Bárbara Bustamante habla de su preciosa vocación matrimonial, un gran regalo de la Virgen de Fátima

Bárbara Bustamante Soto, tiene 34 años, es chilena y está casada con Javier, que es español. Se vino a España por amor, para casarse con él. Tienen cuatro hijos: María, que ya tiene casi tres años; José, que se fue al cielo durante el embarazo; Santiago, que tiene 6 meses; y ahora un pequeñito o una pequeñita que están esperando.

De profesión es traductora, pero lleva más de 11 años trabajando en comunicaciones de la Iglesia. En el año 2023 comenzó un podcast llamado Mantita y Fe/Gospa Arts para hablar sobre la fe en lo cotidiano, alternando con testimonios de conversión y vida cristiana. Estudia la Microcredencial Online en Teología del Hogar por la UCAM.

Desea servir a Cristo y a la Iglesia mientras pueda, especialmente a mujeres que como ella están comenzando su vocación al matrimonio y la maternidad.

¿Por qué fue importante en su conversión conocer chicos y chicas jóvenes católicos “muy normales”?

Fue importante para mí porque tenía muchísimas ideas erradas acerca de la Iglesia Católica y de la gente católica. Creía que era gente fanática, que vivía en un mundo paralelo donde todo era bueno, o que era gente cerrada con quien no se podía discutir ni cuestionar nada.

Entonces, encontrarme con jóvenes católicos normales fue una primera oportunidad para bajar las defensas y abrirme a conocer de verdad cómo es ser católico.

Eso predispuso, pero es el Señor el que realmente toca… ¿Cómo fue ese proceso para que Dios, realmente presente en el Santísimo Sacramento, ocupase el centro de su vida?

Para que el Señor llegara a tocar mi corazón tuvo que pasar primero por un “enamoramiento de la razón". Me sedujo con las homilías, con las catequesis y con la forma en que me presentaban a Dios a través de charlas y formaciones. Una de las cosas que yo creía era que a Dios no se le podía conocer. Incluso me daba rabia la frase “Dios es amor", porque sentía que era como un justificante para todo: “Dios permite esto… bueno, tú no te preocupes que Dios es amor".

Cuando me di cuenta de que realmente uno podía conocer a Dios y entender la fe, me abrí a la posibilidad de querer creer. Pero cuando el Señor me tocó el corazón fue justamente en una Hora Santa en la que, sin haberme dado cuenta, experimenté su presencia real en el Santísimo Sacramento. Sentí un fuego interior y la certeza de que una persona me miraba y me amaba profundamente, llegando a rincones de mi alma que ni yo misma conocía. Me sentí tan bien que le dije a Dios que siempre quería sentirme así; le firmé un cheque en blanco, que era mi vida, con la única condición de que jamás se apartara de mi lado.

¿Por qué le pidió a la Virgen en Fátima un esposo el Miércoles Santo de 2019?

La Semana Santa del año 2019 decidí pasarla en España. Hacía tiempo que venía viendo vídeos de las procesiones de Semana Santa de Sevilla y Málaga, y me encantaban, así que decidí viajar a España. Como iba a estar aquí, el Santuario de Fátima me quedaba muy cerquita, por lo que decidí ir por un día a ver a Nuestra Señora, a quien le tengo una profunda devoción. Ese día fue el 17 de abril de 2019, Miércoles Santo.

Para ese entonces yo ya tenía clara mi vocación; tenía ganas de empezar una relación, pero todavía no llegaba el “afortunado”. Así que fue una oportunidad de hablarle a la Virgen fuerte y claro, para pedirle que intercediera por mí: si mi vocación era el matrimonio, que no tardara mucho en conocer a mi futuro marido.

Recé tranquilamente y me fui sin saber que ese mismo día, a la misma hora y en la Capelina, estaba mi ahora marido pidiendo exactamente lo mismo. Nos dimos cuenta tres meses después, cuando por fin nos vimos las caras en misiones en Chile. Estábamos conversando con una señora que nos invitó a su casa y nos contaba que estaba muy contenta porque había podido conocer el Santuario de la Virgen de Guadalupe en México. Yo aproveché para contarle que también había cumplido un sueño al conocer el Santuario de Fátima en Semana Santa. Ahí fue cuando Javier saltó y dijo: “¡Anda, yo también estuve en Semana Santa en Fátima!". Al preguntarle qué día, me dijo que el Miércoles Santo, todo el día. Mostramos las fotos que teníamos y descubrimos que eran del mismo momento. Rezamos por lo mismo, a la misma hora y en el mismo lugar.

