Peregrinos en Distopía, un canal para comprender la verdad del hombre de hoy y su destino eterno

Conversamos con el profesor Stefano Abbate sobre la razón de ser del canal
Peregrinos en Distopía es un canal que nace del entorno académico y educativo, impulsado por un grupo de profesores de la Universidad Abat Oliba CEU: Stefano Abbate, Emili Boronat, Javier Barraycoa, Arturo González de León y Francesc Xicola. Todos con una larga trayectoria en la docencia, la investigación, la publicación de libros, artículos y la divulgación cultural. Desde una mirada católica, el canal ofrece análisis y conversaciones sobre filosofía, literatura, cine, historia, política, religión y sociedad, con el propósito de comprender los signos de nuestro tiempo y ayudar a vivir con lucidez, esperanza y fidelidad en medio de un mundo cada vez más desorientado.
Pueden seguir el canal aquí:
https://www.youtube.com/@PeregrinosenDistopia
¿Cómo nació el canal Peregrinos en Distopía y con qué objetivos?
El canal nació en 2024, muy ligado a nuestra experiencia como profesores en la Universitat Abat Oliba CEU. En nuestro caso, no surge primero como una idea de “vamos a hacer un canal de YouTube”, sino casi como una prolongación natural de lo que veíamos cada día en las aulas.
Damos clase en materias relacionadas con las humanidades, la filosofía, las ciencias sociales y jurídicas. Y ahí uno se encuentra con algo muy interesante. Por un lado, muchos alumnos llegan con ideas muy hechas, muy recibidas, a veces casi calcadas del ambiente cultural dominante. Les cuesta elaborar un juicio propio. Les cuesta detenerse ante la realidad y preguntarse: “¿Esto es así? ¿Por qué lo pienso? ¿De dónde viene esta idea?”. Y eso no es culpa de ellos sin más. Tiene mucho que ver con una educación cada vez más homologada, más técnica, más orientada a repetir ciertos esquemas y menos preocupada por enseñar a pensar.
Pero sería injusto quedarse solo con ese diagnóstico. Lo que más nos ha movido ha sido precisamente lo contrario: los frutos que hemos visto. Cuando en clase se plantean las grandes preguntas, muchos alumnos responden. A veces no de inmediato. A veces primero hay silencio, resistencia, incluso cierta ironía. Pero cuando se les habla en serio de la verdad, del bien, de la libertad, de Dios, del sufrimiento, de la justicia, del sentido de la vida, algo se despierta. Hay una sed de verdad que quizá no siempre sabe expresarse, pero está ahí. Y un profesor lo nota.
De esa experiencia nace Peregrinos en Distopía. De la sensación de que la tarea educativa es urgente, y de que no puede quedar encerrada solo en el aula. Hay muchas personas fuera de la universidad que también buscan comprender lo que está pasando. Personas que quizá no leerían de entrada un tratado de filosofía, pero sí escucharían una conversación en YouTube mientras van en coche, cocinan, pasean o descansan por la noche. Y ahí también hay una oportunidad.
Nos dimos cuenta de que el mundo académico tiene que volver a salir al encuentro de la vida real. No basta con publicar artículos, dar clases o hablar entre especialistas. Todo eso es necesario, claro. Pero hay una necesidad enorme de traducción, en el buen sentido de la palabra: hacer accesibles las grandes cuestiones sin rebajarlas, sin convertirlas en eslóganes, sin perder profundidad.
También hay una razón católica muy sencilla. Entre las obras de misericordia espirituales está enseñar al que no sabe. Esto hoy puede sonar extraño, incluso incómodo, porque nadie quiere situarse por encima de nadie. Y no se trata de eso. Se trata de reconocer humildemente que todos necesitamos ser enseñados, acompañados, corregidos, despertados. Nosotros también. Pero si uno ha recibido algo, años de lectura, de estudio, de docencia, de conversación con alumnos y maestros, tiene cierta responsabilidad de compartirlo.
El canal nace con ese objetivo: ayudar a pensar. Ayudar a mirar la realidad sin miedo. Intentar comprender las raíces de la confusión actual. Y, al mismo tiempo, recordar que no estamos condenados a vivir distraídos, solos o resignados. Hay una tradición viva, una inteligencia católica de la realidad, una memoria cultural y espiritual que todavía puede iluminar mucho.
Por eso hablamos de filosofía, literatura, historia, cine, política, religión o educación. En el fondo, son caminos distintos para volver a las preguntas de siempre. Quién es el hombre Qué sentido tiene la libertad. Qué hemos perdido. Qué merece ser conservado. Qué espera Dios de nosotros en este tiempo concreto.
Peregrinos en Distopía nació, en definitiva, para ampliar el radio de una conversación que ya estaba sucediendo en las aulas. Y para salir a buscar, con los medios de hoy, a quienes todavía quieren comprender, aunque quizá no sepan muy bien por dónde empezar.
¿Por qué ese título alusivo al peregrinar?
