Para ser santos nos sobran los peros, y nos falta querer (Mn. Jaume Melcior)

El joven rico

Del diálogo con personas estupendas, de amigos sacerdotes y llevándolo a la oración, nace este escrito-reflexión que deseo compartir con cada lector. Muchas veces nos pasa que el amor que le profesamos al Señor, queda entorpecido por nuestra debilidad. Una flojera fruto de nuestra inclinación al pecado, que nos conduce fácilmente, de la determinación de ser santos, a un simple deseo cada vez más tenue, que por tibieza y comodidad, tiende incluso a desaparecer, al dejarnos llevar por la corriente. Creo que hay dos perspectivas de la santidad, que nos suceden con frecuencia en el caminar por este mundo. La primera es muy gris y ceniza, cuando vivimos vencidos. Y la segunda que expondré, creo que cambia totalmente el enfoque y nos lanza a lo alto, pero ustedes juzguen.

Muchas veces nuestros razonamientos podrían ir en este orden:

Quiero ser santo, pero la pereza me domina. Quiero ser santo, pero la falta de sinceridad, desfigura quien soy realmente, y me dejo vencer. Quiero ser santo, pero la impureza de mi corazón me corroe. Quiero ser santo, pero cuando abro la boca, mi deseo se esfuma. Quiero ser santo, pero cargo mi culpa y la de otros, para no ser feliz, y a ratos esa culpa, se la paso a los demás, para reposar de tamaño peso. Y lo único que consigo, es que esta aumente en mi conciencia. Quiero ser santo, pero los prejuicios me entorpecen. Quiero ser santo, pero enjuicio a otros, en base de mi intuición infalible, sin dejarles hablar. Quiero ser santo, por eso perdono, pero no doy al otro la opción de enmendar su error y de recomenzar… y podríamos seguir… incluso seguro que ustedes añadirían mejores ejemplos. Es la visión del ser santos poniendo peros.

El error de esta visión, que tantas veces nos pasa, es que hemos querido ser santos sin Dios y sin el prójimo. Y por eso, mirándonos al ombligo, no podemos ser santos. Hay que ser santo, aun con todos los pecados, y en ellos, al reconocerlos, nos hacemos capaces de luchar para vencerlos, con la ayuda de la Gracia. Pues cada vez que nos levantamos y dejamos que nos socorra Cristo, nos dejamos Amar en un verdadero acto de confianza en Dios. Y siempre que luchamos, le mostramos que, aunque muy limitadamente, le amamos, pues «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» Rm 5, 20-21. En la primera parte de este escrito, no se contaba con la Gracia, y el prójimo. Sino con un voluntarismo lleno de soberbia, de uno que quiere salvarse por sus solas fuerzas, y sin contar con nadie.

Es imposible ser santo desde el voluntarismo, solo podemos serlo, viviendo la alegría de nuestra filiación divina, hasta tal punto, que la semilla del fruto de nuestra relación con nuestro Padre Dios, poco a poco, por nuestro obrar, consiga sembrarla en el alma del prójimo, del amigo. Y si este también quiere ser santo, querrá que nuestra relación con Dios crezca más y más en cada uno de nosotros. Este prójimo se concreta en cada alma que conocemos. El deseo de que todo el mundo sea santo, se concreta en las almas a las que Dios, ha dispuesto especialmente ante nosotros, ese ¡Tú!

A partir de aquí, en mi opinión, el discurso, contando con la Gracia y el prójimo, debería ser:

¡Quiero ser santo! Pero el Señor, no me admite a serlo, si no es contigo. Quiero ser santo, te ofrezco mi oración, mi cercanía y mis manos. ¡Quiero ser santo! No me retires tu oración, amistad y buen obrar. No me asustan tus mochilas de pecados, si quieres luchar conmigo, pero no te asustes de las mías, pues contigo ¡Quiero ser santo!

Que la dureza de tu corazón o el mío, no le de vencida esta batalla al diablo, porque es en la división y los chismorreos, que llena de tristeza nuestro corazón, y yo… ¡Quiero ser santo contigo!