Eso nos marcó muchísimo. Creo firmemente que la Virgen me escuchó y le llevó esa intención al Señor, de la misma manera que llevó la de Javier. Él nos juntó en ese lugar; no era el momento de vernos las caras, pero sí de encontrarnos en la oración.

Pero no se conocieron hasta que él fue a misionar a Chile…

Efectivamente, nos dimos cuenta de toda esta coincidencia cuando ya nos conocimos en Chile, tal y como relataba en la respuesta anterior. El Señor preparó el terreno en Fátima, pero el encuentro real vino tres meses después.

Además falló su compañero de misión y usted le acabó acompañando… y ahí empezaron a conocerse.

Claro, el “cara a cara” con mi marido fue en unas misiones. Él vino con un grupo de españoles a misionar a un pueblo de la diócesis de Villarrica, en Chile, llamado Malalhue. Yo era la encargada de comunicaciones de la diócesis, así que fui a sacar fotos y a hacer entrevistas, pero mi intención inicial no era misionar como tal.

Sin embargo, cuando estaba preparando mi cámara y mis cosas para salir a trabajar, llegó Javier. Todos los misioneros ya se habían ido y se habían organizado en parejas. Lo que pasó es que Javier se había quedado haciendo su turno de Adoración en la capilla y su relevo llegó tarde, por lo que se retrasó y se quedó solo. Al verme, me preguntó: “¿Y si misionamos juntos?". Yo, más que nada por no dejarlo solo al pobrecito, le dije que sí.

Empezamos a hacer una misión puerta a puerta. Como muchas veces la gente no te abre o no se puede conversar, aprovechamos todo ese recorrido para hablar entre nosotros y conocernos. Ahí empezó toda nuestra historia.

¿Cómo fue el proceso de vivir el noviazgo y de prepararse bien para el matrimonio?

Fue un proceso muy bonito, pero difícil, porque nos tocó vivirlo en pandemia. Creo que Dios nos forjó muchísimo en la paciencia y en la perseverancia. Como yo vivía en Chile y él en España, pasamos la primera parte del noviazgo a distancia. Yo la verdad es que soy súper mala para mantener relaciones a distancia, incluso las amistades, y pensé que no iba a funcionar, pero funcionó.

Implicó muchísimo compromiso. Debido a la diferencia horaria, él renunciaba a sus noches (madrugaba mucho para hablar conmigo) y yo renunciaba a mis tardes (regresaba a casa inmediatamente después de trabajar, renunciando a todo tipo de plan) para poder conectarnos. Durante esa etapa a distancia rezamos juntos, leímos un libro sobre el noviazgo, veíamos películas y, sobre todo, hablábamos muchísimo.

Teníamos planes de vernos, pero llegó la pandemia y se cerraron las fronteras. Entonces Javier pidió una excedencia laboral para poder venir a Chile. Después de mucho esfuerzo y tiempo, se la aceptaron y pudo viajar. Allí tuvimos un noviazgo presencial con planes normales: ir al cine, pasear, tomar un helado y rezar juntos en la misma capilla. Esa segunda parte fue clave para confirmar que este camino nos llevaba al matrimonio. Fuimos novios dos años y medio.

Cuando me pidió matrimonio ya lo teníamos claro. Pusimos fecha, comenzamos el curso prematrimonial, nos tocó discernir dónde queríamos vivir; en la oración vimos que debía ser en España, y nos aventuramos sin muchas más certezas que el amor. No teníamos casa y yo no tenía trabajo al llegar. Nos abandonamos a la Divina Providencia. Hoy en día parece que los novios quieren tenerlo todo súper asegurado antes de casarse (el piso, el trabajo, etc.); en nuestro caso no teníamos nada y, sin embargo, Dios salió a nuestro encuentro, la Providencia obró y ahora estamos muy contentos. No nos sobra, pero tampoco nos falta.