La elección del nombre nació como suelen nacer muchas cosas entre amigos: en una comida en Barcelona, durante una sobremesa en la que veníamos comentando la situación cultural que nos rodea. No fue una decisión de marketing, ni el resultado de una estrategia muy pensada. Fue más bien una intuición que apareció conversando.
La idea del peregrinar está muy unida a la tradición católica. San Agustín habla del hombre como alguien que está de camino, como homo viator. No estamos definitivamente instalados en este mundo. Vivimos aquí, participamos de sus estructuras, sufrimos sus engaños, entramos muchas veces en sus violencias y contradicciones. También hemos contribuido a construir este mundo tal como es. No podemos mirarlo como si no tuviéramos nada que ver con él.
Pero la vida humana tiene forma de camino. Y ese camino exige una elección. Cada hombre peregrina hacia algún lugar, aunque no siempre sea consciente de ello. En el fondo, se trata de elegir entre Cristo y el mundo cuando el mundo se presenta como una falsa promesa de redención. San Agustín lo expresa con la imagen de las dos ciudades: la ciudad de Dios y la ciudad del mundo. Esa división no pasa solo por la historia o por la política. Pasa por el corazón de cada uno.
Además, para nosotros la palabra “peregrinos” tiene una concreción muy próxima. Remite también a Santiago, al apóstol que, según la tradición, peregrinó y predicó en España, y cuya presencia ha marcado de manera decisiva la fe de esta tierra. De allí nuestro logo del canal. El Camino de Santiago no es solo una ruta cultural o turística. Es una imagen muy poderosa de lo que ha sido Europa y de lo que ha sido España: un destino común que se apoyó, en medio de las grandes diferencias y discrepancias, en la fe católica. De allí su grandeza.
Por eso nos interesaba mucho esa palabra. Peregrinar significa reconocer que no tenemos aquí nuestra morada definitiva, pero también que el camino importa. Importa cómo vivimos, qué amamos, qué ciudad ayudamos a construir, qué dejamos atrás y qué buscamos.
La otra palabra del título, “distopía”, señala el paisaje que atravesamos. Hoy muchas dinámicas del mundo tienen un aire inquietante: la manipulación del lenguaje, la soledad creciente, la vigilancia tecnológica, la sustitución de la realidad por pantallas, la pérdida de vínculos, la confusión sobre el hombre, la educación reducida a adaptación al sistema. Todo parece más cómodo, más rápido, más conectado. Y, sin embargo, muchas personas están más perdidas.
Así que el título une las dos cosas. Somos peregrinos porque nuestra vida apunta a un destino. Y caminamos en una distopía porque el mundo actual, con todos sus avances y seducciones, se parece cada vez más a un lugar donde al hombre le cuesta recordar quién es, de dónde viene y hacia dónde va.
¿Vivimos ya realmente en una distopía?
Depende de qué entendamos por distopía. Si pensamos en una sociedad completamente cerrada, con un control totalitario visible, campos de reeducación, policía del pensamiento en cada esquina y una opresión brutal como la que aparece en algunas novelas o películas, quizá no. Al menos no en esa forma tan evidente.
Pero si entendemos la distopía como una sociedad indeseable, opresiva y profundamente deshumanizadora, entonces hay muchos rasgos de nuestro tiempo que sí tienen un aire distópico. No hace falta que todo sea oscuro o catastrófico. A veces la distopía llega con buena iluminación, pantallas brillantes, comodidad, entretenimiento constante y palabras amables.
Uno de los rasgos más inquietantes es la vigilancia. Hoy estamos acostumbrados a entregar datos, intimidad, gustos, movimientos y conversaciones sin casi darnos cuenta. No siempre hace falta un Estado totalitario clásico. También pueden vigilar y condicionar grandes estructuras tecnológicas, económicas o culturales. El control ya no necesita presentarse siempre como imposición. Muchas veces se presenta como seducción y docilidad.
También hay una homogeneidad creciente del pensamiento. Vivimos en una época que habla mucho de diversidad, pero tolera cada vez peor ciertas preguntas. Hay temas donde parece que el juicio ya viene dado de antemano. Uno puede discutir los detalles, pero no siempre los principios. Y quien intenta pensar desde categorías distintas es rápidamente etiquetado, simplificado o expulsado simbólicamente y facticamente de la conversación.
A esto se añade una dificultad muy seria para pensar rectamente. No porque la gente sea menos capaz, sino porque muchas personas han perdido categorías básicas para distinguir. Naturaleza y artificio. Libertad y capricho. Derecho y deseo. Compasión y sentimentalismo. Verdad y opinión. Pecado y fragilidad humana. Justicia y resentimiento. Cuando esas categorías se rompen, la realidad se vuelve confusa. Y una sociedad confundida es mucho más fácil de dirigir.
El lenguaje es otro punto decisivo. Orwell lo vio con meridiana claridad. Cuando se manipulan las palabras, se manipula también la mirada. Si a la muerte se la llama dignidad, si al desarraigo se le llama liberación, si a la censura se le llama protección, si a la destrucción de vínculos se le llama progreso, entonces ya no estamos solo ante un desacuerdo político. Estamos ante una separación profunda entre lenguaje y realidad.
