, puede ser un emotivismo dictado por las preferencias de uno que simplemente defiende sus formas antiguas. Vaya paradoja.
Pudiera ser conveniente advertir de todo aquello donde no estén estos elementos ni el contenido de la fe y no financiarlos, con indepencia de si hay sentimientos o no. Mas aún si tergiversan todo
Lo de "pijo" era una ironía en clave de crítica precisamente a ciertas críticas abstractas que creo que no vienen a cuento tal como está la Iglesia, HAY QUE SABER LEER, lo siento pero un poco de mínima lectura antes de responder no nos vendría mal.
No conozco Emaús salvo por testimonios de terceros, creo que da frutos y me parece algo en la Iglesia que ha hecho bastante bien. Conozco varias conversiones... más allá de que la Iglesia post conciliar tiene una pastoral muy protestantizada, y la modernización de las formas pasa muchas veces a la protestantización de las actitudes, los comportamientos y creencias, muy en línea con sentimentalismos... criticados sólo en abstracto, por eso hablaba de que pueden ser críticas contra grupos "pijos", pero no contra otras amenazas mucho más ciertas y peligrosas, como la intensa protestantización y el falso ecumenismo en la Iglesia.
Pero nunca me he referido a Emaús ni ha sido esa mi intención. Lo testimonios recibidos han sido positivos.
Por mi parte ya estoy en el catolicismo tradicional, porque la deriva post conciliar ha sido catastrófica, y ahora estamos como una secta más dentro de un estado falsamente aconfesional, cuando somos nada menos que la única RELIGIÓN VERDADERA, con derecho a la Autoridad única en la sociedad y en las leyes, a la que se ha renunciado extraña y absurdamente.
No era amigo de buscar el martirio y trató, como buen jurista, de protegerse con el silencio (Prudencia), pero cuando éste no fue suficiente fue al martirio sin dudar.
En fin, todo el mundo sabe que las emociones son los capitanes de nuestras pobres vidas, aunque no pasen de ese grado.
Algunos comentarios, en cambio, que critican el predominio del sentimiento sobre la razón en este terreno me parecen tan parciales e ignorantes en sus apreciaciones como las prácticas que critican.
Yo defendería, por ejemplo, el carácter festivo y apasionado de la espiritualidad que se vive en la Renovación Carismática Católica, pero creo que hay cosas en la Iglesia que se defienden solas, así como creo que hay personas tan atacantes, que acaban viéndose muy solas, lo cual es también muy razonable.
En todo caso, agradezco la carta que he leído con aprecio e interés.
La emotividad pentecostal es no sólo su éxtasis aparente de amor con Dios en delirio narcisista de auto mimazón autocomplaciente a costa de Dios, sino que incluye también trances de culpa con terror infernal y apocalíptico. Y tanto sentimentalismo lo estimulan con espectáculos de sanación milagrosa y testimonios de revelación catastrofista e infernal.
El Catolicismo, entre tanto, está renunciando a la emotividad y a lo sobrenatural, insistiendo en apegarse a la "realidad objetiva" con lenguaje que, disculpen, parece influencia marxista, y que también se asocia inevitablemente con el concepto de realidad objetiva de las ciencias naturales y la técnica, por el que toda afirmación debe ser probada con hechos demostrados y medidos, lo que no se puede con la espiritualidad del creyente religioso pero tampoco se puede con la Revelación.
Entre católicos neo tradicionales parece que muchos intentan iniciar o recuperar la emotividad religiosa, pero la de impotencia y miedo ante la justicia más que de confianza y esperanza en la misericordia. Es como si, a través de una proyección personal en la divinidad, unos se miman a sí mismos y otros escandalizan al prójimo.
Los evangélicos acostumbran "compartir" sus experiencias espirituales mientras los católicos racionalizan las experiencias espirituales para refutarlas como fingidas, enfermizas o supersticiosas, particularmente las ajenas pues a menudo el mismo creyente católico, incrédulo intransigente con los demás, por sí mismo testifica señales, presencias y sensaciones, pero por supuesto que no se le cree porque le desmiente su conocida manera de razonar y, al final, entre católicos muchos no creen, no sólo en la experiencia espiritual del prójimo, tampoco en testimonios de santos y místicos, ni siquiera en la Biblia.
Soy un católico que acude con cierta frecuencia a Misa Tridentina (casi todos los domingos, el resto, a Novus Ordo, y a diario casi siempre Novus Ordo). Y reconozco que movimientos como Emaús, Effeta, la RC, el Camino, etc, tienen cosas buenas y acercan a gente a Dios. Igual que hay gente que se ha convertido en entornos de Misa Tradicional.
