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12.06.09

Liturgia y Belleza

Ofrecemos nuestra traducción de un artículo que ha sido publicado en L’Osservatore Romano y cuyo autor es el Padre Uwe Michael Lang, oficial de la Congregación para el Culto Divino y consultor de la Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice.

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La tradición sapiencial bíblica aclama a Dios como “el autor mismo de la belleza” (Sabiduría 13, 3), glorificándolo por la grandeza y la belleza de las obras de la creación. El pensamiento cristiano, basándose principalmente en la sagrada Escritura pero también en la filosofía clásica, ha desarrollado la concepción de la belleza como categoría ontológica, más aún, teológica. San Buenaventura ha sido el primer teólogo franciscano en incluir la belleza entre los trascendentales, junto al ser, la verdad y la bondad. Los teólogos dominicos san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino, aunque no incluyeron la belleza entre los trascendentales, realizaron un discurso similar en sus comentarios al tratado De divinibus nominibus del Pseudo-Dionisio, donde emerge la universalidad de la belleza, cuya causa primera es Dios mismo.


En la condición de la modernidad, lo que se discute es precisamente la dimensión trascendente de la belleza, intercambiable con la verdad y la bondad. La belleza ha sido privada de su valor ontológico y ha sido reducida a una experiencia estética, hasta un mero “sentimiento”. Las consecuencias de este giro subjetivista se sienten no sólo en el mundo del arte. Más bien, junto con la pérdida de la belleza como trascendental, se ha perdido también la evidencia de la bondad y de la verdad. El bien está privado de su fuerza de atracción, como el teólogo suizo Hans Urs von Baltashar ha advertido con claridad ejemplar en su opus magnum sobre la estética teológica Herrlichkeit (La gloria del Señor).

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Esto es lo que los fieles esperan del sacerdote...

“[…] Me dirijo particularmente a vosotros, queridos sacerdotes, que Cristo ha elegido para que junto a Él podáis vivir vuestra vida como sacrificio de alabanza para la salvación del mundo. Sólo de la unión con Jesús podréis sacar aquella fecundidad espiritual que es generadora de esperanza en el ministerio pastoral. Recuerda san León Magno que “nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en lo que recibimos” (Sermo 12, De Passione 3,7, PL 54). Si esto es cierto para todo cristiano, lo es más aún para nosotros, los sacerdotes. ¡Convertirse en Eucaristía! Que éste sea precisamente nuestro constante deseo y compromiso a fin de que la ofrenda del cuerpo y de la sangre del Señor que hacemos sobre el altar, esté acompañada por el sacrificio de nuestra existencia. Cada día saquemos del Cuerpo y Sangre del Señor aquel amor libre y puro que nos hace dignos ministros de Cristo y testigos de su alegría. Esto es lo que los fieles esperan del sacerdote: el ejemplo de una auténtica devoción por la Eucaristía; les gusta verlo transcurrir largos momentos de silencio y de adoración frente a Jesús, como hacía el santo Cura de Ars, a quien recordaremos particularmente durante el casi inminente Año Sacerdotal.


San Juan María Vianney solía decir a sus feligreses: “Venid a la comunión… Es cierto que no sois dignos, pero la necesitáis” (Bernard Nodet, Le curé d’Ars. Sa pensée - Son coeur, éd. Xavier Mappus, Paris 1995, p. 119). Con la conciencia de ser indignos a causa de los pecados pero necesitados de nutrirnos del amor que el Señor nos ofrece en el sacramento eucarístico, renovemos esta tarde nuestra fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía. ¡No hay que dar por descontada esta fe! Existe hoy el riesgo de una secularización creciente también dentro de la Iglesia, que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones privadas de aquella participación del corazón que se expresa en veneración y respeto por la liturgia. Es siempre fuerte la tentación de reducir la oración a momentos superficiales y apresurados, dejándonos abrumar por la actividad y las preocupaciones terrenas. […] ”


De la homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la Solemnidad de Corpus Christi, 11 de junio de 2009.