Hay una frase de Tácito, en el Agrícola, que dice: “hacen un desierto y lo llaman paz”. Es una imagen muy actual. A veces se eliminan conflictos destruyendo todo aquello que podía generar vida: familia, tradición, pertenencia, autoridad, religión, comunidad. Después queda un individuo solo, administrado, entretenido, vulnerable. Y se le dice que por fin es libre.
Por eso diría que vivimos en una situación con rasgos distópicos muy claros, aunque mezclados con muchas cosas buenas. Todavía hay libertad, todavía hay familias vivas, comunidades, profesores que enseñan, jóvenes que buscan, sacerdotes fieles, amistades verdaderas. La realidad nunca es una caricatura.
Pero sería ingenuo no ver que hay dinámicas de fondo que empujan hacia una sociedad cada vez más vigilada, más homogénea, más relativista y más incapaz de reconocer la verdad de las cosas. La distopía no empieza solo cuando todo está prohibido. A veces empieza cuando ya casi nadie sabe decir qué es real.
Y aquí aparece una cuestión muy propia de nuestro tiempo: la simulación. La técnica, la inteligencia artificial, la robótica, los mundos virtuales y las nuevas formas de vida digital están creando entornos donde la frontera entre realidad y representación se vuelve cada vez más tenue. Muchas personas ya no solo se entretienen en un mundo simulado, sino que empiezan a vivir afectivamente dentro de él. Allí buscan compañía, identidad, reconocimiento, consuelo, incluso una especie de salvación privada. Esto es muy serio. Porque cuando el simulacro sustituye a la realidad, el hombre puede acabar prefiriendo una vida fabricada, dócil y sin resistencia antes que el encuentro con lo real, que siempre exige cuerpo, límite, responsabilidad, amor y verdad.
¿Qué tipo de contenidos ofrecen?
Todos venimos de una formación humanística y filosófica. Luego, con los años, cada uno ha ido orientando más su trabajo hacia campos distintos: la historia, el pensamiento político, la sociología, la educación, el derecho, la literatura, la filosofía o la teología. Eso hace que el canal tenga voces diferentes, y creo que eso es bueno. Compartimos una preocupación común: recuperar categorías que nos ayuden a pensar.
Esto para nosotros es muy importante. Hoy muchas veces no falta información. Falta juicio y saber ordenar lo que sucede. Falta distinguir y tener palabras adecuadas para nombrar la realidad. Por eso nos interesa tanto volver a las grandes categorías filosóficas y teológicas: naturaleza, persona, verdad, libertad, bien común, pecado, gracia, historia, esperanza, poder, comunidad, tradición. Sin esas categorías, la realidad se vuelve borrosa. Uno acaba repitiendo lo que oye, pero no llega a comprender.
Nuestra base es agustiniana y tomista. Ese es nuestro suelo. Desde ahí miramos, leemos y discutimos. Pero eso no significa encerrarnos en unos pocos autores o hablar solo para quienes ya piensan igual. Al contrario. En el canal dialogamos con autores muy distintos, también con autores lejanos a nuestra perspectiva. Nos interesa rescatar lo que de verdad pueda haber en una reflexión, incluso cuando no compartimos todas sus premisas o sus conclusiones. Hay autores modernos y contemporáneos que han visto aspectos muy reales de la crisis del hombre actual. A veces los han visto con una lucidez tremenda, aunque después no sepan ofrecer una salida verdadera.
En cuanto a los contenidos, tenemos varios formatos. Por un lado, cursos temáticos más ordenados, pensados para ir siguiendo un hilo. Ahí entran cuestiones como la filosofía y la teología de la historia, la esperanza cristiana, el sentido del fin de los tiempos, la revolución moderna, la crisis de la cultura, la secularización o las grandes preguntas sobre el destino del hombre. Nos interesa mucho pensar la historia no solo como una sucesión de hechos, sino como un drama espiritual. ¿Qué espera el hombre? ¿Qué lugar ocupa Dios en la historia? ¿Qué significa tener esperanza cuando el mundo parece cerrado sobre sí mismo?
Luego están las tertulias distópicas, que quizá son uno de los formatos más reconocibles del canal. Son conversaciones más libres sobre la distopía que vivimos y sobre cómo resistir. Hemos hablado del sistema, del trabajo contemporáneo, del simulacro, de la dificultad de vivir en la verdad, de la deconstrucción de las ideas modernas, de la presión cultural que empuja a pensar todos lo mismo. En esas tertulias intentamos poner nombre a cosas que mucha gente intuye, pero que no siempre sabe expresar. Esa sensación de que algo no funciona. De que vivimos más cómodos, pero menos libres. Más conectados, pero más solos. Más informados, pero con menos capacidad de juicio.
También vamos a ofrecer muy pronto conversaciones con invitados. Ahí el canal se abre a otras voces, a personas que pueden aportar desde su experiencia intelectual, educativa, cultural o religiosa. Nos interesa que no sea un espacio cerrado sobre sí mismo. Una buena conversación siempre ensancha la mirada. A veces confirma intuiciones, otras veces obliga a matizar, y eso también es necesario.