Pero, sin señalar a nadie en concreto (cada cual nos tenemos que mirar al espejo, a nivel individual y como grupo): en algunos sitios se ha llegado a ciertos excesos que no se pueden aceptar (bailar o aplaudir en la Santa Misa, Adoración o simplemente dentro del templo, o poner música de origen mundano, como "Blowing in the wind" durante la Misa). En otros, se da una prepotencia y cierta suficiencia y un mirar a los demás por encima del hombro que tampoco agrada a Dios. Y luego está el querer cambiar la moral y la doctrina "porque tal cura o tal catequista dice que eso ya no es pecado".
Y no me considero ningún santo. Quiero ser santo pero me veo como el más pecador de todos. Pero al menos quiero defender el Honor de Dios y la exaltación y libertad de la Iglesia Católica y que todos los católicos estemos unidos, en la Verdad y en la caridad.
Acabo con lo que dijo San Juan XXIII, el Papa bueno, cuando le aplaudieron en una parroquia: "No aplaudan en la iglesia, porque Templum Dei est Templum Dei".
A veces me he preguntado si esa preferencia por los valores cristianos no haya sido un primer auxilio de entre muchos para acabar en el Corazón de Jesús años después.
El Señor se vale de todo para pescarnos, también de los Emauses y demás . Pero no podemos quedarnos en eso. Hay que madurar en la fe y no podemos quedarnos en comunidades para principiantes, por mucho bien que puedan hacer a algunos. De hecho pienso que las comunidades cristianas deberían ser grupos en los que hubiera gente de diferentes preferencias en los carismas. Y no como ahora que hay la comunidad de Emaus, la de los carismáticos, la del camino, etc… Una cosa no está reñida con la otra, y ambas se complementan y pueden crecer en virtud si dejan que los carismas de los demás les enriquezcan también cuando se busca la virtud y el seguimiento fiel de Cristo. Bueno es una humilde reflexión. Igual estoy equivocada.
En efecto, Jesús, en su naturaleza en parte humana, lloró por la muerte de su amigo Lázaro.
Hay ciertas hierbas de olor que, al aplastarlas, están unidas al Corpus Christi, ciertos olores que traen la Semana Santa y no hay sonido más elevado que el de las campanas el día de Resurrección. Cuando la Covid el párroco ni siquiera repicó las campanas, aunque son automáticas, y no sé si se dio cuenta lo espantosa que resulta una Pascua sin campanas.
El Vaticano II nos dejó huérfanos de agua bendita, mezquinó el incienso, construyó iglesias feísimas, las imágenes ya no inspiraban fervor, etc... por lo que veo razonable que ahora se eche de menos eso, pero no veo que lo emotivo sea un sustituto de lo sensorial.
La Iglesia Católica siempre ha tenido dos vertientes: la comunitaria y la personal y, a lo largo de las persecuciones, se ha visto que los católicos pueden combinar ambas. El Cardenal Van Thuan, con tantísimos años en la cárcel , se las tuvo que arreglar solo y la soledad no puede basarse en emotividad ninguna porque ya se ve que a ella se llega siempre colectivamente. Un católico pertenece a una comunidad, pero he encontrado a muchos que, por las razones que sean, se han encontrado solos. Los católicos ingleses y galeses se quedaron solos de la noche a la mañana, y de todos los obispos solo se plantó San Juan Fisher y en esas condiciones lo emotivo no funciona porque nunca lo hace cuando tienes que nadar solo contra corriente.
Me parece que no estás equivocada, Victoria, la reflexión nos hace bien a todos.
Sí, si no estoy en contra de lo emocional. De hecho, he de decir que los cantos sacros que se cantan en Misa Tridentina o bien en la del Valle de los Caídos (que es Novus Ordo pero muy reverente y solemne) me evocan emociones muy positivas. Y totalmente de acuerdo con que el arte sacro debe ser bonito y no (perdón por el chiste malo) "hel-arte" moderno (que, en general, es bastante frío y mueve poco a piedad).
Lo que no se puede hacer es que las emociones determinen nuestra fe (porque son muy variables) y mucho menos decir "siento tal emoción que me pongo a dar saltos y hacer toda clase de monerías" en la Domus Dei y encima decir que eso es del Espíritu Santo... cuando el Espíritu Santo no promueve la irreverencia en la iglesia.
Pero ojo, que el otro punto del péndulo puede ser imagen rigidez tan excesiva que lleve a posturas como el sedevacantismo, el mirar por encima a católicos que no sean de mi misma tendencia (y esto, también es verdad, se puede dar, aunque no exclusivamente, en ambientes tradicionales) o decir las cosas sin un mínimo de tacto.
Es por eso que defiendo un sano equilibrio, que por supuesto no sea trocado en "todo vale, si ves una Misa donde se baila, tú a bailar y a tocar palmas, etc".