¿Cómo vive su vocación de madre y su maternidad?

La vivo con mucha entrega, a flor de piel. La maternidad saca lo mejor de ti, pero también te confronta con lo que más te cuesta. Tienes que amar habiendo dormido bien o mal, tienes que cuidar con o sin dolor de cabeza, y tienes que consolar a tu hijo estando tú bien o mal de salud. Esta vocación me ha ayudado a hacer concreto lo que siempre hablamos sobre el amor incondicional.

Me ha traído muchísimas alegrías y me ha sorprendido, porque yo nunca soñé con ser madre, ni con casarme. Era un poco un espíritu libre; mi intención en la vida era andar por libre, sin compromisos, pensando que así tendría más libertad. Por eso, la vocación de esposa y luego la de madre le dieron un vuelco total a mi vida para bien. Es una experiencia en la cual puedes experimentar la verdadera libertad y la verdadera entrega entre las cuatro paredes de una casa; puedes amar hasta el extremo teniendo solo a un bebé por testigo.

La vivo a flor de piel, sobre todo ahora que mis hijos son pequeños, y también un poco a contracorriente de lo que dicta la sociedad, donde la maternidad está cada vez más oculta o se hace más difícil. El costo de la vida perjudica mucho, y se impone la idea de que el único éxito es el laboral, dejando a los hijos como si fueran un capricho o una idea secundaria. Es una maternidad a contracorriente, pero me siento muy acompañada por otras madres que viven igual que yo y que sabemos que ser madres no nos reduce, sino que nos expande y saca lo mejor de nosotras.

¿Por qué va a estudiar Teología del Hogar?

Para mí, la Teología del Hogar significa un antes y un después. Yo tenía la idea errónea de que en el hogar no había ninguna aventura que vivir; pensaba “¿qué cosa emocionante podría pasar en una casa llena de rutinas y hábitos donde uno solo llega a descansar?”. Tenía una visión muy desanimada de lo que significa ser y hacer hogar.

Sin embargo, en mi podcast tuve la oportunidad de invitar a Chiti Hoyos, autora del libro Dios bendiga esta casa (sobre Teología del Hogar). Al escuchar ese “lado B” de la vida hogareña que nadie me había contado, se encendió una llama increíble en mi corazón. Me di cuenta de que el hogar es el lugar donde nos jugamos la santidad: yo, mis hijos y, sobre todo, yo con mi marido.

Por lo tanto, hay que vivirlo al máximo. No da lo mismo que tu salón sea feo o bonito, no da lo mismo si hay o no un rincón con una imagen del Sagrado Corazón, ni da lo mismo que cada uno coma por su cuenta a que se genere la instancia de comer juntos y compartir una sobremesa. Cosas a las que antes no les veía valor, ahora entiendo que son rituales necesarios para que los que vivimos aquí nos formemos en una escuela de valores cristianos y de amor. En el hogar formamos personas y corazones para salir al encuentro de Dios y de los demás, y eso me lo enseñó la Teología del Hogar.

¿Cómo lo puede compaginar con su plena dedicación al canal Se buscan Rebeldes?

No ha sido fácil, pero como veo que merece muchísimo la pena formarme en este tema, me organizo dedicando una parte de mis tardes a estudiar y los sábados. Así puedo seguir estando plenamente disponible para el canal Se buscan Rebeldes.

¿Qué ha supuesto este canal en su vida?

Se buscan Rebeldes es para mí una nueva puerta que se abre a la evangelización; una oportunidad para desplegar mis dones, como evangelizadora, creadora de contenido y sobre todo como seguidora del mayor influencer de la Historia: Jesucristo. Tengo muchísima ilusión de aportar al canal lo que Dios quiera que aporte, no busco nada más.

Me parece un canal muy necesario donde encontramos formación de calidad. Es un proyecto que está llamado a hacer grandes cosas y espero que la gente nos respalde, nos siga viendo y escuchando, y que esta comunidad siga creciendo.

Por Javier Navascués

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