Los temas que tratamos son variados: filosofía, historia, literatura, cine, política, educación, religión, cultura posmoderna, pensamiento contemporáneo, crisis de la familia, manipulación del lenguaje, antropología, ideologías, técnica, inteligencia artificial, soledad, comunidad, sentido del sufrimiento, esperanza. Pero, en el fondo, todo gira alrededor de una misma pregunta: qué le está pasando al hombre contemporáneo y cómo puede volver a vivir en la verdad.
Nos gusta pensar que el canal no ofrece simplemente “contenidos”, en el sentido rápido y consumible de la palabra. Intentamos ofrecer tiempo para pensar. A veces una clase, otras veces una conversación, otras una lectura de un autor o de una obra. Y siempre con la preocupación de que lo académico no se quede encerrado en la academia. Si la filosofía, la teología, la literatura o la historia no ayudan a vivir mejor, a juzgar mejor y a amar más la verdad, entonces algo se ha perdido por el camino.
También nos está ayudando mucho The Nomba (https://www.thenomba.com/). Y lo digo con gratitud, porque los profesores a veces tenemos muchas ideas, muchos libros y muchas conversaciones pendientes, pero no siempre sabemos movernos bien en el mundo audiovisual. The Nomba es una escuela de humanidades que busca ayudar a las personas a vivir con más criterio, propósito y profundidad, y nos ha echado una mano enorme con la edición, la promoción, el estudio y toda la parte técnica. Sin esa ayuda, muchas cosas avanzarían bastante más despacio.
¿Quiénes suelen ser los colaboradores habituales?
El canal lo formamos un grupo de profesores que venimos del mundo académico y educativo, con trayectorias distintas pero con una preocupación común por la cultura, la verdad y la transmisión. Los colaboradores habituales somos Stefano Abbate, Javier Barraycoa, Arturo González de León, Francesc Xicola y Emili Boronat.
Javier Barraycoa es doctor en Filosofía, sociólogo, profesor universitario y ensayista. Tiene una larga trayectoria de reflexión sobre las raíces culturales de la posmodernidad, la identidad colectiva y la relación entre poder, ideología y verdad. Aporta una mirada muy amplia, capaz de conectar historia, sociología, política y filosofía, siempre con una gran capacidad divulgativa.
Arturo González de León es doctor en Derecho, jurista y profesor de derecho penal. Es profesor universitario y autor de diversos estudios sobre teoría jurídica, control social y filosofía moral. Su aportación es especialmente valiosa para comprender cómo las transformaciones culturales acaban teniendo consecuencias jurídicas, penales y sociales. En el fondo, el derecho revela muchas veces qué idea de hombre tiene una sociedad.
Francesc Xicola Llorens es filósofo y profesor de pensamiento político, con especial interés en el diálogo entre la fe y la cultura moderna. Su reflexión ayuda a leer la modernidad no solo como una sucesión de acontecimientos, sino como un proceso espiritual e intelectual que ha transformado profundamente la manera en que el hombre se comprende a sí mismo, entiende la libertad, vive la pertenencia y se sitúa ante Dios.
Emili Boronat es historiador y experto en educación, con una larga trayectoria profesional y docente. Su trabajo se ha centrado en los fundamentos educativos de la comunidad y en la transmisión cultural en la sociedad contemporánea. Su mirada es muy importante porque buena parte de la crisis actual se juega precisamente ahí: en qué se transmite, cómo se educa y qué tipo de hombre se está formando.
Yo, Stefano Abbate, soy doctor en Humanidades y Ciencias Sociales, profesor de pensamiento político y filosofía de la historia. He centrado mis estudios en la secularización, la posmodernidad y la transformación de la cultura en la sociedad contemporánea. Me interesan mucho las formas modernas de sustitución de la esperanza católica y la manera en que ciertas ideas acaban configurando la vida real de las personas.
Cada uno tiene su acento propio. Eso hace que las conversaciones no sean monolíticas. A veces uno entra por la historia, otro por la filosofía, otro por el derecho, otro por la educación o la sociología. Pero todos compartimos una misma intuición: para entender lo que está pasando no basta con comentar la actualidad. Hay que ir a las raíces. Y eso exige pensamiento, tradición, paciencia y amor a la verdad.
Además, hay algo que para nosotros es muy importante: somos amigos, además de colegas. No nos une solo un proyecto intelectual o académico, sino un vínculo sincero de amistad. Creo que eso se nota en las conversaciones. Hay confianza, hay libertad para disentir, hay humor, hay escucha. Y seguramente esa amistad es una de las razones por las que el canal ha podido nacer y seguir creciendo de manera tan natural.
¿Por qué es importante hoy hacer análisis profundos de la cultura contemporánea, desde la filosofía hasta la literatura y el cine?
Porque la cultura no es un adorno. No es algo secundario que viene después de la política, la economía o la vida práctica. La cultura forma la mirada. Nos enseña qué amar, qué temer, qué admirar, qué considerar normal, qué rechazar. Muchas veces lo hace sin que nos demos cuenta.