Nunca retires la mano a nadie. Si tu mano desaparece, mayor es mi naufragio, porque el Señor, me pidió ser santo contigo, y al Cielo sin ti, no debo presentarme. Sino junto a ti, para ser santos, abrazados por la Santísima Virgen María, y así maternalmente ser presentados, ante el Santo de entre los santos.

Por favor, no mires mis pecados y debilidades, y no me tengas en cuenta las ofensas que he cometido contra ti. Solo déjame que pida perdón, o deja que me explique si los infundios acechan, y solo quédate con que… ¡Quiero ser santo contigo!

Y podría añadir alguna que los sacerdotes podemos dirigir:

Siempre procuro tener disponibilidad para escucharte, porque quiero ser santo contigo, con cada uno de vosotros. Pero escúchame tú también a mí, que soy un pobre sacerdote, que te necesita para ser santo junto a ti. Y si mi ministerio flaquea, por mi fragilidad, muchas almas pueden salir perjudicadas, cuando te pedía ayuda. Pues te gritaba: ¡Quiero ser santo contigo, junto a todos vosotros!

Desde el momento en que te conocí, decidí ser santo contigo, ya no puedo, ni debo echarme atrás. Aun con mis pecados y miserias, no viviré fingiendo que no te conozco, porque no podría ser santo si así lo hiciera. ¡Déjame ser santo contigo, con todos vosotros! ¡Déjame ser Sacerdote santo, presentando y ofreciendo a Dios en el altar, tu vida! ¡Y tú, ofreciendo la tuya, sostenme elevándome a Cristo, ante el príncipe de este mundo que me quiere perdido! ¡Quiero ser sacerdote santo contigo!¡Con todos vosotros!

Y se pueden añadir muchas y mejores reflexiones más. Mi pregunta, que es a donde quiero llegar, es que llegados a este punto… ¿Cuál de los dos discursos nos anima a abandonar, y cual enardece nuestro corazón y el de los que nos rodean? Hay que ser almas orantes, de trato intenso sacramental y de humildad probada, para dejarse rectificar y amar, para vivir la segunda forma de afrontar nuestro camino hacia el Cielo. Todo lo demás será perder el tiempo si el rumbo no lo dirigimos a Dios y en Él, al prójimo. Si lo centramos en nuestras conveniencias, tantas veces sustentadas en tantas y buenas razones y peros, son alejadas de visión sobrenatural, y vida sencilla… ¿Creen posible ser santo así?

Vamos ¿Se apuntan conmigo a por ello, con alegría sobrenatural? ¡Vale la pena!

 

Mn. Jaume Melcior Servat

 

6 comentarios

  
Maricruz
Yo me apunto
Y doy gracias a Dios porque las ganas de ser Santo me llegan todos los días de los sacerdotes y otros blogueros que publican en este portal
Y también las ganas me vienen de mis buenos vecinos y de mis queridos sacerdotes con los que intercambio
Alabado sea Dios que nos quiere tanto
09/09/22 1:42 PM
  
T. Delseny
Yo tambien me apunto!
Gracias Mn Jaume por mostrar desde su corazón de sacerdote el camino al Cielo!
09/09/22 6:28 PM
  
Franco
Difícil que no falte el querer, si se tiene en cuenta que quienes deberían procurar que el deseo de santidad nazca y crezca en las almas parecen haber renunciado a ello.
11/09/22 1:25 AM
  
Mª Pilar
Son palabras que nos remueven y nos estimulan a perseverar en nuestra vida cristiana. Que Dios y la Virgen nos ayuden a perseverar en estos tiempos difíciles.
14/09/22 9:39 PM
  
Gerardo S. I.
...y como dice el Papa Francisco "Dios no se cansa de perdonarnos; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdon". Y yo agregaria: porque nuestro corazon se endurece.
Mientras tengamos un aliento de vida, debemos pedir a Dios la gracia de ser Santos.
26/10/22 5:00 PM
  
PIC
Muchas gracias por la reflexión, al hacernos caer en la cuenta de que nos salvamos en racimo y ayudados unos de otros con la oración y la fuerza de los sacramentos, seguimos animándonos para llegar a lo más santos que podamos. No dejemos de dar gracias al Señor por los sacerdotes, vidas entregadas a Dios y al servicio de tantas personas.
04/01/23 8:58 PM

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