Liturgia y Belleza

Ofrecemos nuestra traducción de un artículo que ha sido publicado en L’Osservatore Romano y cuyo autor es el Padre Uwe Michael Lang, oficial de la Congregación para el Culto Divino y consultor de la Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice.
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La tradición sapiencial bíblica aclama a Dios como “el autor mismo de la belleza” (Sabiduría 13, 3), glorificándolo por la grandeza y la belleza de las obras de la creación. El pensamiento cristiano, basándose principalmente en la sagrada Escritura pero también en la filosofía clásica, ha desarrollado la concepción de la belleza como categoría ontológica, más aún, teológica. San Buenaventura ha sido el primer teólogo franciscano en incluir la belleza entre los trascendentales, junto al ser, la verdad y la bondad. Los teólogos dominicos san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino, aunque no incluyeron la belleza entre los trascendentales, realizaron un discurso similar en sus comentarios al tratado De divinibus nominibus del Pseudo-Dionisio, donde emerge la universalidad de la belleza, cuya causa primera es Dios mismo.
En la condición de la modernidad, lo que se discute es precisamente la dimensión trascendente de la belleza, intercambiable con la verdad y la bondad. La belleza ha sido privada de su valor ontológico y ha sido reducida a una experiencia estética, hasta un mero “sentimiento”. Las consecuencias de este giro subjetivista se sienten no sólo en el mundo del arte. Más bien, junto con la pérdida de la belleza como trascendental, se ha perdido también la evidencia de la bondad y de la verdad. El bien está privado de su fuerza de atracción, como el teólogo suizo Hans Urs von Baltashar ha advertido con claridad ejemplar en su opus magnum sobre la estética teológica Herrlichkeit (La gloria del Señor).