Esto lo hemos trabajado también en el ámbito académico. Hace unos años participamos en un libro titulado “Posmodernidad y control social”, donde precisamente se analizaban las nuevas formas de control en la sociedad contemporánea (https://www.amazon.es/posmodernidad-y-control-Social-Plural/dp/8418329513).
La tesis de fondo era muy clara: el control social hoy no funciona solo mediante la prohibición o la vigilancia visible. Funciona también a través del deseo, del lenguaje, de la imagen, de la técnica, de los algoritmos, de la soledad, del desarraigo. El ciudadano globalizado parece invitado a abrirse al mundo, pero muchas veces esa apertura significa que el mundo entra en él bajo forma de algoritmo, consumo, estímulo permanente y adaptación cultural.
Por eso hay que analizar la cultura contemporánea con profundidad. Porque ahí se está formando el corazón de las personas. La filosofía ayuda a recuperar categorías. Nos permite preguntar qué idea de hombre hay detrás de una ley, de una película, de una serie, de una moda educativa o de una palabra aparentemente inocente. Sin categorías, uno solo reacciona. Le gusta algo, le molesta, se emociona, se escandaliza. Pero no llega a comprender.
La literatura y el cine son especialmente importantes. El cine ha sido durante más de un siglo una gran fábrica de sueños. Ha enseñado a generaciones enteras cómo imaginar el amor, el heroísmo, la libertad, el éxito, el fracaso, la belleza, la muerte. Mucha gente ha aprendido más sobre el deseo, la familia o la felicidad en una pantalla que en un libro de filosofía. Y eso tiene una fuerza enorme.
Hoy las series cumplen una función todavía más intensa. No solo reflejan la realidad. Muchas veces la anticipan y la crean. Son performativas. Presentan ciertos tipos humanos, ciertas formas de relación, ciertos lenguajes, y poco a poco el espectador aprende a mirar el mundo a través de esos personajes. Lo que primero aparece como ficción acaba convirtiéndose en posibilidad moral, luego en sensibilidad social, después en norma cultural. Las series no se limitan a decirnos cómo es el mundo. Muchas veces nos enseñan cómo debe llegar a ser.
Por eso no podemos mirar estas cosas con ingenuidad. Una serie sobre la familia no habla solo de la familia. Está proponiendo una idea de vínculo. Una película sobre inteligencia artificial no habla solo de máquinas. Está planteando qué queda del hombre cuando se borra la frontera entre lo natural y lo fabricado. Una historia sobre el cuerpo, el deseo o la identidad no es simplemente entretenimiento. Está educando afectos, imaginaciones y juicios.
El tema de la cultura nos interesa especialmente. De hecho, en breve saldrá en el canal un curso sobre la obra de René Girard, que para nosotros es un autor decisivo para comprender el origen de la cultura en su dimensión sacrificial y violenta. Girard vio con mucha profundidad que las sociedades humanas han tendido a fundarse sobre mecanismos de rivalidad, violencia y expulsión de una víctima. En ese sentido, su lectura de la cultura está muy unida a una comprensión dramática del pecado original. Fue una de sus aportaciones más originales: mostrar que la cultura humana no nace de un pacto racional o de una evolución pacífica, sino que arrastra una herida, una violencia originaria, una necesidad de descargar la culpa sobre otro.
Y ahí aparece la novedad cristiana. El cristianismo no es un mito más dentro de ese mecanismo sacrificial. Cristo revela la inocencia de la víctima y nos libra de esa necesidad de construir comunidad a través de la violencia, la acusación y el sacrificio del otro. Esto tiene una actualidad enorme. Basta mirar la cultura de la cancelación, la búsqueda permanente de culpables, la necesidad de señalar enemigos, las nuevas victimas como actores morales intocables, los linchamientos mediáticos. Todo eso tiene mucho que ver con dinámicas sacrificiales que siguen vivas, aunque se presenten con lenguaje moderno.
Al mismo tiempo, tampoco se trata de rechazarlo todo en bloque. Hay obras contemporáneas que contienen intuiciones muy verdaderas. A veces una película o una novela expresan mejor que muchos ensayos el cansancio, la soledad o la angustia espiritual de nuestro tiempo. La cultura contemporánea está llena de confusión, pero también de preguntas reales. Y esas preguntas hay que escucharlas.
El análisis profundo sirve para eso: para distinguir. Para rescatar lo verdadero, señalar lo falso y comprender por qué ciertas narrativas tienen tanta fuerza. Si no entendemos los relatos que hoy configuran la imaginación colectiva, tampoco entenderemos la política, la educación, la familia, la universidad o incluso muchas crisis personales.
Una época no se conoce solo por sus leyes o sus gobiernos. Se conoce también por sus ficciones. Por los héroes que admira. Por los monstruos que inventa. Por los futuros que imagina. Por las historias que repite una y otra vez hasta convertirlas en sentido común. Ahí se está jugando una parte decisiva de la vida espiritual de nuestro tiempo.