PD
No confundir la maldad de la herejía con la debida Caridad por los ciegos y engañados protestantes, debemos rezar por ellos y ayudarles a salir de su nefasta y tóxica herejía.
Sobre la renuncia de la Iglesia a la vedad objetiva, no la veo del todo. En un mercado de pluralismo religioso, ético e ideológico, todas las opciones se presentan explícita o implícitamente como verdaderas y superiores a las demás, como no puede ser de otra forma. Es verdad que también hay católicos que defienden el relativismo religioso explícito, como Francisco, pero no es tan habitual ni lo esperable en una religión que tiene que competir con otras confesiones y con otros sistemas creencias.
Otra cosa es el respeto a las demás opciones. Por muy convencidos que estemos todos de que nuestra opción es la verdadera o la mejor, el respeto al resto de opciones es necesaria para poder convivir en paz. Ya sabemos que si queremos que nos respeten, tenemos que respetar a los demás. No, no es buenismo, es pura necesidad. Si los demás no nos respetaran, actuaríamos consecuencia. Lo mismo harían los demás, si no los respetáramos.
La mayoría no cumplimos el primer mandamiento porque no podemos sentir amor a Dios como por nuestros seres queridos pero más que a ellos como debe ser, siendo ese amor sentimental el único que conocemos, que tampoco lo sentimos por el prójimo y ni siquiera por uno mismo. En cambio son mucho más comunes el odio a familiares, el resentimiento contra la sociedad y el auto odio, incluso el otro odio, el peor, inmencionable pero del que advierte la misma Biblia.
Hay aportes muy buenos de Armado Rubio y se los agradezco, en mi caso consideraba que se podía desarrollar una ética de los valores desde Platón y San Agustín, no me interesé por conocerla, la daba por sentado porque tenía por más fundada a la ética desde la virtud pero consideraba que podía ser posible y el artículo me ha demostrado que estaba equivocado.
Es interesante la relación que establece Armando Rubio entre los valores y la preocupación centrada en los métodos, procesos o procedimientos como característica de la Iglesia actual aunque también lo es de toda la modernidad. Agradecemos el aporte. Saludos
No se trata de negar el rol que las pasiones y las emociones tienen en la vida espiritual (después de todo, son parte de la experiencia de ser humano), pero estas tienen que estar integradas en la totalidad de lo que somos. Y esto incluye la racionalidad del ser humano. Todo conocimiento nos llega primero a través de los sentidos, pero creemos no porque nos hace sentir bien sino porque lo que nos enseña la fe es verdadero.
El problema no es la apelación a lo sensible en el primer anuncio o en retiros de impacto, sino el fomento constante a lo largo de los años del anti-intelectualismo en la vida de fe católica. Uno no puede vivir a caramelos, lo mismo que no puede armar una fogata a base de fósforos, necesita leña. Y esa leña viene del estudio catequético serio, de la perseverancia en la oración, de una cierta ascesis. Si la catequesis es compartir y ser buenos amigos en lugar de enseñar lo que creemos, lo que celebramos, lo que vivimos y lo que oramos... ¿Con qué autoridad nos vamos a quejar después de que sean todos unos emotivistas blanditos? Es todo un construir tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias.
Y eso las sectas antiguas que todavía conservan un bautismo válido (porque conservaron el bautismo católico), porque la mayoría de las sectas "pentecostales" y "evangélicas" no tienen bautismo válido, y no son hermanos en Cristo de ninguna manera, ni siquiera de forma incompleta, imperfecta, lejana e ilegítima, como pueden tener las comunidades herejes antiguas. Son "hermanos" en naturaleza humana, como los ateos, los musulmanes, los idólatras, etc, pero no hermanos en Cristo, ni siquiera hermanos "equivocados, ciegos y alejados" como son los otros.
Entonces, desde su ceguera y su error sin Gracia de Dios, se quedan en su mayor parte sin la FE Verdadera, porque la FE es un Don de Dios, que si no estás en Su Iglesia no la puedes tener realmente, y se vuelven simples EMOTIVISTAS, que sustituyen la fe verdadera por sólo una emoción humana, como sustituto humano y falso en cuanto a la Verdad.
Yo también he conocido la renovación carismática católica desde un grupo de oración en una parroquia. Ninguno de los miembros de ese grupo eran descerebrados: el corazón no está reñido con la razón. Eso no lo pueden comprender los que tienen un cerebrín tan pequeño y tan rígido que está en peligro permanente de desaparecer ante cualquier emoción normal que a ellos los aleje de su rutinaria jaula de seguridad.
Otra cosa sería un corazón descerebrado, que sería más bien un hígado. O un cerebro descorazonado, que sería una desgracia esclerotizada.
Paz y bien.
Que yo sepa se aplaude en los toros, cine y teatro pero no delante del Santísimo.
En fin...
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