¿Por qué el Evangelio debe ser sin discusión nuestro libro de cabecera?

Luigi Bugalla Font (1964) es consultor lingüístico y políglota. Cómo Técnico de Empresas y Actividades Turísticas y por motivos profesionales comenzó a interesarse por el aprendizaje de idiomas a los 30 años. Actualmente puede comunicarse en 6 idiomas además de su lengua materna. Hace 15 años funda “20coffees", un programa de aprendizaje práctico para poder mejorar el nivel de conversación en inglés en 20 sesiones. Recientemente ha desarrollado el proyecto “verbum” para el aprendizaje de idiomas a través del Evangelio del día.
¿Por qué conocer el Evangelio es conocer a Cristo?
Para mí, el Evangelio no es teoría. Cuando lo medito, me encuentro con Cristo tal como es: cómo mira, cómo habla, cómo ama. Es la forma más sencilla y directa de aprender a tratarle en medio de mi vida como cristiano laico.
¿Por qué es importante meditarlo a diario?
Porque es fácil despistarse… La vida está llena de momentos: clases —soy profesor de idiomas—, familia, amigos, imprevistos… y es fácil perder la presencia de Dios. El Evangelio de cada día me recoloca, me recuerda quién es Dios y que está a mi lado… y quién soy yo.
¿Cuál es el pasaje del Evangelio que más le llega al corazón?
¡Qué buena pregunta! Si tengo que elegir, diría: “Amad a vuestros enemigos…” (Mt 5,44). Para mí es la cumbre. Ser capaz de amar al que te hiere es uno de los mayores retos, y también uno de los mejores termómetros de nuestra capacidad de amar. Especialmente para los católicos que vivimos en medio de la sociedad, donde no faltan incomprensiones e injusticias.
¿Qué actitud hay que tener para profundizar en su riqueza?
Sencillez. Y también un poco de imaginación para meterse en las escenas. Leerlo sin complicarse, pero con ganas reales de escuchar. Y, sobre todo, con sinceridad: dejar que Cristo te diga cosas… también cuando no son cómodas.
¿Cómo podemos llevar el Evangelio a nuestra vida cotidiana?
En lo pequeño: en clase, con los alumnos, en casa, en el trato con los demás.
Intentando vivir como Cristo viviría en nuestro lugar. Sin cosas raras, pero en lo concreto de cada día.
¿Qué es lo que más suele costar llevar a la práctica?
La coherencia. No perder la paciencia, no ir siempre a lo fácil, saber perdonar…
En definitiva, vivir lo que lees también cuando no apetece. Ahí está la lucha y, al mismo tiempo, el camino para la santidad con la ayuda de Dios.
¿Qué supone dedicar su vida a difundir el Evangelio en diferentes idiomas a través de Verbum?
Para mí es algo muy natural: unir mi trabajo como profesor con mi fe. Verbum nace de una “inspiración": acercar el Evangelio a través del aprendizaje de idiomas, para que más personas puedan descubrir su belleza en su día a día.
¿Cómo esta plataforma sigue despertando gran interés entre los creyentes?
Porque mucha gente que estudia idiomas busca algo más que aprender por aprender. El contenido es fundamental para mantener alta la motivación. Aquí es el Evangelio, que es el contenido más bello, profundo y apasionante. Eso cambia completamente la motivación.
¿Cómo se puede aprender idiomas a través de Verbum?
Verbum ofrece pequeñas “píldoras” de aprendizaje a través de los textos del Evangelio del día adaptadas a cada persona, poniendo el foco en los verbos, ya que son el motor de las frases. Aprendiendo verbos aprendemos a comunicarnos de una forma más rápida y eficaz.
¿Se podría decir que el límite para propagar el Evangelio es el mundo entero?
Claro. Y hoy más que nunca. Con algo tan sencillo como un móvil, la Palabra puede llegar a cualquier lugar. Nosotros ponemos los medios; lo demás lo hace Dios.
¿Cómo pueden contactar con usted las personas interesadas y por qué merece la pena hacerlo?
Pueden contactarme enviándome un mensaje en un solo click a través de www.verbumlanguages.com. Merece la pena probarlo porque “verbum” no es solo un programa para el aprendizaje de idiomas: es una experiencia espiritual y cultural. Quien se une a Verbum no solo aprende idiomas, sino que aprende a escuchar el Evangelio con otros oídos y a sentirlo en otros idiomas.
Por Javier Navascués
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