¿Se podría decir que en el fondo buscan comprender la compleja realidad del mundo actual?
Sí, exactamente. En el fondo buscamos comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Porque el mundo actual no ha aparecido de golpe. No es una anomalía caída del cielo. Tiene una historia, unas raíces, unas promesas y grandes decepciones. Y si uno no reconstruye ese camino, acaba viviendo la actualidad como una sucesión de sobresaltos: una nueva ley, una nueva moda, una nueva crisis, una nueva polémica, una nueva palabra que ya no significa lo que significaba.
Nos interesa mucho hacer ese trabajo de reconstrucción. Preguntarnos qué ha pasado con la idea de libertad, con la idea de naturaleza, con el cuerpo, con la familia, con la comunidad política, con la educación, con la autoridad, con Dios. Muchas de las cosas que hoy parecen novedades absolutas son en realidad el resultado de procesos largos. Ideas que nacieron en un contexto filosófico muy concreto han terminado llegando al lenguaje común, a la escuela, a las leyes, a las pantallas, a la vida cotidiana.
Por eso hablamos tanto de modernidad y posmodernidad. Aunque a veces conviene aclarar una cosa: lo que llamamos posmodernidad no es simplemente algo que viene después de la modernidad. En muchos aspectos es la realización más acabada de la modernidad. Es la modernidad cuando sus promesas se han acelerado, se han desbordado y han mostrado su agotamiento. René Girard prefería hablar de hipermodernidad. Nos parece una palabra muy acertada. No hemos salido para nada del proyecto moderno. Vivimos dentro de él, pero en una fase de intensificación, de frustración y de desgaste.
Los grandes sueños modernos prometían emancipación, autonomía, progreso, dominio racional del mundo, liberación de todas las dependencias. Pero esas promesas, al romperse, han dejado al hombre en la desesperación. Lo han dejado muchas veces más solo, más fragmentado, más incapaz de reconocerse. El hombre contemporáneo ha ganado posibilidades inmensas, pero ha perdido arraigos fundamentales. Y cuando se pierde el arraigo, la libertad se vuelve muy frágil.
Aquí Simone Weil ayuda mucho. Ella vio con una lucidez extraordinaria que el desarraigo es una de las enfermedades más graves del mundo moderno. Una persona desarraigada puede tener derechos, movilidad, información, opciones de consumo, pero le falta lo más importante. Le falta un lugar desde el que poder recibir el mundo y responder a él.
Y cuanto más desarraigo hay, más violencia aparece. A veces violencia social, política o cultural. Otras veces una violencia más íntima, más silenciosa, dirigida contra uno mismo. Creo que esto es muy visible hoy. Hay una especie de cansancio del yo, una dificultad para reconciliarse con la realidad, con el propio cuerpo, con la propia historia, con los límites de la vida. En algunos casos, esa violencia se convierte casi en un intento de autolisis espiritual: destruir algo de uno mismo para no tener que aceptar lo real. Como si la realidad fuera una carga insoportable que hubiera que exorcizar.
Por eso queremos comprender el mundo actual, pero no por curiosidad intelectual. Nos interesa porque detrás de las grandes palabras de nuestra época hay vidas concretas. Hay jóvenes que no saben quiénes son. Hay familias rotas. Hay profesores que ya no saben qué pueden enseñar. Hay padres que se sienten incapaces de transmitir. Hay personas que viven hiperconectadas y profundamente solas. Hay una cultura que habla mucho de bienestar, pero que produce mucha tristeza.
Comprender no significa justificarlo todo. Significa mirar con atención. Ver las causas. Reconocer las heridas. Distinguir lo verdadero de lo falso. Y también detectar las falsas promesas de salvación que se ofrecen hoy al hombre: la técnica, la ideología, el consumo, la identidad construida a voluntad, la autonomía absoluta, la huida hacia mundos virtuales.
En ese sentido, sí, el canal busca comprender la compleja realidad del mundo actual. Pero queremos comprenderla desde una mirada católica y desacomplejada que no se queda solo en el diagnóstico. La realidad está herida, pero no está abandonada. La historia humana está llena de pecado, confusión y violencia, pero también está atravesada por la gracia. Y eso cambia completamente la forma de mirar nuestro tiempo.
Pero más profundamente aún, buscan comprender la realidad humana y su relación con Dios y su destino eterno…
Sí, porque el hombre sin Dios no se entiende. Puede estudiarse desde la biología, la psicología, la sociología o la economía, pero siempre queda algo decisivo sin explicar. El Concilio Vaticano II lo expresó de una forma muy adecuada: Cristo revela el hombre al propio hombre. Solo en Cristo descubrimos de verdad quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
San Agustín lo decía con aquella frase tan actual: mihi quaestio factus sum, me he vuelto una pregunta para mí mismo. El hombre es un misterio para sí mismo cuando pierde el vínculo con su origen. Y hoy eso se ve mucho. Sabemos producir, consumir, medir, controlar, comunicar. Pero no sabemos responder a las preguntas más sencillas: qué soy, por qué existo, qué debo amar, a quién pertenezco.
Por eso creemos que hay que empezar reconociendo la procedencia del ser. No nos hemos dado la existencia a nosotros mismos. Vivimos dentro de un orden creado que nos precede. La vida, el cuerpo, la inteligencia, el lenguaje, la familia, la tradición, la fe: todo eso lo hemos recibido. Y la libertad no consiste en cortar ese vínculo, sino en reconocerlo y responder a él.
Aquí se ve muy bien el drama moderno. Marx, en los Manuscritos económico-filosóficos, al hablar del origen del hombre y de la naturaleza, viene a decir: deja de preguntarte por eso y dejarás de abstraer. Es una afirmación muy reveladora. Casi una prohibición de dejarse interpelar por el misterio del ser. Como si la pregunta por el origen fuera una molestia, una evasión, algo que habría que abandonar para quedarse solo en la praxis, en la transformación material del mundo.
Esto ha calado muchísimo en la mentalidad común. Muchas personas viven como si preguntar por el origen, por Dios, por el alma, por el destino eterno, fuera una pérdida de tiempo o una ingenuidad. Se esconde la cabeza bajo tierra para no descubrir lo que hay detrás del misterio del ser. Pero esa pregunta vuelve siempre. Vuelve en el sufrimiento, en la muerte, en el amor, en la belleza, en la culpa, en el deseo de eternidad.
El materialismo choca con nuestra experiencia más íntima. Pensamos, amamos, comprendemos, perdonamos, buscamos belleza, sufrimos por la verdad. Todo eso no cabe bien en una explicación puramente material del hombre. Sartre decía que la naturaleza es muda. Nosotros creemos lo contrario. La creación habla. Habla de un orden, de una inteligencia, de un Logos. Todo nos remite, de algún modo, a su Creador.
Por eso, cuando hablamos de cultura, historia, política o posmodernidad, en el fondo estamos siempre cerca de esta pregunta: qué es el hombre ante Dios y qué ha olvidado de sí mismo. Qué destino se le ha prometido y cómo puede volver a vivir como criatura, como hijo y como peregrino hacia la vida eterna.
¿Por qué para ello buscan ofrecer nuevas formas de supervivencia intelectual y de vida comunitaria?
Porque la embestida cultural y vital a la que estamos expuestos es enorme. No se trata solo de tener ideas equivocadas alrededor. Vivimos bajo una presión constante sobre la imaginación, el deseo, el lenguaje, la familia, la educación, la fe, el uso del tiempo, el modo de trabajar, incluso la manera de entender el propio cuerpo. Todo empuja a vivir distraídos, aislados y disponibles para cualquier forma de poder.
Por eso hablamos de supervivencia intelectual. No en un sentido dramático o victimista, sino muy real. Hoy conservar la capacidad de pensar ya es una forma de resistencia. Poder decir la verdad de las cosas, llamar bien al bien y mal al mal, distinguir lo real de lo fabricado, leer buenos libros, conversar buscando amablemente la verdad, no dejarse arrastrar por la reacción inmediata. Todo eso parece poco, pero es muchísimo.
Voegelin hablaba de la función política y social como refugio para la comprensión de la vida humana. Me parece una intuición muy importante. Una comunidad sana no sirve solo para organizar intereses. Sirve para custodiar una imagen verdadera del hombre. Cuando las instituciones, la educación, la cultura y la vida pública dejan de ayudar al hombre a comprender quién es, entonces hacen falta espacios donde esa comprensión pueda sobrevivir.
Estamos ante formas de poder que como decía Hobbes se fundamenta en la imposibilidad de medirse con el, es decir, que quita de antemanos cualquier posibilidad de desafio. Hoy ese poder ya no es solo el Estado. Es también la técnica, la administración, el mercado, los medios, los algoritmos, las grandes plataformas, la presión cultural. En general, las grandes concentraciones de capital que dominan las empresas y las elecciones de los gobernantes. Y muchas veces todo eso nos deja expuestos a lo que Agamben llama nuda vida: una existencia reducida a gestión biológica, seguridad, rendimiento, consumo, salud, control. El hombre queda vivo, sí, pero cada vez menos capaz de vivir con sentido.
Frente a eso, Solzhenitsyn tiene una frase que deberíamos repetirnos más: vivir sin mentiras. Es una consigna sencilla y que es un programa de vida. No pide de entrada grandes gestos heroicos. Pide no colaborar interiormente con la falsedad. No repetir lo que sabemos que no es verdad. No llamar libertad a la esclavitud, ni compasión a la destrucción, ni progreso a la pérdida de humanidad. En muchos momentos, la resistencia empieza por ahí.
Pero nadie resiste solo durante mucho tiempo. Por eso necesitamos vida comunitaria. Necesitamos amistades verdaderas, vínculos afectivos reales, familias, maestros, discípulos, comunidades donde la verdad pueda respirarse con naturalidad. Lugares donde uno no tenga que fingir todo el tiempo. Donde se pueda leer, rezar, discutir, comer juntos, educar a los hijos, cuidar a los débiles, transmitir una tradición y recordar que el destino del hombre es eterno.
Recuperar una vida humana fundada en el fin del hombre es esencial. Si olvidamos para qué hemos sido creados, cualquier sistema nos puede redefinir. Por eso hay que volver a lo básico: la amistad, la vida intelectual, la tradición, lo bueno, lo verdadero, lo bello, la misión concreta de cada uno, la conciencia de que nuestra vida no se agota aquí.
La Escritura dice que la vida del hombre sobre la tierra es combate. Vita est militia super terram. Hemos perdido mucho esta idea. A veces queremos una fe cómoda, una cultura cómoda, una vida sin conflicto. Pero vivir en la verdad exige combate. Un combate interior, primero, contra la mentira, contra la participación ambigua al discurso imperante, contra la pereza, contra el miedo, contra la mundanidad.
Cuando hablamos de supervivencia intelectual y vida comunitaria, hablamos de eso. De crear pequeñas formas de resistencia viva. No refugios para huir del mundo, sino lugares desde los que volver a mirar el mundo con claridad. Lugares donde se pueda conservar la fe, la inteligencia, la amistad y la esperanza. Porque en tiempos de confusión, una comunidad que vive en la verdad ya es una luz.
¿Por qué en medio de un mundo caótico buscan conservar lo bueno, lo verdadero y lo bello?
Porque sin lo bueno, lo verdadero y lo bello la vida se hace imposible. No solo más difícil, sino casi invivible. El hombre puede soportar muchas carencias materiales, puede atravesar épocas duras, puede vivir con poco. Pero cuando se le priva de verdad, cuando se le acostumbra a la fealdad, cuando se le presenta el mal como si fuera una forma de libertad, algo se rompe por dentro.
Creo que muchas tendencias autodestructivas de la posmodernidad nacen también de ahí. Vivimos rodeados de mentira, de fealdad y de modelos de comportamiento profundamente dañinos, muchas veces presentados como emancipación, autenticidad o progreso. Se normaliza la ruptura, la sospecha, la vulgaridad, la agresividad, el resentimiento, la desesperanza. Y luego nos sorprendemos de que tantas personas estén cansadas, tristes, desorientadas o incapaces de amar.
La belleza no es un lujo para almas sensibles. La verdad no es una manía de filósofos. El bien no es una palabra moralizante. Son condiciones de vida. El alma necesita verdad para no perderse, necesita bien para ordenarse, necesita belleza para respirar. Cuando una casa, una escuela, una ciudad, una conversación o una liturgia se llenan de fealdad y de ruido, el hombre acaba enfermando de algún modo. Quizá no lo dice así, pero lo padece.
Por eso conservar lo bueno, lo verdadero y lo bello es una forma muy concreta de resistencia. A veces pensamos la resistencia en términos demasiado grandes. Grandes batallas culturales, grandes discursos, grandes denuncias. Todo eso puede ser necesario. Pero muchas veces empieza en cosas pequeñas. Leer buenos libros. Cuidar el lenguaje. Celebrar bien una fiesta. Poner belleza en una casa. Comer juntos. Enseñar a los hijos a distinguir. Rezar. Escuchar buena música. Cuidar una amistad. Contemplar la naturaleza. No mentir. No acostumbrarse a lo vulgar. En definitiva, insertarse y arraigarse en la tradición viva que nos precede.
Ahí se juega mucho más de lo que parece. Porque el caos contemporáneo no entra solo por las grandes ideologías. Entra por los hábitos cotidianos, por la estética, por la forma de hablar, por lo que consumimos, por lo que admiramos, por lo que dejamos de custodiar. Si uno se acostumbra a la fealdad, acaba creyendo que la belleza es imposible. Si se acostumbra a la mentira, termina llamando ingenuo al que busca la verdad. Si se acostumbra al mal, acaba pensando que el bien es una ficción.
La tradición católica siempre ha entendido que lo verdadero, lo bueno y lo bello están profundamente unidos. No son tres adornos separados. Son caminos hacia Dios. La verdad ilumina la inteligencia. El bien ordena la voluntad. La belleza despierta el deseo de algo más alto. Por eso una cultura que rompe esa unidad acaba produciendo hombres fragmentados.
Nuestro tiempo necesita recuperar esa unidad, aunque sea de manera humilde. En las pequeñas cosas, como usted decía. Porque ahí empieza todo. Una conversación verdadera ya es una victoria. Un gesto de caridad ya abre un espacio de bien. Una cosa bella, aunque sea pequeña, puede recordar al alma que no ha nacido para el ruido ni para la desesperación.
Al final, conservar lo bueno, lo verdadero y lo bello no significa vivir mirando al pasado con nostalgia. Significa custodiar aquello sin lo cual no podemos vivir humanamente. Y, para un católico, significa también recordar que el mundo, aunque esté herido, sigue siendo creación de Dios. Todavía hay belleza. Todavía hay verdad. Todavía hay bien. Y mientras eso pueda ser reconocido, amado y transmitido, hay esperanza.
Por Javier Navascués
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